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CUENTOS ORIENTALES
CUENTO BARBA RIZADA (por Lin Yutang)
Este es un relato Tang favorito, que se destaca por una caracterización y un diálogo agudos. Con toda probabilidad fue escrito por Tu Kwang-t'ing (850-933 de la era cristiana), un taoísta sumamente distinguido y autor de muchas obras. Constituye el NC
193 del T'aip'ing Kwangchi, pero existen textos con leves variaciones, algunos de los cuales lo adscriben a cierto Chang Yueh. Historias legendarias han surgido en torno a la figura de Li Tsing, que también es protagonista de "Un Albergue Nocturno". Hubo dos aromatizaciones del relato. Yo he agregado algunos detalles en la escena de la Taiyuan.


Era un mundo de caballerosidad, aventura y romanticismo, de arriesgadas batallas y lejanas conquistas, de extrañas proezas de extraños hombres que colmaron la fundación de la gran dinastía Tang. En cierto modo los hombres de ese gran período tenían mayor estatura; su imaginación era más aguda, sus corazones más grandes y sus actividades más especiales. Naturalmente, como el Imperio Sui se desmoronaba, el país estaba tan lleno de soldados de fortuna como un bosque lo está de marmotas. En esos días los hombres se jugaban su fortuna en elevadas apuestas; oponían la astucia a la astucia y el ingenio al ingenio. Tenían sus creencias y supersticiones preferidas, sus odios virulentos y sus intensas fidelidades, y, de tanto en tanto, aparecía un hombre de acero con un corazón de oro.
Eran las nueve de la noche. Li Tsing, un joven de poco más de treinta años, había terminado su cena y estaba acostado en la cama, aburrido, desconcertado, furioso contra algo. Era alto y musculoso, de cabello revuelto y una cabeza implantada en un cuello y hombros hermosos. Perezosamente, hizo brincar los bíceps, porque poseía una habilidad especial para hacer saltar esos músculos sin flexionar los brazos. Era ambicioso, estaba lleno de energía y no tenía nada particular que hacer.
Había tenido una entrevista con el general Yang Su, esa mañana, en la que presentó un plan para salvar el Imperio. Estaba convencido de que el gordo y viejo general no lo leería y lamentaba haberse tomado la molestia de ir a verlo. El general, que se hallaba encargado de la Capital Occidental mientras el Emperador se divertía con mujeres en Nankín, había permanecido sentado, blando y satisfecho, en su lecho. Su cara era una masa de carne porcina, de labios bezudos, pesadas bolsas bajo los ojos, pliegues de grasa pendiéndole bajo la barbilla y una nariz de gruesas aletas extendidas de las que surgían regularmente bufidos y gruñidos. Veinte bellas muchachas estaban alineadas a ambos lados de él, portadoras de tazas y platillos, golosinas, salivaderas y plumeros.
Los plumeros, hechos de crines de caballo, de más de treinta centímetros de largo y unidas a un mango de jade o de madera pintada de rojo, eran más decorativos que útiles.
Las sedosas y blancas crines se agitaban graciosa aunque perezosamente. No podía existir un cuadro más convincente de un inservible en un puesto encumbrado, ni un contraste más acabado entre el lujoso ambiente y la degradada sensualidad que ya no era capaz de gozar de él.
El atezado y marcial Li Tsing permaneció silencioso y alto, aparentemente alejado de la escena, como con un velo de pensamientos ante los ojos. El Imperio caería como una manzana demasiado madura, podrida, pensaba, y muy pronto, además. Todo el país estaba amotinado. Y he ahí esa masa de carne de puerco rodeada por una cortina de carne de mujer. Se creía, y, por supuesto, era cierto, que los cuerpos de las muchachas ayudaban a mantener caldeada la habitación.
Yang Su miró la tarjeta del visitante y dijo con tono de aburrida fatiga:
- ¿Quién eres tú?
- Cualquiera. Pensé que en tiempos como éstos necesitarías un hombre con una idea y un plan de acción - y que serías más cortés. Habrías podido invitarme a sentarme.
- Siéntate, me olvidé. Perdón - dijo el general. Yang Su siempre recibía a sus visitantes sin levantarse del asiento, pero nadie se lo había dicho nunca a la cara.
Se oyó el sonido de una respiración entrecortada, como un jadeo. Un plumero cayó al suelo y una joven alta y esbelta, vestida de rosa, lo recogió apresuradamente. Li Tsing levantó la mirada y vio dos hermosos ojos negros, excitados y maravillados, contemplándolo. 'Se sentó despaciosamente.
- ¿Qué quieres?
- No quiero nada. ¿Y tú no quieres nada, Excelencia?
- ¿Yo? - barbotó el general ante la impertinencia.
