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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO BUTTERFLY DE QUINCE AñOS (por Gilbert Thomas)
Teniendo en cuenta el estadio actual de las técnicas de persuasión y las experiencias de sugestión subliminal realizadas no hace mucho, el siguiente cuento casi se sale del ámbito de la SF para entrar en el del relato sociológico realista... Con ese peculiar humor, por supuesto, del que Gilbert Thomas ya nos ofreció una excelente muestra en Luana (ver nuestra Ciencia-ficción, 2).


Mi hija sólo tiene quince años, pero él se le insinuó después de cenar. No puedo censurárselo. Ella está endiabladamente bien; maduran antes, ahora, como en los mares del sur.
—Papi, se me ha insinuado —dijo Syrie después de la cena y de los puros, cuando él ya se había ido.
Se rió y arrugó la nariz.
No la culpo. El doctor Delilkhan era un tipo feo. Y Syrie aún lo suficientemente joven como para pensar que un hombre tiene que ser bien parecido para ser deseable-elegible, y el deseo se suponía que tenía que llegar después.
Había bailado un watusi salvaje antes de la cena, y con su falda corta y el agujero redondo del centro de su vestido, rodeando su ombligo, realmente no podía culparse al viejo pájaro. Así son los chicos de hoy en día... Le di el beso de buenas noches y ella salió mientras yo iba hacia mi estudio para poner en orden mis pensamientos.
Los problemas de otras personas mantuvieron mi mente apartada de los míos propios. Delilkhan había tenido más razón de la que él creía cuando dijo: «Y tú crees que tienes problemas...» La madre de Syrie había tenido que ser recluida; ése era uno de los problemas. Jennifer no desvariaba, simplemente se había vuelto loca silenciosa con el paso de los años. Yo estaba contento de ver que, en el asilo, ella podía ir y venir a su antojo tan lejos como quisiera, hasta la valla.
—Pero, papá, siempre está intentando tocarme —dijo Syrie antes de la siguiente visita de Delilkhan, con una de esas veraniegas joyas de cartón piedra que se llevan últimamente, maquillaje y medias de colores, sus piernas como tirabuzones de humo, mientras entraba en la sala con una blusa de red.
—Syrie, ponte algo encima.
—Pero, papá, todo el mundo va así...
—No me importa cómo vaya todo el mundo. Quítate esa maldita red y ponte un sostén.
—Sí, señor...
Vaya sorpresa. (Generalmente Syrie me espetaba más de un argumento.) Oí que la puerta se cerraba. Había salido.

