Añadir esta página a favoritos

CUENTOS ORIENTALES
CUENTO LA ESQUELA DEL DESCONOCIDO (por Lin Yutang)
De la colección Ch'ingp'ingshan T'ang, número 2. Ch'ingp'ingshan T'ang era el nombre de la casa editorial. Estas huapen, o copias de narradores de cuentos, podían, en apariencia, ser vendidas por separado, porque no había un título general para el libro, en el que se encuentran narraciones tanto literarias como vernáculas. Como de costumbre, no se da el nombre del autor. El original de este relato lleva tres títulos: "El Monje que envió la esquela", "Tiíta Hu" y "Una Carta Erróneamente Entregada", y el subtítulo "Kungan ch'uan-ch'i", que significa que era una narración de crimen y misterio. Era, por lo tanto, un cuento de casa de té popular, que circulaba bajo varios nombres. El mismo relato se encuentra en otra colección, Kuchin Shiaoshuo. Aparte de ésta, la mejor narración de crimen que he encontrado es "Tsui Ning Equivocadamente Ejecutado", en las otras copias de narradores Sung, el Chingpen T'ungsu Hsiaosho.
El original muestra al "desconocido" como un petardista y bribón de siete suelas disfrazado de monje. Además de omitir y proporcionar algunos detalles, he trasladado la simpatía del lector hacia el desconocido, y hecho que la esposa se aferrara a éste en lugar de volver junto a su primer esposo, cosa que resultaba más satisfactoria para un público chino. (En el original la esposa era un mujer sufrida, sumisa, que no hacía nada por su propia iniciativa.) Por lo demás, esta versión sigue los contornos principales del original.


Estaba cercana la hora del mediodía. El día era caluroso y se veían pocos peatones en la calle. La casa de té de Wang Erh se encontraba situada dos calles más atrás de los pasajes cubiertos y del mercado del centro de la Ciudad Oriental, donde se hallaban los mejores restaurantes. El gentío matinal, que había acudido a su establecimiento para beber una taza de té e intercambiar chismorreos y noticias, se había dispersado, y Wang Erh lavaba en ese momento sus teteras - unas dos docenas - y las apilaba en un estante.
Hecho eso, tomó su pipa y se preparó para gozar de un descanso. En ese instante vio a un hombre alto, bien vestido, que entraba en su tienda. Las hirsutas cejas y los negrísimos ojos del visitante le proporcionaban un aspecto notable.
Wang Erh nunca había visto a ese hombre anteriormente, pero eso no le sorprendió.
Toda clase de gente iba a su tienda; eso era lo que hacía que resultase interesante dirigir una casa de té. Comerciantes y sus familias, estudiantes, viajantes de comercio, tahúres, estafadores y desconocidos de paso, todos iban a descansar y a cobrar nuevas fuerzas. El alto desconocido eligió una mesa interior, y dio la impresión de ser un poco reservado, de estar incluso un tanto nervioso. Wang Erh vio que estaba preocupado, y le pareció mejor dejarlo tranquilo.
Pronto pasó por la calle un chiquillo vendedor, gritando: ¡Perdices fritas hutu! ¡Hey-yo, deliciosas perdices fritas!
El caballero lo llamó. El chico, que tenía la cabeza afeitada como un monje, dejó su bandeja sobre la mesa y comenzó a ensartar varias hutu en una vara, espolvoreándolas con sal.
- Por favor, señor, aquí tienes tu perdiz.
- Déjala ahí. ¿Cómo te llamas?
- Seng-erh, ese es mi nombre, porque me parezco a un monje pequeño - respondió el chiquillo con una sonrisa inocente.
- ¿Te agradaría ganar algún dinero extra, pequeño monje?
- Por cierto. - Los ojos del niño se iluminaron.
- Quiero pedirte que me hagas un favor.
El alto caballero señaló una casa, la número cuatro a contar de la esquina, situada en una calleja que se abría a la calle en un punto que estaba frente a la casa de té.
- ¿Sabes quién vive en esa casa? - preguntó.
- Esa es la casa del señor Huangfu, un funcionario de palacio encargado de los uniformes oficiales.
- Sí, ¿eh? ¿Y sabes cuántas personas viven en la casa?
- Sólo tres. El funcionario, su joven esposa y una hi-jita adoptiva.
- Perfectamente. ¿Conoces a la dama?
- Sale muy pocas veces de su casa. Pero a menudo me compra perdices, y la conozco.
¿Por qué lo preguntas?
El desconocido vio que Wang Erh no miraba, de modo que sacó una bolsa y dejó caer unas cincuenta monedas en la bandeja del chico, ante lo cual los ojos de éste brillaron.
- Eso es para ti - dijo.
Luego le mostró un paquete, que contenía un par de brazaletes de hilo de oro trenzado, dos pequeños broches para el cabello y una esquela.
- Dale estas tres cosas a esa dama. Pero acuérdate: si ves al esposo no se las entregues a él. ¿Está claro?
- Tengo que darle estas cosas a la señora. No debo dárselas al funcionario de palacio.
- Eso mismo. Cuando le des el billete a la dama, espera la respuesta. Si ella no viene contigo, díme lo que te ha contestado.
El chico fue a la casa, pero cuando levantó la cortina y atisbo hacia adentro, vio al funcionario de palacio sentado en la habitación del frente, mirando directamente hacia la puerta. Huangfu era un hombre de baja estatura, de más de cuarenta años, de anchos hombros y un rostro ancho, chato, más bien rectangular. Había estado de servicio en palacio durante los últimos tres meses y vuelto a su hogar hacía sólo dos días.
