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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO LA CAMA NúMERO 12 (por Dean R. Koontz)
La marginación —o incluso la eliminación— de los ancianos que ya no son rentables para la sociedad es un tema que la moderna SF ha tratado a menudo, como una de las muchas vertientes de la temática derivada del peligro de superpoblación.
En el siguiente relato se nos ofrece una estremecedora variante de este tema, a través de la narración en primera persona de un anciano recluido por el simple crimen de ser viejo.


Ahora que me encuentro en la oscuridad y el silencio, rodeado de enfermeros metálicos que sonríen y giran sin cesar a mi alrededor; ahora que todo el mundo se ha ido y que me encuentro completamente solo; ahora que la muerte no deja de rondarme y que tengo que enfrentarme solo a ella, he tomado la decisión de escribir toda la historia, esta sorprendente historia. Dispongo de carboncillo, de pintura y de cartulina. Es posible que ellos encuentren esta historia que pienso escribir, pues lo registran todo y son capaces hasta de detectar el eco de mi voz. Sí, es muy posible.
Por eso no tendré más remedio que buscar un sitio idóneo donde esconder el escrito. Creo que el lugar apropiado sería la alacena, ya que allí hay una gran cantidad de papeles y no se les ocurrirá registrarla. Los enfermeros metálicos no saben leer, y por eso cuando alguien muere queman todos sus papeles. No, el escrito no estaría seguro si lo escondiese en mi mesa. Todos estos contratiempos hacen de este lugar un verdadero infierno, sin ninguna posibilidad de comunicación con el mundo exterior. Y un hombre tiene derecho a vivir su vida, a contemplar hermosas mujeres, a los niños, a los perros y tantas otras cosas bonitas que hay en el mundo. Un hombre no puede ser encerrado en un frasco como si fuera una muestra de alguna cosa rara y luego depositado en una estantería. Sin embargo, aquí estoy escribiendo igual que un insecto encerrado en un frasco agitando estérilmente sus alas.
Al principio, éramos once. La sala tiene capacidad para doce personas. Sabíamos que algunos iban a morir muy pronto y que entonces quedarían libres algunas camas. Había cuatro de nosotros que ya llevaban más de ocho años viviendo aquí, y como pensábamos que pronto morirían, estábamos ilusionados con la idea que veríamos nuevas caras. A fin de cuentas, esto era lo único que daba algún interés a nuestras vidas: después de tantos años, el juego de damas y la pintura resultaban monótonos.
En cierta ocasión, un caballero inglés de exquisitos modales se unió a nosotros en la sala del misterioso hospital. Había estado dos veces en África, y siempre nos estaba contando las peripecias que había pasado en sus numerosos safaris en aquel continente. Nosotros nos pasábamos horas y horas escuchando aquellas historias de animales salvajes escondidos en la espesura de la selva, esperando que pasara algún incauto cazador para destrozarlo con sus poderosas y afiladas garras. También nos hablaba de extrañas aves, de misteriosos templos, de rituales exóticos y de hermosas indígenas de piel suave y oscura.
Pero un día el inglés murió, escupiendo sangre por la boca y la nariz.
De modo que cada vez que había nuevas caras en la sala, sentíamos que la vida aún conservaba algo interesante, que merecía la pena vivirse. Y como antes decía, siempre había nuevos rostros. Los más antiguos de esta sala eran Libby (su verdadero nombre era Bertrand Libberhad), Mike, Kyu y yo. Sí, éramos los veteranos. Libby hacía ya once años que estaba de paciente en la sala; yo sólo llevaba nueve. Kyu y Mike eran los más novatos, solamente llevaban ocho años. Los demás habían estado una semana, un mes, dos meses a lo sumo, y luego se los habían llevado para quemarlos y convertir sus cuerpos en cenizas. A nosotros los veteranos nos convenía que muchos de ellos muriesen, pues esto implicaba que veríamos nuevos rostros. En fin, ustedes ya me entienden, ¿no es verdad?
