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CUENTOS ALECCIONADORES
CUENTO EL SUEñOS DEL PEQUEñO ABDERRAMAN (por Ignacio Bermejo Martinez)
Aquel día había empezado mas o menos como todos. Un jolgorio de pájaros alegres que revoloteaban en el jardín, despertó al pequeño Abderraman. La ventana de su dormitorio estaba abierta de par en par, y el sol entraba con bondad, acompañado de un suave aroma a primavera.
De fondo, y en el silencio de la paz palaciega de la mañana, se podía oír el rumor del agua jugueteando en la fuente. Aquel sonido y algunos rayos de luz que se filtraban por las minúsculas gotas de agua que escapadas flotaban por el ambiente, proporcionaban a la estancia una agradable sensación de frescor.
A los pies del lecho donde el pequeño descansaba, sus concubinas habían dejado algunas fuentes con fruta fresca, néctares, miel, frutos secos, leche y algunas tortas de harina para que desayunara. Su padre militaba por la península, a la conquista de nuevas tierras para el reino, así que no pondría demasiada atención en su clase de álgebra y calculo. Sabía que nadie le tomaría la lección mas tarde.
Pronto llegó Oman, su profesor. Era un hombre serio, de apariencia severa, tremendamente respetado por todos por su demostrada sabiduría.
Saludó con esmerado protocolo, aunque se reflejaba en sus formas, una cierta mueca de ternura. Se sentó en el pupitre. Abrió el viejo libro de Matemáticas mas o menos por la mitad, al tiempo que Abderraman bostezaba de aburrimiento.
-¡Mi pequeño y encantador niño!, ¿Te aburren mis clases?. ¡Sí!, ya veo que sí.
Eso debe de ser por el influjo de la primavera sobre su sangre. La primavera amuerma el cuerpo y abre el alma, disponiéndola alegre y sin remedio para amar. No se preocupe
Señor, hoy no hablaremos de ciencias, ni de letras, ni de historia ni de geografía, ni de aburridos idiomas. La clase hoy versará de temática y dinámica distintas a la acostumbrada, pues es cierto que de todo hay que saber, para hacernos hombres dignos ante los ojos de Alá.- Lo que sentenció cerrando el libro con cuidado y tomando al pequeño por el hombro acercándolo hasta el poyete del balcón más cercano.
Se asomaron ambos, y al tiempo el profesor le fue explicando con paciencia que todo lo que se veía, era hermoso y tenía su sentido dentro del orden cósmico. Todo, absolutamente todo lo de dentro del mundo obedecía a un delicado equilibrio, fuera del cual nada era posible. Afirmó que el sol derramaba su luz como alimento y calor sobre las plantas, las que lo bebían, sacando la energía necesaria para lucir sus atractivos colores y pródiga vitalidad. Las flores eran nutrientes de insectos y herbívoros, que a su vez lo eran de otros que se alimentaban de su carne, para terminar sin remedio muriendo, volviendo de nuevo a la tierra de donde nacían las platas, en una renovación constante de la vida.
–En el fondo todos somos una misma cosa, aunque cada uno tengamos que cumplir funciones diferentes. Usted mismo bien ha podido ser anteriormente una pantera, un elefante o un árbol gigante de esos que existen en la selva de mas allá del mar y quien sabe, si cuando muera no ha de ser hermano de esa ánfora de barro que hoy contiene su dulce miel. Llega a la vida como príncipe, y volverá a la tierra tras morir y quien sabe si regresara algún día como esclavo, es por ello que de nada sirve la vanagloria, pues estas piedras que hoy lanzamos nos podrían caer mañana sobre nuestro propio tejado, por lo que es preferible ser justo y prudente.

Así, el sabio maestro fue enseñando aquella mañana a su dócil discípulo el secreto de saber encontrar la belleza en el significado de todas las cosas que lo rodeaba.

–En la compresión de la pequeñas cosas, radica el conocimiento de las grandes.
Es por ello que no hay palacios sin piedras.- decía el sabio. –Todos los que tienen ojos miran, pero no todos los que miran ven. Para mirar solo hace falta tener ojos, pero para ver es necesario mirar y comprender. Es muchísimo mejor no hacer algo, negándose con energía si sabemos que al hacerlo lo haremos mal. Es preferible una cosa no hecha a una cosa hecha mal.