- ¿Qué estás haciendo aquí? - preguntó el funcionario, y corrió en persecución del niño, que inmediatamente se había vuelto para huir. Huangfu lo tomó del hombro y lo sacudió con violencia -. ¿Qué es eso de fisgonear en mi casa y de escaparte de ese modo?
- Un caballero me pidió que le entregara un paquete a tu esposa. Me dijo que no te lo diera a ti.
- ¿Qué hay en el paquete?
- No te lo diré. El caballero me dijo que no te lo entregara.
El funcionario le propinó un golpe tan resonante, en la cabeza, que el chico hizo una mueca de dolor y se tambaleó.
- ¡Entrégamelo! - gritó Huangfu con su profunda voz de funcionario.
El niño no tuvo más remedio que hacer lo que se le ordenaba, aún protestando:
- No es para ti, es para ella.
Huangfu abrió el paquete y vio las pulseras, el par La esquela del desconocido 69
de broches para el cabello y la carlita, que decía lo siguiente:
"Querida señora Huangfu: Quizá me considere atrevido, pero desde que la vi en el restaurante no he podido borrarla de mis pensamientos. Me agradaría visitarla, pero ha vuelto ese asno de su marido. ¿Podría verla a solas? Venga con el mensajero de este billete, o dígame cómo puedo encontrarla. Le envío estas cositas como pruebas de mi gran estima.

Su admirador
(sin firma).

El funcionario hizo rechinar los dientes. Enarcando las cejas, preguntó fríamente:
- ¿Quién te dio este mensaje?
Sang-Erh señaló la tienda de Wang-Erh, al otro lado de la calleja, y dijo:
- Un caballero de cejas hirsutas, grandes ojos, nariz chata y boca ancha.
Huangfu tomó al chico del brazo y lo arrastró hasta la tienda. El desconocido se había ido. A despecho de las protestas de Wang Erh, el funcionario se llevó al chiquillo de vuelta a su casa y lo encerró bajo llave. El pequeño se sentía ahora terriblemente asustado.
Huangfu estaba estremecido de cólera. Llamó a su esposa con voz imperiosa. La joven esposa era una mujer delicada y más bien bella, de veinticuatro años, de rostro pequeño e inteligente. Vio que su esposo estaba pálido y jadeante, y no pudo entender qué había sucedido.
- ¡Mira esto! - le dijo Huangfu, contemplándola torvamente.
La señora Huangfu se sentó calmosamente en una silla. Tomó los artículos y los examinó.
- ¡Lee la carta!
Ella la leyó y meneó lentamente la cabeza.
- ¿Me la han enviado a mí? Debe de ser 'un error. ¿Quién la mandó?
- ¿Qué sé yo quién la mandó? ¡Tú eres la que lo sabe! ¿Con quién cenaste durante los tres meses en que estuve de servicio?
- Tú me conoces bien - replicó suavemente la joven esposa -. Yo no haría tal cosa.
Hace siete años que estamos casados. ¿He hecho alguna vez algo que una esposa no deba hacer?
- Y entonces, ¿de dónde viene esta esquela?
- ¿Cómo puedo saberlo?
Incapaz de explicar la procedencia de la carta y de dejar sentada su inocencia, la esposa rompió a llorar.
- ¡Qué clase de extraño desastre ha caído sobre nosotros desde un cielo despejado, azul!
- gimió. Sin previo aviso, el esposo la abofeteó. La señora Huangfu lanzó un grito y corrió hacia las habitaciones interiores.
El funcionario de palacio llamó a la criada de trece años de edad Ying-erh, su hija adoptiva. Las mangas cortas de la joven dejaban al descubierto sus rollizos brazos, rojos del lavado. Permaneció rígidamente erguida, esperando una orden, temblando un poco, como siempre que se encontraba ante su amo. Temerosa, vigiló todos los movimientos de él. Huangfu tomó de la pared un trozo de bambú y lo dejó caer al suelo. Luego tomó una cuerda y ató las manos de la doncella, lanzando el otro extremo por sobre una viga del techo. Levantó a la joven y, tomando el bambú en la mano, dijo:
- Díme, ¿con quién cenaba la señora cuando yo estaba ausente?
- Con nadie - respondió la muchacha con voz aterrorizada.
Huangfu comenzó a castigar a la joven con el bambú, y su esposa, adentro, tembló al oír los gritos. Los azotes y las preguntas continuaron durante un rato. Incapaz de continuar soportando, la criada dijo al cabo:
- Cuando estabas ausente, Madre dormía todas las noches con cierta persona.
- Eso ya es mejor - dijo el amo. La hizo bajar y la desató.
- Y ahora díme, ¿quién era el individuo que dormía todas las noches con tu madre, en mi ausencia?
La joven se enjugó los ojos y contestó, con odio en la voz:
- Te lo diré. Dormía todas las noches conmigo.
- ¡Pienso llegar al fondo de esta cuestión! - juró él, y salió, cerrando la puerta con llave a sus espaldas.
La esposa y la hija adoptiva se miraron. La señora Huangfu vio los moretones de los brazos y la espalda de la joven, y corrió a lavarle las heridas, gritando "¡Animal!"
La esposa se estremeció ante la visión de la sangre que había enrojecido el agua de la jofaina. Mientras la vertía en el sumidero volvió a mascullar: "¡Qué bruto, qué animal!"
La muchacha observaba a su bondadosa madre adoptiva; le dijo:
- Si no hubiera sido por ti, habría vuelto a nuestra aldea. Y tú también deberías hacerlo.
