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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO LOS OSOS DESCUBREN EL FUEGO (por Terry Bisson)
Conducía junto con mi hermano, el predicador, y mi sobrino, el hijo del predicador, por la 1-65, justo al norte de Bowling Greens, cuan­do se nos pinchó una rueda. Era un domingo por la noche y habíamos ido a visitar a Madre en el Hogar. Era mi coche. El pinchazo produjo lo que podrían llamarse gruñidos de suficiencia, ya que al igual que los más antiguos miembros de mi familia (eso me cuentan) me arreglo mis propios neumáticos, y mi hermano me repite continuamente que me agencie unas radiales y deje de comprar neumáticos viejos.
Pero si sabes montarlos y arreglarlos, los puedes conseguir casi re­galados.
Como se trataba de un neumático trasero izquierdo, salí por la iz­quierda, pisando la hierba de la mediana. Considerando la forma en que el Caddy se detuvo, ya supuse que estaría destrozada.
—Supongo que no tiene sentido preguntarte si llevas FijaRuedas en el maletero —dijo Wallace.
—Aquí, hijo, sujeta bien la linterna —le dije a Wallace Jr. Es lo su­ficientemente mayor para querer ayudar y no lo suficientemente ma­yor (todavía) para creer que lo sabe todo. De haberme casado y haber tenido hijos, me habría gustado que fuesen como él.
Un viejo Caddy tiene un enorme maletero que tiende a acumular porquería como un cobertizo. El mío es del 56. Wallace llevaba la ca­misa de los domingos, así que no se ofreció a ayudar mientras yo apar­taba revistas, aparejos de pesca, una caja de herramientas de madera, ropa vieja, una polea envuelta en un saco de hierba y una pulverizadora de tabaco para buscar el gato. La rueda de repuesto parecía un poco blanda.
La luz se apagó.
—Agítala, hijo —dije.
Volvió. El gato normal había desaparecido hacía tiempo, pero lle­vaba uno pequeño hidráulico de un cuarto de tonelada. Lo encontré bajo los viejos Southern Livings, 1978-1986 de Madre. Mi intención había sido tirar las revistas al vertedero. Si Wallace no hubiese estado con nosotros, hubiese dejado que Wallace Jr. colocase el gato bajo el eje, pero me eché de rodillas y lo hice personalmente. No tiene nada de malo que un chico aprenda a cambiar una rueda. Incluso si no vas a re­parar y montar neumáticos tú mismo, vas a tener que cambiar algunas a lo largo de tu vida. La luz volvió a apagarse antes de que consiguiese levantar la rueda del suelo. Me sorprendió lo oscura que era ya la no­che. Estábamos a finales de octubre y empezaba a hacer frío.
—Vuelve a agitarla, hijo —dije.
Volvió, pero muy débil. Parpadeó.
—Con radiales no pinchas —comentó Wallace con la voz que em­plea cuando habla a varias personas a la vez; en este caso, Wallace Jr. y yo—. E incluso si pinchas le das con ese producto llamado FijaRue-das y sigues conduciendo. Tres noventa y cinco la lata.
—El tío Bobby puede arreglar neumáticos él mismo —dijo Walla­ce Jr., por simple lealtad, supongo.
—El mismo —dije, medio metido debajo del coche. Si fuese por Wallace, el chico hablaría como lo que Madre solía definir como «un paleto de los barrancos de las montañas». Pero conduce sobre radiales.
»Vuelve a agitar la linterna —dije. Casi se había apagado del todo. Coloqué las tuercas en el tapacubos y saqué la rueda. El neumático había estallado por un lateral—. Este no lo voy a arreglar —dije. No es que me importase. En el cobertizo tenía un montón tan alto como un hombre.
La luz volvió a apagarse para volver mejor que nunca mientras co­locaba la rueda de repuesto.
—Mucho mejor —dije. Era un flujo de parpadeante luz naranja. Pero al volverme para recoger las tuercas, me sorprendió comprobar que la linterna que el chico tenía entre las manos estaba apagada. La luz provenía de dos osos que había entre los árboles, sosteniendo antor­chas. Eran grandes, de unos ciento cuarenta kilos y de como un metro y medio de altura. Wallace Jr. y su padre los habían visto y estaban com­pletamente inmóviles. Es lo mejor para no alarmar a los osos.
