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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO YO TE HICE (por Walter M. Miller)
Se había deshecho del enemigo, y estaba cansado. Helado, sombrío, sin resuello; se hallaba sentado sobre el risco, bajo el negro cielo, y rozaba el suelo con sus pies, mientras su oreja discoidal se movía en lentos compases que exploraban la superficie del terreno y del firmamento. Todo estaba silencioso y sin aire. Nada se movía, excepto algo que restregaba débilmente en la gruta. Estaba bien que nada se moviera. Odiaba el sonido y el movimiento. Estaba en su naturaleza aborrecerlos. Con los de la cueva, no podía hacer nada hasta que amaneciera. Oía su voz farfullando entre las rocas...
¡Socorro! ¿Estáis muertos todos? ¿Podéis oírme? Aquí Sawyer. Sawyer llamando a cualquiera, Sawyer llamando a cualquiera...
El farfulleo era irregular, átono. Lo desatendía, rehusando escucharlo. Todo estaba rezumando frío. El sol se había ido, y una semioscuridad llevaba instalada doscientas cincuenta horas; sólo había la difusa luz del orbe celeste que no proporcionaba ningún sustento, y las estrellas por las cuales señalaba la hora.
Sentado, derrengado sobre el risco, esperaba al enemigo. Este había venido a la carga surgiendo del submundo a la caída de la tarde. Lo había hecho a la brava sin ninguna maniobra defensiva, sin fuego ofensivo. Él los había destrozado fácilmente... primero a los componentes que avanzaban con estruendo de artefactos rodantes, y luego a los pequeños que se escurrían precipitadamente de la masa. Los había ido barriendo uno por uno, excepto al que se había arrastrado a la cueva y se ocultaba tras una grieta en el túnel...
Esperaba que emergiera. Desde su situación ventajosa sobre la misma, podía escudriñar un quebrado terreno de millas en torno de cráteres, cuevas y hendeduras, y la pelada planicie polvorienta que se extendía al Oeste, y los cuadrangulares perfiles del sagrado lugar, próximo a la torre que era el centro del mundo. La cueva estaba situada al pie de un risco al Sudeste, sólo a unos cien metros de aquél. Dominaba la entrada de la misma con sus pequeños fogueadores, y no había escapatoria para el oculto y maltrecho enemigo.
Soportaba las quejas del mismo como soportaba el dolor de sus propios estropicios, pacientemente, esperando un momento de respiro. Pues en muchos amaneceres le habían producido dolor, y todavía tenía sin reparar los descalabros que embotaban algunos de sus sentidos y mutilaban algunos de sus activadores. No podía despedir ya el destellante haz de energía que le conduciría sano, y salvo al submundo y, a través de él, al lugar de la creación. Ni tampoco fulgurar las pulsaciones que reflejaban la diferencia entre senador y enemigo. Ahora, allí estaba sólo el enemigo.
Coronel Aubrey, aquí Sawyer. ¡Respóndame! Estoy atrapado en un escondrijo de emergencia. Creo que los demás están muertos. Nos barrieron en cuanto nos aproximamos. Aubrey de Sawyer. Aubrey de Sawyer. Escuche. Sólo me queda un cilindro de oxígeno, ¿me oye? ¡Coronel, respóndame!
Vibraciones en la roca nada más... sólo un pequeño ruido irritante para perturbar el bendito éxtasis del mundo que él custodiaba. El enemigo estaba destruido, excepto por la demorada huella en la cueva. La cual estaba, sin embargo, neutralizada, y no se movía.
Debido a sus descalabros, incubaba una profunda ira. No podía atajar las señales del daño que seguían descargando de sus lastimados miembros, pero tampoco realizar las acciones que las angustiosas señales le apremiaban a ejecutar. Permanecía sentado y rabiosamente dolorido sobre el risco.