- Cállate, no digas eso.
La señora Huangfu parecía aturdida, incapaz de entender lo que había ocurrido. Al cabo se volvió hacia el chiquillo, que estaba acurrucado en un rincón de la habitación, y le preguntó:
- ¿Qué aspecto tenía el desconocido?
El chico repitió la descripción y se lo contó todo. La esposa y la hija adoptiva permanecieron sentadas en silencio, absolutamente desconcertadas.
Media hora más tarde regresó el esposo con cuatro funcionarios de la ley. Arrastrando al chiquillo vendedor de perdices, dijo a los hombres:
- Tómenle el nombre. - Los hombres hicieron lo que se les decía, respetuosos del puesto de Huangfu, el funcionario de palacio -. No se vayan todavía. Adentro hay más personas. - Llamó a su esposa y a la doncella y exigió que los tres fuesen arrestados.
- ¿Cómo podremos atrevernos a arrestar a la dama?
- Tienen que hacerlo. Hay de por medio un asesinato.
Asustados por sus palabras, los hombres tomaron los nombres de los tres y salieron de la casa escoltando a los prisioneros. Un grupo de vecinos se había apiñado afuera.
Cuando la señora Huangfu apartó la cortina para salir, retrocedió instintivamente y le dijo a su esposo:
- Koko, nunca pensé que pudiera llegar este día. Deberías usar la cabeza y tomarte tiempo para averiguar quién envió la carta. ¡Esto es la deshonra!
Los oficiales la habían empujado ya hacia afuera. Los vecinos le abrieron paso.
- Si tenías miedo de la deshonra, no habrías debido hacerlo - le replicó el esposo.
- ¿Por qué no les preguntas a estos vecinos si alguna vez, durante tu ausencia, algún hombre cruzó tu umbral? - le dijo la esposa -. ¡Acusarme de eso...!
- ¡Lo haré! - exclamó el esposo, furioso.
Los vecinos, no sabiendo de qué era acusada la esposa, se mostraron azorados.
Simpatizaban con la esposa, y menearon negativamente la cabeza en respuesta a la pregunta del esposo.
Huangfu acompañó a la acusada para presentar sus imputaciones ante el magistrado Chien de Haifeng. Chien tenía un rostro redondo, rollizo, y parecía un hombre de infinita paciencia, incapaz de excitarse por nada. El esposo presentó la carta y los regalos y formuló la acusación formal. El magistrado ordenó que los prisioneros fuesen detenidos mientras se efectuaba la investigación.
Dos oficiales carceleros, Shan Ting y Shan Chienh-sing, fueron encargados de interrogar a los prisioneros. Comenzaron con la esposa.
La señora Huangfu declaró que había nacido en una aldea cercana a la ciudad, que había perdido prematuramente a su madre y a su padre a la edad de diecisiete años, y que no tenía parientes cercanos. Se había casado con su esposo al año siguiente, y hacía siete años que eran dichosos juntos. Ningún pariente ni visitante había llegado a la casa durante la ausencia de su marido, y nunca había cenado con nadie, ni en la casa ni en un restaurante, a no ser con su esposo. No tenía idea alguna de quién había podido enviar la carta.
- ¿Por qué es que nunca ve a sus parientes? ¿No vienen a visitarla?
- A mi esposo no le gusta. Una vez mi primo, Chang Erh, vino a vernos para pedirle trabajo a mi esposo. No lo consiguió porque no era fácil encontrar un puesto. Después de eso mi esposo me pidió que dejara de ver a mis parientes, y yo lo hice así.
- ¿Hace todo lo que le ordena su esposo?
- Sí.
- ¿Va a menudo al teatro, donde podría ser vista por la gente?
- No.
- ¿Por qué no?
- Él no me lleva.
- ¿Y no sale sola?
- No.
- ¿No va a cenar a restaurantes?
- Muy pocas veces. Soy feliz en mi hogar. Ah, sí... Hace varios días, la noche en que regresó de palacio, no le gustó mi comida y me llevó a un restaurante cercano.
- ¿Y cenaron los dos solos?
- Sí.
Fueron llamadas las vecinas. En general corroboraron la declaración de la esposa.
Nunca habían visto a ningún invitado en su casa, ni la habían visto salir con nadie que no fuese su esposo. Era una mujer muy apegada a su casa. Las vecinas tenían una opinión más bien buena de ella y la llamaban Siaoniangtse, "Joven Ama", porque era tan pequeña, aunque en la casa no había un "ama vieja". Una vecina dijo que el esposo tenía mal carácter y maltrataba a la esposa, que era siempre dócil y sumisa y nunca se quejaba. La vecina dijo que la señora Huangfu parecía "un ave que come de la mano de una".
El tercer día Shan Chienhsing se encontraba ante el despacho del magistrado, pensando en el misterio, cuando vio pasar al esposo. Huangfu se le acercó y lo saludó.
- ¿Cómo sigue el caso? - preguntó -. Han transcurrido tres días. Quizás han recibido un regalo del remitente del billete y están retardando intencionadamente los procedimientos.
- ¡Tonterías! El caso no puede solucionarse tan fácilmente. Tu esposa insiste en su inocencia, y no hemos averiguado nada que demuestre lo contrario. ¿No será, por casualidad, que fuiste tú mismo quien envió la esquela?
La esquela del desconocido 75
- No me hables de ese modo. El nuestro es un matrimonio dichoso. - Huangfu estaba encolerizado.