- Quiero decir, ¿no buscas algo? Quizás un plan para salvar el imperio y un hombre decidido... - Dejó que las palabras murieran en sus labios; la frase quedó trunca.
- ¿Un plan?
- Ya veo que no. Me temo que te estoy haciendo perder el tiempo, general.
Pero extrajo el plan del bolsillo cuando el general se lo pidió. Lo vio ponerlo sobre el taburete, a su derecha, en un esfuerzo por mostrarse cortés, y luego le preguntó:
- ¿Esto es todo?
- Sí - contestó Li, y se levantó y salió.
Mientras hablaba, la joven de rosa continuaba mirándolo, y los ojos de los dos se encontraron. Cuando se volvió para salir de la habitación, ella dejó caer nuevamente el plumero. Esa fue la única circunstancia agradable de la entrevista, y ahora, en la cama, rió mientras recordaba la forma en que ella lo había contemplado.
Oyó un golpecito leve en la puerta de su dormitorio. ¿Quién podía ir a visitarlo a esa hora? No podía ser que el general hubiese leído su memorándum. Se levantó y encontró en la puerta a un desconocido de capa color púrpura y sombrero, que llevaba una maleta sobre un hombro, en el extremo de un bastón de paseo.
- ¿Quién es usted?
- Soy la muchacha del plumero, de la casa del general Yang - susurró ella -. ¿Puedo entrar?
Li se puso apresuradamente una bata y la hizo pasar, excitado por su misteriosa visita y su disfraz. La joven, que tendría entre dieciocho y diecinueve años, dejó a un lado la capa y el sombrero, revelando un cuerpo grácil cubierto por una chaquetilla y unas faldas rojas con diseños de nubes. Él contempló la hermosa visión turbada. Con el blanco rostro humillado, ella hizo una reverencia y explicó:
- Debes perdonarme. Te vi en la entrevista con el general, esta mañana. Por tu tarjeta de visita me enteré de tu dirección y vine a verte.
- ¡Ya lo creo!
La mirada de la joven lo siguió mientras él se anudaba el cinturón de la bata y atisbaba por la ventana.
- Por favor, escúchame, señor Li. He huido.
- ¡Huido! Tan sencillo... Ya sabes que te buscará la policía de toda la ciudad.
- No te preocupes - respondió la muchacha con dulce y seductora sonrisa -. Tengo una amiga que quiere ocupar mi puesto, y esa carroña de general ni siquiera me echará de menos. El interior de esa casa es como el Imperio mismo. Nadie es leal para con el amo
- en rigor lo odian y lo único que quieren es aprovecharse de él todo lo posible.
Li le pidió que se sentase en su mejor silla. La mirada de la joven seguía fija en él.
- Señor Li, he leído tu memorándum.
- ¿Sí? ¿Y qué opinas de él?
- Creo que estás arrojándole perlas a ese cerdo. Li se sintió divertido.
- ¿Lo leyó él?
- No. ¿Qué creías?
Li vio la notable inteligencia que se leía en los ojos de la muchacha y le sonrió.
- De modo que piensas fugarte...
- Déjame que te explique - dijo la muchacha, sentándose sólo entonces, lentamente, en la silla -. Todos saben que los días del Imperio están contados, que se acerca el diluvio.
Todos, menos la carroña ambulante. Nosotras las muchachas también lo sabemos, y tratamos de cuidarnos. - Hizo una pausa de un segundo y luego agregó: - Muchas han huido. Otro año, o más, y ya no habrá general Yang. Cuando te vi esta mañana pensé que me gustaría conocerte.
Li observó a la joven. Se sintió conmovido, no tanto por la belleza de ella como por su plan para huir y por la inteligencia de su previsión. Sabía demasiado bien lo que le ocurriría a una muchacha de su posición, cuando la guerra llegara a la capital y el general huyese o fuera capturado. Sería apresada por los soldados y violada o vendida como esclava.
Era alta y esbelta, con ojos separados y levemente más largos que los comunes; sus pómulos un tanto prominentes completaban su rostro alargado.
- ¿Qué puede hacer una muchacha? Hablo en serio. Por favor, créeme.
El rastro de tristeza de su voz, la expresión seria de sus ojos, toda su conducta y su forma de hablar, lo fascinaron.
- ¿Cómo te llamas? - preguntó Li Tsing.
- Chang.
- ¿Y qué jerarquía tienes?
- Soy la número uno de mi familia. - La joven lo miró con firmeza. - Señor Li, he visto a cientos de personas que fueron a visitar al general, pero ninguna era como tú. - Era evidente que tenía la intención de huir para siempre y que había decidido ir a vivir con él. Y Li admitió para sí que no se sentía nada hostil a permitírselo.
- Va a ser difícil, señorita Chang, compartir la vida de un soldado, un mes aquí, otro mes allá, marchando y combatiendo, en la incertidumbre y el peligro.