Sin embargo, fue precisamente a causa de una de estas nuevas caras por lo que ahora me encuentro solo, sentado aquí en la oscuridad, como un gigantesco insecto atrapado en una gruta oscura y sin salida, agitando sus alas, indefenso.
La nueva cara a la que me refiero era la de Gabe Detrick. No se extrañen ustedes, pues todas las caras tienen un nombre, como Libby, Kyu o Mike. ¡Pero Gabe era tan joven! Parecía no tener más de treinta años. Cuando nos fuimos a dormir, la cama número doce continuaba desocupada. Por la mañana, al despertarnos, allí estaba Gabe; pero ya no era el muchacho que habíamos visto la víspera, sino un hombre maduro y de una estatura gigantesca. Era indudable que durante la noche, cuando todos estábamos dormidos, lo habían tomado y lo habían arrojado a la cama número doce, como si fuera un pedazo de carne.
Inmediatamente, todos nos pusimos a especular cómo era posible que un hombre como Gabe hubiese ido a parar a un lugar donde sólo estaban aquellos ancianos que no tenían hijos que los cobijasen en sus casas. Además, había que tener más de cincuenta y cinco años para que aquellos monstruos de ojos rojizos, carentes de boca y con una especie de rejillas en lugar de orejas, viniesen por la noche, lo durmieran a uno inyectándole una droga y lo trasladaran a la cama número doce. Y Gabe no era un anciano...
Cuando se le pasó el efecto de la droga y se despertó, todos permanecimos en silencio; ese mismo silencio que se produce cuando un árbol gigantesco es derribado y cae a tierra, y permanece en ella solemne y muerto.
Todas las miradas estaban fijas en él, incluso la de Kyu, que era tuerto.
—¿Dónde me encuen...?
Nadie le permitió que acabara la frase. Todos nos acercamos a él y le explicamos su situación. Cuando se enteró, a pesar que aún parecía estar bajo los efectos de la droga, reaccionó como lo hubiera hecho un hombre a punto de enloquecer.
—¡Sólo tengo veintisiete años! ¿Qué es lo que ocurre en este siniestro lugar?
Acto seguido saltó de la cama, caminó tambaleándose y se puso a dar vueltas por la habitación como si tratara de buscar una salida para huir de allí. Nosotros le seguimos —los pocos que aún podíamos caminar— igual que una oveja sigue a un pastor que intenta matar un lobo.
De repente observó las líneas oscuras y paralelas de los tablones del suelo, y se puso a golpearlo furiosamente, a pesar que le advertimos que no ganaba nada con ello. Pero él no nos hizo caso alguno y continuó golpeando, cada vez con más fuerza, hasta que el ruido fue tan fuerte que estimuló los «oídos» de un robot que pasaba por el corredor. Éste se acercó a la puerta y preguntó qué ocurría.
—Lo que ocurre —respondió furioso Gabe— es que ustedes han cometido un error conmigo.
El autómata se detuvo ante él. Aquellos robots no tenían expresiones faciales como los seres humanos, pero éste parecía mirar de soslayo. Nosotros lo llamábamos doctor Domo. A lo mejor era un defecto que tenía, es decir, quizá el reflejo rojizo de su ojo izquierdo era menos intenso que el del derecho.
—Mi nombre es Gabe Detrick. Soy contable, y vivo en la calle Mordecai, 545, en Ambridge.
Se oyó un ruido metálico, muy característico en el robot cada vez que iba a decir algo. Luego el doctor Domo le preguntó:
—¿Necesita una cama?
Todos pensamos que Gabe iba a reaccionar propinándole un puñetazo a aquel robot que miraba de soslayo. Tanto fue así que Kyu lanzó un grito cómo si realmente ya le hubiese pegado, y fue tal el terror que reflejó en su rostro que quizá esto impidió que Gabe llevase a cabo su intención.
—La cena se servirá dentro de dos horas —dijo Domo—. ¿Era eso lo que quería saber?
—Lo que yo quiero es salir de aquí.
—¿Se está muriendo? —le preguntó el hombre metálico.
