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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO EL MAESTRO CONSTRUCTOR (por Genrikh Altov)
El huracán estaba cargado de electricidad, y unos hilos ardientes se retorcían entre las nubes que se cernían cerca del suelo. Los torbellinos sucedían a la pulsante llama violeta y la convertían en chispas que se dispersaban por el cielo. Arriba en el aire fulgía una mancha de color azul oscuro: el vértice de la tormenta. De la penumbra que rodeaba al vértice, los rayos como anchas cuchillas se precipitaban hacia la Tierra con premura enfebrecida.
De vez en cuando la densa cortina de agua se precipitaba con furia como una ducha de metal fundido. El viento azotaba los chispeantes torrentes con un aullido impaciente. Se fundían en la caída, se arrollaban en columnas e instantáneamente hervían, lanzando una espuma purpúrea.

Durante un buen rato el piloto se mantuvo junto al cristal de la ventana, escuchando el ronco fragor de la tormenta.
— Es sólo un show —dijo finalmente—. ¡Pirotecnia, y no un verdadero huracán! El Blue Bird necesita unas pruebas serias. Dígame, doctor, ¿esto es lo mejor que pudieron conseguir sus meteorólogos?

El doctor miró al pilotó. «Como una roca…—pensó—. Es raro que a nadie se le haya ocurrido fotografiarlo así: una silueta negra contra los destellos; de los rayos.»
— No es un mal huracán en absoluto —contestó el doctor—. ¡Un once coma uno! El centro del huracán está en el área dé despegue. Estamos intentando no hacer demasiado ruido: hay una zona de industrias madereras a sesenta kilómetros hacia el Este.

— ¿Once puntos? —preguntó el piloto—. En Júpiter, incluso en las capas superiores de la atmósfera, el Blue Bird encontrará huracanes diez veces más fuertes. He traído fotografías tomadas por cohetes de reconocimiento. Si un simple once puntos es el límite de sus meteorólogos, es poca cosa...
— No es el límite —dijo el doctor—. Le esperábamos para mañana. Hoy los meteorólogos tenían orden de crear un huracán corriente. Cumplieron las órdenes, eso es todo. Si reciben la orden de provocar un huracán catastrófico, lo harán. Incluso uno supercatastrófico...

El piloto se apartó de la ventana y se detuvo en medio de la habitación. Miró atentamente, con un desconcierto apenas perceptible, a las altas estanterías y la ancha mesa atestada de libros. El doctor reconoció la mirada. La extravagante espaciosidad de los apartamentos de la Tierra siempre resultaba extraña a la gente que permanecía en ella por poco tiempo.
— La máquina debe ser probada en las condiciones más extremas — insistió el piloto.
El doctor podía haber rechazado la inevitable conversación durante unos pocos minutos más, y deseaba fervientemente hacerlo. Pero contestó:
— Podemos dispensar al Blue Bird de más pruebas. Ya las ha pasado todas.

El piloto se dirigió hacia la ventana y bajó la cortina de espeso material metalizado. Inmediatamente la habitación quedó sumida en una plácida tranquilidad. Las luces escondidas encima de la superficie translúcida del techo se encendieron automáticamente.
— ¿Vamos a hablar? —preguntó el piloto. Silenciosamente el doctor se dirigió hacia un sillón. Mientras se sentaba, el piloto observó un tubo de plástico azul entre las páginas de un libro abierto sobre la mesa.
— ¿Un caleidoscopio? —preguntó con sorpresa, y su rostro adquirió un aspecto más agradable—. ¿Es suyo?
— Es del Maestro Constructor —contestó el doctor.