- Todo eso ya lo sé de haber leído tu memorándum.
- Sólo me viste esta mañana. ¿Que te hace pensar que soy el hombre adecuado para unirte a él?
- Te vi cuando hiciste que el general se disculpara por sus malos modales. Ningún otro se había atrevido a hacerlo. Tú hablaste sin temor. Este es el hombre, me dije. Si dices que sí, volveré y arreglaré los últimos detalles.
Cuando la muchacha regresó, una hora después, Li apenas podía creerlo. Se sintió tan halagado y encantado como preocupado por las consecuencias, porque era pobre. A cada tantos minutos atisbaba por la ventana para ver si alguien la perseguía.
Cosa curiosa, la joven parecía sumamente calma. Su mirada se posaba sobre él cariñosamente y lo seguía a todas partes.
- ¿No tienes parientes? - le preguntó Li Tsing.
- No. De lo contrario no estaría en esa casa... Soy feliz - dijo de pronto. Ese fue el único indicio de la excitación que acechaba durante todo el tiempo en la luz de sus ojos.
- No tengo ningún trabajo; tú lo sabes.
- Pero eres ambicioso. Harás grandes cosas.
- ¿Cómo lo sabes?
- El memorándum.
- Ah, sí, el memorándum - respondió él con una cínica sonrisa. No era que tuviera una opinión ligera de su propia composición. Era un erudito de mucha lectura, talentoso, y su plan de acción estaba expresado clara, audaz e incisivamente -. Bromas aparte,
¿quieres decirme que te enamoraste de ese trozo de papel?
- Sí, así es; o más bien del hombre que lo escribió. Es una lástima que el general lo haya pasado por alto. - Hasta mucho más tarde no le dijo que lo que la había fascinado era el hermoso porte de su cabeza sobre un cuello fuerte, bien moldeado, y sobre los anchos hombros orgullosos; sus ojos claros y todo su aspecto de ser un hombre y un soldado por todos los costados.
Unos días después Li oyó el rumor de que la joven era buscada por los guardias del general. Aunque la búsqueda era superficial, como le había dicho la muchacha que lo sería, Li la vistió con un traje de hombre y partió con ella a caballo.
- ¿A dónde vamos? - preguntó ella.
- Vamos a visitar a un amigo en Taiyuan.
En esos días caóticos, viajar estaba muy lejos de ser seguro, pero Li no tenía temor alguno en lo referente a la autoprotección física. Podía enfrentar a una docena de hombres a la vez, como no fuese en una emboscada cobarde. Pertenecía a esa estirpe de guerreros valientes, ambiciosos, osados, que palpaba el terreno del tambaleante Imperio Sui, entablando amistades y estudiando la situación política y geográfica a fin de estar lista para alzarse en rebeldía cuando la oportunidad lo exigiese. Había muchos otros como él, hombres que viajaban disfrazados y trabajaban en secreto, buscando camaradas valerosos, íntegros y fieles.
- ¿Crees en el destino? - preguntó a la joven mientras cabalgaban.
- ¿Qué quieres decir?
- En el destino. Hay un joven, el segundo hijo del comandante de Taiyuan. Mi amigo Liu Wentsing lo conoce bien y está tramando una rebelión sin el conocimiento de su padre. Liu tiene una fe enorme en el joven. Cree que es el Dragón Verdadero.
- ¡El Dragón Verdadero! - exclamó la muchacha.
- Sí - dijo Li, y su mirada se ensombreció -. Es probable que algún día suba al Trono del Dragón. Tiene un rostro extraordinario. ¿Crees en la fisonomía?
- Por supuesto que sí. Por eso te elegí a ti. ¿Qué hay de extraordinario en él?
- No puedo decírtelo. Naturalmente, es hermoso, bien construido y todo lo demás. Pero no puedo describírtelo. Cuando entra en una habitación, inmediatamente sientes su presencia. Algo emana de él, como de un conductor nato de hombres. Ojalá pudieras verlo; entonces sabrías lo que quiero decir.
- ¿Cómo se llama?
- Li Shihmin. La gente lo llama "Erlang" porque es el segundo hijo del comandante.
Li Shihmin, es claro, era el hombre que fundaría el gran Imperio Tang, el que se convertiría en el emperador más amado de los últimos mil años, valiente, sabio y bondadoso; su reino marcaría un período de oro de la historia. Era natural suponer que la belleza de carácter de semejante hombre encontraría expresión en su fisonomía. Debe de haber sido extraordinario para hacer las cosas que hizo, y su rostro tiene que haberlo mostrado.
En una pequeña posada donde Li y la muchacha se hospedaban en Lingshih, la cama estaba tendida. En un rincón de la habitación había una pequeña estufa de barro, con un buen fuego encendido, sobre la que burbujeaba un guisado. La joven, habiéndose quitado el disfraz, se peinaba el cabello extraordinariamente largo, sobre la cama, para que no tocase el suelo. Afuera, Li almohazaba al caballo.