—Mucho temperamento, tu hija —dijo Delilkhan entre el humo de los cigarros filipinos, los mejores del mundo, cuando lo son.
—Sólo tiene quince años.
—Sí, una deliciosa edad: Cleopatra tenía sólo trece cuando se casó; June Havoc bailaba en Broadway a los catorce.
—¿Por qué no la dejas en paz?
—¿De qué hablas?
—Lo sabes perfectamente.
—Oh, bueno. No tienes de qué preocuparte. Estoy muy ocupado para ese tipo de cosas..., rapto legal y todo eso; aunque si pusieran en vigor esa ley, no quedarían celdas para los borrachos. El querido Abby dice que si son lo bastante grandes, son lo bastante mayores, y puedo asegurar que tu hija es deliciosa; pero soy un hombre ocupado.
—¿Eres inglés?
—He estudiado en Inglaterra, Brasenose, ¿por qué?
—Cuando te excitas, aún se nota el acento.
Sonrió y tocó mi brazo.
—Hemos llegado a conocernos muy bien el uno al otro, Littlejohn; algunas veces me siento casi como un miembro de la familia, y ahora tengo que decirte una cosa...
Bebió un trago de mi coñac y me lo devolvió.
—Eres un loco, doctor Littlejohn —empezó tranquilamente—. No eres tonto, pero no llegarás a nada. La ética, aterrorizada ante lo imprevisto. La moralidad, esa asquerosa moralidad de la clase media, estrangulando a la humanidad desde el principio de los tiempos. —Hubo algo sobre tortillas y huevos, y concluyó—: El futuro te agradecerá esto.
—¿Lo dices por hacer tortillas y cascar huevos?
—Exactamente. Libérate de tus represiones, hombre. Libertad, libertad es la palabra. Diablos, tu hija sabe más de la libertad que tú...
—¿Cómo lo sabes?
—No importa cómo lo sé. Tengo ojos. Hablo con la gente. ¡Sé lo que está ocurriendo!
—¿Tocas ya la guitarra?
—Está bien, búrlate, pero déjame enseñarte lo que estoy haciendo y puede que te rías a carcajadas por dentro...
Sacó un estrecho frasco plateado de su chaleco, lo abrió de un tirón y vertió el contenido en su palma. Una pizca de metal.
—¿Qué es eso?
—La mente del futuro.
—Pues creía que sería más amplia.
—Muy divertido.
Pero se estaba poniendo blanco... Así ha sido siempre, el hombre iluminado lucha contra los filisteos. Es molesto ser tomado por un filisteo.
Syrie entraba desenfadadamente en la habitación cuando él deslizó la partícula en su frasco.
—En serio —dije ablandándome, pero no mucho—, ¿qué es esto?
—No tiene misterio —dijo, humedeciendo sus labios, y se inclinó hacia mí—. Los hemos insertado en cerebros de animales y del hombre, Littlejohn, del hombre.
—Así que es eso...
—Electrodos, Littlejohn, electrodos alojados cuidadosamente en la parte del cerebro que se quiere controlar...
Un hombre pasa doce años de su vida aprendiendo una profesión, y luego se presentan con sus botones y sus sustancias químicas e intentan borrarlo todo de la noche a la mañana.
—Manipulamos el cerebro, Littlejohn, la memoria, el aprendizaje, el odio, el miedo. Es más excitante que el espacio. Siempre te he dicho que la psiquiatría era interesante...
—Que soy un hombre conservador, eso lo sé, y también sé que el cerebro es un órgano eléctrico. Pero, ¿cómo puede ser manejado este órgano?, pregunto yo, basándome en la psiquiatría de Jung.
—Manéjalo con combustible: radiocontrol.
—El mal, doctor...
—Aquí no hay mal, soy un científico.
—Sí, y casi te pusieron en la puerta del club.
—Pero no lo fui, y ésa es la cuestión, Littlejohn. No sirve de nada ser hipócrita: soy bueno.
No quise escuchar más. Mi mente está siendo envenenada con pan blanco, pero estos Mesías siempre están funcionando; eso es lo que dijo mientras recorría la habitación.
—Ejemplo: monos; les hemos hecho saltar desde una milla de distancia, muñecos electrónicos bajo control humano.
—¿Humano...?
—Ejemplo: los ojos de un cachorro; deslizas un electrodo en su cerebro y hace funcionar sus pupilas como una «Leica», una de ellas apuntando con precisión a un globo ocular a f: 64 mientras que la otra permanece completamente abierta hacia un soplete; podemos decir que el animal no siente dolor.
—Háblame de Frankenstein...
—Ejemplo un gato; piloerección.
—¿Qué es piloerección?
—Pelos de punta...
Se puede lograr que los animales hagan cualquier cosa. Estamos hablando a los delfines. El Circo de Moscú cuenta con osos que van en bicicleta. Yo también hago bastantes cosas con la autosugestión.
—Ejemplo: chico de once años, vergonzoso, callado, de cuatro a diecisiete palabras cada dos minutos, se vuelve extravertido cuando su cerebro es estimulado; un Jerry Lewis, un Dino completamente cambiado. Cuarenta y cuatro palabras por minuto: matemático. Al muchacho le dimos electricidad siete veces.
—Es suficiente.
Syrie pasaba por la habitación cuando él se detuvo; luego se sentó frente a mí.
—A las hembras, Littlejohn, a las chicas, se les ha hecho controlar sus propios centros de placer. Les dimos un botón para presionar, y es agradable; vuélvelo a presionar y ya no quieren parar. Estrechan la mano de sus doctores y, pobres mujerzuelas, si insinúas que quieres casarte...
—¡Fuera de mi casa!
—Bueno, Littlejohn, fíjate en esto; los mandriles han sido excitados sexualmente por medio de ondas de radio con control remoto. Una pareja fue obligada a copular ochenta y una veces en noventa minutos. Tú, últimamente, no estás alternando nada...
—¡Fuera de mi casa!
No debí haberle hablado así; cada hombre tiene derecho a su opinión, a luchar hasta la muerte por su derecho a exponerla, y todo eso, así que le seguí. Ya estaba casi ante su coche cuando vi a mi hija Syrie sentada dentro, esperando ser conducida a algún lugar. Se inclinó y le besó cuando éste puso el coche en marcha.

