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CUENTOS MIEDO Y TERROR
CUENTO HALLAZGO DE UN TESORO (por Marcial Tamayo)
Volvió mi hermano a golpear, casi indignado, el muro resonante. Dio un golpe más que sentí como un trueno subterráneo. Súbitas grietas se dibujaron sobre la pared y de pronto, como si el mazo hubiera encontrado una piedra clave, bloques desiguales desprendiéronse y un hueco, sombrío y polvoriento, quedó frente a nosotros. Al principio sólo percibimos algo que era una sombra dentro de la oscuridad, una zona más negra en las tinieblas. Avido, mi hermano agrandó el hueco y acercó una lámpara.
Entonces lo vimos, estaba parado, rígido y pomposo. Pudimos ver, por un instante, su opulenta vestidura brocada, el resplandor de sus joyas, el ramillete de huesos de su mano alrededor de un crucifijo dorado, su calavera terrosa soportando una altísima mitra. Creció todavía con la luz que mi hermano aproximaba y luego, vertiginosamente, silenciosa y pulverizada, la figura del obispo se derrumbó. Los huesos eran ahora polvo, eran polvo la mitra y la capa magna. Pesadas, ominosas, eternas, las joyas eran nuestras.

Básteme decir hoy que el tesoro —que vendimos con paciencia y éxito— se componía de varios anillos episcopales, ocho admirables custodias enjoyadas, pesados copones, crucifijos, una petaca altoperuana con viejas monedas y grandes medallas de oro.

Después, ni yó sé por qué tuvimos tanta urgencia por separarnos. La historia ulterior de mi hermano la conozco porque él mismo, aburrido y brusco, hace poco me la contó. Había empezado cautelosamente vigilando su parte; luego, casi sin proponérselo, multiplicó el dinero. Se hizo muy rico, se casó, engendró, se hizo más rico, alcanzó la cima. Y después, sin tregua, gradualmente, vio perderse su riqueza y, según adiviné, perderse el placer que antes le proporcionaba acumularla. Terminó por no tener un solo centavo. Así está él ahora, indiferente.

Yo, en cambio, empecé gastando mi parte. No sé si antes dije que soy —o creí ser— pintor, y que en la época en que descubrimos el nicho secreto, yo comenzaba a dibujar en la academia de mi antigua ciudad. Es razonable, pues, que dedicara el dinero a alimentar mi vocación. Emprendí un largo viaje a Europa y busqué ardientemente a quien debería ser mi maestro. De París pasé a Venecia, de Venecia a Madrid. Y allá me detuve, más de doce años. Allá encontré al verdadero Maestro y trabajé y viví y transcurrí a su lado.
Y también progresé. Secretamente, porque el secreto era su método, me transmitió su arte. Aprendí su técnica y su concepto de la realidad; vi los colores que él veía, mi mano se movió con su pulso.

Mi Maestro me enseñó todo lo que sabía y acaso más aún; a veces llegué a pensar que las nociones que me inculcaba, prodigiosamente acababa él de inventarlas. Sin embargo, llegó el día que consideró terminado mi aprendizaje; tuve, con dolor, que despedirme de mi Maestro.
Sólo algunos meses después de haber regresado, durante una noche interminable, comencé a sentir aquella oscura incertidumbre:
tal vez no fuera yo un buen pintor. Había conocido, sin interés, a otros pintores; había visto, desdeñoso, otros cuadros. Pero ahora, repentinamente, una inquietud abundaba en mi interior. Mortificado, agraviado por la íntima desconfianza, decidí desplegar todas mis obras ante los ojos de la gente. Por otra parte, mi Maestro me lo había autorizado al separarnos.
Y así, expuse mis cuadros.
El resultado fue que alguno dijo que mi pintura era incomprensible; la mayoría la encontró trivial.
Pronto entendí que no valía nada, que yo no era, absolutamente, un artista. Escribí, desde luego, a mi Maestro una vez, otra vez; nunca supe más de él.
Desconsolado divagué entonces dentro de mi casa, día tras día, como un niño o un prisionero. Recorría sin término los vastos aposentos, los profundos corredores. Alguien de la casa me preguntó una vez si quería visitar el cuarto cuyas paredes, por un cuento narrado al azar, habíamos roto una noche. Sobre la pared sepulcral, en el confín de la casa centenaria, estaba colgado, por superstición o inocencia, un retrato que no sé quien explicó pertenecía al obispo tapiado. Lo habían encontrado, afirmaron, poco después de mi partida.

Era de noche cuando fui a ver el cuadro y tuve que llevar una lámpara. Recuerdo que con cuidado la levanté frente a la áspera pared, y que el retrato se iluminó en toda su vastedad. Fue como si volviera la perdida escena: vi la misma capa dorada, la misma levantada mitra. Pero en el cuadro todo me parecía, irónicamente, más real. Miré entonces lo que no recordaba, lo que no conocía, y sólo en ese momento descubrí que el obispo tenía el rostro de mi Maestro, que era mi Maestro.
(Marcial Tamayo -Buenos Aires, julio de 1953).




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