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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO EL PEZ (por J G Ballard)
Dormían siempre durante las horas de sol. Todos los ciudadanos estarían ya en su hogar y las casas permanecerían silenciosas, con las cortinas corridas, cuando el sol saliese sobre las montañas de sal, calcinando las calles con su fuego. La mayoría eran ancianos y se quedaban pronto dormidos en la penumbra de sus chalés; pero Granger, con su mente incansable y su único pulmón, permanecía a menudo despierto, por las tardes, intentando fijar su atención en la lectura de viejos cuadernos de navegación que Holliday había rescatado para él de las plataformas espaciales destrozadas.

A las seis, los frentes térmicos retrocedían hacia el Sur, sobre los bancos de algas, y, uno por uno, los acondicionadores de aire de los dormitorios se apagaban. Mientras tanto, la ciudad volvía poco a poco a la vida y las ventanas se abrían al frescor del crepúsculo. Granger se dirigió a grandes pasos a almorzar en el bar Neptuno, contemplando a izquierda y derecha los grupos de ancianos, sentados en los porches, que se observaban unos a otros en las sombrías calles.

Unos ocho kilómetros más al Norte, en el vacío hotel de Idle End, Holliday descansaba casi siempre otra hora más, contemplando las torres de coral que brillaban a lo lejos como blancas pagodas v escuchando el rumor de la brisa al chocar con ellas. A lo lejos podía verse el simétrico pico de Hamilton, la más cercana de las islas Bermudas, sobresaliendo del piso del océano seco como una montaña, con su estrecho anillo de playa visible aún en el crepúsculo, como una línea de espuma del perdido océano.

* * *
Aquella tarde se sentía más predispuesto que nunca a bajar a la ciudad. No solo encontraría a Granger en su reservado del Neptuno, con su extraña conversación, mezcla de sermón e ironía —era en realidad la única persona con quien Holliday podía hablar, y sin poderlo evitar había llegado a sentirse dependiente del otro, más viejo que él—, sino que Holliday mantendría su última entrevista con el oficial de emigración y debería tomar una decisión de la que dependería su porvenir.

En cierto modo, esta decisión estaba ya tomada cuando Bullen, el oficial de emigración, le había comunicado su viaje un mes antes. No se molestó en presionar a Holliday, que no tenía condiciones especiales que ofrecer, ni las cualidades de carácter o dotes de mando que serían necesarias en los nuevos mundos. Sin embargo, Bullen había señalado un pequeño pero relevante hecho en el que Holliday, a su vez, había pensado en el mes intermedio.

—Recuerde, Holliday —le previno al final de la entrevista en su despacho, contiguo a la oficina del sheriff—. El promedio de edad de la colonia es superior a los sesenta. Dentro de diez años, usted y Granger pueden ser los únicos supervivientes aquí, y si su pulmón fallara, usted se quedaría solo.

Se detuvo un momento para darle tiempo a comprender, y añadió en voz baja:

— Todos los jóvenes se van en el próximo viaje —los dos chicos de los Merryweathers, Tom Juranda («¡Valiente salvaje! Cuidado, Marte, cuidado», pensaba Holliday)—. ¿Se da cuenta de que usted será el único menor de cincuenta años?

— Katy Summers se queda —respondió Holliday.

La sola vista de un vestido de organdí blanco y un largo cabello pajizo le daba ánimos.

El oficial de emigración consultó su lista y asintió con un gruñido.

— Sí, pero se queda para cuidar de su abuela. Tan pronto como muera esta señora, Katy se marchará. Después de todo, no hay nada aquí que merezca quedarse, ¿verdad?

— No —corroboró Holliday, automáticamente.

No había nada ahora. Durante mucho tiempo había pensado, equivocadamente, que sí lo había. Katy era de su misma edad, veintidós años, la única persona, aparte de Granger, que parecía comprender su determinación de permanecer en la olvidada Tierra. Pero su abuela murió tres días después y Katy comenzó a hacer el equipaje. No sabía cómo había podido pensar que ella se quedaría, y le preocupaba que sus suposiciones pudieran estar basadas en premisas igualmente falsas.