El piloto miró al doctor. Fue una rápida ojeada, nada más, pero el piloto, con la característica habilidad de todo buen piloto para captar lo esencial instantáneamente, advirtió una tensa expectación en los ojos del doctor.
— Dígame —inquirió el piloto prudentemente—, ¿el Maestro Constructor... voló alguna vez?
El doctor se encogió de hombros.
— ¿Qué significa volar?
El piloto observó de nuevo al doctor. La cara de éste era expresiva y muy delgada, con un color poco saludable.
— Volar significa elevarse por encima de la superficie de la Tierra en una máquina —explicó cortésmente el piloto.
— En ese caso, el Maestro Constructor voló, desde luego —dijo el doctor—. Voló el día en que usted recibía un homenaje tras efectuar el primer vuelo a Mercurio. El Maestro Constructor era un muchacho en aquella época. Quería ser como usted: quería volar. Aquel día trató de volar con su primera máquina. La construyó con piezas de madera contrachapada y duraluminio. Se trataba de un juguete, pero la máquina voló unas quince yardas. Luego cayó y él se lastimó. Que yo sepa, eso fue todo. Empezó a andar otra vez tres años después, al principio con muletas. No le permitían volar, ni siquiera en helicópteros suburbanos.

Ahora, el huracán iba extinguiéndose gradualmente, pero el viento seguía con su murmullo monótono.

— Bien —dijo el piloto—. Deben disponer de buenos pilotos. Tiene que ser difícil el trabajo para un constructor si no ha volado nunca en máquinas de verdad.
— No tenemos pilotos de pruebas... El Maestro Constructor siempre probaba sus máquinas personalmente. Llevó a cabo todas las pruebas del Blue Bird él mismo. Hoy... hoy también voló.
— ¡Pero si murió hace ocho días! —manifestó el piloto lentamente—. Murió, y los muertos no vuelan.

El doctor sacudió la cabeza. Había que explicar muchas cosas; se sentía oprimido. Tomó el caleidoscopio que descansaba sobre el libro y empujó el libro hacia el piloto.
— Eche un vistazo a esto. El águila voló hacia el Sol y murió. Murió en el vuelo... y no cayó, sino que continuó volando.
Abrió el libro y vio distintos versos, pero el piloto reconoció al autor y recordó estas líneas:

¡Murió, sí!
Pero alcanzó los círculos del planeta.
No podía caer.
Se abrió el pozo de la gravedad, sin fondo.
Pero su atracción era leve.

El piloto dijo suavemente:
— Eso es poesía.
— Sí. Eso es poesía —repitió mecánicamente el doctor. Sus manos estaban temblando, y las piezas de cristal del caleidoscopio tintineaban quejumbrosamente.
— Bien —murmuró el piloto después de un largo silencio—. Usted mismo me acaba de contar que el Maestro Constructor nunca voló en máquinas reales. ¿Utilizaba acaso autopilotos? No. Para efectuar pruebas en una máquina nueva, para realizar un vuelo a través de un huracán, se necesita un hombre. Inteligencia, intrepidez, voluntad, inventiva, todo eso es indispensable.
— Sí —reconoció el doctor—. Las máquinas pueden hacer aquello para lo que están programadas. Sólo el hombre puede hacer lo imposible.
— Eso elimina a los autopilotos. Fue el Maestro Constructor el que voló con la nave desde la Tierra. Tiene que haber sido él. Pero si usaba una radio-dirección convencional, habría necesitado una coordinación de movimientos muy exacta. Tendría que haber sido capaz de mover la mano de un mando a otro instantáneamente; habría necesitado la misma aptitud física que para los vuelos. No, hay que eliminar eso también. Sólo queda una posibilidad: control bioelectrónico a larga distancia. ¿Correcto?

— Sí —contestó el doctor escuetamente.
— Estupendo —continuó el piloto. Ahora hablaba con precisión, con más seguridad—. Eso significa bioelectrónica. Un hombre se sienta en la Tierra ante un panel de control, sigue el vuelo de la máquina por medio de unos instrumentos y mueve mentalmente los mandos. El equipo intensifica las biocorrientes generadas en el cerebro y los músculos, y una radio transmite las seriales a la máquina. Vi uno de esos vuelos. Con buen tiempo, sin nada de viento, el objeto ascendió a unos trescientos pies y describió apresuradamente un círculo encima del campo. Entonces aterrizó. Era un lecho volante...