—¡Cómo me voy a morir si sólo tengo veintisiete años! —respondió Gabe, en un tono que parecía insinuar que los ancianos allí presentes fuesen viejos papiros a punto de convertirse en polvo. Creo que todos nos sentimos un poco molestos por el tono que empleó Gabe al contestar al robot.
—¿Desea una cama? —volvió a preguntarle el doctor Domo, visiblemente confuso.
El robot estaba programado para responder a setecientas preguntas diferentes: ¿Me puede dar una cama? ¿Podría proporcionarme más papel? ¿Qué tenemos para cenar? Siento dolor, etc. Pero no estaba programado para comprender el problema que le exponía Gabe en aquel momento.
Entonces éste hizo lo que ya había pensado anteriormente. Echó hacia atrás su musculoso brazo y luego dirigió su puño contra el rostro del robot. Pero el golpe no alcanzó su objetivo, pues los enfermeros metálicos estaban programados para defenderse de los pacientes furiosos o dementes. En una décima de segundo el brazo articulado del robot le proporcionó un terrible golpe a Gabe y le derribó al suelo.
Libby y yo lo levantamos y lo depositamos en su cama. Luego le pusimos una compresas de agua fría en la frente, utilizando unos trozos de camisa.
—¿Dónde me encuentro? —preguntó Gabe, al recuperar el conocimiento.
Kyu tuvo la intención de explicárselo de nuevo, pero prefirió callarse.
—Nunca discuta con un enfermero-robot, pues jamás podrá ganar —respondió Libby, quien había comprobado las consecuencias desde sus primeros años en aquella sala.
Gabe hizo un esfuerzo y se incorporó en la cama. Tenía hinchada la mejilla derecha debido al tremendo golpe que se había dado al caer al suelo, y esa zona de su rostro comenzaba a amoratarse. Ciertamente, no ofrecía un aspecto muy agradable.
—¿Se encuentra usted bien? —le preguntó Kyu.
Yo permanecí callado, pues no soy de esos a quienes les gusta hablar de todo. Esto me recordó una cosa que Libby siempre solía decirme cuando escribía mis cortos relatos (que los robots luego se encargaban metódicamente de quemar). En efecto, Libby acostumbraba a decir refiriéndose a mí: «Amigos míos, el viejo Sam no habla mucho, pero va a ser nuestro mejor biógrafo. Estoy seguro que él hará con nuestras biografías colectivas un trabajo mejor que el que hicieron con Johnson».
Bueno, quizá Libby tuviese razón. Quizá haga una buena crónica de todo lo que he visto y vivido. Es posible que me sobre tiempo para terminar esta historia y escribir muchas cosas más que sucedieron después. Es decir, todo lo relacionado conmigo después que todo el mundo se fue y me quedé solo. El silencio siempre se impone, pero yo no puedo tolerarlo.

Semanas después de este suceso, Gabe parecía haber envejecido más que el resto de nosotros. Tanto, que parecía uno de esos ancianos de la sala que estaban a punto de morir. Nos contó que junto a él dormía un anciano, y que una noche los robots habían venido para llevárselo, pero se equivocaron de sala y se llevaron a otro. Le explicamos que estaba equivocado, que en aquella sala no había más seres humanos que nosotros. Entonces se enfureció y se puso a golpear la puerta de la sala. Y de nuevo vinieron los robots y le golpearon. Fue así como aprendió la realidad de la situación. Al conocer la verdad, al comprender que nunca saldría vivo de allí, Gabe se sintió más deprimido de lo que estábamos nosotros. Sin embargo, siempre procuraba disimularlo. Y no sólo eso, sino que, además, procuraba alentarnos, consolarnos. Siempre trató de mostrarse simpático y agradable durante todo el tiempo que vivió en la sala de aquel macabro hospital.
Ahora recuerdo que en cierta ocasión hubo un fuerte altercado entre Brookman y Hanlin, y Gabe intervino inmediatamente para evitar que llegaran a golpearse. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Estoy seguro que las has tomado! —dijo Brookman, dirigiéndose furiosamente a Hanlin—. ¡Te va a costar caro el habérmelas quitado! ¡Eres un ladrón y un cerdo!