Salió a la terraza y contempló el resplandor fosforescente de los fragmentos de mineral que brillaban a lo lejos, entre los bancos de arena. Sus habitaciones estaban en el piso décimo, el único en buen estado del edificio, pues como la colonia estaba instalada en el lecho del océano, la presión había abierto grandes grietas en las paredes, grietas que poco a poco se alargaban hacia el techo. El piso bajo prácticamente había desaparecido. Pero cuando le llegara el turno al piso siguiente —seis meses más tarde, a lo sumo—, ya le habrían obligado a abandonar su viejo refugio y a volver a la ciudad. Inevitablemente tendría que compartir un chalé con Granger.

A lo lejos se oía el rugido de un motor. A pesar de la oscuridad, Holliday distinguió el helicóptero del oficial de emigración, que se dirigía hacia el hotel, el único edificio notable de la localidad, y que viró cuando Bullen hubo inspeccionado la ciudad, parándose lentamente al llegar al campo de aterrizaje.

«Las ocho», comprobó Holliday. Su entrevista era a las ocho y media del día siguiente. Bullen pasaría la noche con el sheriff, cumpliendo sus obligaciones como sepulturero y juez de paz. Durante doce horas Holliday era libre, capaz aún de tomar importantes decisiones (o, más exactamente, de no tomarlas), pero exponiendo su propia vida. Este era el último viaje del oficial de emigración, su circuito final desde las desiertas ciudades cercanas a Santa Elena, pasando por las Azores v las Bermudas alrededor del principal ferry del Atlántico situado en las Canarias. Únicamente dos de las grandes plataformas espaciales continuaban en órbita navegable —cientos de ellas caían continuamente del cielo—, y una vez que caían eran abandonadas. Los únicos capaces de recogerlas eran unos cuantos oficiales de comunicaciones.

* * *
Por dos veces en su camino a la ciudad, Holliday hubo de bajar la máquina limpiadora sujeta al parachoques frontal del jeep, con el fin de limpiar el camino de sal. Algas mutadas, con sus cambios acelerados por el radiofósforo, se movían en el aire, a ambos lados de la carretera, como enormes cactos, transformando los oscuros bancos de sal en blancos jardines lunáticos. Pero esta evidencia de ilimitada soledad solo servía para fortalecer su deseo de permanecer en la Tierra. Muchas noches, cuando no conversaba con Granger en el Neptuno, tratando de exponerle su filosofía, recorría el piso del océano, penetraba en las destrozadas plataformas o paseaba con Katy Summers por los bosques de algas. Algunas veces lograba que Granger se les uniera, con la esperanza de que la experiencia de este —que había sido biólogo marino— aumentara su propio conocimiento de la flora batipelágica, pero el auténtico lecho del mar había desaparecido bajo las interminables colinas de sal, y aquello era exactamente igual que pasear por el Sahara.

Cuando entró en el Neptuno —un salón estrecho que daba al campo de aterrizaje y que en ocasiones servía como sala de espera a los cientos de emigrantes del Hemisferio Sur que iban a ser transportados a las Canarias—, Granger le llamó y, apoyando su bastón en la ventana, señaló la línea oscura del helicóptero del oficial de emigración, aparcado cerca.

—Lo sé —dijo Holliday con voz cansada—. Le he visto venir.

—Lo sabes —repitió Granger, con su brazo bajo la camisa hawaiana para disimular su pulmón hundido (lo perdió treinta años antes, buceando)—. Yo no iré a Marte la semana que viene.

Holliday le miró sombríamente.

—Yo tampoco.

Vio el gesto de asombro de Granger y añadió en tono burlón:

—¿No lo sabía?

Granger rugió:

—¿De verdad no irás? ¿Lo has decidido?

—Equivocado. Y correcto. No lo he decidido; pero no iré. ¿Comprende la diferencia?

—Perfectamente, doctor Schopenhauer —Granger sonrió. Apartó su vaso—. ¿Sabes, Holliday? Tu único problema es que te tomas demasiado en serio. No te das cuenta de lo ridículo que resultas.

