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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO ALUCINOGENIA (por Dean R. Koentz)
Se despertó antes que ella y continuó tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar. Se inclinó hacia la mesilla, tomó un cigarrillo del paquete casi vacío, lo encendió y se sentó en la cama. Trató de no pensar en las fuerzas que envolverían su cabeza, en los siniestros y dolorosos poderes que estarían rugiendo allí. En la oscuridad, intentó pensar en otra cosa.
La vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la carretera, que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra. Indudablemente, los calefactores de la carretera se habían estropeado de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando desde el margen. Anticuadas palas quitanieves trataban de despejarla.

Sueños cenicientos esparciéndose en copos
descienden flotando pacíficamente;
mientras monstruos relampagueantes, armados con espadas
golpean cruelmente el cerebro
y extienden sus uñas, sobre el hielo...

No estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Posiblemente era el efecto de su estado de ánimo. Lo repitió en voz baja. Tendría que recordarlo, pulirlo y, quién sabe, quizá lo incluyese en su próximo libro.
Al cabo de un rato volvió a mirar a Laurie. Tenía la cara pálida, y los ojos cerrados y rodeados de pequeñas arrugas. Le pasó la mano por el suave pelo negro que se extendía sobre la almohada. Ella lanzó un gemido y oyó cómo se precipitaba el aire fuera de su pecho.
Respiraba cada vez con más dificultad. Él, decidido a empezar esta vez sin titubeos, se levantó y se puso los pantalones y la camisa.
—¡Frank! —dijo ella.
—Lo sé.
Abandonó la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él.
—Sacaré el coche del garaje —dijo Frank.
—¿Y la nieve?
—Parecen tenerla bajo su control. No te preocupes; te recogeré en la puerta, dentro de cinco minutos.
—Te quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía en la sala.
Su voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como aquél. Tomó una linterna y el revólver, que estaban en el cajón de las herramientas. Al salir de la casa, se guardó el arma en el bolsillo y aspiró el aire frío; parecía cortarle los pulmones, pero lo acabó de despejar. La senda que conducía desde la casa al garaje estaba sin limpiar y la nieve alcanzaba allí de treinta a treinta y cinco centímetros de espesor. La cruzó; escuchaba los ligeros silbidos del viento y el lejano gemido de las máquinas que batallaban contra las fuerzas de la naturaleza. La puerta del garaje se abrió al influjo de su huella digital sobre la cerradura. Se metió en el coche, lo puso en marcha y empezó a salir, en tanto empujaba la nieve con el parachoques trasero. Luego hizo funcionar los calefactores de ambos parachoques. Con el problema de Laurie, tenía que estar a punto para salir en cualquier momento, sin importarle el tiempo ni la temperatura, y aunque los calefactores para derretir la nieve fueran un suplemento caro, eran necesarios.
Cuando apareció, frente a la puerta de la casa, ella ya estaba esperándole. Subió y se acurrucó junto a él.
—¿Adónde?
—A cualquier sitio deshabitado —murmuró su vocecita—. Date prisa, por favor. Esta vez, el ataque va a ser realmente malo.
Se derretía la nieve a medida que avanzaban; cuando llegaron a la autopista el coche tomó el desvío que salía de la ciudad. Entonces él dejó el control del auto al piloto automático, mientras besaba y acariciaba las mejillas de Laurie.
Diez minutos más tarde, mientras el coche bajaba una rampa, una de las luces del piloto empezó a bizquear para avisarle que debía tomar el control manual. En algún lugar del coche, comenzó a sonar un zumbador por la misma razón. Dobló a la izquierda, por una carretera secundaria bastante menos despejada de nieve que la superautopista. El hielo avanzaba sobre sus bordes y la dejaba reducida, en muchos sitios, a la mitad de su anchura. Mantuvo el acelerador a fondo, casi peligrosamente.
Ella estaba quejándose...
Tenía mal aspecto; estaba llegando rápidamente al punto crítico, al momento en que los poderes psíquicos alcanzaban el punto máximo de tolerancia y luego estallaban violentamente. Laurie era una esper; pero esto era todo lo contrario que una ventaja, pues no podía gobernar su propia energía psíquica. No podía liberarla hasta llegar al punto crítico; y una vez alcanzado éste, tenía pocos segundos para desprenderse de ella.