El doctor le interrumpió con impaciencia:
— El Blue Bird es su cuarta máquina. Todas ellas fueron probadas sólo por él. Esto es enteramente distinto. Se sentó en una silla. No tenía panel de mandos, ni instrumentos. ¿Lo entiende? Nada. Se sentó con los ojos cerrados y mentalmente imaginó todo el vuelo, desde el despegue hasta el aterrizaje. Se imaginó cada movimiento del piloto con todo detalle. Las biocorrientes fueron grabadas. En la película había dos series de gráficos: una, de las condiciones de vuelo imaginadas, la otra de la actividad imaginada del piloto. Esta grabación sirvió como programa para un equipo electrónico automático que iba a bordo del avión cohete. La máquina recreó el vuelo completado por la imaginación del hombre. Los instrumentos grabaron el funcionamiento de la nave. Se introdujeron cambios en la construcción, y se volvieron a efectuar pruebas, bajo condiciones más complejas. Un hombre imaginó esas condiciones, experimentó mentalmente el vuelo y efectuó una grabación de las biocorrientes archivadas en la memoria electrónica de la maquinaria de control automático... Sé lo que quiere decir. ¡Lo sé! Sí, pueden acaecer circunstancias imprevistas. Pero la máquina tiene varias grabaciones. Un hombre puede experimentar los vuelos bajo las más diversas condiciones. Puede prever todos los incidentes que podrían sobrevenir en un vuelo real...
— Es imposible preverlo todo —objetó el piloto. Estaba tratando de hablar con calma—. Es como el caleidoscopio. ¿Puede prever las incontables combinaciones de las piezas de cristal?
— No puedo —dijo el doctor firmemente, mientras miraba el caleidoscopio—. Pero el Maestro Constructor... sí que podía. Conocía sus máquinas. Empezó con vuelos sencillos y gradualmente pasó a otros más complejos. Después de cada vuelo imaginado, se hacían vuelos de control reales. No tuvimos ni un accidente. Con el Blue Bird se han venido realizando pruebas durante medio año. El Maestro Constructor completó treinta y seis vuelos a Júpiter. Desde un sillón corriente en una habitación corriente. Llevó a cabo vuelos imaginarios, cada vez más lejos dentro de la atmósfera de Júpiter. En un vuelo real apenas se tocaría la atmósfera de Júpiter. Es cuestión de sobrecarga. Mientras haya un hombre a bordo del avión cohete no se puede ir más lejos. La nave lo soportaría, pero un hombre no. El Maestro Constructor podía penetrar muy adentro, ésta es la ventaja de su método. Y además, podía resumir electrogramas de vuelos imaginados y reales efectuados por los mejores pilotos, de forma que el equipo automático obtuviese una experiencia humana generalizada. No sólo experiencia, sino también intrepidez humana, generosidad humana. Poseía un auténtico estilo humano, del que las máquinas ordinarias carecen... Se puede imprimir un juego de electrogramas cien, mil veces, para muchas naves terrestres. Pero no hemos tenido tiempo...
— Bien —dijo el piloto—. ¡Vuelos imaginados a un Júpiter imaginado! Y pueden imaginar el huracán más tremendo; pero, ¿será igual que uno real?
— Lo será —gritó el doctor con furor inesperado—. No existen huracanes que el hombre no pueda imaginar. El pensamiento del hombre es... es... Entienda una cosa sencilla. La Naturaleza ha limitado las posibilidades físicas del hombre de forma mezquina. ¡Sí, sí! No hace falta decir que pueden mejorarse... Se puede crear personas de nueve pies de altura, fuertes y robustas. Pero con ello no se cambiará nada esencial. Hay unos límites, que sólo pueden ser forzados levemente. Sólo una de las capacidades del hombre no tiene límites: su capacidad de pensar. ¿Lo entiende?
El piloto afirmó con la cabeza.
— Lo entiendo. Lo entiendo todo, excepto una cosa. El Maestro Constructor me invitó, pero aquí me miran como un enemigo. ¿Por qué?
El doctor colocó el caleidoscopio en la mesa y cansadamente se restregó los ojos.
— ¿Por qué? —repitió el piloto.