—Ridículo, ¿por qué?

—¿Qué importancia tiene que estés decidido o no? Lo único que importa es tener el valor suficiente para marchar a las Canarias y desde allí al amplio y azul más allá. ¿Por qué quieres quedarte? La Tierra está muerta y arrasada. Pasado, presente y futuro no existirán aquí mucho tiempo. ¿No sientes ninguna responsabilidad por tu propio destino biológico?

—Me trae sin cuidado —y cambiando de tema, Holliday sacó una hoja de pedido del bolsillo de su camisa y se la entregó a Granger, que era el encargado de los almacenes de distribución—. Necesito una nueva bomba para el refrigerador de la sala. Treinta watios Frigidaire. ¿De acuerdo?

Granger gruñó exasperado.

—Por Dios. Pareces un Robinsón Crusoe empeñado en quedarte en este montón de chatarra para tratar de arreglarla de nuevo. Eres el único hombre que ha decidido quedarse cuando todo el mundo se marcha. Tal vez seas un poeta o un soñador; pero ¿no te das cuenta que estas dos especies están ahora extinguidas?

* * *
Holliday contemplaba el helicóptero, apoyado en la barandilla; las luces de la colonia se reflejaban en las colinas de sal que rodeaban la ciudad. Cada día se alejaban unos pocos más. En diez años, su vida podía ser muy bien la de un Crusoe. Afortunadamente, los grandes depósitos de agua y keroseno —gigantescos cilindros, del tamaño de un gasómetros—, durarían aún aproximadamente unos cincuenta años. Sin ellos, desde luego, no habría tenido opción.

—Por favor, dejemos esto —dijo a Granger—. Usted sólo trata de encontrar en mí una justificación para su forzosa estancia. Quizá esto sea mi fin, pero prefiero terminar aquí a hacerlo en el vacío. De todos modos, tengo la corazonada de que un día volverán. Alguien querrá volver para tener un sentimiento vivo de lo que era la vida aquí. Esto no es una cáscara de fruta que podemos tirar cuando se nos acaba. Hemos nacido aquí. Es el único lugar que queda en nuestra memoria.

Granger asintió. Estaba a punto de decir algo, cuando un arco brillante iluminó la oscura ventana, después lo perdieron de vista. Cayó en el campo, tras los depósitos.

Holliday se puso rápidamente en pie y miró por la ventana.

—Debe de haber sido una plataforma espacial. Parecía una de las grandes, probablemente una de los rusos.

Se oyó una gran explosión, amplificada por el eco, entre las torres de coral. Varios relámpagos iluminaron la noche. Hubo una serie de pequeñas explosiones, y después una difusa nube de vapor apareció en el Noroeste.

—En el lago Atlántico —comentó Granger—. Vamos allí a echar un vistazo. Debe haber algo interesante.

Y allí fue donde Holliday descubrió el pez.

* * *

El lado Atlántico era una estrecha franja de agua estancada, de unos dieciséis kilómetros de longitud por dos de ancho, al norte de las islas Bermudas, resto de lo que había sido el Océano Atlántico y único vestigio de los mares que un día cubrieron los dos tercios de la superficie terrestre. La frenética explotación exhaustiva de los océanos en el siglo anterior, para proveer de oxígeno a las atmósferas de los nuevos planetas, los había agotado rápida e irremediablemente, y con su muerte habían sobrevenido mutaciones climáticas y otros cambios geográficos que aseguraron la extinción de la Tierra misma. El oxígeno se extraía electrolíticamente del agua de mar, se comprimía y se embarcaba; el hidrógeno liberado se descargaba en la atmósfera. Ahora solo quedaba una pequeña capa de densidad, de aire oxigenado de poco más de un kilómetro de espesor, y la gente que quedaba en la Tierra se vio obligada a habitar los vacíos lechos de los mares, abandonando las envenenadas planicies continentales.