El pequeño Abderraman se estaba quedando atónito ante el aluvión inesperado de sabiduría con el que estaba siendo obsequiado por el maestro, mientras contemplaba el paradisíaco paisaje del frondoso jardín de la Alhambra.
Aún se quedó muchísimo más perplejo, con la mente en blanco, cuando el profesor, tras su plática, le pidió que le preguntara algo sobre lo que acababa de aprender.
El niño no sabía que preguntar. Se calló, cerró sus ojos unos instantes esforzándose por abrir su imaginación y al abrirlos preguntó por fin –Dígame Maestro:
¿Es Usted la persona más sabia del mundo?.
El Maestro se quedó turbado por la pregunta tan inesperada, sin saber que responder.
–¡Por supuesto que no!- terminó negando con un halo de falsa indignación en la voz.
-¿Quién puede presumir pues de serlo? ¿Quizás el Sultán?- Volvió a preguntar el niño.
–No, no es el Sultán.
-¿Entonces quien?
-Mirad, ¿veis allí a lo lejos, sobre la ladera de aquel altísimo monte, unas oscuras murallas?
-Si.
-Pues allí vive el hombre más sabio del mundo.
-Que lo traigan a la corte.- Ordenó el pequeño
-Es imposible Señor.- Dijo el Maestro. –No se conoce a nadie que haya podido llegar hasta allí. Existen infinidades de leyendas que cuentan como esas murallas están protegidas por maleficios insalvables que caerán sobre quien ose atravesarlas. Además aquellas murallas están situadas en empinada y escarpada loma por donde difícilmente se puede subir sin el peligro de que en el momento menos pensado una roca escapada desde arriba, le rompa a uno la cabeza. Aquel lugar se encuentra protegido por fuerzas extrañas y desconocidas y bien sé que no hay soldado capaz de obedecer la orden de ir hasta allí. Créame mi joven Abderraman, que es de necio ordenar al súbdito lo imposible de cumplir, poniendo con ello en evidencia la limitación del propio poder.
El pequeño príncipe, obedeció el sabio consejo, aunque la curiosidad había anidado en su corazón.
Por la noche, tumbado en su lecho para descansar, no podía olvidar las palabras del sabio maestro y aunque temía los maleficios que protegían con extrañas fuerzas a las murallas donde habitaba el hombre mas sabio del mundo, deseaba mas que nada poderlo conocer, imaginándoselo como un poderoso y rico señor, revestido de lujosa ropa y joyas. Tan grande era su deseo, que no podía conciliar el sueño. Daba vueltas y vueltas sobre el lecho, pensando siempre en lo mismo, hasta que de repente, y sin saber bien por qué, tomó la decisión de ir el mismo a conocer al Sabio de las murallas.
Se equipó lo mejor que pudo, y usando las sábanas, las mantas y las cortinas de su estancia, se descolgó por el balcón, escapando del palacio tras atravesar por los oscuros y silenciosos jardines.
La noche era distinta fuera del amurallado recinto que lo protegía. Fuera de la Alhambra hacía mas frío, y parecía como si mil ojos de fieras lo observaran ocultos en la maleza con perversas intenciones. El niño, desprotegido fuera de su corte, sintió por primera vez una extraña sensación, jamás antes sentida. Era algo así como una profunda desprotección, un abandono total, una fría soledad, era sencillamente miedo.
Abderraman estaba sintiendo miedo por primera vez en su vida. Tanto miedo tenía el niño que corrió como nunca sin mirar atrás, adentrándose en el oscuro paraje en busca de la colina donde se encontraba las murallas. Llegó hasta la base y subió con decisión, cuidando de que ninguna roca que cayera desde lo alto le hiciera daño.
Tanta era su fe, que cuando menos lo esperaba, se encontró a los pies de la muralla, y aún seguía vivo. El muro de piedra era tremendamente alto, impresionantemente grande y no sabía bien como podría atravesarlo, así que comenzó a rodearlo por ver si encontraba algún resquicio por donde poder salvarlo.
Caminó y caminó durante largas horas alrededor, en busca de una puerta o agujero para pasar al interior, pero no encontró ninguno. Tanto caminó, que sus piernas empezaron a fallarle. Le faltaba el aliento y empezaba a estar totalmente extenuado.
Abderramán pensó que debía estar enfermando. Nunca antes había sentido tanto cansancio.