Hanlin, una nueva cara entre nosotros, se puso tan colorado que su nariz parecía un volcán a punto de entrar en erupción. La saliva se deslizaba por las comisuras de sus labios cual si fuera blanca lava.
—¡Eres un embustero, Brookman! —le contestó Hanlin, más furioso todavía—. ¿Por qué iba a tomártelas? ¿Qué iba a hacer con ellas? ¿Para qué iba yo a necesitar tus estúpidos juguetes?
—Cuando llegue la hora de la cena y nos traigan los cuchillos, te juro que te cortaré en pedazos. ¡Vergüenza tendría que darte, haberle robado a un compañero de sala!
Todos nos volvimos en las camas para observar aquella especie de drama. Pero como sabíamos que Hanlin y Brookman eran muy buenos amigos, estábamos seguros que la sangre no llegaría al río y que al final todo se arreglaría pacíficamente.
Sin embargo, Gabe saltó de su cama con una rapidez y una agilidad tan asombrosa que nos dejó boquiabiertos a todos nosotros, acostumbrados como estábamos a tratar sólo con ancianos: habíamos olvidado ya la agilidad de la juventud. Gabe separó a sus dos compañeros de sala y les dijo:
—¡Cállense los dos! ¿Acaso quieren que algún robot los oiga discutir y venga y los mate?
—Es que este imbécil me ha llamado ladrón —respondió Hanlin, tratando de desasirse del férreo puño con que Gabe lo sujetaba.
—Pero, ¿qué es lo que ha pasado? —les preguntó Gabe.
—Me robó mis pajillas —respondió Brookman—. Este maldito ladrón me las robó.
—Vamos, Brookman, tranquilízate —dijo Gabe—. ¿De qué pajillas estás hablando?
En el rostro de Brookman se dibujó una mueca muy extraña, semejante a la de un niño sorprendido en alguna travesura. Entonces, avergonzado, confuso, desistió de pelearse con Hanlin y dijo:
—Todo hombre tiene que poseer algo suyo. Algo de su propiedad exclusiva. ¿No le parece?
—Sí, estoy de acuerdo, Brookman. Pero, ¿de qué pajillas estás hablando? No entiendo nada.
—Es que he estado coleccionando durante mucho tiempo las pajillas que nos dan para beber la leche. Se pueden hacer muchas cosas con ellas. Una vez hice una muñeca. Una muñeca como la que Adela y yo le regalamos a nuestra hija Sarah cuando era una niña.
Mientras Brookman hablaba, unas lágrimas cual gotitas de cristal se deslizaron por sus mejillas. Algunos de nosotros volvimos la mirada a otro lado, emocionados. Pero Brookman continuó hablando:
—Sí, una muñeca como la que le regalamos a nuestra hija Sarah. Podía mover las piernas, bailar, saltar y hacer de todo. Y si usted tiene un poco de imaginación, esas pajillas pueden representar muchas cosas. Pueden ser personas que se mueven alrededor de uno y con las que se puede hablar; o bien pueden ser dinero, cada pajilla puede representar un billete de cinco, diez o incluso de mil dólares. Sí, estas pajillas son algo. Además, son libres..., y puesto que Adela y Sarah y...
Aquella escena me emocionó tanto que me obligó a observar al pobre Brookman. Éste, con sus oscuras manos llenas de lunares, en las que las venas sobresalían como en un bajorrelieve, trataba de ocultar su rostro bañado en lágrimas. Todo su cuerpo se estremecía con paroxismo.
—¿Le robó sus pajillas? —preguntó Gabe a Hanlin.
—Yo...
—¡Sí, se las robó! —gritó Gabe, enfurecido, con el rostro desfigurado por la ira, mientras se mordía los labios. En aquel momento, Gabe parecía un animal furioso y salvaje.
—¡No, yo no se las he robado! ¡Él las ha escondido! —respondió asustado Hanlin.
—Por última vez se lo pregunto —insistió Gabe—: ¿Se las ha robado?
—No; él las habrá escondido. Siempre acostumbra a esconder todo lo que tiene.