En el hotel de Idle End, Holliday pasaba incontables horas en su biblioteca, donde había acumulado libros y revistas sobre las ciudades de la antigua Tierra, y Granges le hablaba a menudo de su propia juventud, cuando los mares estaban casi llenos y él trabajaba como biólogo marino en la Universidad de Miami, con un fabuloso laboratorio formado para él a lo largo de las playas.

—Los mares son nuestro recuerdo —decía a Hollyday con frecuencia—. Al desecarlos, borramos nuestro propio pasado, y, en cierto modo, nuestros propios seres. Esta es otra razón por la que debes irte. Sin el mar, la vida es insoportable. Somos poco más que fantasmas con recuerdos, ciegos y sin hogar, llenando los secos miembros de un esqueleto.

Llegaron al lago en media hora, y se abrieron camino a través de las ciénagas. En la penumbra, las grises dunas saladas se extendían varios kilómetros con grietas que formaban láminas hexagonales; una densa nube de vapor oscurecía la superficie del agua. Aparcaron en un bajo promontorio y examinaron la armadura circular de la plataforma espacial. Era uno de los mayores vehículos, de unos doscientos metros de diámetro, el que yacía en las aguas poco profundas, con su casco lleno de agujeros. A su alrededor, las plantas habían sido segadas por el impacto y extendidas en el lago por la explosión. Más allá se veían los motores apuntando al cielo.

Caminando por la orilla, la parte central del lago a su derecha, pasaron junto a la plataforma, en cuyo borde estaban grabadas las iniciales CCCP. El vehículo gigante había trazado un enorme surco en las vecinas charcas, junto al lago, y Granger se metió en las templadas aguas buscando seres microscópicos. Aquí y allá había pequeñas anémonas y estrellas de mar, de cuerpos enjutos y retorcidos. Algas como telillas se agarraban a sus botas de goma, con sus núcleos brillando como joyas en la luz fosforescente. Atravesaron una de las mayores charcas, de unos cien metros, donde el agua fluía de una grieta lateral. Granger se movía lentamente, recogiendo especies en un frasco, cuando Holliday se detuvo en el estrecho pasillo entre la charca y el lago, mirando la superficie de la plataforma que aparecía en la oscuridad, con su popa como la de un barco.

Examinaba un destrozado depósito de aire, cuando vio algo moverse en la superficie de la cubierta. Por un momento pensó que sería un superviviente del choque, pero cayó en la cuenta de que había sido solo un reflejo en la superficie de aluminio de algo que se movía en el agua.

—¿Has tirado algo? —preguntó Granger.

—No —respondió sin pensar—. Debe de haber sido un pez que ha saltado.

—¿Un pez? No hay un solo pez vivo en todo el planeta. Toda la especie zoológica murió hace diez años.

Entonces, el pez saltó de nuevo.

Durante unos segundos permanecieron inmóviles, emocionados, en la sombra. Lo vieron otra vez, cuando el esbelto cuerpo de plata salió de las tibias aguas de escasa profundidad. Sus cortas aletas le llevaban de un lado a otro.

—Un pez-perro —murmuró Granger—. De la familia del tiburón. Altamente adaptable. Tiene que ser eso para sobrevivir aquí. Debe de ser el único pez vivo.

Holliday se movió, con sus pies hundidos en el escurridizo fango.

—¿No es el agua demasiado salada?

Granger cogió en sus manos un poco de agua y la probó.

—Salada, pero bastante diluida.

Miró al lago.

—Acaso existe una evaporación continua desde la superficie del lago, que produce una condensación localizada aquí, una especie de débil destilación.

Dio una palmada en el hombro del otro.

—Holliday, esto puede ser interesante.

El pez-perro continuaba saltando, retorciendo su cuerpo y aleteando. Montones de lodo rodeaban la charca; solo en algunos sitios, pocos, hacia el centro, el agua medía algo más de treinta centímetros.

Holliday señaló una hendidura en el lodo, y comenzó a correr hacia ella.