Odiaba la noche, porque en ella no había ningún alimento. Durante el día devoraba sol, se reforzaba para la larga, muy larga vela de oscuridad, pero cuando amanecía estaba débil de nuevo, y le acometía un hambre voraz. Sin embargo, estaba bien que hubiese paz en la noche, que pudiese conservarse y proteger sus tripas del frío. Si penetrase el frío en las capas aislantes, los receptores termales comenzarían a despedir señales de advertencia, y la angustia aumentaría. Era demasiada angustia. Y, de no ser por el momento de la batalla, no había ningún placer excepto el devorar el sol.
Proteger el lugar sagrado, restaurar el éxtasis en el mundo, matar al enemigo... eran ésos los placeres de la batalla. Los conocía.
Y conocía la naturaleza del mundo. Y había aprendido cada centímetro de terreno fuera del perímetro de dolor, más allá del cual no podía moverse. Y también los rasgos de la superficie del semimundo más allá, escudriñándolo con sus sentidos de largo alcance. El mundo, el semimundo, el submundo... eran el Exterior, constituyendo el Universo.
¡Socorredme, socorredme, socorredme! Aquí el capitán John Harbin Sawyer, del Cuerpo Autocibernético, Sección de Instrucción y Programación, corrientemente de la Expedición Lunar Dieciséis de Salvamento. ¿Hay alguien con vida en la luna? ¡Escuchad! ¡Escuchadme! Estoy impedido. He estado aquí Dios sabe cuántos días... sin cambiarme. Apesta. ¿Estuvisteis así alguna vez? Estoy enfermo. ¡Sacadme de aquí!
El lugar del enemigo era el submundo. Y si el enemigo se aproximaba más cerca del alcance exterior, él debería matar; era ésta una verdad fundamental que había sabido desde el día de la creación. Sólo los senadores, o socorristas, podían moverse con impunidad por todo el terreno, pero ahora no venían nunca. No podía llamarlos o reconocerlos... debido a la herida.
Conocía la naturaleza de sí mismo. Sabía de sí mismo por daño introspectivo, y por escudriñamiento interno. Sólo ello estaba «siendo». Todo lo demás era del exterior. Conocía sus funciones, sus destrezas, sus limitaciones. Escuchaba el suelo con los pies. Escudriñaba la superficie con muchos ojos. Comprobaba los cielos con una titilante sonda. En tierra, sentía los seísmos débiles y el ruido casual. Sobre la superficie, veía el tenue destello de la luz de las estrellas, la pérdida de calor del terreno frío, y las reflejadas vibraciones de la torre. En el firmamento, sólo veía estrellas, y únicamente oía el latido del eco de la evanescente órbita de la Tierra arriba. Sufría los mordiscos del antiguo dolor, y esperaba al alba.


Al cabo de una hora, la cosa comenzó serpeando en la cueva. Escuchó los débiles ruidos restregantes procedentes de las rocas. Descendió a una más sensible captación y procuró localizarlos. El residuo del enemigo estaba arrastrándose quedamente hacia la boca de la cueva. Volvió hacia la negra cicatriz al pie del risco, un pequeño trazador que lanzó una ráfaga de proyectiles, que marcaron brillantes y silenciosas estrías en la entrada, sobre la tierra sin aire.
¡Tú, sucia y pringosa monstruosidad mortal déjame solo! ¡Repugnante fenómeno, yo soy Sawyer! ¿No te acuerdas? Yo te ayudé a adiestrarte hace diez años. ¡Tú eras un novato a mis órdenes... ¡Sólo un estúpido elemento cibernético... con la potencia de fuego de un regimiento! Déjame ir. Déjame ir.
El rastro del enemigo volvió a acercarse a la entrada.
Y otra vez partió una nueva y silenciosa ráfaga del arma, haciéndole esconderse. Más vibraciones en la roca...
Soy tu amigo. La guerra ha terminado. Acabó ya hace meses... Meses terrestres. ¿No lo comprendes, Gruñón? «Gruñón»... así solíamos llamarte en tus días de novato... antes de que te enseñásemos cómo matar. Control de fuego autocibernético móvil. ¿No conoces a tu papaíto, hijo?