Obviamente, soy un solitario en un mundo nuevo, que no entiendo. Pero si me hallara en una torre de marfil saldría por amor a mi familia. Lo sentí por Delilkhan cuando pasé la mayor parte de mi tiempo en una agradable habitación escuchando a gente interesante, pero también conferenciando cuando era preguntado. Ahora aproveché mis contactos para conseguir información. Sin sorpresa, me enteré del hecho que Delilkhan sólo me había dicho la mitad de la verdad, como suelen hacer los pioneros. Cuando Syrie, el día que la volví a ver, dijo, «No sé por qué le amo...», estuve seguro que mi información era correcta. El doctor Pol Vrasek, director del nuevo Departamento de Parapsicología de la Universidad, me había informado que el hecho instalar electrodos en el cerebro constituía una técnica ya anticuada. Dijo que me enseñaría algo mejor. Y llevándome a una habitación a prueba de ruidos, dijo:
—Apártelo todo de su mente. No piense.
Es difícil para mí silenciar el cerebro. No podía dejar de pensar. Me vinieron los peores pensamientos. Quería ir a la Metro Goldwin Mayer y hacerme estrella de cine. Nunca se me había ocurrido una cosa así. Además de eso, la Metro está fuera de los negocios cinematográficos y se dedica a la televisión. Yo nunca había querido ir a televisión. Peyton Place. Estaba pensando eso cuando el doctor Vrasek volvió a entrar en la habitación, y sonriendo me preguntó:
—Bueno, ¿qué vas a ser? ¿El Hombre Invisible, Mickey Rooney o Gracia Metalia?
—Dios mío, lo hiciste.
—Claro: percepción subliminal: el mensaje enviado en frecuencias infra-ultrasónicas alcanzó justo sobre y bajo tus umbrales auditivos. —Me enseñó la pequeña máquina—. Te hablo y te digo lo que debes hacer, lo que debes sentir, el cerebro capta el mensaje, y tú crees que estás pensando todo eso.
Un simple aparato de radio y un magnetófono pueden hacer que marches durante horas, para siempre, sin que haya nadie tras ellos.
Syrie llevaba anillos de pétalos de flor y no gran cosa más cuando abandonó la casa aquella noche. Vestida sólo con esto.
—Pero, papá, es lo último de Carnaby.
—¿Qué es Carnaby?
—La calle Carnaby, tonto, donde está todo.
¿Y qué estaba ella «pensando»? ¿Estaba él citándola en algún sitio?
—Nadie me dice nada; pienso lo que quiero. Por primera vez en mi vida estoy segura de mí misma, papá, realmente segura.
Fui a su cuarto; carteles de corridas de toros en la pared, Portofino. Abrí su armario. Dios mío, olía bien. Tendría que casarme otra vez. Entonces me acordé de lo último que me había dicho Vrasek: «Fuera de condiciones controladas en laboratorio, para enfocar al sujeto, es mejor usar un interagente. Un elevador de tensión satélite, pequeño como un grano de mostaza, puesto entre el pelo, sirve si es sólo para una tarde...»
Busqué entre las ropas de Syrie. Me puse sus zapatos, altos y bajos, levantando bufandas y faldas en el aire hasta que parecí Jack Lemmon. Busqué en las costuras. Pero ningún rastro, ningún mensaje. Intenté vaciar mi mente para recibir alguna señal dirigida a ella: nada, nada. Espera. Hay algo. ¿Qué era? Escucha:
—Quítate la ropa...
La voz era familiar, la de mis pensamientos íntimos, justo como Vrasek me había demostrado. Pero podía ser una alucinación. Hasta que dijo:
—Syrie, nena...
Tiré su falda lejos de mí y salí de la habitación.
—Dulces besos...
Había oído bastante.
—Abre la boca...
No pude soportarlo más...

Le invité a cenar la noche siguiente, pero dijo que no podía venir, que tendría que salir pronto, pero que podría hacerlo la noche siguiente. Tenía algo importante que decirme.
Syrie estaba allí, durante la cena, y luego, con los ojos soñadores, prorrumpiendo en watusis salvajes y mostrándose nerviosa de vez en cuando. Delilkhan no podía apartar los ojos de ella. Con el café y los licores, empezó a hablar de matrimonio para dentro de un año, más o menos, como resultado de un experimento inusitado acerca del cual ahora quería hablarme y que yo tendría que entender. Pero ya era demasiado tarde. Empezó a mirar fijamente a la luz que yo había dejado descubierta. Encerré a Syrie en su cuarto, tomé papel y pluma y esperé. Primero Delilkhan se puso a cuatro patas con una ancha sonrisa en su cara; haciendo girar su cabeza, empezó a babear. Tomé cuidadosas notas, y cuando empezó a dar alaridos, me subí al respaldo del sofá para dejarle espacio. No se necesitaban luces oscilantes, dulce música ni conversaciones profundas: le había dado suficiente dietilamida del ácido D-lisérgico como para enderezar a toda el aula de graduados de la Universidad. Podía ser que sobreviviera y podía ser que no. Era un experimento. Nadie ha tomado nunca tanto LSD. Desgarró sus ropas, se rió con fuerza, y luego débilmente, después el «viaje» fue cada vez peor... Se adentró en el túnel de la oscuridad. Empezó a dar vueltas, estirándose. Apagué las luces y puse una música apropiada: dodecafónica. Se fue contra la pared. Yo estaba seguro de una cosa: estaba pensando por mí mismo. Me había convencido. Dios no ha muerto.
Hace buenas migas con Jennifer, y los visito cada jueves.
Pero nunca llevo a Syrie.
¿Quién quiere ver sufrir a un hombre?
Afortunadamente, la tengo bajo perfecto control.




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