* * *
Cinco minutos más tarde había alcanzado la brecha. Después regresó al jeep y lo condujo, cuidadosamente, por los estrechos pasillos, entre las charcas. Puso la máquina limpiadora y comenzó a empujar los lados del charco donde estaba el pez. Al cabo de dos horas había estrechado mucho el diámetro y la profundidad del agua había aumentado casi al doble. El pez-perro había dejado de saltar y nadaba por la superficie, mordiscando las incontables plantas que el jeep había arrojado dentro del agua. Su cuerpo plateado parecía blanco y borroso, con unas pequeñas aletas recortadas y poderosas.

Granger, sentado en el motor del jeep, con la espalda apoyada en el parabrisas, contemplaba a Holliday con admiración.

—Tienes recursos —dijo sonriendo—. Nunca pude imaginarlo.

Holliday lavó sus manos en el agua y anduvo por el revuelto lodo que circundaba el charco. Unos metros delante de él, el pez-perro giraba.

—Quiero conservarlo vivo —dijo Holliday—. ¿Se da cuenta, Granger? Los peces permanecieron cuando los grandes anfibios emergieron de los mares hace doscientos millones de años, lo mismo que nosotros dos permaneceremos ahora. En el fondo, todos los peces son imágenes nuestras vistas en el espejo del mar.

Descendió del montículo. Sus pantalones estaban empapados y llenos de sal. Aspiró el aire húmedo. Al Este, sobre la masa de la costa de Florida, elevándose sobre el océano como un enorme transporte aéreo, aparecieron los primeros frentes térmicos del alba.

—¿Haremos bien dejándolo aquí hasta la tarde?

Granger se puso al volante.

—No te apures. Vamos, necesitas descansar.

Señaló el borde saliente de la plataforma espacial.

—Eso le dará sombra por unas cuantas horas; ayudará a mantener una baja temperatura.

* * *
Cuando se acercaban a la ciudad, Granger vio a la gente abandonar los porches, cerrando los postigos de sus cabinas de acero.

—¿Qué hay de tu entrevista con Bullen? —preguntó a Holliday—. Te estará esperando.

—¿Dejar esto? ¿Después de lo de anoche? Ni pensarlo.

Granger movió su cabeza cuando aparcaba junto al Neptuno.

—¿No le estarás dando demasiada importancia a un pez-perro? Hubo millones de ellos; eran la plaga de los mares.

—Se está apartando del asunto —dijo, intentando secarse la sal de los ojos—. Ese pez significa que aún se puede hacer algo. La Tierra no está muerta y exhausta, después de todo. Podemos crear nuevas formas de vida, un reino biológico completamente nuevo.

Sumido en su visión, Holliday se sentó al volante cuando Granger fue al bar a recoger un cántaro de cerveza. Volvió con el oficial de emigración.

Bullen apoyó un pie en el parachoques, mirando dentro del jeep.

—Bien, ¿qué hay de eso, Holliday? Quiero partir pronto. Si no le interesa, me iré. Hay una nueva y rica vida allí; es el primer paso hacia las estrellas. Tom Juranda y los chicos de Merryweather se van la semana próxima. ¿Quiere irse con ellos?

—Lo siento —respondió Holliday secamente.

Puso el cántaro de cerveza en el coche y arrancó, alejándose por la desierta y polvorienta carretera.

Media hora más tarde, cuando salió a la terraza en Idle End, fresco después de una buena ducha, vio al helicóptero, con su negra hélice, alejándose rápidamente hasta desaparecer tras el bosque de algas hacia el casco de la nave espacial.

—Vamos.

—¿Qué llevas ahí?

Señaló una lata que Holliday había colocado en el departamento de herramientas.

—Migas de pan.

Granger suspiró y cerró la puerta.

—Estoy impresionado. Realmente impresionado. Tendrás que cuidar de mí. Yo también necesito aire.

A unos seis kilómetros del lago, Holliday señaló unas huellas de neumáticos impresas en la sal blanda, que continuaban hacia adelante.

—Hay alguien allí.

Granger se encogió de hombros.

—¿Y qué? Habrán ido probablemente a ver la plataforma —miró a su compañero—. ¿No quieres compartir tu Nuevo Edén con nadie? ¿O solo con un viejo biólogo?