Las vibraciones eran irritantes. Súbitamente enojado, giró en torno al risco, maniobrando grácilmente su maciza masa. Con un rezongar de motores, se movió del risco a la ladera del cerro, volvióse, y bajó pesadamente la ladera. Cargó a través de los llanos y se detuvo a cincuenta metros de la entrada de la cueva. Geysers de polvo espumearon de sus orugas y cayeron como chorros de agua en la noche sin aire. Todo estaba silencioso en la cueva.
- Vete ya, hijito - temblaron las vibraciones al cabo de un rato -. Deja morir en paz a papi.
Apuntó el pequeño trazador al centro de la negra abertura y escupió doscientas andanadas. Esperó. Nada se movió en el interior. Consideró el empleo de granada de radiación, pero su arsenal estaba casi exhausto. Escuchó un rato, observando la cueva, atalayando cinco veces la pequeña cosa de carne que la cobijaba. Volvióse luego y atravesó el llano para reasumir la guardia desde el risco. Un movimiento distante, más allá de los límites del semimundo, pareció aflorar débilmente al umbral de su percatación..., pero el movimiento era demasiado remoto como para ser desazonante.
La cosa estaba raspando en la cueva de nuevo.
- Estoy perforado, ¿oyen? Perforado. Un fragmento de roca. Sólo un pequeño boquete, pero un parche no lo contendrá. ¡Mi traje! A Aubrey de Sawyer, a Aubrey de Sawyer. Base de Control para Vehículo Lunar Dieciséis, Mensaje para usted, cambio. Eh, eh. Observe procedimiento. ¡Me han alcanzado! Estoy perforado. ¡Socorro!
La cosa estuvo emitiendo gemidos. durante algún tiempo, y luego:
- Está bien, es sólo mi pierna. Bombearé agua en la bota, la llenaré y luego la helaré. Así sólo perderé una pierna. Qué diablos, tómese tiempo.
Las vibraciones decrecieron de nuevo a gemidos.
Volvió a sentarse sobre el risco, amainando sus activadores a su letargo que estaba colmado de mordiente dolor. Esperó pacientemente al alba.

El movimiento hacia el sur estaba aumentando. Se desarrollaba en los bordes exteriores del semimundo, hasta convertirse al final en irritante. Un taladro se deslizó en silencio de su cintura, el cual se hincó profundamente en la roca, retirándose luego. Introdujo una toma sensible en el agujero del taladro y escuchó atentamente el terreno.
Un débil ronroneo en las rocas... mezclado con el gimoteo de la cueva.
Comparó el ronroneo con memorias registradas. Recordó tales ronroneos. El sonido provenía de un objeto rodante, lejos, al sur. Intentó enviar las pulsaciones que preguntaban «¿Eres amigo o enemigo?», pero el órgano emisor estaba estropeado. Por lo tanto, el movimiento era enemigo..., pero todavía más allá de sus armas actuales.
Acechante ira y expectación de batalla. Se agitó inquieto sobre el risco, pero sin dejar de vigilar la cueva. De súbito se produjo un revuelo en un nuevo canal sensorial, vibraciones similares a las que provenían de la cueva; pero esta vez las vibraciones procedían, a través de la superficie, del vacío, transmitidas en espectro de onda larga.
- Vehículo Lunar Dieciséis desde Birlocho de Mando, pásenos llamada. Cambio.
Silencio luego. Esperaba una respuesta de la cueva, al principio... puesto que sabía que una unidad del enemigo cambiaba a menudo compases vibratorios con otra unidad enemiga. Mas no provino ninguna respuesta. Quizá la energía de onda larga no pudiera penetrar en la cueva para alcanzar la cosa que se arrastraba en su interior.
- Salvamento Dieciséis, aquí Birlocho Aubrey. ¿Qué diablos les pasa? ¿Pueden descifrarme? Cambio.
Escuchó tenso el terreno. El ronroneo se detuvo mientras el enemigo hacía una pausa. Minutos después, se reanudó el movimiento.