Se alegraba de haber instalado en el coche los descongeladores. Algún día, pensó, todo el mundo los tendría. Entonces, las máquinas quitanieves y los calefactores de las carreteras serían innecesarios; los descongeladores evaporaban los cristales de nieve e iban dejando tras de sí una estela de vapor que el frío viento de la noche reconvertía rápidamente en hielo.
—Nos alejaremos un poco más —dijo él.
Laurie murmuró algo...
Se arriesgó a desviar la vista de la carretera y dirigirla hacia ella. Quedó asustado, como siempre, por el tono blanco verdoso que iba adquiriendo su atractivo rostro. Le recordaba a los muertos. Le hacía sentir escalofríos.
—Aguanta un poco más —dijo Frank.
De pronto, el coche empezó a patinar. Sujetó desesperadamente el volante. Quedaron atascados en un montón de nieve y los descongeladores tardaron unos minutos en poderles liberar. Continuó unos dos kilómetros más, sin ver ninguna casa; así que giró y se metió en lo que parecía ser un campo de trigo, liso ahora y cubierto de nieve. Los descongeladores estaban funcionando a toda potencia. Avanzó, con lentitud, por el camino que éstos le abrían hacia el borde del bosque que empezaba en uno de los extremos del campo y se perdía en la distancia. Cuando llegaron al bosque, frenó y apagó las luces. No se les podía ver desde la carretera, a causa del fondo oscuro que ofrecían los árboles.
Se sentó con ella sobre la nieve, junto a un árbol. Ella había alcanzado el punto crítico.
—De acuerdo —exclamó—; no hay nadie aquí.
Ella gimió otra vez... Su respiración se convirtió en un angustioso jadeo. La nieve empezó a derretirse a su alrededor y a los dos minutos, ya había desaparecido en un círculo de más de dos metros de diámetro. La tierra se convirtió en barro hirviente...

Recuerdo salas empapeladas
y con un gran reloj de pared
que tocaba las horas
como una voz que dijese:
«Te daré un dólar por diez centavos.»
Recuerdo cocinas soleadas
al empezar la tarde;
cien mil fragancias
del cucharón de mi madre...

Desconectó el magnetófono y quitó la cinta para devolverla a su estuche. Era la emisión del sábado, que sería retransmitida por ciento dos emisoras de frecuencia modulada. Quince minutos de poesía, crítica y música. Se sentía un poco amargado por la emisión y se preguntaba cuántos la escuchaban con atención y cuántos reían. Pensaba que muchas de las artes no estaban hechas para los medios de comunicación de masas.
—¡Frank! —Laurie entró en la habitación esparciendo un suave perfume y con un vestido estampado de vivos colores; llevaba recogido su pelo oscuro con una cinta roja—. ¿Has visto el periódico de esta mañana?
Sí, había visto los titulares: «Un alucinógeno en la vecindad». Y debajo: «La policía comienza la búsqueda». Hablaba del campo Crockerton, donde se había evaporado la nieve; la tierra aparecía revuelta, como si hubiese hervido, y los árboles rotos y quemados. También decía que sólo una cosa podía haber provocado todo aquello y que se estaba buscando a una persona alucinógena.
—No te preocupes —contestó él.
—Pero dicen que la policía está investigando en un radio de veinte kilómetros.
La sentó sobre sus rodillas y la besó.
—¿Y qué pueden encontrar? Soy un poeta contribuyente al partido; el partido es antiesper. Hacemos vida normal. Nunca hemos manifestado desaprobación ante el castigo de personas alucinógenas.
—Es igual —dijo ella—. Yo estaría preocupada.
También lo estaba Frank.
Fue al mediodía cuando llegó la policía. La estuvieron observando por la mirilla de la puerta principal, mientras se aproximaba a la casa.
—Será sólo para preguntar cosas de rutina, alguna inspección sin importancia —comentó él.
No importaba. Ella estaba temblando y se retiró a la cocina. Pero él esperó, aunque dejó que llamasen dos veces antes de abrir la puerta. No quería aparecer preocupado y necesitaba esos pocos segundos para conseguir simular una sonrisa.
—¿Quién es?
—Inspector de policía Jameson; y su asistente, androide «T» —dijo el detective, señalando aquella parodia de hombre que tenía junto a él.
—¡Oh!, es a propósito de la persona alucinógena de la que se habla en los periódicos, ¿verdad? Entre usted, inspector..., y también su autómata...