Un hombre de peso mediano, de roja barba y patillas rizadas, llegó a la posada en un asno huesudo. Sin ceremonia, y sin consideración hacia la presencia de la joven, dejó caer su morral de cuero a modo de almohada, se reclinó en él y se tiró en el suelo, mirando a la muchacha con sus potentes ojos. La impertinencia del desconocido enfureció a Li, pero continuó cepillando a su caballo, sin dejar de mirar al recién llegado.
La joven también lanzaba rápidas miradas al desconocido. El rostro de éste tenía un tono rojo cobrizo, e iba vestido con una chaqueta de piel y pantalones. Una cuchillera le pendía ostentosamente de la cintura. No parecía un hombre con quien se pudiera bromear. Ella se volvió de costado y, sosteniéndose el cabello con la mano izquierda, le hizo a Li con la derecha una señal de que no se enojase y dejara al hombre en paz.
Cuando terminó de peinarse, se acercó al desconocido y le preguntó cortésmente el nombre, para mostrarse amistosa. El hombre se incorporó lentamente y dijo que se llamaba Chang.
- ¿Y qué jerarquía tienes?
- Soy el número tres de mi familia.
- Yo también me llamo Chang - dijo ella con dulzura -. Entonces soy tu hermana de clan.
- ¿Cuál es tu jerarquía? - preguntó el hombre.
- Soy la mayor de mi familia - respondió la joven.
- En ese caso te llamaré "Imei" - hermana menor número uno -. Me alegro de conocer a una hermana de clan como tú.
Li apareció en la puerta.
- Tsing - dijo la muchacha -, ven a que te presente a mi tercer hermano.
El desconocido se mostró amistoso, pero sus palabras surgían bruscamente, en tono claro y enérgico. Tenía el aire de un hombre que ha viajado mucho y que sabe lo que hace. Su mirada inspeccionó a Li y a la mujer, y pareció haber extraído sus propias conclusiones acerca de la pareja. Li analizó los modales y la ropa del hombre, y decidió que era un soldado de fortuna como él. Siempre había querido conocer a hombres como él mismo, hombres del camino abierto, de modales y habla cortantes, desdeñosos de la vida convencional de los ciudadanos seguros, cautos y sumisos, hombres que se lanzaran a la acción cuando se presentase la oportunidad y que actuaran como hombres de acero, leales para sus amigos y mortíferos para sus enemigos.
- ¿Qué se cuece en esa olla? - preguntó Barba Rizada.
- Carnero. Está casi listo - repuso la joven.
- Estoy muerto de hambre.
Li salió y volvió con algunas tortas de trigo, para compartir la cena con el desconocido.
Barba Rizada extrajo un filoso cuchillo para cortar el carnero y separar los cartílagos para su asno. Comió sin fijarse para nada en los modales, y terminó con increíble rapidez.
- Ustedes dos forman una interesante pareja - declaró, dirigiéndose a la joven -. Pobres y románticos, ¿eh? ¿Cómo lo elegiste? A ti ya te he calado. No estás casada, y huyes de algo. ¿Me equivoco? No, no te asustes, Imei. - Había cierta tibieza en su voz, cuando habló a la muchacha.
La mirada de Li no vaciló, pero se preguntó cómo podía saber ese hombre. ¿Podía leer en los rostros? Quizá las largas uñas de la joven delataron el secreto de que había vivido en una mansión rica.
- Me temo que has acertado - contestó Li con una carcajada. Sus miradas se encontraron, la de Li tratando de sondear las intenciones del desconocido, y luego agregó, con una sonrisa -: Ella me ha elegido, como dices. No subestimes a las mujeres.
Ella sabe que se acerca el diluvio.
- ¿El diluvio? - Los ojos de Barba Rizada tenían un brillo extraordinario.
- Figurativamente, es claro.
La mirada de Barba Rizada se posó en la joven con un chispazo de admiración.
- ¿De dónde vienen? - preguntó.
- De la capital - repuso Li con serenidad, mirándolo firmemente.
- ¿Hay un poco de vino?
- Al lado hay una casa de vinos. Barba Rizada se levantó y salió.
- ¿Por qué se lo dijiste? - inquirió la muchacha.
- No te preocupes. Los hijos del bosque tienen un código de honor más estricto que los funcionarios. Sé reconocer a un espíritu afín cuando lo tengo delante.
- No me gustó la manera en que cortó el carnero cuando tú no estabas, y la forma en que le dio los restos a su asno, sin pedirme permiso. Como si la carne fuese de él.
- Eso es lo que más me gusta en él. Si se mostrase cortés y un tanto untuoso, me habría preocupado. Ten go la idea de que un hombre como él presta muy poca atención a unos pocos trozos de carnero. Evidentemente le has gustado.