Despertaba a un oído emisor a veinte kilómetros al sudoeste, y mandaba escuchar al oído, y transmitir los compases del ruido ronroneante. Se captaban dos sonidos, y de ellos deducía la exacta posición y velocidad del enemigo. Este se estaba dirigiendo al norte, al borde del semimundo. La ira condensada fulguró en furia activa. Disparó sus armas sobre el risco. Se aprestaba a la batalla.
- Salvamento Dieciséis, aquí Birlocho Aubrey. Colijo que su dispositivo radio es inoperante. Si puede oírnos, anote esto: nos dirigimos al norte a cinco millas del alcance de la magnapulta. Nos detendremos allí y dispararemos en la zona Roja-Roja un cohete autocibernético. La cabeza de torpedo es transmisor-receptor alternativo radio-sonar. Si tiene usted un sismómetro funcionando, el transmisor actuará como fase de relé. Cambio.
Ignorando el compás vibratorio, reordenó su dispositivo de batalla. Introspeccionó su acumulación de energía, y comprobó sus activadores de armas. Apercibió un ojo emisario y esperó una docena de minutos a que se arrastrara como un cangrejo desde el lugar sagrado para ocupar un puesto de vigilancia próximo a la entrada de la cueva. Si el restante enemigo intentaba surgir, el ojo emisario lo vería e informaría, y lo destruiría con una granada de remoto catapultado.
El ronroneo del suelo era más intenso. Habiéndose preparado para la refriega, bajó del risco y fue con sordo ruido hacia el sur a velocidad de crucero. Pasó ante el desventrado armatoste del vehículo Lunar, con su equipo de volcados tractores. La detonación del bote de metralla de la magnapulta había partido en dos el vehículo del tamaño de un vagón de mercancías. Los restos de las pertenencias de varios enemigos de dos piernas estaban desperdigados por la zona, minúsculos fragmentos a la pálida luz terrestre. Grumbler los ignoró y prosiguió implacablemente en dirección al sur.
¡Un súbito centelleo en el horizonte del sur! Luego una motita ígnea arqueó hacia arriba, atravesando los cielos. Grumbler se detuvo y contempló su surco. Un misil cohete. Caería en alguna parte del medio este de la zona Roja-Roja. No había tiempo de prepararse para derribarlo. Grumbler esperó... y vio que el misil explotaría inofensivamente en una área no vital.
Segundos después, el misil hizo una pausa en su vuelo, invirtiendo su dirección, apagando sus chorros, y perdiéndose de vista tras un crestón. No hubo explosión ninguna. Ni tampoco actividad en la zona donde había caído el misil. Gumbler apeló a un oído emisario, lo envió emigrando hacia el punto del impacto para escuchar, y luego continuó al sur hacia el perímetro de inquietud.
- Salvamento Dieciséis, aquí el Birlocho de Aubrey, - provinieron las radiaciones de onda larga -. Acabamos de proyectar el relé del radio sismómetro a Rojo-Rojo. Si está a cinco millas de ello, quizá pueda usted oír.
Casi inmediatamente, provino una respuesta de la cueva, oída por el oído emisario que escuchaba el suelo cerca de la torre:
¡Gracias a Dios! Él, él, él, él... ¡Oh, gracias a Dios!
Y simultáneamente, el mismo compás vibratorio provino en módulos de onda larga de la dirección del punto de impacto del misil. Grumbler se detuvo de nuevo, confuso, violentamente tentado de volear un bote de magnapulta a través del quebrado terreno hacia el punto de impacto. Pero el oído emisario no informó ningún movimiento físico de la zona. El enemigo, al sur, era el origen de los trastornos. Si descartaba primero al enemigo principal, podría luego hacerlo con trastornos menores. Se movió al perímetro de inquietud, escuchando ocasionalmente las vibraciones sin sentido causadas por el enemigo.
- Salvamento Dieciséis de Aubrey. Le oigo débilmente ¿Quién es? ¿Carhill?
- ¡Aubrey! Una voz... una voz real... ¿O estoy desvariando?