Junto a la muralla, había un solitario árbol que crecía frondoso. El pequeño príncipe se acercó hasta él y se tumbó debajo, para protegiéndose de la relente con la intención de descansar un rato. Empezó a sentir mucho frió. Se estaba quedando helado.
Tenía tanto frío, que no podía moverse de allí, convencido de que había sido derrotado por el maléfico poder extraño que protegía a la muralla.
Asustado, cansado, hambriento y casi helado terminó por quedarse totalmente dormido, tumbado debajo del árbol sobre la tierra.
I
-¿Quién es Usted?- Preguntó Abderraman al ver a un humilde anciano frete al él tras despertarse. Atónito observó que estaba tumbado sobre un confortable lecho de hojas, dentro de una choza.
-Yo soy quien tu buscas.- Dijo el anciano
-No señor, se equivoca. Yo busco al sabio de la muralla.
-¿Y quien creéis que soy yo?
-No se, no se, es usted demasiado pobre para ser quien dice ser.
-¿Pobre yo?- El anciano comenzó a reír a carcajadas. Abderraman lo miraba sorprendido.
-¿No tenéis vos más hambre que yo? – El pequeño niño no dijo nada, mientras miraba cada vez con los ojos mas abiertos.- ¿No estáis temblando de frío hasta el extremo de casi caer incluso enfermo?, ¿No estáis tan cansado que ni podéis poneros en pie?. Decidme Joven, ¿acaso no os produzco un miedo aterrador que hace que se os erice la piel al escucharme y os tiemblen las piernas?.
El pequeño afirmó con la cabeza.
-Entonces ¿quien es más pobre de los dos?, ¿Seré yo en mi austeridad o vos con vuestros altísimos título Reales?. Yo me siento satisfecho y confortado y vos insatisfecho por vuestra curiosidad y martirizado por vuestra valentía. La verdadera sabiduría no reside donde vos pensáis. La verdadera sabiduría se protege en la austeridad. Igualmente la verdadera riqueza del hombre es la que se encuentra en su corazón y no fuera de él. A veces, la mayoría de ellas, las joyas y los elegantes vestidos atavían a la gente más pobre, pues tienen sus corazones huecos y vacíos. Levantaos por favor Señor, levantaos y acompañadme a ver mi verdadera fuerza.-
El niño se levantó del lecho ayudado por el sabio, quien lo dirigió hasta la puerta de la choza mostrándole el exterior. Fuera había un grandísimo vergel sembrando con cientos de olivos, naranjos y otras muchas plantas, que el sabio cultivaba.
- Ahí, en mi trabajo por mantener esta tierra viva, radica la esencia de mi mayor sabiduría. De mi entrega a la tierra nace, como nacen esas plantas, mi mas profunda libertad, y de ella mi felicidad y de la felicidad mi mayor fortuna. ¿Seguís pensando que yo no soy sabio?, ¿Seguís pensando que yo no soy rico?. – En anciano sonreía ante el mutismo el príncipe.
II
Un jolgorio de pájaros alegres que revoloteaban en el jardín, despertó al pequeño Abderraman. La ventana de su dormitorio estaba abierta de par en par, y el sol entraba con bondad, acompañado de un suave aroma a primavera.
De fondo, y en el silencio de la paz palaciega de la mañana, se podía oír el rumor del agua jugueteando en la fuente. Aquel sonido y algunos rayos de luz que se filtraban por las minúsculas gotas de agua que escapadas flotaban en el ambiente, proporcionaban a la estancia una agradable sensación de frescor.
A los pies del lecho donde el pequeño descansaba, sus concubinas habían dejado algunas fuentes de fruta fresca, néctares, miel, frutos secos, leche y algunas tortas de harina para que desayunara, entonces él recordó de repente lo ocurrido y pensó que todo había sido un sueño.
Se levantó sobresaltado y se asomó al balcón. Miró a la ladera de la montaña más alta y comprobó por si mismo que allí no había, ni había podido haber nunca, por lo escarpado del lugar, ninguna muralla.
No obstante, fuera sueño o no, había aprendido algo muy importante. A partir de entonces procuraría ser más feliz practicando la prudencia, la austeridad, la sinceridad, la nobleza y la bondad como únicos caminos válidos, para alcanzar el esplendor de su mayor sabiduría.
Sin felicidad, nada tiene sentido.




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