Recogí las tuercas del tapacubos y las enrosqué. Normalmente me gusta ponerles un poco de aceite, pero en esa ocasión pasé. Metí la ma­no bajo el coche, hice bajar el gato y lo saqué. Quedé aliviado al com­probar que la rueda de repuesto estaba lo suficientemente inflada y se podía conducir. Puse el gato y la llave en el maletero. En lugar de co­locar el tapacubos, también lo guardé. Durante todo aquel rato los osos ni se movieron. Se limitaron a sostener las antorchas, ya fuese por curiosidad o por deseos de ayudar, no había forma de saberlo. Daba la impresión de que había más osos detrás, entre los árboles.
Abriendo tres portezuelas simultáneamente, nos subimos al coche y nos fuimos. Wallace fue el primero en hablar.
—Parece que los osos han descubierto el fuego —dijo.
Cuando llevamos a Madre al Hogar hace casi cuatro años (cuaren­ta y siete meses), nos dijo a Wallace y a mí que estaba lista para morir.
—No os preocupéis por mí, chicos —susurró, haciendo que nos agachásemos para que la enfermera no pudiese oírnos—. He conducido dos millones de kilómetros y estoy lista para pasar a la otra orilla. Aquí no duraré mucho.
Durante treinta y nueve años había conducido un autobús escolar. Más tarde, cuando Wallace se hubo ido, me contó su sueño. Varios mé­dicos estaban sentados en círculo discutiendo su caso. Uno dijo:
—Hemos hecho todo lo que hemos podido, chicos, dejémosla irse.
Todos volvieron las palmas hacia arriba y sonrieron. Cuando no murió ese otoño pareció decepcionada, aunque con la llegada de la pri­mavera se le olvidó, como suele pasarles a los ancianos.
Además de llevar a Wallace y a Wallace Jr. a ver a Madre los do­mingos por la noche, yo también iba los martes y los jueves. Habi-tualmente me la encontraba sentada delante de la tele, a pesar de que no la mira. Las enfermeras la tienen encendida continuamente. Dicen que a los viejos les gusta el parpadeo, que los tranquiliza.
—¿Qué es eso que he oído de que los osos han descubierto el fue­go? —me dijo el martes.
—Es cierto —le dije mientras le cepillaba el largo pelo blanco con el cepillo de concha que Wallace le había traído de Florida. El lunes había aparecido la noticia en el Courier-Journal de Louisville y, el mar­tes, en las noticias de la noche de la NBC o la CBS. La gente veía a los osos por todo el estado y también en Virginia. Habían dejado de hi­bernar y aparentemente planeaban pasar el invierno en las medianas de las autopistas. Siempre había habido osos en las montañas de Virginia, pero no allí, en el oeste de Kentucky, no desde hacía casi cien años. El úl­timo había muerto cuando Madre era niña. La teoría del Courier-Jour-nal era que estaban bajando a la 1-65 desde los bosques de Michigan y Canadá, pero un anciano del condado de Alien (entrevistado en la televisión nacional) dijo que siempre había habido algunos osos en las co­linas y que se habían unido a los otros ahora que habían descubierto el fuego.
—Ya no hibernan —dije—. Encienden fuego y siguen despiertos todo el invierno.
—Impresionante —dijo Madre—. ¡Qué se les ocurrirá a continua­ción! —La enfermera vino a quitarle el tabaco, que es la señal para irse a la cama.
En octubre, Wallace Jr. siempre se queda conmigo mientras sus pa­dres se van de campamento. Sé que suena al revés de lo normal, pero así son las cosas. Mi hermano es pastor (Mansión del Recto Camino, Reformada) pero obtiene dos tercios de sus ingresos con los negocios inmobiliarios. El y Elizabeth van a un Retiro de Éxito Cristiano en Ca­rolina del Sur, donde gente de todo el país practica vendiéndose cosas. Sé cómo es no porque se haya molestado en contármelo, sino porque he visto en la tele, a altas horas de la madrugada, los anuncios del Plan de Éxito de Participación en Fondos Giratorios.