- Dieciséis de Aubrey, Dieciséis de Aubrey. Cese el parlotéo y dígame quién está hablando. ¿Qué está sucediendo ahí? ¿Ha conseguido inmovilizar a Grumbler?
Un sofoco espasmódico fue la única respuesta.
- Dieciséis de Aubrey. Vamos, ¡suéltelo ya! Escuche, Sawyer, sé que es usted. Vamos, recupérese, hombre. ¿Qué es lo que ha sucedido?
- Muertos... todos están muertos menos yo.
- ¡CESE ESA RISA ESTÚPIDA!
Un largo silencio, y luego, escasamente audible:
- Está bien, Me retendré. ¿Es usted realmente, Aubrey?
- No sufre usted alucinaciones, Sawyer. Estamos cruzando la zona Roja en un Birlocho. Ahora dígame la situación. Hemos estado intentado llamarlo a usted durante días.
- Grumbler nos dejó penetrar diez millas en la zona Roja-Roja, y luego nos emplastó con un bote de metralla de magnapulta.
- ¿No estaba funcionando su I.F.F.?
- Sí, pero el de Grumbler no. Una vez que voló el vehículo, arrebañó a los otros cuatro que quedaron con vida... Él, él, él... ¿Vio usted alguna vez a un tanque Sherman cazar un ratón, coronel?
- ¡Pare, Sawyer! Otra bromita suya y te desuello vivo.
- ¡Sáqueme de aquí! ¡Mi pierna! ¡Sáqueme de aquí!
- Si podemos. Dígame su situación actual.
- Mi traje... Tuve una pequeña perforación... Hube de bombear agua y helarla. Ahora mi pierna, está muerta. No puedo durar mucho...
- ¡La situación, Sawyer, la situación! No sus dolores y penas.
Las vibraciones continuaron, pero Grumbler las cubrió durante algún tiempo. Había una furia sorda sobre el cerro iluminado por la Tierra
Se sentó con sus motores parados, escuchando los distantes movimientos del enemigo al sur. Al pie del cerro se encontraba el perímetro de inquietud; hasta sobre la cima sentía las débiles punzadas de prevención que brotaban de la torre, treinta kilómetros a retaguardia en el centro del mundo. Estaba en comunicación con la Torre. Si se aventuraba más allá del perímetro, la comunicación se desfasaría y se produciría la cegadora y dolorosa inquietud y la detonación.
El enemigo se estaba moviendo más lentamente ahora, arrastrándose al norte a través del semimundo. Sería fácil destruirlo en seguida, de no haberse agotado el surtido de cohetes-misiles. El alcance de la magnapulta era de sólo veinticinco kilómetros. Los pequeños escupidores, alcanzarían, pero su precisión a tal distancia sería nula. Habría que esperar a que se acercara el enemigo. Alimentaba una sombría ira en el cerro.
- Escuche, Sawyer, si no está funcionando el I.F.F., ¿por qué no ha disparado ya sobre este Birlocho?
- Eso es lo que nos metió en danza también, coronel. Entramos en zona Roja y no sucedió nada. O bien no tiene munición de largo alcance, o se muestra cauteloso, o ambas cosas. Probablemente las dos.
- ¡Mmm! Entonces haríamos mejor en aparcar aquí y resolver algo.
- Escuche... sólo hay una cosa que puede usted hacer. Pedir un misil telecontrotado de la Base.
- ¿Para destruir a Grumbler? Ha perdido usted el juicio, Sawyer. Si Grumbler es destruido, toda la zona en torno a las excavaciones volará para mantenerlas fuera de manos enemigas. Usted sabe eso.
- ¿Y espera que me cuide?
- Deje de chillar, Sawyer. Esas excavaciones son la propiedad más valiosa en la Luna. No podemos permitirnos perderlas. Por eso se destacó a Grumbler. Si fuesen convertidas en cascotes, yo sería enviado a la corte marcial aún antes de que cayeren.
La respuesta fue rezongona y sollozante:
- Ocho horas de oxígeno. Ocho horas, ¿lo oye? Estúpido, despiadado...