— Es difícil de explicar —dijo el doctor—. ¿Sabe? Durante algún tiempo todos nosotros dudamos de que el Maestro Constructor... bueno, de que fuera capaz de conseguirlo. Después lo creímos, y desde aquel momento todo el mundo aquí trabajó y vivió en función de un objetivo. Entendimos lo que significa el pensamiento humano... No, eso no es lo que quería decir. Mire, imagine que la gente está trabajando con un reactor de una clase muy potente. O con un equipo electrónico. Son máquinas. Uno puede entusiasmarse con ellas, y nada más. Pero nosotros estábamos experimentando con el pensamiento humano. Vimos su poder sin límites. No, ni siquiera es una cuestión de poder. Sentimos la fascinación del pensamiento humano, su todopoderosa belleza. ¡Sí! Sabíamos que nuestras máquinas podían volar mejor que todos los pilotos, excepto usted. Asociamos su nombre con el último límite que debía ser franqueado.
— ¿Y... lo franquearon? —preguntó el piloto.
El doctor le miró a los ojos y con firmeza contestó:
— Sí, naturalmente. Pero el Maestro Constructor… ya no está aquí... y usted sí lo está.
La lluvia golpeaba insistentemente contra la ventana. El piloto estaba ojeando los numerosos planos de pruebas para el Blue Bird. La máquina había sido probada rigurosamente, bajo las más variadas condiciones. Estos planos estaban guardados en un portafolios con tres hojas escritas a mano, un borrador de notas de informes. El Maestro Constructor no había tenido tiempo de acabar las notas, y éstas se interrumpían en medio de una frase: «Creo que el vuelo con destino a Júpiter debería ser efectuado por una nave...»
El piloto se levantó y abrió la ventana. «¡Llueve! —pensó—. Está lloviendo de nuevo. Siempre llueve sobre la Tierra.» Se echó a reír. No siempre llovía sobre la Tierra, pero generalmente hacía mal tiempo en el lugar en el que se probaban las máquinas nuevas.
La lluvia agitaba las hojas de los árboles.
Así había sucedido tres años atrás, cuando el piloto pensó por vez primera que quizá se quedaría en la Tierra. ¡Una idea divertida! El helicóptero que se suponía lo llevaría a la base de lanzamiento de cohetes se había retrasado siete minutos.
El piloto pensó a menudo en la Tierra. Cuando vio el planeta por primera vez desde el Cosmos, podía haber estado contemplando durante horas la esfera azul abrazada por una neblina con los colores del arco iris. Se extasió en su contemplación y al mismo tiempo le alegró poder elevarse por encima de ella.
Con los años surgió en él otro sentimiento, un sentimiento relativo a los numerosos peligros que estaban conectados con la Tierra. Era necesario vencer la fuerza de su gravedad, pasar a través del cinturón de radiaciones, evitar los meteoritos atraídos por el planeta.
El piloto amaba a la Tierra, pero una vez se encontró pensando en ella con una melancolía que no comprendió. No era una especie de anhelo por la Tierra. Y tres años antes, mientras esperaba el helicóptero con retraso, había comprendido repentinamente lo que era la tristeza. Durante esos siete minutos se dio cuenta de repente, con la mayor claridad, de que más pronto o más tarde tendría que regresar a la Tierra para siempre.
Desde aquel momento había evitado permanecer en la Tierra siempre que le era posible. Se esforzó por no pensar sobre el hecho que tendría que ocurrir ineluctablemente...
El piloto escuchó atentamente mientras cortinas de lluvia, invisibles en la oscuridad, golpeaban rítmicamente el asfalto. El canalón de desagüe regurgitaba, resoplaba y se estremecía. Las gotas de lluvia repiqueteaban en el alféizar de plástico de la ventana. La lluvia tenía muchas voces.
«He crecido sin haberme acostumbrado a ello —pensó el piloto—, pero volveré a la Tierra. Volveré para siempre. Entonces habrá algo para mí: vuelos imagina dos por rutas imaginadas. Es una lástima... —se echó a reír—. El doctor está en lo cierto: el pensamiento es lo más fuerte que existe, pero no puede dar lo que consigue la acción a un hombre.»
Volvió al pupitre y buscó una foto pegada a uno de los planos. Era una copia ampliada de la sección de un electrograma. A lo largo de la foto corrían dos series de complicados gráficos, divididos por una escala para leer el tiempo; cada serie estaba representada por una banda de muchas biocorrientes. El piloto miró durante largo rato la unión de las líneas rotas y trató de imaginar lo que él Maestro Constructor estaría pensando en aquella décima de segundo en la que los instrumentos grabaron estas fluctuaciones.
Siguiendo su curso libremente, los pensamientos del piloto volvieron a la Tierra, a lo poco que conocía del lugar. El libro abierto todavía estaba descansando en el borde de la mesa. El piloto buscó los versos sobre los que el doctor había estado hablando. Empezó a leerlos y se detuvo en las líneas:

Fue cautivado por la máquina,
que firmemente,
convirtió su corazón en un sol.

Depositó el libro en su lugar, y después de apartar rápidamente los planos de las pruebas hacia un lado, tomó la última hoja de notas. Sólo entonces comprendió cómo debería acabar la última frase: «Creo que el vuelo con destino a Júpiter debería ser efectuado por una nave... que no lleve piloto.»
Empezó a releer los planos de pruebas.
La lluvia seguía agitando las hojas de los árboles.

Una hora más tarde volvió el doctor e invitó al piloto a ver al delegado del Maestro Constructor. Mientras colocaba los planos de pruebas en el portafolios, el piloto dijo:
—Mañana los meteorólogos deben hacer cuanto puedan para fabricar un genuino huracán.
—Sí —dijo el doctor simplemente.
—Me gustaría ver a los meteorólogos —prosiguió el piloto—. El huracán debe ser, bueno... como un huracán en Júpiter.
—Hoy tiene que descansar —objetó el doctor.
—Necesito un huracán genuino —insistió el piloto—. Uno no puede hacer un vuelo a Júpiter si no tiene confianza en su máquina.
—¿Un huracán genuino? —preguntó el doctor—. Escuche... El Maestro Constructor murió mientras estaba investigando sobre Júpiter. Ése era su trigesimoséptimo vuelo. Un vuelo imaginario a un Júpiter imaginado, desde una habitación y un sillón ordinarios. Pero su corazón no lo resistió.

