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CUENTOS PARA MAYORES
CUENTO LA TELA (por Miguel Briante)
Prendió la luz, finalmente. El velador volcó un círculo pequeño, que apenas abarcaba su mano y el tubo con la pastilla. El vaso con agua estaba fuera de ese círculo, en sombras. Imaginó el agua arrastrando la pastilla, atravesando su garganta, y trató de recordar el tiempo, las cosas que lo obligaban a aceptar todo eso: el vaso, el tubo con el veneno. Tal vez eso estaba en todo lo anterior, y él lo sabía (de un modo inasible, pero sabiéndolo) aun antes de aquella vez, en la estación del pueblo. Sin embargo, ese día lo iniciaba todo. Era como la inauguración de una estatua: la estatua empieza a existir, para uno, cuando el intendente tira de la tela que la cubre. Porque ese día el problema era desconocido: bastaba con ver el tren, entrando por la punta de la estación agitada, pálida en el amanecer, oír el temblor de las vías y acercarse, con la valija en la mano y sabiendo que algunos lo seguían con la mirada. Recordar la primera vez que dibujó, casi de memoria, esa misma estación con el mismo tren y alguien, una sola figura esperándolo, sintiendo, como él, el fuego de la máquina brotando abajo, ahora, desarmando ese frío que la mañana inventaba en sus piernas. El fuego rojo contra las vías. La valija estaba en su mano derecha: le costó un poco -le molestó- tener que dejarla en el suelo, para saludar a su padre. Este preguntaba: Así que era cierto que te ibas, nomás. Como si no hubiera estado siempre ayudándolo a irse. Las estaciones del campo, largas. Constitución: un horno de palomas y relojes y gente atropellada. Hasta llegar a la pensión, en el bajo, y escribir: Sí, papá, me fui, y cuando vuelva... Como un desliz, como una pequeña trampa ese: cuando vuelva. Porque a lo mejor nada de eso era lo importante. Se levantó. Quitó la pantalla y la luz llenó la pieza: la cama chica, la mesita y encima el tubo, las pinturas, la tela en un rincón. Sí -pensó, mientras tomaba algunos pinceles, buscando el que había preparado-, lo importante empezó después.

La botella en el barro. Desde ahí. Apareció una noche, cuando ya era necesario resucitar de algún modo la novedad, el asombro de los primeros días. Bellas Artes, La Rábida; ya eran como decir la Intendencia o la cancha Honor y Patria. Hasta esa sensación de importancia se iba desvaneciendo: de pronto, uno discutiendo sobre el escorzo y la perspectiva, en cualquier café, era menos importante que el director de El Telégrafo hablando de política con los vecinos, en el club. Hasta que apareció la botella, pensó. Caminaba hacia el bajo; me acordé de papá. Después, fue como hacer el viaje de vuelta: subir al tren, dejar la valija en el suelo y extender la mano. Vinieron las estaciones, el pasto a un costado de las vías, el barro. La botella estaba tirada, como borracha, sobre un charco negro: la parte de arriba brillaba al sol; abajo, se perdía en la mugre; basuras, traídas por alguna lluvia, se amontonaban contra el vidrio redondeado. Y el sol, encima. Uno de esos símbolos indescifrables y pequeños que después iba a buscar en todas partes: el primero. El recuerdo, esa noche, retenido empecinadamente ahí. El había subido las escaleras despacio, tratando de retener la botella, como queriendo salvarla. Frente a la tela, en seguida, por primera vez sintió ese vértigo, que lo hacía distinto y que ahora, después de tanto tiempo, tampoco acertaba a definir. Pintó febrilmente. Conjurando algo; como un mago. Remotos antepasados vivían de golpe en él, entre extraños cánticos, entre un rítmico sonido de piedra contra piedra que movía el pincel. Como pintar en la pared de una caverna, llamando a algún dios olvidado y lejano. Nunca supo a qué hora, qué día dejó los pinceles. Una música tenue pero brutal lo animaba, crecía. Siguió creciendo hasta que la botella estuvo ahí, en la tela, limpia, reflejando (alojando) el sol, como una gota aplastada contra el vidrio. Un alivio, algo parecido al triunfo y después -fue entonces, sí, en ese momento, pensaba ahora, cuando lo descubrió- la música había crecido más desarticulada y sombría, parecida al insulto de un borracho. Mientras él (pero no él) pintaba el largo andén de la estación, cubría una parte de la botella, colocaba lenta y sádicamente la mugre, dibujando el charco alrededor. Fue como cuando era chico. El estaba parado y algo que no veía lo golpeaba de atrás, a la altura de las rodillas, haciéndolo encogerse, casi arrodillarse. Y oía la voz de su hermano: no servís para vigilante. Y de pronto estaba ahí la idea: como un relámpago. Pero dura, tenaz.