Gabe no pudo contenerse más y le propinó un tremendo puñetazo que lo derribó al suelo. Luego lo levantó y lo volvió a derribar de nuevo.
—Devuélvale las pajillas, ¿lo ha oído? —dijo Gabe.
—Brookman debería compartir...
—O le devuelve las pajillas o le juro que le arrancaré la piel y le daré a Brookman sus huesos.
Hanlin no tuvo más remedio que devolvérselas. Gabe pasó el resto de aquella semana con Brookman. Todas las pajillas que conseguía se las daba a él, e incluso jugó algunas veces con el pobre Brookman. Hanlin murió aquella misma semana; pero Gabe no se unió a las plegarias que se rezaron por su alma. La verdad es que algunos de los demás tampoco lo hicieron; se limitaron a murmurar con los labios lo que sus corazones no sentían.
Pero volviendo de nuevo a Gabe, debo insistir en que se hallaba dominado por una profunda tristeza. Ya dije que no era feliz. En efecto, no lo era. Pero tenía ese don especial de contener sus emociones y hacer reír a la gente. Siempre trataba, con el fin de divertirnos, de jugarles una mala jugarreta a los robots.
Así, cuando los robots se marchaban de la sala después de dejarnos la comida, Gabe se las arreglaba para ir detrás de alguno de ellos y ponerle la zancadilla. Luego salía corriendo y se escondía.
Como aquellos robots tenían una sola pierna, una vez en el suelo les era imposible levantarse. Entonces los otros robots acudían y le ayudaban a hacerlo. Como no estaban programados para comprender las causas de esas extrañas caídas, se limitaban a repetir monótonamente: «Maldita caída, maldita caída. Pobre Bruce, pobre Bruce».
Nosotros nos echábamos a reír cada vez que Gabe conseguía derribar al suelo a uno de los condenados autómatas.
Nunca llegamos a saber por qué todos los robots se llamaban «Bruce». Sí, todos se llamaban «Bruce». Quizá ello fuera debido a que el ingeniero que los diseñó tuviera el mismo nombre. De todas formas, nos reíamos mucho.
—¡Buen trabajo, Gabe! —decía uno.
—¡Es usted todo un hombre! —comentaba un segundo.
—¡Eso les hará saber con quiénes están tratando! —intervenía un tercero.
Entonces Gabe sonreía burlonamente, y durante esos instantes, mientras todos reíamos y comentábamos con júbilo la caída del robot, la sala parecía otra.
Pero para Gabe, la sala siempre era la misma.
Nunca estaba contento, ni siquiera cuando gastaba bromas para que los demás nos divirtiéramos.
A fin que se distrajera, le invitábamos a participar en nuestros juegos. Pero en vano.
Gabe era muy joven y no podía compartir nuestra forma de pensar. Pero lo peor de todo era que sabíamos que Gabe nunca saldría de la macabra sala de aquel siniestro hospital.

Entonces, de repente, como si fuera el producto de una espantosa noche de pesadillas, se nos ocurrió una idea para poder desembarazarnos de los robots.
La cosa fue así:
Era más o menos medianoche. Una noche, negra como las alas de un cuervo. La mayoría de nosotros estaba durmiendo. Los demás también nos habríamos quedado dormidos si la almohada de Libby no se hubiera caído. Éste se hallaba en el suelo, sollozando, con la cabeza hundida en la almohada. Se había caído de la cama y no tenía fuerzas para volver a subirse a ella.
Nos sobresaltó el sonido de sus sollozos. Nunca había oído un sonido igual. Nos extrañó muchísimo que Libby estuviese llorando, pues hacía muchos años que estaba en la sala, era uno de los más antiguos veteranos, y suponíamos que ya debía haberse resignado a aquella vida triste y vacía. Además de esto, era un hombre curtido por todas las adversidades de este mundo, y por ello nos resultaba aún más extraño verlo llorar. Había venido del barrio de Harlem. Tener padres blancos y vivir en Harlem sólo puede significar una cosa: pobreza. Se había educado en los lugares más sórdidos de Nueva York. Desde temprana edad había aprendido a defenderse de los hombres malvados que pretendieron aprovecharse de él. A los trece años tuvo su primera experiencia sexual con una mujer de treinta y cinco años. Más adelante, trabajó en los muelles, desempeñando las faenas más duras, y siempre gastaba el dinero que obtenía con mujeres o apostando en los juegos. Sí, había sufrido mucho en su vida para que no nos resultara extraño verlo llorar.