El puesto de observación estaba situado muy por debajo de la superficie de la Tierra. Pero el fragor del huracán penetraba incluso hasta allí. Dos personas estaban sentadas frente a la telepantalla en una habitación pequeña, de techo bajo: el ingeniero y el doctor. La pantalla mostraba al Blue Bird aproximándose al cohetódromo. Unos potentes focos iluminaban la zona de lanzamiento y en aquel momento fueron dirigidos hacia arriba. Sus rayos no pudieron penetrar en la negra espesura del huracán. Los reflejos purpúreos del rayo apenas penetraban las nubes comprimidas por el viento. De vez en cuando este reflejo chocaba con el Blue Bird, y entonces, detrás de la nave, en una sólida pared de nubes, aparecía una sombra negra gigantesca. El rayo desapareció, dejando unos agujeros vagamente parpadeantes que fueron atravesados por la nave, la única partícula trabajada por la inteligencia en el caos de viento, agua y destellos.
El Blue Bird no era grande: era una de esas naves que hacen viajes cósmicos a bordo dé espaciosas naves de línea, y que se envían para reconocimiento a planetas desconocidos. Estaba equipada para enfrentarse a cualquier cosa que pudiera esperarle en la atmósfera de un planeta extraño. Todo en la nave (su forma alargada sin protuberancias; alas cortas, de bordes agudos, dirigidas hacia atrás; emisores de infrarrojos ocultos hasta que se utilizaban; la tremenda potencia de los motores de iones, sin proporción con las cortas dimensiones de la nave), todo estaba previsto para la batalla.
El Blue Bird estaba descendiendo, tras haber vencido el ímpetu del huracán. Los períodos de calma momentánea eran el peligro principal a que se enfrentaba. El huracán se movía en sentido inverso, haciendo caer a la nave en el vacío. En tales momentos unas agudas lenguas de llama blanca surgirían de las toberas de frenado.
Una luz amarilla parpadeaba en la parte alta de la pantalla. Se oyó la voz del piloto por el altavoz.
—Aquí el Blue Bird, llamada para el meteorólogo.
Otra voz, vibrando con una alarma apenas contenida, contestó:
—¡El meteorólogo a la escucha! Blue Bird, el meteorólogo jefe a la escucha...
—Este es el Blue Bird —repitió el piloto—. Le pido que cambie el programa de la prueba. ¿Puede hacer algo inesperado?
—No deberíamos cambiar el programa de la prueba. Es peligroso...
—Repito. ¿Pueden hacer algo imprevisto?
Después de una breve pausa el meteorólogo replicó:
—¡Afirmativo! Si el suplente del Maestro Constructor lo ordena...
El ingeniero, hombre muy calmoso, dijo:
—Permiso concedido.
—Roger —la voz del meteorólogo volvió a oírse a través del altavoz—. Entendido. Haremos...
—¡Alto! —interrumpió el piloto—. La prueba debe ser imprevista.
El ingeniero retiró el micrófono.
—Sabía que tendría que ser así —le dijo al doctor.
Las manos del ingeniero se deslizaban por los interruptores de mando. La imagen de la pantalla se desvaneció, desapareció, después volvió a aparecer. Ahora se veía una parte distinta del cohetódromo. Desde allí una nube que parecía una masa de granito bastamente cortada se movió hacia la nave, avanzando muy despacio, desgajando partes de otras nubes. Este movimiento silencioso era más amenazador que todo el frenético huracán.
El ingeniero hizo girar una palanca de ajuste. La escala de la imagen de la pantalla decreció, y la base de despegue se hizo bien visible. La nube se movió hacia delante, llenando gradualmente el cielo. Los faros brillaron una vez más en la cinta de despegue.
—Mire —dijo el doctor estúpidamente.
La superficie inferior de la nube, hasta entonces completamente plana, empezó de repente a extenderse, convirtiéndose en un cono blancuzco. El vértice del cono —como un tentáculo de tamaño monstruoso— se acercó rápidamente a la Tierra. Debajo, otro tentáculo ya se estaba extendiendo, y era tan monstruoso como el anterior.
Encima de la pantalla una señal roja empezó a parpadear de forma alarmante. Una voz joven pronunció con deliberada lentitud:
—Departamento de seguridad en vuelo. Tromba marina al Sudeste. Cohetes antitormenta listos para lanzamiento. Aguardando órdenes.
—¿Velocidad...? ¿Qué velocidad? —preguntó el ingeniero.
Por el altavoz contestó la voz del meteorólogo jefe:
—Diecisiete yardas por segundo.
El ingeniero sonrió.
—¡Finalmente nuestro meteorólogo lo consiguió!
El doctor se encogió de hombros.
La pantalla mostraba la tromba marina dirigiéndose hacia la nave. Se movía, cernida por una nube de vapor. Era como una serpiente gigante. Los rayos de los faros centelleaban. Barrían el cielo negro y se detenían en la retorcida columna de la tromba marina.
El meteorólogo informó con calma:
—Veintiséis yardas por segundo... Veintisiete...
En los brillantes rayos de los faros la tromba marina parecía semitransparente. Hilos de nubes se precipitaban en ella, de arriba abajo, como tempestuosas columnas de humo. La parte inferior de la tromba marina se retorcía convulsivamente, buscando un soporte desde el que saltar.
El ingeniero ordenó que se apagara la luz, y sólo un rayo permaneció todavía durante un rato iluminando el cuerpo gris de la tromba marina, como si tratara de contener su irresistible avalancha.
La tromba marina se dirigió hacia el Blue Bird.
La máquina empezó a girar y la tromba marina, ahora azul-negra, inmediatamente se movió para interceptarla. Por el altavoz se oyó una voz áspera:
—¡El techo del hangar ha sido completamente arrancado! Completamente arrancado...
Y la joven voz volvió a repetir con deliberada lentitud:
—Departamento de seguridad en vuelo. Cohetes anti-tormenta preparados...
El ingeniero desconectó el altavoz.
—¡Eso es el fin! —murmuró el doctor—. ¡Ahora se acerca el fin! Sólo el Maestro Constructor podría manejar esto.
Se volvió hacia el ingeniero.
—Dé la orden... ¡Que cambien el control, a biomatic! ¿Lo oyen? ¡Cambien el control!
El ingeniero no contestó.
La tromba marina se dirigía hacia el Blue Bird. Se retorcía con rapacidad, y un semicírculo negro apareció en su parte central.
El doctor se precipitó hacia la puerta. El ingeniero, sin apartar sus ojos de la pantalla, dijo:
—Afuera hay un huracán. ¡Cuidado!