Ya estaba frente al lienzo. Ahora podía imaginar, sentir, casi, el pequeño peso de la pastilla, cuando llegara al estómago. Cuando se enteren cada uno se va a adueñar de su pedazo de culpa: no saben, ninguno se imagina que me hicieron un favor. Porque lo de la botella había servido, simplemente, para empezar. Después encontró a Mara y esa idea era más fuerte, lo contaminaba todo. Al conocerla trató de aislarla, de no hablarle de eso. La observaba, siempre, en silencio: buscaba algo que pudiera molestarlo, esa imperfección que había que extirpar. Un día, lo descubrió (por aquel tiempo ya andaba borracho: entraba a todos lados reducido, silencioso). Quiso explicarle: le habló de sus ojos y después de ese leve brillo que hacía menos perfecto el placer de contemplarlos. No lo recordaba todo: simplemente que él se había callado, y el rostro de Mara deformándose en una burla, esa risa, y después él, explotando mientras ella se iba: los cuadros por el suelo y al final su cara contra la cama, hundida, llorando. Al rato, con humillación, él había recordado la escena del espejo: también había trabajado sin descanso sobre la tela. Al terminar, ella miraba el espejo de frente y aparecía detrás. Menos borroneados, sobresaliendo entre un clima de sueño que dominaba el cuadro, los ojos de Mara parecían perfectos. Después, nuevamente, una sensación, una conocida molestia le había recorrido el cuerpo. Y la mano, como poseída, manejaba un poco más el pincel, sobre los ojos. La escena seguía siendo la misma. Estaban ellos dos, como de niebla, y el espejo; y los ojos: pero en ellos (en los ojos), como si alguien hubiese revuelto con un palo el fondo de un pozo, había algo oscuro, nauseabundo. Y al tiempo, una noche, entró al café, acercándose a la mesa. Posiblemente se comentara una exposición cualquiera. Instintivamente, esperó que estuvieran casi todos, mientras tomaba y se iba entorpeciendo y les adivinaba la lástima o el desprecio, cuando lo miraban. Mara estaba ahí cuando él adelantó su cuerpo, acercándolo más a la mesa y empezó a hablar, con un tono que estaba entre la risa y el llanto. Primero trató de ser espontáneo, sarcástico: dijo si se creían dioses. Lo miraron y sintió que era torpe, que algo, en medio de una bruma, deformaba sus palabras y las hacía ridículas. Preguntó si todavía nadie se daba cuenta. Entrevió los gestos; las señales secretas: Mara desapareció tras el hombro de alguien, como con vergüenza. Se había parado, tropezando, y todos se reían cuando dijo.
-Hay cosas que no se pueden rescatar.