- Ya lo he visto.
Barba Rizada volvió con el vino. Tenía el rostro radiante y rompió a hablar. Le sobresalían las venas de las sienes. Su voz era quebrada y baja, pero sus frases eran lentas, claras y deliberadas. Tenía en muy baja opinión a todos esos generales que habían levantado los estandartes de la rebelión. Ninguno de ellos valía gran cosa.
Mientras escuchaba, Li tuvo la seguridad de que Barba Rizada tenía planeado algo grande.
- ¿Qué piensas de Yang Su? - preguntó Li, para sondearlo.
Barba Rizada lanzó su filoso cuchillo a la mesa y rió. La afilada hoja perforó la madera, centelleando de luz blanca y canturreando mientras vibraba antes de detenerse gradualmente.
- ¿Para qué hablar de él?
- Quería conocer tu opinión. - Li le contó su entrevista con el general y cómo se había escapado la joven.
- ¿A dónde van ahora?
- A Taiyuan, donde podré mantener desconocida mi identidad durante un tiempo.
- No creas que podrás hacerlo. ¿Has oído hablar de una persona extraordinaria de Taiyuan?
Li le habló de Li Shihmin, el que se suponía que era el Dragón Verdadero.
- ¿Qué opinas de él?
- Es sumamente extraordinario.
El rostro de Barba Rizada se puso serio.
- ¿Puedo verlo? - preguntó al cabo de un rato.
- Mi amigo Liu Wentsing lo conoce muy bien. Le pediré que te lo presente. ¿Para qué quieres verlo?
- Sé juzgar a las personas por el rostro.
Li no tenía idea alguna de que estaba prometiendo una entrevista fatal.
Convinieron encontrarse en el puente Fenyang, al alba del día siguiente a su llegada a Taiyuan. Barba Rizada se ofreció a pagar por la habitación, e incluso insistió, diciendo que lo hacía por su Imei. Partió al trote, en su flaco asno, y desapareció.
- Estoy seguro de que quiere ver al Dragón Verdadero porque tiene algún buen motivo para ello - dijo Li cuando volvieron a entrar en la posada -. ¡Qué hombre extraño!
Li Tsing y Barba Rizada se encontraron en el momento fijado, dos negras figuras en la entrada del puente Fenyang, en las primeras horas del brumoso amanecer. Li tomó a su amigo del brazo y, después de un ligero desayuno, caminó con él hasta la casa de Liu 30
Famosos relatos chinos
Wentsing. Los dos hombres guardaban silencio, invadidos por la sensación de algo más hondo que la amistad: un propósito común. Li era el más alto de los dos, una figura elevada, robusta, marcial. Barba Rizada caminaba con un porte desenvuelto, oscilante, como un veterano con abundancia de energía en las rodillas y que no asignaba ninguna importancia a un paseo de ciento cincuenta kilómetros.
- ¿Crees en la lectura del rostro? - preguntó Li Tsing, pensando en el Dragón Verdadero.
- La fisonomía de un hombre es el registro y la expresión de su carácter. Los ojos, los labios, la nariz, la barbilla, las orejas, el color y el tinte de su rostro y su tez: todo ello habla con tanta claridad como un libro, si se sabe leer. Si un hombre es fuerte o débil, taimado u honrado, decidido y cruel o sensual y marrullero: todo eso está en su cara. Es el libro más complicado, porque el carácter humano es la cosa más compleja que existe sobre la tierra, y todas las combinaciones son posibles.
- ¿De modo que el destino de un hombre queda determinado desde su nacimiento?
- Casi. No puede escapar a su sino, así como no puede escapar a su propio carácter. No hay dos rostros iguales. El rostro de un hombre registra exacta, infaliblemente, todos sus pensamientos. Según como un hombre viva le sucederán las cosas, y no importa tanto lo que le sucede como la forma en que lo toma.
Cuando llegaban a la casa de Liu, Li advirtió el tenue rastro de excitación en la respiración apresurada de Barba Rizada.
Al llegar Li entró el primero y dijo:
- Hay un amigo a quien le gustaría conocer a Li Erlang. Es un buen juez de rostros.
Está afuera.
- Hazlo pasar, por supuesto - fue la respuesta, y Li salió apresuradamente para dar la bienvenida a Barba Rizada. Liu había estado planeando un levantamiento con Li Erlang, o Li Shihmin, como era su verdadero nombre, y cuando oyó hablar de uno que podía leer el destino de un hombre en su rostro se sintió encantado. Barba Rizada entró y se les invitó a quedarse para el almuerzo, mientras Liu Wentsing enviaba una nota a Li Shihmin para que fuese a la casa.