El piloto y el doctor estaban sentados bajo el ala del Blue Bird, sobre el suelo que había sido devastado por el huracán; todavía estaba mojado y olía a tierra mojada. Gotas de agua resbalaban lentamente del borde delantero del ala.
El piloto observó el cielo. A causa del brillante sol del mediodía, parecía incoloro. Sólo en el horizonte se veía el azul, combinándose con la cinta oscura de un bosque distante.
—Piquituertos —señaló el piloto—. ¡Mire, los piquituertos están volando! La tormenta no les alcanzó...
—Están acostumbrados a ellas —replicó el doctor—. Dígame, ¿conectó... conectó el control bioelectrónico desde el comienzo mismo?
—Sí —contestó el piloto mientras seguía a los pájaros atentamente—. No toqué la palanca de mando. Pensé que podía hacerlo en caso de necesidad... Bueno, ya lo entiende. Pero entonces vi que «él» tomaba las decisiones más deprisa que yo. Un segundo, una fracción de segundo, un instante antes, pero más deprisa. Y lo que es más —cómo diría yo—, con mayor seguridad. Como si ya hubiera pasado por ello muchas veces y lo supiera todo.
—Lo sabe —dijo el doctor mientras se alzaba el cuello de su gabardina—. Abróchese la chaqueta. El tiempo no se normaliza inmediatamente después de un huracán. Sí... En el Blue Bird hay una parte del alma humana, de una gran alma humana. Marx dijo que las máquinas son fuerza personificada de conocimiento. Treinta y siete vuelos a Júpiter...
—Treinta y siete —repitió el piloto—. Ahora irá por el treinta y ocho. Sin mí. Cuando la tromba marina se acercaba a la máquina, pensé que podría condensar los electrogramas. Como en cinematografía: filmación en movimiento lento, pero proyección a velocidad normal. El pensamiento es más rápido, que el movimiento de la mano, pero he visto que podemos crear algo incluso más rápido que el pensamiento.
—Por eso es por lo que el Maestro Constructor le invitó —dijo el doctor—. Él sabía que sería de este modo. El ensamblaje de una nueva máquina concluirá pronto. Es... para usted.
El piloto miró al Blue Bird.
—¿Es realmente imposible concebir una máquina que no exija ningún esfuerzo al piloto?
—Sí —contestó el doctor—. Es imposible. Piense en el Blue Bird. Ahora mismo es una máquina que ostenta un récord. Un vuelo con ella es imposible sin el mayor esfuerzo físico y espiritual. Pasarán diez años, perfeccionarán la máquina, y cualquiera será capaz de volar con ella. Pero para entonces ya no ostentará ningún récord. Aparecerán nuevas máquinas. Éstas requerirán un mayor esfuerzo del piloto. El Maestro Constructor sabía que nunca podría volar en máquinas genuinas. Es imposible mecanizar totalmente al Blue Bird. Sólo el pensamiento humano lo puede manejar.
Permanecieron en silencio durante un buen rato. Luego el piloto, todavía observando al Blue Bird, dijo:
—La fuerza del conocimiento personificada... Sí, es correcto. ¡Bien dicho!
El doctor sonrió:
—Eso es poesía...
—Sí, es poesía —concedió el piloto.

FIN




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