Tenía un pincel grande, de pintar muebles, en la mano. Sin apuro. Le gustaba -porque esa escena la había imaginado muchas veces, hasta decidir cómo iba a hacerlo todo- ir despacio. Los ritos exigen cierta ceremonia, pensó. Sin atender a los colores, sin mirar el cuadro terminado que iría cubriendo, ocultando con esa pintura marrón, movió el pincel sobre el rincón derecho, arriba: uno de los pelos, desprendido del pincel, quedó estirado, una raya negra sobre el color marrón. Recordó la puerta de calle, escaleras abajo, aquel día, cuando la enfrentó. Defensa al doscientos, había leído en el diario. Ahí estaba, recién pintada, marrón y con una línea negra, un hilo pegado bajo el llamador de bronce, y él, antes de ver lo demás, había pensado que sí, que la pieza le iba a servir. Después, subiendo, lo había fascinado la escalera: los escalones anchos, como umbrales, un extenso descanso en cada entrepiso, la baranda cavada por los años en raros firuletes, le conferían cierta voluntaria lentitud. La mujer iba adelante pero al llegar al segundo piso ya no existía, borrada por el largo pasillo en sombras. Tampoco iba a existir después, cuando le trajera los platos de comida. Porque ese día comenzó definitivamente todo. El dejó el caballete y la tela en el mismo lugar en que estaba ahora. Una sola tela y los pinceles y las pinturas. El tubo con la pastilla. Cerró la puerta. El vértigo comenzó ahí.
Nunca supo (nunca se preguntó) cuál era su propósito. Al principio, durante varios días, intentaba conocer la casa. El baño daba a la pieza, él nunca salía de ella. Pasaba horas recostado, recordando la puerta y la escalera, inventándose todo lo demás: los otros pasillos, los techos, los recovecos donde alguien preparaba las comidas que iba trayéndole la vieja. Trataba de hundirse en la casa, de estar en el centro de ella hasta sufrir la presión total, como un punto donde convergieran, descargando su peso, todos los puntos del edificio. Una sola vez, agotado por esa reconstrucción tenaz, había abierto la ventana: en la noche, a todo lo alto y ancho de sus ojos, lo había asaltado un enorme paredón gris, adornado de pequeñas banderolas. Al cerrar, comprendió que los días iban a empezar a existir a través de esa ventana: un rayo de luz y el día, el rayo se borraba y la noche. La ventana, el único reloj. Lentamente había ido destruyendo la casa, reduciéndola a esa pieza. Al principio los intervalos de luz y oscuridad eran largos: tardaba en aparecer, tardaba en borrarse el rayo que atravesaba la ventana. Después, mágicamente, se unificaron. A veces, entorpecido por la vigilia o el sueño, no los hubiese podido discernir. La primera etapa de esa búsqueda que antes había abarcado la casa -lo descubrió de golpe- se reducía a esto: llegaba a su fin. Alrededor de él creció, de pronto, un largo pozo, una galería vertical. Un sueño oscuro en el que forjaba cuadros, laboriosamente. Primero, mientras estaba despierto, tomaba la lámpara por el pie y dirigía la luz sobre las paredes, sobre el techo, la detenía en los rincones, minuciosamente. Fue descubriendo manchas, monstruos que crecían en las manchas, objetos apenas dibujados. La ventana, luz y sombra, lo decoraba todo. En el sueño, esas manchas, esos colores, se combinaban, iban representando algo, convirtiéndose en signos de algo más remoto y deseable. Un día, en la vigilia, vislumbró una raya tenue: le pareció levemente conocida, anterior. Entró el sueño: vio colores, la raya apareció circundada de un tono indefinible y de pronto fue, sin dejar de ser raya, la botella: limpia, el barro había quedado atrás. Despertó, esa primera vez, sabiéndose más cerca de eso que no podía definir pero que -lo sintió- pretendía alcanzar. Otro día, en un rincón, una simple mancha adquirió relieve: los ojos de Mara, el pozo de agua perfecto; no sólo sin alterar sino sin fondo, total. La luz y la sombra, por la ventana, seguían marcando el tiempo. Ya no hacía falta encender la lámpara. Las cosas brotaban solas. Pasaba el día esperando que el rayo de luz cesara para descubrir, en el último minuto, algo que hacía mucho tiempo intentaba rescatar. Así, apareció el rostro de su padre. Papá estaba en la estación y su cara era de decir que me quedara. No me decía, cínicamente: Así que te vas. Y cosas más tenues, menos materiales: ciertos olores, la inclinación exacta de un cardo empujado por el viento, cerca de las vías. Todo iba apareciendo y él estaba ahí, dentro del pozo, cayendo constantemente, cayendo mientras las cosas se organizaban solas, mágicas, forjaban cuadros y era como exponer interminablemente en una galería vertical y profunda. Allá, en la boca del pozo, estaba esa ventana. La luz y la sombra sucediéndose, iluminando y ocultando, abajo, en el fondo, eso que esperaba la obra definitiva. El conjuro, la danza. El último detalle del rito. La tela en blanco, al final.