Pronto Barba Rizada vio que un joven entraba en la habitación, con una chaqueta de pieles, desabotonada, echada sobre los hombros, la cabeza erguida, una figura de elevada estatura, alegre, cordial y confiado. Hermoso no era la palabra que le cuadraba.
Al entrar en el cuarto parecía resplandecer. Sus ojos, sin moverse, parecieron captar todo lo que sucedía en la habitación. Por debajo de su afilada, puntiaguda nariz, que tenía un puente notablemente recto y prominente, rojos bigotes rígidos se curvaban hacia arriba como si se pudiera colgar un arco en ellos. Li vio que Barba Rizada inspeccionaba la elevada figura con los ojos de un águila.
- Ojalá mi amigo el taoísta estuviese aquí para verlo - susurró a Li después del almuerzo.
Quizá no lo crean, pero cuando se fueron había en el rostro de Barba Rizada una expresión como si alguien le hubiese asestado un golpe de muerte. Caminaba con la cabeza gacha, el rostro ensombrecido, incierto, turbado. Su respiración era rápida y audible.
- ¿Qué piensas de Li Shihmin? - preguntó Li Tsing. Como no recibió respuesta, repitió la pregunta -. ¿Qué opinas de él?
Lentamente, Barba Rizada masculló, casi para sí:
- Estoy un ochenta o noventa por ciento seguro de ello. Puede ser el Dragón Verdadero.
Pero me habría gustado que mi amigo taoísta lo viese por sí mismo. ¿Dónde te hospedas?
Li le contestó que se hospedaba en una posada.
- Eso está bien para unos pocos días. Ven conmigo.
Barba Rizada lo llevó a una sedería. Al cabo de un rato salió y entregó a Li un paquete envuelto en papel que contenía unos trozos de plata rota, unas treinta o cuarenta onzas, diciéndole:
- Toma esto y consigue un buen albergue para Imei. Li se mostró asombrado.
- No importa. Tómalo. - Así obraban esos héroes aventureros.
- ¿Robaste la tienda? Barba Rizada rió.
- No, el dueño es un amigo mío. ¿Necesitas más? Puedo dejárselo dicho. Ven y toma lo que necesites. Tengo la idea de que no tienes mucho dinero, y me molestaría que mi hermana tuviera que sufrir incomodidades. No creo que debas quedarte aquí mucho tiempo. Ven a Loyang y hospédate conmigo. Ven dentro de un mes. - Levantó la cabeza y contó con los dedos. - El tres de febrero regresaré. Ven a una taberna que está al este de las caballerizas de la Puerta Oriental. Cuando veas este asno y un mulo negro atados afuera, sabrás que yo y mi amigo taoísta estamos arriba. Sube directamente.
Llegaron a la posada donde se hospedaba Li, pero Barba Rizada no estaba dispuesto a despedirse y siguió a Li al interior. Trató a la muchacha como si fuese su verdadera hermana, y a Li como a su hermano. Pidió una gran cena para ellos, esa noche, y parecía no querer irse. Se quedaron sentados, conversando, hasta altas horas de la noche.
- Por favor, no te ocupes de mí, hermana. Retírate tú primero. - Pero él se quedó en la habitación. Aparentemente no tenía nada de sueño. La señora Li se acostó porque no podía mantener los ojos abiertos. Se sentía turbada, pero divertida. Barba Rizada tenía una vitalidad sobrehumana. En las primeras horas de la mañana Li se adormiló, mientras el otro continuaba hablando.
A la mañana Li fue despertado por el extraño invitado.
- ¿Dónde dormiste?
- Aquí mismo, en el suelo.
- ¿Por qué, creíste que necesitaba un guardaespaldas? Barba Rizada parecía tan fresco como siempre.
- Parto hacia el monte Wutai. Tengo ciertas cosas que hacer. Estaré de regreso en Loyang el tres de febrero. No te olvides, y, naturalmente, quiero que también venga mi hermana.
Quizás era esa la conducta de esos héroes que vagaban por el país, que viajaban rápidamente y entablaban amistades con rapidez, llevando el corazón al descubierto, generosos en exceso. Cuando un hombre insiste en tratarlo a uno como a un hermano y a la esposa como si fuera su hermana, es imposible dejar de quererlo.
Li y su esposa llegaron a Loyang de acuerdo con lo convenido con Barba Rizada.
Encontraron la posada tal como él la había descrito, y cuando vieron los dos animales atados afuera, entraron y subieron.
- Sabía que vendrían - dijo Barba Rizada poniéndose de pie para recibirlos. Les presentó al taoísta, estudiante de magia, astrología, fisonomía, de todo lo que tuviese que ver con ch'ishu, "las fuerzas y los números", de todo lo que decide nuestra vida por medio de esas influencias invisibles. El taoísta era un hombre de voz suave, y no pronunciaba muchas palabras. Si observó a Li Tsing y a su esposa, éstos no se dieron cuenta especialmente de ello, y se mostró cordial, a su modo, serenamente.