Al observarle en aquel estado, yo también estuve a punto de llorar.
Fue Gabe el primero que se dirigió rápidamente hacia el pobre Libby. Se sentó en el borde de su cama, le puso una mano en el hombro mientras con la otra le acariciaba los cabellos y le preguntó:
—¿Qué te ocurre, Libby?
Libby no contestó, continuó llorando lastimosamente, desesperadamente, cada vez más fuerte. Todos pensamos que si no cesaba de llorar, acabaría sangrando por la garganta.
Gabe continuó a su lado, acariciándole los cabellos con la mano y animándole con frases cariñosas.
—Gabe, Dios mío, Gabe —dijo Libby entre sollozos.
—¿Qué te ocurre, Libby? Dímelo.
—Me estoy muriendo, Gabe. Nunca creí que me llegaría la hora.
Me estremecí al oír a Libby. Si él se moría, yo me moriría también. Éramos amigos inseparables. Entonces nos llevarían a los hornos crematorios y allí quemarían nuestros cuerpos, uno junto al otro. «¡Oh, Dios mío, no te lleves a Libby! Te lo suplico, no te lo lleves.»
—Vamos, Libby —le dijo Gabe—, no digas esas cosas. Tienes la fortaleza de un toro y estoy seguro que vivirás hasta los ciento cincuenta años.
—No, Gabe, no viviré... —se calló, tratando de impedir que las lágrimas se deslizasen por sus mejillas.
—Pero, ¿qué te ocurre? ¿Sientes algún dolor?
—No. Todavía no.
—Entonces, Libby, ¿por qué piensas que vas a morir?
—No puedo orinar, Gabe, ni siquiera puedo...
A pesar de la oscuridad, vimos en el suelo el frágil cuerpo de aquel compañero a quien llamábamos Libby, Bertrand Libberhad, con las manos apretadas contra el pecho.
—¿Cuánto tiempo hace que te encuentras así?
—Dos días. ¡Dios mío, estoy reventando! Traté de no beber, pero...
Gabe apretó a Libby contra su pecho, como si tratara de contagiarle toda la fuerza y el vigor de su juventud. Entonces empezó a moverlo con suavidad, como una madre que mece a su bebé entre sus brazos. Mientras tanto, Libby lloraba débilmente.
—Libby, ¿alguna vez has tenido trato con una buena chica?
—¿Qué? No te entiendo, Gabe.
—Una chica. Una buena chica. Una que camina contoneándose como un junco, cuyo aliento huele como las fresas y cuyo cuerpo desprende un calor agradable. Una chica de brazos suaves y bonitas piernas.
—Seguro que sí —respondió Libby, dejando casi de sollozar—. Tuve una vez una chica como ésa en Boston. Era italiana. Tenía auténticos cabellos negros, no teñidos, y sus ojos resplandecían como dos carbones ardientes. Iba a casarse conmigo.
—¿Te amaba?
—Sí. ¡Qué tonto fui! La quería, y sin embargo no me di cuenta de mis sentimientos hacia ella. Cometí un gran error.
—Todos cometemos errores —respondió Gabe—. Yo también tuve una chica. Se llamaba Bernadette. Parecía un nombre prestado, pero era verdaderamente el suyo. ¡Qué verdes eran sus ojos!
—¿Era bonita, Gabe? —preguntó Libby.
—Tan bonita como el primer día de primavera, cuando sabes que la nieve ya se ha ido y que quizá un petirrojo vendrá a hacer pronto su nido en el alféizar de tu ventana. Sí, era muy bonita.
—Siento que no te casaras con ella, Gabe.
—¿Y has estado alguna vez en una fiesta con excelentes bebidas y mujeres bonitas, Libby?