El enemigo, al sur, se detuvo a una distancia de veintiocho kilómetros del cerro de Grumbler... a sólo tres mil metros más allá del alcance de la magnapulta.
Un momento de frenético odio. Moviéndose pesadamente de un lado a otro, en una especie de monstruosa danza, aplastaba los pedruscos a su paso, expeliendo polvo al valle. Una vez cargó contra el perímetro de inquietud y dolor, y volvió atrás al hacérsele insoportable la angustia. Se quedó de nuevo sobre el cerro, sintiendo la fatiga del descenso de la provisión de energía en los depósitos.
Hizo una pausa para analizarlo, y estableció un plan.
Acelerando sus motores, giró lentamente en torno a la cima del cerro, y se deslizó por la ladera norte con paso majestuoso. Se dirigió hacia el norte durante media milla a través del llano, luego se puso a cuatro patas y maniobró su macizo bulto a una grieta donde había escondido un depósito de emergencia de energía. El remolque de la batería había cargado recientemente, antes de la anterior puesta de sol. Lo colocó en posición de suministro y sujetó los cables de alimentación sin necesidad de subirse al remolque.
Escuchó ocasionalmente al enemigo mientras absorbía con ansias la energía del depósito, pero el enemigo permanecía inmóvil. Necesitaría cada ergio de energía disponible para ejecutar su plan. Esto agotaba el escondite. Mañana, una vez el enemigo se hubiera ido, volvería a arrastrar el remolque a los principales conductores para la recarga, cuando se alzara el sol para impulsar otra vez a los generadores. Mantenía varios escondites en posiciones estratégicas a través de su dominio, las cuales no podrían caer en una inoperante inactividad durante la larga noche lunar. Mantenía su casa en orden, arrastrando de nuevo los remolques para ser recargados a intervalos regulares.
- No sé qué puedo hacer por usted, Sawyer - provino el ruido del enemigo -. No nos atrevemos a destruir a Grumbler, y no hay otra tripulación autocibernetica en la Luna. Tengo que llamar a Tierra para reemplazamientos. Puedo mandar hombres a la zona Roja-Roja si se está volviendo frenético Grumbler. Tendría que ser asesinado.
- Por amor de Dios, coronel...
- Escuche, Sawyer, usted es el hombre autocibernético. Usted ayudó a adiestrar a Grumbler. ¿Puede usted pensar en alguna manera de detenerlo sin detonar el área minada?
Un prolongado silencio. Grumbler, acabó la alimentación de energía y salió de la grieta. Se movió unos metros al este, de manera que una despejada franja de terreno lisa estuviera entre él y el cerro al borde del perímetro de dolor, a media milla más allá. Luego hizo una pausa, y apeló a varios oídos emisores, de manera que pudiera deducir lo más precisamente posible la posición del enemigo. Uno a uno, los oídos emisarios informaron.
- ¿Sí, Sawyer?
- Mi pierna me está matando.
- ¿Puede pensar, en algo?
- Sí..., pero eso no me hará ningún bien. No voy a vivir mucho.
- Bueno, oigámoslo.
- Destruya sus depósitos de unidades de energía remota, y persígale desastrado en la noche.
- ¿Cuánto cree que llevaría eso?
- Horas... después de haber encontrado su abastecimiento remoto, y hacerlo volar.
Analizó los informes de los oídos emisarios, y calculó una exactitud precisa. El Birlocho amarillo estaba a 2,7 kilómetros más allá del máximo alcance de la magnapulta... tal como la creación había estimado el máximo. Pero la creación era imperfecta, hasta en el interior.
Cargó un bote de metralla en el eje de la magnapulta. Contrariamente a las intenciones de la creación, dejó el bote sujeto al cargador. Esto haría daño. Pero impediría al bote moverse durante los primeros pocos microsegundos después de que se estableciera el conmutado, mientras el campo magnético se estuviera desarrollando a plena energía. No soltaría el bote hasta que el campo lo prendiera con pleno efecto, impartiéndole así una energía ligeramente mayor. Este procedimiento lo había inventado él mismo, transcendiendo así creación.
