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CUENTOS HUMORISTICOS
CUENTO BLANCANIEVES Y LOS 7 ENANITOS - CUENTOS EN VERSO (por Roald Dahl)
* Cuentos en verso para niños perversos

Cuando murió la madre de Blanquita
dijo su padre, el Rey: Esto me irrita.
¡Qué cosa tan pesada y tan latosa!
Ahora tendré que dar con otra esposa ...
‑‑es, por lo visto, un lío del demonio
para un Rey componer su matrimonio‑.
Mandó anunciar en todos los periódicos:
Se necesita Reina y, muy metódico,
recortó las respuestas que en seguida
llegaron a millones... La elegida
ha de mostrar con pruebas convincentes
que eclipsa a cualquier otra pretendiente .
Por fin fue preferida a las demás
la señorita Obdulia Carrasclás,
que trajo un artefacto extraordinario
comprado a algún exótico anticuario:
era un ESPEJO MAGICO PARLANTE
con marco de latón, limpio y brillante,
que contestaba a quien le planteara
cualquier cuestión con la verdad más clara.
Así, si, por ejemplo, alguien quería
saber qué iba a cenar en ese día,
el chisme le decía sin tardar:
Lentejas o te quedas sin cenar .
El caso es que la Reina, que Dios guarde,
le preguntaba al trasto cada tarde:
Dime Espejito, cuéntame una cosa:
de todas, ¿no soy yo la más hermosa? .
Y el cachivache siempre: Mi Señora,
vos sois la más hermosa, encantadora
y bella de este reino. No hay rival
a quien no hayáis comido la moral .

La Reina repitió diez largos años
la estúpida pregunta y sin engaños
le contestó el Espejo, hasta que un día
Obdulia oyó al cacharro que decía:
Segunda sois, Señora. Desde el jueves
es mucho más hermosa Blancanieves .
Su majestad se puso furibunda,
armó una impresionante barahúnda
y dijo: ¡Yo me cargo a esa muchacha!
¡La aplastaré como a una cucaracha!
¡La despellejaré, la haré guisar
y me la comeré para almorzar! .
Llamó a su Cazador al aposento
y le gritó: ¡Cretino, escucha atento!
Vas a llevarte al monte a la Princesa
diciéndole que vais a buscar fresas
y, cuando estéis allí, vas a matarla,
desollarla muy bien, descuartizarla
y, para terminar, traerme al instante
su corazón caliente y palpitante .

El Cazador llevó a la criatura,
mintiéndole vilmente, a la espesura
del Bosque. La Princesa, que se olió
la torta, dijo: ¡Espere! ¿Qué he hecho yo
para que usted me mate, señor mío?
‑‑el brazo y el cuchillo de aquel tío
erizaban el pelo al más pintado‑.
¡Déjeme, por favor, no sea pesado! .
El Cazador, que no era mala gente,
se derritió al mirar a la inocente.
¡Aléjate corriendo de mi vista,
porque, si me lo pienso más, vas lista ... ! .
La chica ya no estaba ‑¡qué iba a estar!
cuando el verdugo terminó de hablar.
Después fue el hombre a ver al carnicero,
pidió que le sacara un buen cordero,

compró media docena de costillas
amén del corazón y, a pies juntillas,
Obdulia tomó aquella casquería
por carne de Princesa. ¡Que mi tía
se muera si he faltado a vuestro encargo,
Señora ... ! Se hace tarde... Yo me largo ... .
Os creo, Cazador. Marchad tranquilo
la Reina‑. ¡Y ese medio kilo
de chuletillas y ese corazón
los quiero bien tostados al carbón! ,
y se los engulló, la muy salvaje,
con un par de vasitos de brebaje.

¿Que hacía la Princesa, mientras tanto?
Pues auto‑stop para curar su espanto.
Volvió a la capital en un boleo
y consiguió muy pronto un buen empleo
de ama de llaves en el domicilio
de siete divertidos hombrecillos.
Habían sido jockeys de carreras
y eran muy majos todos, si no fuera
por un vicio que en sábados y fiestas
les devoraba el coco: ¡las apuestas!
Así, si en los caballos no atinaban
un día, aquella noche no cenaban...
Hasta que una mañana dijo Blanca:
Tengo una idea, chicos, que no es manca.
Dejad todo el asunto de mi cuenta,
que voy a resolveros vuestra renta,
pero hasta que yo vuelva de un paseo
no quiero que juguéis ni al veo‑veo .
Se fue Blanquita aquella misma noche
de nuevo en auto‑stop ‑y en un buen coche
hasta Palacio y, siendo chica lista,
cruzó los aposentos sin ser vista;
el Rey estaba absorto haciendo cuentas
en el Despacho Real y la sangrienta
Obdulia se encontraba en la cocina
comiendo pan con miel y margarina.
La joven pudo, pues, llegar al fin
hasta el dichoso Espejo Parlanchín,
echárselo en un saco y, de puntillas,
volver sobre sus pasos dos mil millas
‑que eso le parecieron, pobrecita‑.
¡Muchachos, aquí traigo una cosita
que todo lo adivina sin error!
¿Queréis probar? . ¡Sí, sí! , dijo el mayor
Mira, Espejito, no nos queda un chavo,
así que has de acertar en todo el clavo:
¿quién ganará mañana la tercera? .
La yegua Rififi será primera ,
le contestó el Espejo roncamente...
¡Imaginad la euforia consiguiente!
Blanquita fue aclamada, agasajada,
despachurrada a besos y estrujada.
Luego corrieron todos los Enanos
hasta el local de apuestas más cercano
y no les quedó un mal maravedí
que no fuera a parar a Rififi:
vendieron el Volkswagen, empeñaron
relojes y colchones, se entramparon
con una sucursal de la Gran Banca
para apostarlo todo a su potranca.
Después, en el hipódromo, se vio
que el Espejito no se equivocó,
y ya siempre los sábados y fiestas
ganaron los muchachos sus apuestas.
Blanquita tuvo parte en beneficios
por ser la emperatriz del artificio,
y, en cuanto corrió un poco el calendario,
se hicieron todos superbillonarios
‑de donde se deduce que jugar
no es mala cosa... si se va a ganar.




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