Holliday sonrió.

—Esas plataformas me molestan. Al paso que van conseguirán que la Tierra parezca un montón de chatarra. Aunque, si no fuese por esta, no habría encontrado el pez.

Llegaron al lago y caminaron hacia la charca; las huellas de neumáticos continuaban. A doscientos metros de la plataforma había un coche que bloqueaba el paso de Holliday y Granger; sus ocupantes habían continuado a pie.

—Es el coche de los Merryweathers —señaló Holliday mientras examinaban el alargado Buick, pintado de amarillo y adornado con sirenas y banderines—. Los dos muchachos deben de haber venido.

Granger añadió:

—Uno de ellos está en lo alto de la plataforma.

El más joven de los hermanos había escalado la nave y actuaba de árbitro en las travesuras de los otros dos chicos, su hermano y Tom Juranda, un muchacho alto y fuerte, con traje de cadete espacial. Estaban en la orilla de la charca del pez, arrojando a ella piedras y bloques de sal.

Abandonando a Granger, Holliday se adelantó gritando. Demasiado distraídos para oírle los chicos continuaban tirando piedras al charco, cuando el más joven de los Merryweathers los avisó desde la plataforma. Antes que Holliday se acercara, Tom Juranda empezó a dar patadas al barro y acabó por echarlo dentro del agua.

—¡Juranda! ¡Vete de ahí! ¡Deja esas piedras!

Alcanzó a Juranda cuando este estaba a punto de tirar al agua un trozo de sal del tamaño de un ladrillo, le sujetó y le obligó a soltar la sal, que cayó, convirtiéndose en un montón de cristales rotos.

* * *

Estaba vacía. Una profunda grieta se había abierto en el barro y el agua se había escapado a otras charcas vecinas. En el centro del estanque, entre un montón de piedras y bloques de sal, yacía aplastado, pero retorciéndose aún, el cuerpo del pez-perro, revolviéndose sin esperanza en la escasa cantidad de agua que quedaba. La sangre, rojo oscura, manaba de las heridas de su cuerpo, salpicando la sal.

Holliday se dirigió a Juranda y sacudió al joven salvajemente por los hombros.

—¡Juranda! ¿Te das cuenta de lo que has hecho?...

Exhausto, Holliday fue al centro de la charca, quitó las piedras y permaneció contemplando al pez que se retorcía espasmódicamente a sus pies.

—Lo siento, Holliday —se disculpó el mayor de los Merryweathers—. No sabíamos que el pez era tuyo.

Holliday le volvió la espalda, con los brazos caídos. Se sentía cansado y confundido, incapaz de dominar su rabia y su desilusión.

Tom Juranda empezó a reír y gritar. La tensión se rompió, y los muchachos corrieron hacia su coche, jugando y burlándose de Holliday.

Granger los dejó marchar; después se dirigió al joven.

—¡Holliday! —llamó—. Vamos, muchacho.

Holliday sacudió su cabeza, con los ojos fijos en el lacerado cuerpo del pez.

Granger se unió a él. Las sirenas sonaban cada vez más lejos.

—¡Esos malditos crios!

Tomó a Holliday por un brazo.

—Lo siento—dijo—. Pero no es el fin del mundo.

Holliday se agachó para coger el pez. El barro que le rodeaba estaba manchado de sangre. Sus manos vacilaron y se incorporó.

—No hay nada que hacer, ¿verdad?

Granger examinó al pez. Aparte de una herida en uno de sus costados y de su cabeza aplastada, la piel estaba intacta.

—¿Por qué no disecarlo? —sugirió seriamente.

Holliday le miró incrédulo. Por un momento no dijo nada. Entonces, casi enloquecido, exclamó:

—¿Disecarlo? ¿Está usted loco? ¿Piensa que quiero convertirme en un monigote, que quiero llenar mi propia cabeza con paja?

Girando sobre sus talones, volvió la espalda a Granger y salió bruscamente de la charca.

Fin




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