El bus de la escuela dejó a Wallace Jr. junto a mi casa el miércoles, el día que se iban. El chico no tiene que prepararse demasiado cuando se queda conmigo. Tiene habitación propia en mi casa. Como soy el mayor de la familia, sigo viviendo en el viejo hogar, cerca de Smiths Grove. Empieza a venirse abajo, pero a Wallace Jr. y a mí no nos im­porta. También tiene su propia habitación en Bowling Greens, pero dado que Wallace y Elizabeth se mudan cada tres meses (forma parte del Plan), conserva su escopeta del calibre 22 y sus cómics, las cosas que importan a un chico de su edad, en su habitación de casa. Es la habita­ción que su padre y yo compartíamos cuando éramos niños.
Wallace Jr. tiene doce años. Al volver del trabajo me lo encontré sentado en el porche trasero que da a la autopista. Vendo seguros para cultivos.
Después de cambiarme de ropa le enseñé dos métodos para rom­per el talón de un neumático, con un martillo o pasándoles un coche marcha atrás por encima. Como preparar sorgo, arreglar ruedas es un arte moribundo. El chico, además, aprende rápido.
—Mañana, te enseñaré a montar el neumático —le dije.
—Lo que me gustaría es ver los osos —dijo. Miraba la 1-65, cuyos carriles dirección norte cortan la esquina de nuestro campo. Por la no­che, desde la casa, a veces el tráfico suena como una cascada.
—De día no se ven sus fuegos —dije—. Pero espera a la noche.
Esa noche, la CBS o la NBC (olvido cuál es cuál) emitió un espe­cial sobre los osos, que se estaban convirtiendo en noticia de interés nacional. Los había en Kentucky, Virginia Occidental, Misuri, el sur de Illinois y, claro está, en Virginia. Siempre había habido osos en Vir­ginia. Algunos incluso hablaban de cazarlos. Un científico dijo que se dirigían a los estados donde había nieve pero no demasiada y suficien­te madera en las medianas para encender fuego. Había salido con una cámara de vídeo, pero en los planos sólo se veían figuras borrosas sen­tadas alrededor de un fuego. Otro científico dijo que los osos se sentían atraídos por las bayas de un nuevo arbusto que sólo crecía en las me­dianas de las autopistas. Afirmaba que esa baya era la primera nueva especie de la historia reciente, producida por la mezcla de semillas en la autopista. Se comió una delante de la cámara, haciendo muecas, y la llamó «neobaya». Un ecólogo climático dijo que los inviernos cálidos (el invierno anterior en Nashville no había habido nieve y en Louis-ville sólo algunos copos) habían modificado los ciclos de hibernación de los osos y que ahora recordaban cosas de un año para otro.
—Puede que los osos descubriesen el fuego hace siglos —dijo—, pero lo olvidasen.
Según otra teoría, habían descubierto (o recordado) el fuego cuan­do hace unos años ardió Yellowstone.
La televisión mostró a más tipos hablando sobre osos que osos, y Wallace Jr. y yo perdimos el interés. Después de terminar de fregar los platos de la cena, llevé al chico a la parte trasera de la casa y hasta la ver­ja. Al otro lado de la interestatal y entre los árboles podíamos ver la luz de los fuegos de los osos. Wallace Jr. quería volver a casa, coger su es­copeta y dispararle a uno, y le expliqué que eso hubiese estado mal.
—La verdad —dije—, es que con una veintidós sólo conseguirías hacer enfadar al oso.
»Además —añadí—, es ilegal cazar en las medianas.
El único truco de montar un neumático a mano, una vez que lo has forzado o apalancado para colocarlo en la llanta, es ajustar el talón. Lo haces levantando la rueda, sentándote encima y saltando con ella entre las piernas mientras entra el aire. Cuando el talón se ajusta a la llanta emite un pop satisfactorio. El jueves, le dije a Wallace Jr. que no fuese a la escuela y le demostré cómo hacerlo hasta que aprendió. Luego sal­tamos la verja y cruzamos el campo para ir a ver a los osos.