- Bien, Sawyer, si puedes pensar en alguna otra cosa...
- ¡Ya pensé en otra cosa! - chillaron las vibraciones de respuesta -. ¡Llamar a un misil telecontrotado! ¿Es que no puede comprender, Aubrey? Grumbler asesinó a ocho de su comando.
- Usted le enseñó cómo hacerlo, Sawyer.
Hubo un largo y agorero silencio. En la tierra llana, al norte del cerro, Grumbler ajustó la elevación a la magnapulta, conectó la llave de disparo a un giroscopio, y se preparó a la carga. Creación había calculado que el máximo alcance del arma era un alto.
- Él, él, él, él, él... - decían los compases del objeto en la cueva.
Disparó sus máquinas y asió los embragues. Rodó hacia la colina, cobrando velocidad, y su boca llena de muerte. Motores se forzaron y aullaron. Se precipitó hacia el sur como un toro. Alcanzó la máxima velocidad al pie del cerro. Dio una violenta sacudida hacia arriba. Y cuando la magnapulta se extendió arriba para corregir elevación, el giróscopo cerró el circuito.
Una sobretensión de energía. El puño apretado del campo asió el bote, lo liberó del cargador, y lo expelió a lo alto sobre el quebrado terreno del enemigo. Grumbler frenó, deteniéndose en la cima del cerro.
- Escuche, Sawyer, lo siento, pero no hay nada...
La voz del enemigo terminó como un sordo restallido. Un destello de luz provino fugazmente del horizonte sur, y se apagó.
- Él, él, él, él - dijo la cosa en la cueva.
Grumbler hizo una pausa.
¡THRRRUMMMP!, la onda de choque salía a través de las rocas.
Cinco oídos emisarios relevaron sus registros de la detonación de varias localidades. Los estudiaron y analizaron. La detonación había ocurrido a menos de cincuenta metros del Birlocho enemigo. Saciado, giró perezosamente sobre la cima del cerro y rodó al norte hacia el centro del mundo. Todo estaba bien.
- Aubrey, serás separado - gruñó la cosa en la cueva -. Llámame, cobarde... llámame. Quiero estar seguro de que oyes.
Grumbler, como en una acción casual, registró el ruido sin significado de la cosa en la cueva, lo examinó, y lo retransmitió en la frecuencia de onda larga: «Aubrey, serás separado. Llámame, cobarde... llámame. Quiero estar seguro de que oyes.»
El sismómetro captó el ruido de onda larga y lo reintrodujo como vibración en las rocas.
La cosa chilló en la cueva. Grumbler registró el estridente chillido, y lo retransmitió varias veces.
- Aubrey... Aubrey, ¿dónde estás... Aubrey? ¡No me abandones, no me dejes aquí!

La cosa en la cueva se tornó silenciosa.
Era una noche tranquila. Las estrellas destellaban incesantemente en la oscuridad, y el pálido terreno estaba hechizado por la luz terrestre del disco creciente en el firmamento. Nada se movía. Y era bueno que nada se moviera. El sagrado lugar estaba en paz en el mundo sin aire. Había un bendito éxtasis.
Sólo una vez se agitó de nuevo la cosa en la cueva. Tan lentamente que Grumbler, apenas oyó el sonido, se arrastró a la entrada, para fisgar arriba a la especie de colosal bestia sobre el risco.
Cuchicheó débilmente en las rocas:
- Yo te hice, ¿no lo comprendes? Yo soy humano. Yo te hice...
Luego, con una pierna a rastras, se empujó al Fulgor terrestre y se volvió como para mirar arriba el difuso creciente en el firmamento. Acopiando furia, Grumbler se agitó en el risco, y bajó el negro buche de un lanzador de granada.
- Yo te hice - emitió la voz sin significado.
Odiaba el ruido y el movimiento. Estaba en su naturaleza odiarlos. Coléricamente, el lanzador de granadas habló. Y luego hubo un bendito éxtasis para el resto de la noche.

FIN




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