- ¿Qué piensas hacer? - preguntó Shan.
- Si el tribunal no puede resolver el caso, exigiré un divorcio.
Shan entró en su oficina y preparó los documentos. Esa tarde presentó su informe al magistrado. El magistrado Chien ordenó que la pareja y los testigos se presentaran al día siguiente para el juicio.
El magistrado interrogó previamente al chiquillo. Luego se volvió hacia la criada de trece años, por considerarla el testigo más importante. Dio un golpe con su mallete judicial, un pisapapeles de hierro, a fin de amedrentarla, y habló con voz áspera, severa:
- Estás enterada de todo lo que sucedía en la casa, ¿no es cierto?
- Lo estoy.
- ¿Viste a algún visitante o visitantes cuando tu amo estaba ausente?
- Si hubiera habido algún visitante, ¿acaso no lo habría visto? - contestó la doncella con impaciencia.
El magistrado dio otro estruendoso golpe con su mallete y gritó:
- ¡Pequeña mentirosa! ¡Te atreves a mentir en mi presencia! Te enviaré a la cárcel por eso. La criada se asustó, pero dijo con firmeza:
- Señoría, no le he mentido. Mi ama se quedó en la casa todo el tiempo. No se puede injuriar a una buena mujer. - Se derrumbó, entre gemidos y sollozos.
El magistrado se sintió impresionado por el testimonio de la criada.
- Y bien - dijo dirigiéndose al esposo -, una acusación de robo debe ser demostrada con las mercancías robadas que se encuentren en poder del ladrón, y una acusación de adulterio debe ser demostrada presentando al amante. Es posible que tengas algún enemigo que fraguó esa esquela. - Miró a la mujer y continuó: - Por cierto que hay alguien que está tratando de provocar trastornos. ¿No te parece que tendrías que llevarla a tu casa y tratar de averiguar quién envió la carta? El esposo se mostró inflexible.
- Dadas las circunstancias, Señoría, no estoy dispuesto a llevarla a casa.
- Es posible que estés cometiendo un error - previno el magistrado.
- Me sentiré satisfecho si me concede el divorcio - dijo Huangfu. No pudo dejar de mirar a su esposa con el rabo del ojo.
Luego de nuevo interrogatorio, el magistrado dijo a la esposa:
- Tu esposo insiste en el divorcio. Me duele tener que romper un matrimonio. ¿Qué opinas?
- Mi conciencia está limpia. Pero si él quiere el divorcio, yo no me opondré.
El divorcio fue concedido según los deseos del esposo. El chico y la doncella fueron puestos en libertad, y se ordenó que fuesen devueltos a sus padres.
La esposa se derrumbó por completo cuando se levantó la sesión del tribunal. El divorcio era una gran deshonra para la mujer, y ella no había esperado que fuese concedido porque su culpabilidad no había quedado establecida.
- No sé cómo puedes ser tan cruel, después de siete años de matrimonio. Ya sabes que no tengo a dónde ir - dijo la mujer a su esposo -. Prefiero morir antes que ver cómo se mancilla mi nombre.
- Eso no es cosa mía - replicó Huangfu, y bruscamente le volvió la espalda.
La esquela del desconocido 77
Sólo Ying-erh, la joven, se quedó a su lado.
- Ying-erh - dijo la esposa -. Te agradezco por lo que hiciste. Ahora eso ya no sirve de nada. Puedes volver a la casa de tus padres. Yo no tengo a dónde ir y no puedo retenerte a mi lado. Vuelve a tu hogar, como una buena muchacha.
Se separaron llorando.
La mujer, que ahora se había quedado sola, no podía darse cuenta bien de lo que había sucedido. Sin rumbo, se abrió paso entre la muchedumbre, por las calles, sin ver nada.
Caía la noche, y vagó hacia el puente Tienhan, sobre el río Pien, donde se quedó contemplando las esclusas y el congestionado tránsito fluvial. Los mástiles de los barcos estaban pegados los unos a los otros, y se balanceaban y mecían con el viento nocturno, dándole una sensación de embriaguez, como si ella se balanceara con las embarcaciones. Contempló el dorado disco del sol, que desaparecía detrás de una colina distante, y se dio cuenta de que había llegado al final de su camino. Jamás volvería a ver el sol.
En el momento en que estaba a punto de lanzarse al río, alguien la retuvo. Se volvió y vio a una anciana, de más de cincuenta años de edad, vestida de negro. Tenía el cabello ralo y de un blanco grisáceo.
- Hija, ¿por qué quieres quitarte la vida? La señora Huangfu la miró con los ojos enormemente abiertos.
- ¿No me conoces? Supongo que no - dijo la anciana.
- No - contestó la joven.
- Soy tu pobre tiíta. Desde tu matrimonio con el funcionario de palacio no me he atrevido a venir a molestarte. Hace tanto tiempo que no te veo, desde que eras una niña... El otro día me enteré, por los vecinos, que estabas complicada en un litigio con tu esposo, y vine todos los días a enterarme de las noticias. Entiendo que el magistrado ha decretado un divorcio. ¿Pero por qué tienes que arrojarte al río?
- Mi esposo no me quiere, y no tengo ningún lugar a donde ir. ¿Por qué habría de vivir?
- Vaya, vaya, puedes vivir con tu vieja tiíta - dijo la anciana. Su voz era enérgica para su edad -. ¡Una mujer tan joven tratando de terminar con su vida! ¡Qué tontería!
La señora Huangfu no estaba del todo segura de que esa mujer fuese realmente su tía, pero permitió que la mujer la llevase consigo, carente de voluntad propia.