En el norte de Virginia, según Good Morning America, los osos mantenían los fuegos encendidos todo el día. Pero allí, en el oeste de Kentucky, seguía haciendo buen tiempo para ser finales de octubre y sólo por las noches se reunían alrededor de las hogueras. Adonde iban y qué hacían de día no lo sé. Quizás observasen desde los arbustos de neobayas cómo Wallace Jr. y yo saltábamos la verja del Gobierno y cruzábamos los carriles dirección norte. Yo llevaba un hacha y Walla­ce Jr. se había traído su escopeta, no porque quisiese matar un oso si­no porque a los chicos les gusta llevar armas. Las mediana era un caos de maleza y trepadoras bajo robles, arces y sicómoros. A pesar de que sólo estábamos a cien metros de la casa, yo nunca había estado allí, ni tampoco nadie que conociese. Era como un campo artificial. Encon­tramos un sendero en el centro y lo seguimos a lo largo de una co­rriente lenta y corta que surgía de una rejilla y se metía en otra. Las pi­sadas en el barro gris fueron la primera señal de osos que vimos. Había un olor fuerte en el aire pero no desagradable. En un claro, bajo una enorme haya hueca, donde había estado la hoguera no encontramos más que cenizas. Los troncos estaban colocados formando un círculo desigual y el olor era más intenso. Agité las cenizas y encontré sufi­cientes brasas para empezar otro fuego, así que lo volví a colocar todo tal como lo habían dejado.
Corté un poco de leña y la amontoné a un lado, para ser un buen vecino.
Puede que incluso en ese momento los osos nos estuviesen obser­vando desde los arbustos. No hay forma de saberlo. Probé una neobaya y la escupí. Era tan dulce que resultaba amarga, justo lo que te imagi­narías que le gustaría a un oso.
Esa noche, después de cenar, le pregunté a Wallace Jr. si querría ir conmigo a visitar a Madre. No me sorprendió que dijese que sí. Los chicos pueden ser mucho más considerados de lo que cree la gente. La encontramos sentada en el porche delantero de cemento del Hogar, ob­servando el paso de los coches por la 1-65. La enfermera me dijo que llevaba nerviosa todo el día. Tampoco me sorprendió. Todos los oto­ños, con la caída de las hojas, se vuelve a sentir inquieta, aunque quizá la palabra sea «esperanzada». La llevé a la sala y le cepillé el largo pelo blanco.
—En la tele ya no ponen nada más que osos —se quejó la enferme­ra, cambiando los canales. Wallace Jr. se hizo con el mando cuando se fue la enfermera y miramos un informativo especial de la CBS o la NBC sobre unos cazadores de Virginia a los que les habían quemado las ca­sas. La televisión entrevistó a un cazador y a su esposa, que habían per­dido en el incendio su hogar de 117.500 dólares en valle de Shenandoah. Ella echaba la culpa a los osos. Él no echaba la culpa a los osos, pero iba a ir a los tribunales para exigir una compensación del estado porque te­nía una licencia de caza perfectamente válida. El comisionado de caza del estado apareció también y dijo que la posesión de una licencia de caza no prohibía (creo que dijo más bien que lo «imponía») que el ca­zado contraatacase. Me pareció un punto de vista muy liberal para tratarse de un comisionado del estado. Claro está, le interesaba sobre todo no pagar. Yo no soy cazador.
—No te molestes en venir el domingo —le dijo Madre a Wallace Jr. mientras le guiñaba el ojo—. He conducido dos millones de kilómetros y tengo una mano en la puerta. —Yo estaba acostumbrado a que sol­tase esas cosas, sobre todo en otoño, pero temí que disgustase al chi­co. Es más, parecía preocupado cuando nos fuimos y le pregunté qué pasaba.
—¿Cómo es posible que condujese dos millones de kilómetros? —preguntó. Ella le había dicho que habían sido setenta y siete kiló­metros al día durante treinta y nueve años, y él había usado la calcula­dora para llegar a 542.285 kilómetros.
—Condujese —dije—. Y son setenta y siete por la mañana y setenta y siete por la tarde. Además de los viajes para los partidos. Además, los viejos exageran un poco. —Madre fue la primera conductora de bus es­colar del estado. Trabajó todos los días y además crió una familia. Papá simplemente se dedicaba a la agricultura.