- De modo que prefieres la espada a la pluma - dijo de pronto a Li Tsing.
Li se sintió maravillado ante la exactitud de las observaciones del taoísta. Era un hombre instruido, y dijo que, cuando tenía dieciséis o diecisiete años, la cuestión de decidir si debía ser un estudiante o un soldado había significado una lucha para él.
Barba Rizada les hizo pasar a una habitación.
- Pueden quedarse aquí, si quieren. Estarán seguros. No se preocupen. Ya sé lo que están pensando. La posada es mía. Toma dinero de abajo y cómprale algo bonito a mi hermana.
De modo que se quedaron en la taberna, y Barba Rizada aparecía a menudo y se quedaba a conversar con ellos hasta muy avanzada la noche, discutiendo de estrategia militar. Li Tsing tenía mucho que aprender de él. Era la táctica que más tarde puso en práctica y que le resultó tan ventajosa. No era una cuestión de valor físico, como muchos imaginaban. Se trataba de conocer al enemigo, de buscar sus puntos vitales, el lugar en que un buen golpe valiese por cien. Cuando se golpea a una serpiente, se la golpea en la cabeza. No se combate a un enemigo, se combate en torno a él. Y así sucesivamente. Tales discusiones siempre duraban hasta después de la medianoche. El astrólogo estaba frecuentemente ocupado contemplando el cielo en dirección de Taiyuan, buscando conjunciones de estrellas y auras y fenómenos nebulosos que Li y Barba Rizada no entendían.
Al cabo de unas semanas el taoísta dijo que le gustaría ver a Li Shihmin.
- Presentarás mi amigo a Li Shihmin - dijo Barba Rizada a Li -. Me gustaría que me dijera si es el Dragón Verdadero. Eso será crucial. Todo quedará decidido entonces.
- ¿Y qué harás si es el Dragón Verdadero? ¿Luchar contra él o unir tus fuerzas a las suyas?
- No lucho contra el Destino.
- Con él, entonces.
- No seas tonto. - Barba Rizada cortó la discusión con una carcajada. Citando un proverbio, dijo que prefería ser cabeza de ratón antes que cola de león.
Partieron rumbo a Taiyuan. El taoísta fue presentado a Liu como un gran astrólogo que podía predecir el futuro. Liu jugaba al ajedrez con algunos de sus amigos, y pidió al taoísta que se sentara y jugara una partida con él, mientras enviaba una nota a Li Shihmin para que fuese a presenciar el juego. Barba Rizada y Li Tsing se sentaron cerca para mirar.
Li Shihmin entró y se sentó en silencio junto a la mesa de ajedrez. No pronunció una palabra, que ese es el comportamiento correcto de todos los espectadores del juego.
Barba Rizada codeó a Li en silencio. El mundo estaba lleno de valientes soldados y de héroes de tintineantes sables, pero un Dragón Verdadero pertenecía a una clase distinta.
El taoísta, aparentemente absorto en el juego, vigilaba la respiración del Dragón, sentía sus irradiaciones, las probaba, las evaluaba. Li Shihmin estaba sentado perfectamente erguido, con los hombros rectos, las manos colocadas firmemente sobre las rodillas abiertas. De tanto en tanto sus negras cejas se movían un poco mientras contemplaba el juego, y en el fondo de sus ojos negros brillaba una luz, como si lo viera y lo entendiera todo. Cinco minutos más tarde el taoísta apartó el tablero y dijo a Liu Wentsing:
- El juego está definitivamente perdido. No hay forma de salvarlo. Hiciste una espléndida movida con ese peón, realmente espléndida. Me rindo.
Por lo que los espectadores podían ver, el juego no estaba tan irremediablemente perdido como aseguraba el taoísta. Pero éste, aparentemente, había decidido ahorrarse una lucha inútil. Se levantó de su asiento y suspiró.
Como el juego había terminado, los tres amigos agradecieron al dueño de casa y salieron.
Cuando estuvieron afuera, el taoísta se volvió hacia Barba Rizada y le dijo:
- Tu juego está perdido. El Hombre del Destino está adentro. Es inútil intentarlo. Pero puedes buscar alguna otra tierra que conquistar.
Por primera vez Li vio que la espalda de Barba Rizada se encorvaba y que todo su cuerpo parecía aflojarse. Algo le había sucedido interiormente.
- La situación ha cambiado, y me temo que debo cambiar mis planes. Espérame en Lo-Yang. Volveré dentro de dos semanas - dijo Barba Rizada, y partió solo.
A Li no le gustaba hacer preguntas. Volvió a Lo-Yang con el taoísta.
Cuando Barba Rizada regresó, dijo a la señora Li:
- Quiero que vengas a conocer a mi esposa, hermana. Y tengo algo muy importante que hacerles ver, a ti y al señor Li.