Fueron primeramente a una taberna, donde la anciana pidió para ella un trago. Cuando la joven llegó a la casa de la tía, descubrió que estaba situada en una calleja tranquila, retirada. Tenía un aspecto bastante decente, estaba adornada con cortinas verdes y tenía sillones y mesas.
- Tiíta, ¿vives sola? ¿Cómo te mantienes? La anciana, cuyo nombre era Hu, respondió con una carcajada.
- Oh, me las arreglo. Antes solía llamarte "señorita". Me he olvidado de tu nombre.
- Me llamo Chunmei - respondió la señora Huangfu, y no insistió en su pregunta.
La anciana Hu se mostró sumamente bondadosa con ella, y durante los primeros días hizo que su invitada descansara. Chunmei yacía en la cama, pensando en el repentino y extraño giro de su vida.
Varios días después la anciana le dijo:
- Tienes que ser fuerte. No soy realmente tu tía, pero quise salvar la vida de una joven cuando te vi a punto de saltar al río. Eres joven y hermosa. Tienes la vida por delante. -
Sus viejos ojos se entrecerraron hasta convertirse en ranuras. - ¿Amas aún a tu esposo, que te ha repudiado tan brutalmente y te ha abandonado para que mueras?
Chunmei levantó la mirada desde la almohada y repuso:
- No sé.
- No te censuro - dijo la anciana -. Pero despierta, hija. Aún eres joven, y no deberías permitir que la gente te empuje de un lado a otro. Olvídate de tu esposo y de tu desdicha. Los jóvenes tienen a veces sentimientos tontos, ya lo sé. He cruzado más puentes que tú calles. La vida es así. Va hacia arriba y hacia abajo, hacia arriba y hacia abajo, y da vueltas y vueltas, en círculo. Perdí a mi esposo cuando tenía veintiocho años. ¿Qué edad tienes tú? - Chunmei le dijo su edad. - Bueno, yo tenía unos pocos años más que tú. Y mírame. - Aunque su rostro estaba arrugado y la piel del cuello un poco floja, parecía gozar de una perfecta salud. - Descansa un poco y con el tiempo te repondrás. La vida es como marchar por un camino. Te caes. ¿Y qué? ¿Acaso te sientas y lloras y te niegas a levantarte? No, te levantas y continúas caminando. Por lo que me has dicho, él es un pillastre. ¡Pero si no te ha abandonado! ¡Te ha echado! Y entonces,
¿por qué estás ahí acostada, lloriqueando?
Chunmei escuchó sus palabras y se sintió mejor.
- ¿Qué puedo hacer? No es posible que viva contigo para siempre.
- No te preocupes. Descansa bien y ponte fuerte nuevamente. Luego, cuando estés bien, busca a un hombre bueno y cásate otra vez. Unos ojos hermosos y un rostro bello como los tuyos no necesitan sufrir hambre nunca.
- Gracias, tiíta. Ya me siento mejor.
La señora Huangfu no pudo dejar de sentirse agradecida hacia la anciana por haberle salvado la vida, y por ayudarle a recobrar el espíritu durante ese amargo período de su vida.
Cenaban juntas todas las noches. A la anciana Hu le gustaba beber un poco de vino de arroz durante la comida; el vino, según ella, era "el agua de la vida".
- No hay nada como el vino para recobrar la fe en la vida - decía -. A mi edad me hace sentirme bien y joven una vez más. - Chunmei admiraba el espíritu de esa cordial mujer.
Después de la cena oyeron una voz de hombre, afuera, que llamaba:
- ¡Hu potse! ¡Hu potse! - La anciana se apresuró a abrir la puerta.
- ¿Por qué cierras la puerta tan temprano? - preguntó el hombre. Había estado lloviendo todo el día, y ella cerró la puerta a una hora más bien temprana.
La anciana lo invitó a que se sentara, pero el hombre dijo que tenía que irse inmediatamente y se quedó de pie. Chunmei vio, desde la habitación trasera, que era alto y tenía gruesas cejas y ojos grandes. Su atención se vio atraída, y lo miró cuidadosamente desde detrás de la cortina. Podía decirse que tenía una boca ancha, y su nariz no era puntiaguda; más o menos respondía a la descripción del chiquillo. El corazón le latió precipitadamente, pero no expresó de ningún modo sus sospechas.
- ¿Qué es esto? - preguntó el hombre alto con tono de impaciencia -. Hace ya un mes que vendiste los trescientos dólares de artículos. Quiero el dinero.
- Fueron vendidos, como te dije - replicó la tía Hu -. Están en la casa de mi cliente,
¿pero qué puedo hacer i no me ha pagado? En cuanto me pague te entregaré el dinero.
- Pero ha pasado demasiado tiempo... más que habitualmente. Tráeme el dinero en cuanto lo recibas.
El caballero se fue, y la tía Hu entró con una expresión de inquietud.
- ¿Quién era el visitante? - preguntó Chunmei.
- Te lo diré, Chunmei. El caballero se llama Hung. Dice que fue magistrado de Tsaichow y que ahora se ha retirado. No lo creo. Sé que miente, pero es una gran persona. A menudo me pide que le venda algunas de sus joyas. Dice que es agente de unos joyeros. Puede que lo sea, puede que no. Pero tiene buenas joyas, y el otro día me encargó que vendiera algunas por su cuenta. Fueron vendidas, pero mi cliente no ha pagado. No lo censuro por mostrarse impaciente.
- ¿Lo conoces bien?