Normalmente salgo de la autopista en Smiths Grove, pero esa no­che fui al norte hasta Horse Cave y volví atrás para que Wallace Jr. y yo pudiésemos ver los fuegos de los osos. No había tantos como daba
a entender la tele... uno cada diez o doce kilómetros, ocultos tras un grupo de árboles o unas rocas. Probablemente también buscasen agua además de madera. Wallace Jr. quería parar, pero va contra la ley parar en una interestatal y temía que la policía nos pillase.
En el buzón había una postal de Wallace. El y Elizabeth estaban bien y se lo pasaban genial. No decía nada en concreto para Wallace Jr., pero al chico no pareció importarle. Como la mayoría de los chicos de su edad, no disfruta especialmente yendo por ahí con sus padres.
El sábado por la tarde el Hogar me llamó a la oficina (Burley Belt Drought & Hail) y dejó recado de que Madre se había ido. Yo estaba en la carretera. Trabajo los sábados. Es el único día en que muchos de los granjeros a tiempo parcial están en casa. Mi corazón se detuvo du­rante un latido cuando llamé y recibí el mensaje, pero sólo fue un lati­do. Hacía tiempo que estaba preparado.
—Es una bendición —dije cuando hablé por teléfono con la enfer­mera.
—No me comprende —dijo la enfermera—. No digo que haya fallecido. Cuando digo que se ha ido me refiero a que ha escapado. Su madre se ha escapado. —Madre había usado la puerta del final del pasillo cuando no miraba nadie, la había bloqueado con el cepillo y se había llevado un cubrecama que pertenecía al Hogar. ¿Y el tabaco ? Pre­gunté. También había desaparecido. Señal inequívoca de que planeaba quedarse fuera. Yo estaba en Franklin y me llevó menos de una hora llegar al Hogar siguiendo la 1-65. La enfermera me contó que desde ha­cía días Madre actuaba de forma progresivamente más rara. Qué otra cosa iban a decirme. Buscamos por los terrenos, apenas medio acre sin árboles entre la interestatal y un campo de soja. Luego me hicieron dejar un mensaje en la oficina del sheriff. Tendría que seguir pagando por sus cuidados hasta que la declarasen desaparecida oficialmente, lo que sucedería el lunes.
Ya era de noche para cuando regresé a casa y Wallace Jr. preparaba la cena, operación que sólo requiere abrir unas cuantas latas, preselec-cionadas y unidas entre sí con una goma elástica. Le conté que su abue­la se había ido y él asintió, diciendo:
—Ya nos dijo que se iría.
Llamé a Florida y dejé un mensaje. No se podía hacer nada más. Me senté e intenté ver la tele, pero no daban nada. Luego miré por la puerta de atrás y vi la hoguera parpadeando entre los árboles, al otro lado del carril norte de la 1-65, y comprendí que posiblemente supiese dónde encontrarla.
Definitivamente ya hacía más frío, así que me puse la chaqueta. Le dije al chico que esperase junto al teléfono por si llamaba el sheriff pero, cuando miré atrás, ya a medio camino, iba siguiéndome. No lle­vaba chaqueta. Le dejé que me alcanzase. Traía la escopeta y le hice dejarla apoyada contra la verja. Fue más difícil saltar la verja del Go­bierno en plena noche, a mi edad, que de día. Ya tengo sesenta y un años. La autopista estaba muy transitada por coches que iban al sur y camiones que iban al norte.
Cruzando el arcén me mojé el bajo de los pantalones con la hierba alta, ya mojada por el rocío. En realidad eran hierbajos.
Los primeros pasos en el bosque fueron de oscuridad absoluta y el chico me agarró la mano. Luego hubo más luz. Al principio pensé que era luz lunar, pero eran las luces largas de los coches que iluminaban las copas de los árboles como si fuesen la luz de la luna, lo que nos per­mitió abrirnos camino por la maleza. Pronto dimos con el sendero y el familiar olor a oso.
Era reacio a aproximarme a los osos de noche. Si seguíamos por el sendero podíamos toparnos con uno en la oscuridad, pero si nos me­tíamos entre los arbustos era posible que nos considerasen intrusos. Me pregunté si no deberíamos haber traído el arma.