Les condujo a la sala. El inspector y él se sentaron, pero el robot «T» permaneció de pie. Los copos de nieve que habían caído sobre su piel metálica estaban derritiéndose y mojaban la alfombra, tras dejar una marca húmeda hasta la altura de la barbilla.
—Tiene usted un bonita casa, señor Cauvell.
—Gracias.
—¿Es aquí donde escribe sus poemas?
Frank miró la mesa, afirmando. Allí solía escribirlos.
—Soy un gran admirador suyo. Aunque debo confesarle que no siempre me gustan sus composiciones en verso libre.
Respiró con más facilidad. Ciertamente, aquél no era un policía duro, brutal. En realidad, parecía más bien tímido. «Ni siquiera puede mirarme directamente a los ojos», pensó Cauvell.
—¿Está su esposa en casa?
Su corazón pegó un salto, pero no dudó ni un momento sobre lo que tenía que hacer.
—Sí, está aquí. ¡Laurie! —gritó, quizá demasiado fuerte.
Ella vino de la cocina y se quedó de pie, junto a la silla donde él estaba sentado, mirando desconfiadamente al androide. ¿Se estaría dando cuenta «T» de sus sospechas?
—Siéntese, por favor, señora Cauvell —dijo Jameson.
Entonces se dirigió a los dos.
—Estamos realizando una investigación en la vecindad y nos gustaría hacerles unas cuantas preguntas.
Ambos asintieron.
—«T» —dijo Jameson.
La garganta del androide pareció vibrar por un momento y se escuchó una profunda voz, emitida por un pequeño altavoz que se encontraba escondido en su duro cuello.
—«Esta entrevista está siendo grabada. ¿Son ustedes conscientes de ello, señor y señora Cauvell?»
—Sí —respondieron los dos.
—«Toda la información que aquí se grabe puede ser usada ante un tribunal. ¿Son ustedes conscientes de ello, señor y señora Cauvell?»
—Sí.
—«Habla el androide «T», de la división de la policía ciudadana, cooperando con el inspector Harold Jameson. Señor Cauvell, un alucinógeno es una persona nacida de padres cuyos genes fueron alterados por el uso de la LSD 25. Estas personas se deforman física o mentalmente. ¿Comprende usted el término persona alucinógena?»
—Sí.
—«¿Y usted, señora Cauvell?»
—Sí.
—«Las personas deformadas físicamente son cuidadas por el Estado. Las personas alucinógenas que nacieron con el defecto congénito de sensibilidad ESP, son un peligro para el Estado y no pueden ser ciudadanos con plenitud de derechos. A causa de la naturaleza de su poder, que puede ser estudiado tan sólo en su punto crítico, y en el cual dicho estudio es demasiado peligroso para ser llevado a cabo, muchos de estos mutantes deben ser dados al sueño humanamente. ¿Entienden esto, señor y señora Cauvell?»
Ellos dijeron que lo entendían. Las formalidades se habían acabado.
—«Tenemos razones para creer en la existencia de una persona alucinógena en esta zona. ¿Tiene alguno de ustedes conocimiento de dicha persona?»
Dijeron que no.
—«¿Alguno de ustedes abandonó su casa la pasada noche?»
—No.
—«¿Cómo es que la entrada a su garaje y la salida a la autopista se encuentran limpias de nieve?»
—Vimos al venir —dijo Jameson— que la entrada de su garaje aparecía como limpiada por descongeladores de nieve.
—Salí esta mañana a realizar unas compras —contestó Cauvell, quizá con demasiada rapidez.
—¿Hace usted sus propias compras? —preguntó Jameson, levantando las cejas.
—Sí.
Cauvell se sintió súbitamente contento de no haberse convertido nunca en una persona completamente moderna. Menos de la quinta parte de la población compraba personalmente sus propios comestibles. Las secciones de empleados-robots, que tomaban los encargos por teléfono, habían deshumanizado las compras casi por completo. A Cauvell, sin embargo, siempre le había gustado ver la carne antes de comprarla. Quizá por su paladar exigente.
—«El padre de la señora Cauvell era un catedrático de Universidad —dijo «T» con voz chirriante—. Los profesores universitarios de los años setenta eran a menudo bastante liberales y tan ansiosos como sus alumnos por experimentar nuevos productos. Señora Cauvell, ¿tomó su padre LSD 25?»
Se habían preparado, hacía ya mucho tiempo, ante la posibilidad de preguntas de este tipo. Habían convenido que decir una verdad parcial era mejor que una mentira completa.