- Sí, en el terreno comercial... quizás un poco más. Nunca conocí a nadie que se le parezca. No lo entiendo. Es liberal con su dinero. Cuando ve que necesito dinero, me lo da sin que se lo pida. La próxima vez que venga te lo presentaré.
Chunmei vio su interés grandemente despertado, pero trató de no exteriorizarlo.
Hung fue una vez y otra, y Chunmei le fue presentada como una parienta de tía Hu. La joven se sentía dividida entre el deseo de averiguar si el hombre era el desconocido que había cambiado su vida, por un lado, y la atracción que experimentaba hacia los innegables encantos de él. No podía librarse de la sospecha de que Hung era precisamente el hombre que había estado buscando, y trató de hacer que el rostro de él concordase con la descripción que el vendedor de perdices había hecho del misterioso desconocido. Lo que más la preocupaba era si se podía decir que la nariz de él fuese chata.
En uno de sus encuentros se quedó mirándolo, absorta en sus pensamientos.
- ¿Por qué me miras? - preguntó Hung, bromeando, a su manera -. Todos los fisonomistas me dicen que tengo un rostro afortunado, y que los lóbulos de mis orejas también son afortunados. - Se tironeó de los gruesos lóbulos y dijo: - ¿Ves? Siempre le he traído suerte a la gente.
Hung era alternativamente divertido, útil y atento. Vestía llamativamente y era vanidoso en exceso. Como había viajado mucho, podía hacer interesantes relatos, y su jactanciosidad formaba parte de su encanto. Pero también estaba interesado en los demás. Le pidió a Chunmei que le relatara su historia, y la escuchó con simpatía. Se puso de parte de ella, y la interrumpió sólo para expresar su disgusto ante la ofensiva crueldad del ex esposo. Su simpatía hacia ella parecía sincera, aun cuando estuviese haciéndole la corte.
Después de la segunda visita le pidió a Chunmei que le cosiera un botón. Chunmei se sentía fascinada. Vio que realmente tenía transacciones comerciales que lo llevaban a visitar a la anciana, pero ahora aducía excusas para hacer muchas más visitas. Siempre traía una botella consigo, y dulces, y nuevas golosinas que había prometido a las mujeres; anunciaba que iría a cenar, se quejaba de que se sentía hambriento y luego tenía la insolencia de enseñarle a Chunmei la forma de preparar un plato de jamón y jengibre confitado. Cuando un hombre tenía el valor de ordenar, la mujer experimentaba placer en obedecer.
- ¿Qué piensas de ese bribón? - preguntó tía Hu a Chunmei, cuando Hung se fue.
- Creo que es una persona interesante.
- El otro día me pidió que le hiciera un favor que todavía no he tenido oportunidad de hacerle.
- ¿De qué se trata?
- Está viviendo solo. El otro día me pidió que le buscara una mujer y le concertara un matrimonio. ¿Por qué no me permites que tome las disposiciones del caso y le sugiera el matrimonio contigo? Me he dado cuenta de que le gustas, y la sugestión, estoy segura, le encantaría.
- Ya entiendo - dijo Chunmei, pensativa.
- ¿Qué es lo que entiendes? Es un hombre encantador. ¿Qué te contiene? Si todavía no te has olvidado de ese asno de tu ex esposo, eres la tonta más grande que conozco.
Tiene dinero y podrá cuidarte, y no tendrás que vivir conmigo.
- Debo decirte, tiíta - dijo Chunmei -, que él me gusta, pero hay algo que me gustaría aclarar.
- ¿Qué es?
- Tengo la idea de que podría ser la persona desconocida que envió el billete y rompió mi matrimonio.
La tía Hu estalló en tales carcajadas, que Chunmei se sintió turbada.
- Responde aproximadamente a la descripción...
- ¡Qué tontería! ¿Cuántos hombres altos hay en el mundo, y cuántos tienen cejas espesas y ojos grandes? ¿Tiene él la culpa de eso? Y supongamos que sea el desconocido. ¿Y qué? Fuiste castigada por comer una torta que no comiste. Pagaste el precio y la torta está a tu alcance. Es tuya. Si yo fuera tú, me casaría con el desconocido, nada más que para saldar las cuentas con ese bruto que fue tu esposo.
Chunmei no sabía qué pensar. Si Hung no era el desconocido, ella saldría gananciosa; y si lo era, no haría ningún daño a su ex esposo. Comenzó a sentir la dulzura de la venganza.
En la siguiente visita de Hung, Chunmei se mostró más alegre que de costumbre. Había decidido ponerlo a prueba.
Él había llevado su propia botella, y dijo:
- Vaya, bebe por la suerte que tengo de haber conocido a una dama tan bella como tú.
- No, beberé por los afortunados lóbulos de tus orejas - replicó la joven. La bebida la ayudó mucho. Ya no podía contener su curiosidad, y en el momento siguiente se sorprendió al escucharse decir - : Se dice que el desconocido se parecía a ti.
- ¿De veras? Me siento muy honrado. ¡Un hombre que tuvo el valor de hacer semejante cosa! Si yo te hubiera visto antes habría querido hacer lo mismo, aunque estuvieses casada con un duque. Una vez tuve relaciones con la amante de un duque. ¿No me crees? Ya sabía que no me creerías. ¡Sin embargo, brindo por mis afortunados lóbulos! -
Se sirvió otra copa y se la bebió de un trago.
- Fíjate cómo miente - hizo observar bonachonamente tía Hu.