—Sí —respondió Libby, de nuevo con lágrimas en los ojos—. Sí, algunas veces, pocas. Una fue en Nueva York, y duró tres días. Bebí tanto que no sabía dónde me encontraba.
—Lo mismo me pasó a mí —dijo Gabe—. También fue en Nueva York. Me emborraché de tal modo, que ni una estampida de ganado me habría despertado.
Creo que Libby se echó a reír; pero con una risa bañada en lágrimas y sin demostrar ninguna alegría.
—¿Has visitado muchos lugares del mundo, Libby? Supongo que sí, ya que has sido marinero, ¿no es verdad?
—Sí, he estado en Tokio, en Londres y en Australia durante dos semanas. Además, he estado en cada uno de los cincuenta y seis estados de la Unión.
—Pues has visto más que yo.
Libby no contestó. Hubo unos momentos angustiosos de silencio en la ardiente oscuridad. Luego dijo:
—Gabe, no puedo orinar.
—No pienses en eso ahora, Libby. Has amado y has sido amado. Has visto casi todos los rincones del mundo, y te has emborrachado hasta perder el conocimiento. No olvides todo esto.
Entonces entendí que Gabe no trataba que el anciano se olvidase de su enfermedad. Por el contrario, estaba intentando demostrarle que debíamos tener una especie de dignidad a la hora de la muerte, que podía levantar la cabeza con orgullo y afirmar que para él, la vida no había sido una copa vacía, el lecho seco de un río.
Creo que Libby comprendió lo que Gabe quería darle a entender.
—Pero, Gabe —dijo—, yo no quiero morir.
—Nadie lo desea, Libby. Ni yo, ni tampoco Sam.
—¡Duele el tener que morir!
—Tú dijiste que no.
—Nunca me ha asustado el dolor físico.
—¿Cómo te sientes ahora?
—Creo que la sangre va disminuyendo ahora que se acerca el momento final. ¡Oh, Gabe, sangre! Soy un anciano, y me he hecho pedazos en este lugar durante tantos años, sin ver el cielo, ni mujeres, ni periódicos, ni nada. Tengo la impresión que todos mis órganos vitales están sangrando y que mis intestinos se están hinchando y van a explotar debido a la presión.
Gabe se levantó de la cama y se sentó en el suelo, junto al moribundo anciano.
—Vamos, Libby, haz un esfuerzo.
—No quiero. Debo sangrar.
—Hazlo por mí, Libby —insistió Gabe—. Vamos, quizá puedas.
Acto seguido, Gabe le ayudó a incorporarse, y lo colocó en una silla de ruedas que había junto a la cama.
—Vamos, Libby, haz un esfuerzo.
—¡Santa Madre de Dios, Gabe, cuánto me duele!
—Vamos, inténtalo. Hazlo con lentitud. Con cuidado y lentamente.
La oscuridad era horrible.
—Gabe, estoy... ¡No puedo!
Libby lloraba y temblaba convulsivamente. De repente, le dio un fuerte empujón a la silla de ruedas en que estaba sentado y ésta se deslizó a lo largo de la sala y finalmente volcó, tirando al pobre anciano al suelo, al duro suelo.
Gabe se acercó rápidamente a él y le dijo:
—Libby, Libby, ¿te encuentras bien?
Libby murmuró algo ininteligible.
—Vamos, vamos —dijo Gabe, tratando de animarle—, pronto te encontrarás bien del todo.
—Dormiré, pronto dormiré. La muerte es lo mismo que dormir.
—Así es, amigo Libby —le respondió Gabe—. Eso es todo..., sólo un sueño, una dulce siesta.
Libby asintió con la mirada. Sus viejos y apergaminados pulmones le hacían jadear.
—Gabe, los robots duermen durante la noche. No es posible despertarlos.
—¿Qué quieres decirme con eso, Libby? —le preguntó Gabe, cambiando repentinamente de tono.
—Los robots también duermen —insistió Libby—. Durante la noche se cargan igual que las baterías de un coche. Ellos mismos se conectan a unos enchufes eléctricos. Yo soy un ser humano, yo no soy como ellos. Recuérdalo, Gabe: ellos también duermen...