—Creo que la probó dos veces, ambas con malas experiencias —dijo Laurie.
Cauvell empezó a tranquilizarse ante las respuestas firmes y serenas de su esposa.
—«¿Era un consumidor habitual de la droga?»
—No.
—¿Cómo puede usted tener esa seguridad? —preguntó amablemente Jameson.
Cauvell se dio cuenta que Jameson podía ser cualquier cosa, pero no tonto, ni tímido. Él era el jefe de «T», y algunas veces sus preguntas tocaban muy cerca de la diana.
—Mi madre me habló de ello —respondió Laurie—. Mi padre murió cuando yo tenía siete años y mi madre se pasó el resto de su vida contándome todas las cosas que él solía hacer. Escuché todas esas historias miles de veces. No pude olvidarlas. Él tomó LSD en dos ocasiones y tuvo desagradables experiencias en los «viajes» respectivos.
—«¿A qué partido pertenecen?» —preguntó «T».
—Al que ha permanecido en el Gobierno los últimos trece años, al Partido Constitucional Moderado.
Cauvell trató de aparentar orgullo, mientras tragaba su angustia.
—«¿Y por qué se unieron al partido?»
—Porque temíamos a los países comunistas y nos dimos cuenta que las tendencias subversivas en nuestro país debían hacerse abortar.
—«¿Y ustedes no han visto ni tenido noticias de la existencia de alguna persona alucinógena?»
—No, ninguna.
—«¿Fue grabada esta entrevista con su consentimiento, señor y señora Cauvell?»
Contestaron que lo había sido. La voz del androide desapareció tras hacer su cuello un murmullo extraño y, por fin, quedó absolutamente silencioso. El inspector Jameson se levantó.
—Siento haberles molestado. Muchas gracias por su cooperación; han sido ustedes muy amables.
—Ha sido un placer —contestó Frank.
—Espero que encuentre al mutante —dijo Laurie.
Estuvieron observando por la mirilla cómo el inspector y el androide se metían en el coche de policía, que salió a la carretera y se fue haciendo más y más pequeño, hasta que desapareció a lo lejos.
El aspecto del cielo indicaba que pronto comenzaría a nevar de nuevo.

En algún sitio se escondió un joven mutante, temblando.
No pudo aguantar más, perdió los nervios; corrió.
Corrió hacia los brazos del androide. Los ojos del hombre de metal eran joyas, mientras las lágrimas de los suyos se le helaban en las mejillas. Dio la vuelta, pero encontró a otros detrás de él. No había sitio por donde escapar. Desató sus fuerzas psíquicas contra ellos. Los vio elevarse en llamas, vio derretirse sus caras y humear sus entrañas.
Pero aún quedaban más. Y no esperaron. Aparecieron cañones en sus caderas. Surgió el fuego; las llamas lo envolvieron, lo tragaron, lo digirieron.
Todo mientras caía la nieve..., pequeñas balas blancas...

—Han atrapado a un pobre diablo —dijo Laurie y le mostró el diario.
Frank lo miró: «Un alucinógeno lucha con la policía». No «lucha con robots», pues eso sería demasiado crudo. Haría parecer la noticia como a favor de los mutantes. Cauvell estaba seguro que ni un solo policía de carne y hueso había estado a menos de cien metros del muchacho.
—Fue por mi culpa —dijo Laurie.
—Es absurdo que digas eso. ¿Cómo ha podido ser por tu culpa?
—No nos ocultamos lo suficiente. Dejamos una enormidad de pistas que les facilitó empezar la búsqueda.
—Pero era una emergencia. Nos habrías matado a todos si hubieses tratado de aguantar un momento más esa fuerza.
—Es igual; es posible que ellos no hubiesen atrapado al perseguido si nosotros...
—Olvídate de eso. ¿Qué hay para cenar? —preguntó él con naturalidad.
—Spaghetti...
A la noche siguiente hubo lomo de cerdo, y a la otra cenaron carne asada. Pero a la tercera noche, Frank despertó al oír la áspera respiración de ella.
—Laurie...
Estaba despierta y contestó:
—Sí...
—¿Por qué no me has despertado? —Se levantó de la cama y empezó a vestirse.
—¿Frank?
—¿Qué? Date prisa y vístete.
—Frank, quizá fuese mucho mejor si dejaras que esto acabara conmigo.