Se detuvo. Miró hacia la mesa de luz, hacia el tubo y el vaso de agua, un instante. Faltaba tapar la mitad de la tela. Por la ventana hacía rato que entraba el rayo de luz. Llegaban ruidos, tenuemente. Era tarde: mucho antes de levantarse de la cama había contestado a la vieja que no quería comer. La pintura no se había deslizado uniformemente: el pincel dejaba su marca a todo lo largo del lienzo. No importa, hace mucho tiempo que no se trata de ser prolijo, pensó. Atrás, ahora, está todo. Al fin había despertado de ese largo sueño. Un dejo de enfermedad crecía en él. Como si de golpe pudieran derrumbarse las paredes, la ciudad misma y él pudiese estar ahí, solo en medio del campo, o en medio del lienzo; con el pincel y los colores en la mano, omnipotente. Esa sensación antigua, ese poder remoto nacía en alguna oscura cueva de su mente y lastimaba, como algo eléctrico, sus manos, todo su cuerpo. Había intentado, primero, ordenarse, ordenar las cosas hasta que volviera el sueño. El sueño volvió. Entró al vértigo con una idea vaga de lo que iba a hacer. Bosquejó la habitación, pintó la mesa de luz, el tubo sobre ella, la lámpara. Después, la ventana: le llevó tiempo terminar la confusión de luz y sombra que entraba por ella, el rayo perdiéndose en el piso, la oscuridad a punto de llegar. Uno a uno reconstruyó los símbolos: no le costó encontrar la primera raya, fija en un rincón. La botella ahí, pura. Y la mancha: los ojos claros. Después todas las demás cosas: los pequeños monstruos de las manchas, conjurando estaciones, voces, el rostro de su padre. Finalmente, la habitación, ese mundo minucioso de sus paredes y de sus rincones estuvo listo. Pintó, por fin, la tela, en el lugar exacto: en la tela pintada amontonó todo lo imaginable. Los colores del sueño volvían, se despegaban de las paredes del pozo y brotaban inusitados, llenos de esos colores, de esas cosas menos materiales que también habían constituido su mundo: una palabra de su madre, el cimbrar de una vara en el aire, la penumbra del lejano cine, en el pueblo. Al final estaba todo ahí, rescatado; intacto. Mi última gran trampa, pensó. Robarle al mundo mi propio mundo y aislarlo. El barro, los gestos que le pertenecían, todo lo indeseable faltaba en el lienzo, seguiría faltando, eternamente. Cumplida la mayor parte del rito, el caos rítmico, primitivo, estaba acabando. Ahora, podría terminar.

Antes de dar la última pincelada -esa que taparía el único hueco por el que aún se veían los colores de la tela- caminó hacia la mesa de luz. Lentamente sacó la pastilla y dejó caer el tubo al suelo, mientras las tomaba, sosteniendo con una mano el pincel y elevando con la otra el vaso. No podría explicar bien, tampoco, qué lo había obligado a levantar ese alto paredón sobre su mundo. Encerrarlo. Quedarme para siempre de aquel lado, con mis cosas, con mi vida, oculto bajo esa capa desigual de pintura marrón. Ahora estoy todo ahí, para siempre. La pastilla, el veneno, harían pronto efecto. Caminó hacia la tela, mojó el pincel una vez más y se quedó esperando: Una leve molestia. Alzó el pincel y fue cubriendo desganadamente el rincón que faltaba. Se demoró un largo rato, hasta que sintió un retorcijón. Ya está.
Avanzó hacia la ventana, débil. La abrió con los ojos entrecerrados. Primero, la hoja con el vidrio. Después, el postigo. La zanja de la calle y un coche, huyendo sobre ella, como un pequeño animal asustado. Otro retorcijón, que abarcaba una zona más grande de su cuerpo: una garra abriendocerrándose, más allá de la piel y los huesos. Uno y se cierra y el dolor. Dos y se cierra y el dolor. Alzó la vista: a la altura de sus ojos y, más allá, hacia el cielo, el largo edificio, con las banderolas. Todo ahí, tras esa enorme mancha. Le hubiese gustado ver más lejos, en la noche: el puerto, quizá el río. Todo ahí, rescatado; intacto. Cerró el postigo. No quería morir con la ventana abierta. El dolor crecía, devastador: algo andándole por las entrañas, muchas ruedas, engranajes, destrozándolo por dentro. Con un último esfuerzo intentó cerrar la hoja de vidrio.
No alcanzó a hacerlo.

Fue en el mismo momento en que decía, casi gritando: Está todo, todo mi mundo, yo, tras esa mancha sucia, marrón. El vidrio, contra el postigo oscuro, hizo de espejo. El dolor crecía; estaba rompiéndolo, le impedía preguntarse por qué estaba tratando de recordar la tela, de descubrir si faltaba algo importante. De pronto tuvo una certeza, un miedo enorme. Su mundo de aquel lado: La garra abriendocerrándose. Y gritó: en el vidrio, desencajado, su rostro. Su propia cara. De este lado del muro sucio. Más acá del lienzo. Sin cubrir.




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