- Ten sensatez - dijo Hung dejando la copa -. Nunca has visto al hombre. ¿Cómo sabes si es alto o bajo? Pero tu esposo fue un imbécil al abandonar a una mujer hermosa como tú.
- Sí, no me dio ninguna oportunidad - dijo ella -. Ahora todo eso ha terminado. ¿Qué me importa? Simplemente, siento curiosidad por saber quién envió la esquela. - A despecho de sí misma, sus ojos estaban un poco rojos.
- Olvídate de ese animal - dijo Hung -. Vamos, bebe.
Un rostro tan hermoso no está hecho para lágrimas. Él no te quería y tú todavía piensas en él. ¡Oh, qué mundo, qué mundo!
Chunmei se sintió completamente confundida. La anciana la alentó a beber y olvidar.
Casi en venganza, siguió bebiendo. Más tarde se sintió sumamente alegre. Por primera vez se dio cuenta que era libre. Antes nunca lo había sentido tan completamente. Le proporcionaba una maravillosa sensación de júbilo. Repetía tontamente:
- Sí, no tengo esposo... Sí, no tengo esposo.
- Sí, olvídate - dijo Hung.
- Sí, olvidar - dijo Chunmei -. Dices que no eres el desconocido, ¿eh?
- No digas tonterías. ¿Qué harías si lo fuera?
- Te amaría por liberarme de ese esposo bruto. ¿No sería gracioso que mi marido me viera aquí, esta noche, bebiendo con el desconocido?
- Tu anterior marido, perdón - corrigió Hung -. ¿Sabes qué demostraría eso?
Demostraría que habías conocido al desconocido y cenado con él anteriormente. Miles de mujeres han hecho cosas a espaldas de sus maridos y no se han divorciado. Tú te has divorciado sin haber sido infiel. ¡Qué mundo!
- Eres un demonio - dijo Chunmei, y rompió a reír, y su risa fue alegre, como no lo había sido nunca cuando era la señora Huangfu.
- ¿Sí? - dijo Hung, y la abrazó.
Ella le sonrió y le dijo soñadoramente:
- Hola, desconocido - y le ofreció los labios. En cierto modo, experimentó una sensación de victoria.
Después del casamiento, Hung la llevó a vivir a una casa del suburbio occidental. Ella no había creído posible ser tan dichosa. Conversaban y reían, y Chunmei parecía estar tratando conscientemente de compensarse por lo que antes había perdido. Él la llevaba con frecuencia a pequeños restaurantes, y ella lo acompañaba gustosa. Hung parecía tener un posición acomodada, y era liberal con su dinero. Le agradaba ponerle dinero en la mano, y jamás le exigía que le rindiera cuentas. Su vida presente era completamente distinta de la que había hecho con su anterior esposo.
Hung nunca había admitido abiertamente que fuese el desconocido. Tenía siempre una forma de esquivar la pregunta, o bien lo admitía con tal jactancia, que parecía imposible tomarlo en serio. Pero una tarde, después de beber un poco y dé comer perdiz fría, que habían comprado a un vendedor callejero, él se sentía sumamente dichoso, y por primera vez se le fue la lengua.
- ¿Sabes?, a veces pienso en el pobre chiquillo vendedor de perdices... - Se contuvo inmediatamente y agregó con torpeza: - Me acuerdo de lo que me contaste de él. - Y
Chunmei se dio cuenta.
Esa noche, en la cama, cuando apagó la luz, Chunmei le preguntó:
- Díme, ¿por qué enviaste esa carta? Hubo un largo silencio.
- Él te intimidaba, ¿no es cierto? - preguntó Hung al cabo.
- ¿Tú lo sabías? ¿Me habías visto?
- Es claro que lo sabía. No sabes qué pareja más ridícula hacían: como un cisne casado con un sapo.
- ¿Dónde me viste?
- La primera vez te vi arrastrando los pies detrás de él, en la calle Kungchien. Me detuve para preguntarte por el camino que debía seguir. Él te apartó rudamente, con una expresión severa, de censura, que no pude olvidar. Eso fue la primavera pasada. Tú no te acordarás. Me pareciste un ave en una jaula. Te introdujiste en mis pensamientos en cuanto te vi. Pondré en libertad a esa ave, me dije. Me tomé un sinfín de trabajos para averiguarlo todo. Tenías enemigos, ¿sabes?
- ¿Yo? - exclamó Chunmei.
- ¿Te acuerdas de ese pariente tuyo, Chang Erh, que se hospedó en tu casa durante un tiempo para pedirle un puesto a tu esposo?
- ¿Tú conoces a Chang Erh?
- Sí. ¿Y sabes por qué la gente de tu clan nunca fue a visitarte? Por la forma en que tu esposo trató a Chang Erh. Éste volvió a su casa y se lo contó a todos los de la aldea. Yo estaba enamorado de ti y eso me volvía loco. Te imaginé como un hada encadenada por un monstruo.
- ¿Pero cómo pudiste hacer tal cosa? Nunca cené contigo. Y era feliz.
- Sí, feliz como un pájaro en una jaula. ¿Te acuerdas, dos días antes de que te enviara la carta fatal, cuando tu esposo acababa de llegar, que cenaste con él en el restaurante Taiho, en el pasaje? Yo estaba allí, sentado a la mesa vecina. Sí, eras sumamente feliz.
No necesité más que dos minutos para darme cuenta de que le tenías miedo. Detestaba al individuo. Advertí que nunca te consultaba en cuanto a los platos que pedía para ti.