Gabe volvió a colocar al anciano en la cama y luego se puso a dar vueltas por la sala, tratando de localizar un enchufe eléctrico en alguna de sus paredes.
—¡Malditos sean estos cerdos! —exclamó Gabe—. Te aseguro, Libby, que no morirás. Se me ha ocurrido una idea formidable. Una idea que nos permitirá salir de este infierno. Procuraré fundir los fusibles, y al quedar cortada la electricidad, los robots no podrán cargar sus baterías, permanecerán inactivos, muertos.
Se oyó una respiración entrecortada, como la de una persona en estado preagónico.
—Libby, ¿me oyes? Contéstame, Libby, contéstame.
Gabe estaba gritando. Gritando inútilmente.
Libby nunca más le podría contestar. Estaba muerto, tumbado inerte sobre la vieja sábana gris que cubría su viejo y combado colchón.
Pero este triste cuadro pareció excitar aún más la mente enfurecida de Gabe.
—¿Tiene alguno de ustedes un trozo de metal? —dijo Gabe, dirigiéndose a todos nosotros—. Cualquier clase de metal.
La fuerza de la costumbre había hecho que todos nosotros escondiésemos cualquier cosa que encontrábamos, por insignificante que fuese. Kyu, por ejemplo, tenía un tenedor (en una ocasión, los robots, por equivocación, le pusieron dos a la hora de la comida). Por mi parte, yo tenía escondido desde hacía muchos años un cable de cobre. Me lo había encontrado cierto día cuando trataba de arreglar, tumbado bajo la cama, un resorte del somier. El cable de cobre mantenía fijo en su sitio el resorte defectuoso.
Gabe estuvo a punto de quedar electrocutado al intentarlo, pero al final consiguió fundir los fusibles. Había empalmado un extremo del cable de cobre al somier de la cama número doce que ahora nadie ocupaba —al menos, ningún ser vivo— y el otro extremo al tenedor. Cuando introdujo este último en un enchufe de la pared, se produjo un cortocircuito, se fundieron los fusibles y todo quedó a oscuras en la siniestra mansión.
Inmediatamente, todos juntos nos pusimos a trabajar para tratar de derribar la puerta y poder huir. Los más sanos golpeaban la puerta con sus hombros, mientras que los inválidos los alentaban, gritándoles, animándoles.
Desgraciadamente, se nos pasó por alto algo muy importante: había un grupo de robots que estaba siempre de guardia mientras los demás cargaban sus baterías. Quizá, en lo más profundo de nuestra mente, conocíamos este detalle fatal. Pero Libby estaba muerto, tendido en la cama número doce, y el musculoso Gabe, con su entusiasmo y dinamismo, nos había contagiado a todos el ansia de poder huir. Éste fue quizá el motivo por el que ninguno de nosotros pensara en la existencia de un equipo de robots que permanecía de guardia mientras los demás cargaban sus baterías.
Gabe murió rápidamente, creo. Al menos, así quiero pensarlo. Cayó al suelo envuelto por las llamas que despedían las misteriosas pistolas de los robots, y quedó carbonizado, humeando. Los demás lucharon con todas sus fuerzas, desesperadamente. Yo me rompí una pierna y quedé fuera de combate desde el primer momento. Ahora hay once camas libres, y yo ocupo la número doce. La sala está completamente a oscuras y no hay nada que decir ni nadie a quien decírselo.
Ahora sólo pienso en escribir. Sin embargo, de vez en cuando me acuerdo de cuando Gabe ponía la zancadilla a los toscos robots y los hacía caer al suelo. También pienso en el pobre Libby, y en cómo Gabe lo sostenía contra su pecho, como una madre meciendo a su bebé entre sus brazos. Y sigo escribiendo. En cierta ocasión, Gabe me dijo que las personas ancianas como yo se olvidan muy pronto de las cosas, incluso de los sucesos más recientes. No debo olvidar su consejo.
Las camas vacantes volverán a ser ocupadas por gente nueva.
Creo que mi historia es excelente, mejor incluso que las que nos contaba aquel caballero inglés.




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