Li Tsing nunca había sabido dónde vivía Barba Rizada. El hombre lo asombraba continuamente. Lo condujo a una entrada consistente en una puertecita de un solo tablero. Pero al entrar en el primer patio vieron un vestíbulo magníficamente amoblado.
Había docenas de sirvientes y criadas cerca. Fueron introducidos en la habitación oriental, donde los invitados debían higienizarse. La mesa de tocador, los espejos antiguos, las jofainas de bronce, las lámparas de cristal, las mesas, los armarios y los biombos eran de la más fina calidad, y, algunos de ellos, evidentemente inapreciables.
Barba Rizada apareció muy pronto con su esposa y la presentó ante ellos. Era una mujer de unos veintiocho o treinta años, de notable belleza. Li y su esposa se sintieron abrumados por la franca, resuelta hospitalidad, que les hizo sentir que eran huéspedes sumamente distinguidos.
Durante la cena hubo muchachas que ejecutaron una extraña música de encantadora melodía, una música como Li nunca había escuchado. Cuando la cena casi había concluido, entraron criados llevando diez bandejas de madera dura, todas cubiertas con telas de seda, y las colocaron en banquillos, contra la pared del este. Cuando todo quedó preparado, Barba Rizada dijo a Li:
- Quiero mostrarte algo.
Los trozos de seda fueron levantados y Li vio que en las bandejas había documentos, escrituras, actas y manojos de grandes llaves.
- En todo esto hay unos cien mil dólares - dijo -, incluso algunas joyas y otros valores.
Quiero regalártelo. ¿Qué me dices? Había hecho planes, lo había reunido todo, esperando que llegara el momento en que podría organizar un ejército y comprar tropas, armas y municiones. Tenía la esperanza de hacer grandes cosas. Ahora ya no me sirve para nada. Ese joven Li de Taiyuan, estoy convencido, es el Dragón Verdadero. Toma esto y ayúdalo a cumplir lo que está destinado a hacer. Él es tu hombre, y no te olvides de la estrategia que te he enseñado. Dentro de cinco o diez años Li Shihmin podrá conquistar a toda China. Sírvele lealmente y el poder y la fortuna serán tu recompensa.
Yo tengo mis propios asuntos que atender. Dentro de una docena de años, cuando oigas que más allá de las fronteras de China alguien ha conquistado un país extranjero y establecido un nuevo reino, sabrás que se trata de tu viejo amigo. Entonces tú y mi hermana podrán volver el rostro hacia el sudeste y beber una copa a mi salud.
A continuación se volvió y dijo a todos los criados y miembros de la casa:
- De ahora en adelante el señor Li será vuestro amo y el dueño de todo lo que poseo, y mi hermana será vuestra señora.
Habiendo dado las instrucciones adecuadas, salió y, vestido con ropas de viaje, partió a caballo con su esposa, seguido de un solo sirviente. Jamás volvieron a verlo.
En los años siguientes Li estuvo atareado ganando batallas en las largas campañas que unieron a China bajo el gran Imperio Tang; Li Shihmin se convirtió en el gran emperador que gobernó el país en la paz y Li fue su amigo más fiel y el comandante en jefe de los ejércitos de Tang.
Un día Li leyó en un informe del ejército que alguien, cuyo nombre no se mencionaba, había desembarcado en Fuyu con una fuerza de treinta o cincuenta hombres, al otro lado de la frontera sur de China, y que la había conquistado y se había erigido en rey de la región. Li se sintió seguro que se trataba de su viejo amigo, el que los había ayudado, a él y a su esposa, en su mocedad. Resultaba casi increíble que el hombre hubiese elegido el olvido y se hubiera desterrado voluntariamente antes que ser el subordinado de nadie.
Había resuelto ser rey en alguna parte, y ahora era rey. Esa noche, cuando Li volvió a su casa, le contó a su esposa lo referente al informe.
- ¡E1 bueno y viejo Barba Rizada! - exclamó ella, grandemente conmovida.
- Sí, el bueno y viejo Barba Rizada. Ahora tiene lo que quería.
Recordando las últimas palabras que les había dirigido el amigo, encendieron dos velas rojas, después de la cena, y salieron al patio. Allí, de cara hacia el sudeste, bebieron a la salud del viejo amigo.
- ¿No puedes hacer nada por él? ¿Quizá pedirle al emperador que lo condecore? - La voz de su esposa sonaba extrañamente gutural.
- Déjalo en paz. Las recompensas y los honores del emperador no harán más que molestarlo. Tiene que ser soberano y señor, segundo de nadie, dondequiera se encuentre. Un hombre maravilloso - afirmó Li Tsing, y agregó con un suspiro - : ¡Un gran hombre!




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