Pedía lo que le gustaba a él, y tú comías humilde, dulce, sumisamente. Yo hervía de cólera. Traté de arreglar las cosas de modo de poder verte, pero el chiquillo de las perdices lo arruinó todo. Estaba locamente enamorado de ti, y seguí las incidencias del juicio día a día, por intermedio de tía Hu. Tenía la esperanza de que él se divorciara de ti, pero no esperaba que todo saliera exactamente como quería.
A la mañana siguiente ella vio que Hung escribía una carta. Esperó hasta que el hombre hubo terminado, y entonces se la arrebató rápidamente y le dijo, riendo:
- ¿Sabes qué significa esta carta en mis manos, si la entrego al tribunal?
Hung experimentó una conmoción, pero inmediatamente se recobró.
- No lo harás.
- ¿Por qué no?
- Te refieres a la letra de la carta, pero no te olvides de que ahora estás viviendo con el adúltero. Cuando mucho, lo único que podrías conseguir sería que te condenaran por adulterio, y el juez no puede condenar dos veces a una persona.
- ¡Diablo!
Se inclinó y lo besó con un largo beso cálido.
- Me estás mordiendo - protestó Hung, en tono de broma.
- ¡Eso es porque te amo tanto!
Llegó Año Nuevo. Chunmei solía ir con su anterior esposo, en esa fecha, a Siangkuoshih, a rezar para pedir un año afortunado. Le sugirió a Hung que lo hicieran también ellos, y fueron juntos al templo.
También Huangfu recordó las visitas que hacían al Siangkuoshih todos los días de Año Nuevo. Se había estado sintiendo desolado y desdichado desde la solución adoptada por el tribunal. El misterio del desconocido no había sido solucionado, y él había vuelto a palacio. Ahora que estaba separado de su esposa, recordaba cada vez más sus buenas cualidades, y cuanto más pensaba en ella más creía en su inocencia. Todo lo indicaba así: su conducta durante el arresto y el juicio, y el testimonio de la criada y las vecinas.
Su remordimiento era amargo. Se obligó a ponerse una túnica para días festivos, tomó una caja de incienso y fue al templo.
Como de costumbre, en el día de Año Nuevo había un gran gentío en el templo.
Cuando Huangfu salió vio que su anterior esposa entraba con un hombre alto. No lo vieron, de modo que esperó que salieran, conversando ociosamente con un vendedor de muñecas de arcilla. Cuando los vio bajar los escalones del templo, se ocultó entre el gentío, estremecido de ira y celos.
Los siguió hasta que estuvieron al otro lado de los portones, y entonces la llamó desde atrás. Chunmei se volvió y lo reconoció con un sobresalto. Estaba descuidado y delgado, y en su rostro había una nueva expresión de tristeza.
- ¡Oh, tú! - exclamó ella con evidente disgusto y desprecio. Su tono y su porte eran tan distintos de los de su sumisa esposa de antes, que por un momento Huangfu creyó que debía de tratarse de otra persona.
- Chunmei, ¿qué estás haciendo aquí? Ven a casa, te necesito. - Lanzó una breve mirada a Hung.
- ¿Quién es usted? - inquirió Hung -. Debo pedirle que deje de molestar a esta dama. -
Volviéndose a Chunmei, preguntó - : ¿Quién es ese hombre?
- Es mi anterior esposo - contestó ella.
- Ven a casa, Chunmei. Te he perdonado. Estoy solo. Cometí un error contigo. - El tono de Huangfu era casi quejumbroso.
- Pero ya no es tu esposo, ¿no es cierto? - preguntó Hung a la mujer, acentuando las palabras lentamente y mirándola con fijeza.
Chunmei miró a Hung y respondió:
- No.
- ¿Puedo hablarte por un momento? - le preguntó Huangfu. Chunmei miró a Hung, y éste asintió y se apartó.
- ¿Qué quieres? - preguntó Chunmei. Repentinamente, su voz era airada.
- ¿Quién es ese hombre que te acompaña?
- Lo que hago ahora, ¿es cosa tuya? - La voz de ella era amarga.
- Por el tiempo que pasamos juntos - suplicó él -, ven a casa. Te necesito.
Chunmei se acercó un paso más. Le brillaban los ojos, y levantó la voz.
- Dejemos esto bien aclarado - dijo -. Tú no me querías. Te dije que era inocente. No quisiste creerme, y no te importó si vivía o moría. Dijiste que no era cosa tuya.
Afortunadamente no morí, y lo que yo hago ahora no es cosa que te importe.
Cambió la expresión del rostro de Huangfu. La aferró firmemente, y ella forcejeó para soltarse, gritando:
- ¡Suéltame! ¡Suéltame!
El anterior esposo se sintió tan sorprendido, que su apretón se aflojó. Ella se soltó y corrió hacia Hung.
- ¡Déjala en paz, bravucón! - gritó Hung.
La tomó de la mano y se alejaron sin otra palabra. Huangfu se quedó solo, estupefacto.
Mientras caminaban por la calle, lo oyeron gritar, a sus espaldas:
- ¡Pero yo te he perdonado, Chunmei! ¡Te he perdonado!




OTROS CUENTOS DE Lin Yutang
Cuentos Infantiles, audiocuentos, nanas, y otros en CuentoCuentos.net © 2009 Contacta con nostrosAviso Legal

eXTReMe Tracker

La mayoría del material de CuentoCuentos.net es proporcionado por nuestros usuarios, proveniente del grandísimo almacén que es la red. Si considera que alguno del material expuesto vulnera sus derechos y/o prerrogativas, le rogamos que nos lo comunique contactando con nosotros