Nos quedamos en el camino. La luz parecía descender de las copas de los árboles como lluvia. Avanzar resultaba fácil, sobre todo si no in­tentábamos mirar el sendero y dejábamos que los pies encontrasen el camino.
Luego, entre los árboles, vi su fuego.
El fuego era principalmente de ramas de sicómoro y haya, de los que dan muy poco calor y sueltan mucho humo. Los osos todavía no lo habían aprendido todo sobre la leña. Pero se les daba bien mante­nerlo encendido. Un enorme oso canelo de aspecto norteño agitaba el fuego con un palo, añadiendo una rama de vez en cuando, tomándola de un montón que tenía al lado. Los otros estaban sentados más o me­nos en círculo, sobre los troncos. La mayoría eran osos más peque­ños, negros y color miel. Había una madre con oseznos. Algunos co­mían bayas que tomaban de un tapacubos. Sin comer, limitándose a contemplar el fuego, mi madre estaba sentada entre ellos con el cubre­cama del Hogar sobre los hombros.
Si los osos se dieron cuenta de nuestra presencia, no lo manifesta­ron. Madre dio una palmada justo a su lado y me senté en el tronco. Un oso se apartó para dejar que Wallace Jr. se sentase al otro lado.
El olor de un oso es fuerte, pero una vez que te acostumbras no es desagradable. No es como el olor de un granero, sino más salvaje. Me incliné para susurrarle algo a Madre pero ésta agitó la cabeza. Sería de mala educación susurrar mientras estamos con estas criaturas que no poseen la capacidad del habla, me hizo saber sin hablar. Wallace Jr. tam­bién guardaba silencio. Madre compartió el cubrecama con nosotros y allí nos quedamos sentados durante lo que me parecieron horas, mi­rando el fuego.
El enorme oso se ocupaba de alimentar la fogata, sosteniendo un extremo de las ramas secas y pisándolas para romperlas, como hace la gente. Se le daba bien mantenerlo. Otro oso lo removía de vez en cuando, pero los demás lo dejaban en paz. Daba la impresión de que sólo algunos osos sabían usar el fuego y guiaban a los demás. Pero ¿no es así siempre? De vez en cuando, un oso más pequeño entraba en el círculo de luz cargado de leña y la dejaba caer en el montón. La ma­dera tenía un tono plateado, como la que ha estado mucho tiempo en el agua.
Wallace Jr. no es inquieto como muchos chicos. A mí me resultó agradable estar sentado mirando el fuego. Tomé un poco del Red Man de Madre, aunque no masco habitualmente. No fue muy diferente a vi­sitarla en el Hogar, sólo que los osos lo hacían más interesante. Había unos ocho o diez. En el interior de la hoguera las cosas no eran tan tran­quilas: se ejecutaban pequeños dramas a medida que se creaban cá­maras ardientes que luego se destruían en un estallido de chispas. Mi imaginación se desbocó. Miré el círculo de osos y me pregunté qué veían ellos. Algunos tenían los ojos cerrados. A pesar de estar juntos, sus espíritus parecían solitarios, como si cada oso estuviese sentado en soledad delante del fuego.
El tapacubos pasó de mano en mano y todos tomamos algunas neobayas. No sé qué hizo Madre, pero yo sólo fingí comerme la mía. Wa-llace Jr. hizo una mueca y la escupió. Cuando el chico se durmió, usé el cubrecama para taparnos los tres. Empezaba a hacer frío y, al con­trario que los osos, nosotros no teníamos pelaje. Estaba listo para irme a casa, pero Madre no. Señaló las copas de los árboles, donde la luz se iba extendiendo, y se señaló a sí misma. ¿ Creía que eran ángeles que bajaban del cielo? No eran más que los faros de largo alcance de algún camión que iba hacia el sur, pero ella parecía encantada. Sosteniendo su mano, sentí que cada vez se iba poniendo más fría.
Wallace Jr. me despertó golpeándome la pierna. Ya había amanecido y su abuela había muerto sentada en un tronco, entre nosotros dos. El fuego estaba cubierto, los osos se habían ido y alguien llegaba cami­nando entre los árboles, pasando del sendero. Era Wallace. Le seguían dos patrulleros del estado. Wallace vestía camisa blanca y me di cuen­ta de que era domingo. Parecía más mosqueado que triste cuando se enteró de la muerte de Madre.
Los patrulleros olisqueaban el aire y asentían. El olor a oso seguía siendo intenso. Wallace y yo envolvimos a Madre en el cubrecama y vol­vimos a la autopista. Los patrulleros se quedaron allí y dispersaron las cenizas del fuego de los osos y lanzaron la leña a los arbustos. Me pa­reció un gesto bastante mezquino. Ellos eran como los osos, cada uno solitario dentro de su uniforme.
En la mediana se encontraba el viejo Olds 98 de Wallace, con sus ruedas radiales de aspecto aplastado apoyadas en la hierba. Delante ha­bía un coche de policía con un patrullero al lado y, detrás, un coche fú­nebre, también un Olds 98.
—Primeras noticias que tenemos de que molesten a los viejos —le dijo el patrullero a Wallace.
—Eso no es lo que pasó —dije, pero nadie me pidió que me expli­case. Tienen sus propios procedimientos. Del coche fúnebre bajaron dos hombres con traje y abrieron la portezuela trasera. Para mí, fue en ese momento cuando Madre abandonó esta vida. Después de dejarla allí, abracé al chico. Temblaba a pesar de que no hacía frío. Es uno de los efectos de la muerte, sobre todo al amanecer, con la policía a tu al­rededor y la hierba húmeda, incluso cuando la muerte llega como una amiga.
Nos quedamos un minuto viendo cómo pasaban los coches y los camiones.
—Es una bendición —dijo Wallace. Es sorprendente el tráfico que hay a las 6.22 de la mañana.
Esa tarde, regresé a la mediana y corté leña para reemplazar la que los patrulleros habían esparcido. Esa noche vi el fuego entre los ár­boles.
Regresé dos noches más tarde, después del funeral. El fuego esta­ba encendido y, por lo que me pareció, eran los mismos osos. Me senté con ellos un rato, pero mi presencia parecía ponerlos nerviosos, así que me fui a casa. Había recogido un puñado de neobayas del tapacubos y el domingo fui con el chico y las dispuse sobre la tumba de Madre. Vol­ví a probarlas, pero son incomestibles.
A menos que seas un oso.

***
La ciencia ficción no siempre combina bien con el humor y la fan­tasía, pero Terry Bisson ha logrado esas fusiones en sus novelas y cuen­tos. Su primera novela, Wyrldmaker, publicada en 1981, añade un toque de ciencia ficción a un tema trillado del género de caballeros y brujería. Talking Man introduce elementos de fantasía y ciencia ficción en el for­mato del cuento increíble. Su novela de historia alternativa, Fire on the Mountain, es una versión original y llamativa del tema de un futuro en el que el Sur ganó la Guerra Civil: en este caso, una revolución de esclavos lleva a la creación de Nova África, una república sustitutiva de lo que ha­brían sido los estados confederados. El humor de las historias de Bis­son va desde lo alocado a la sátira, y sus historias invariablemente des­tacan la irracionalidad de mundos cada vez más complejos para los que los humanos no están bien preparados. En su alocada novela de aven­turas Voyage to the Red Planet, el primer viaje tripulado a Marte es un engaño montado por un torpe productor de Hollywood que va conti­nuamente en busca de un gran éxito de taquilla con el que mejorar su suerte. Pirates of the Universe es una obra satírica ambientada en un fu­turo en el que Disney-Windows es el conglomerado corporativo que lo controla todo. The Pickup Artist es una antiutopía cómica sobre un fu­turo en el que los agentes de la Oficina de Artes y Entretenimientos cumplen la tarea de destruir creaciones artísticas para las que ya no hay sitio en la Tierra. Bisson ganó los premios Nébula, el Hugo y el Theodore Sturgeon por la historia que da título a su recopilación Bears Discover Fire and Other Stories. Otras de sus obras son: la recopilación de cuentos In the Upper Room; una colaboración póstuma con Walter M. Miller Jr., “St. Leibowitz y la mujer caballo salvaje; una continuación de a importantísima novela Cántico por Leibowitz; libros de ensayo sobre Nat Turner y Mumia Abu Jamal; y las novelizaciones de las películas Hé­roes fuera de órbita y El sexto día.





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