Paró de abrocharse la camisa y se volvió para quedar frente a ella. Sólo podía ver el vago perfil de su pequeña, pero femenina figura, realzada por las sábanas. Su cabellera extendida como hilos de seda destacaba sobre la almohada. Avanzó hacia ella y le tomó la cara.
—¿Qué quieres decir con eso?
Entonces ella empezó a llorar.
—¿Acaso no me amas? —preguntó él.
Laurie trató de contestar, pero sus palabras eran sólo suspiros.
—Ten calma y vístete de una vez —dijo él cariñosamente.
Frank salió. Ya en la cocina, tomó el revólver del cajón. Fuera, el cielo estaba claro y el viento, fuerte, azotaba la nieve. Cuando acercó el coche a la puerta, ella ya estaba esperando.
—¿Adónde iremos? —preguntó Laurie.
—Más lejos que la otra vez, pero ésta nos cubriremos bien.
La Navidad se acercaba. Pensaba en ella mientras conducía: en las fiestas y en las velas que se encenderían en altares y ventanas. Pensó también en Cristo, descendiendo de su cruz, y en lo que hubiese podido escribir Ferlinghetti de haber estado casado con una persona alucinógena.
Ya hacía bastante rato que habían salido de la ciudad y luego ingresaron por un camino para avanzar unos cuantos kilómetros más. Salió de él, cruzando un arroyo seco que se introducía entre los árboles y llegaron a un claro en el centro del bosque. Se encontraban a unos cinco kilómetros de la carretera y ocultos a la vista por todos lados, excepto por la parte de arriba. Cuando salieron del coche, oyeron el motor de un helicóptero, que trepidaba en algún lugar del cielo, sobre sus cabezas.
De pronto, pareció hacerse de día: el helicóptero, con sus luces como los ojos de un insecto monstruoso, aterrizó en el claro.
—¡Frank!
La empujó hacia el coche y se puso al volante.
—«Por favor, no traten de escapar...» —Era la voz de «T».
Sólo tenían dos posibilidades: dar marcha atrás —que sería desastroso en un terreno tan desigual— o bien pasar por en medio de ellos. Jameson, «T» y otro androide que llevaba pintadas las letras JJK estaban cruzando el campo con la nieve a la altura de las rodillas y las armas dispuestas a disparar.
Frank bajó la ventanilla.
—¿Qué quieren? —les preguntó.
—Si usted fue de compras esa mañana, ¿cómo es que ningún tendero, en varios kilómetros a la redonda, tenía factura de su compra?
«T» se encontraba a veinte metros, justo frente al coche.
Apretó a fondo el acelerador, puso las barras descongeladoras al máximo y percibió el golpe en el momento en que «T» caía bajo las ruedas; cuando atropelló al segundo androide, pudo comprobar de un vistazo que el atropello le había arrancado un brazo. No podía escapar rápidamente, a través de la nieve, puesto que las barras descongeladoras no serían capaces de trabajar con la velocidad suficiente. Giró en redondo y aceleró hacia el sendero que las barras habían abierto a su llegada. Pasó velozmente junto a Jameson, quien tuvo que saltar para evitar al vehículo. Los dos androides yacían, averiados, en el suelo.
—¡Somos libres! —exclamó Frank.
En aquel momento el vibro-láser disparado por Jameson dibujó un limpio orificio en la ventanilla trasera y golpeó a Laurie en la sien. Cayó sobre Frank, mientras su oído comenzaba a sangrar.
Frank podía personificar poéticamente a la luna: La luna se esparcía majestuosamente; podía convertir a una chica en rosa: Ella era una rosa, gentil y dulce. Podía hacer metáforas, conseguir sonrisas, planear tantas aliteraciones para tantas líneas, pero no podía conseguir que el oído de Laurie dejase de sangrar. Podía, sí, elevarse en la mañana como un dragón que surgiera del mar, pero impedir que la sangre de Laurie siguiera fluyendo estaba más allá de sus poderes. Ella estaba estirada en el asiento de atrás, boca arriba, pálida y fantasmal, bajo los rayos de la luna que se filtraban a través de la ventanilla. Cauvell se apretó más el cinturón de seguridad y tomó el volante con furia. ¿Adónde? ¿Cuánto tiempo pasaría antes que todas las carreteras estuviesen bloqueadas? Se encontraban ya a más de veinte kilómetros del bosque, pero el mundo se había reducido muchísimo en pocos años y esa distancia no era nada. La solución consistía en encontrar un pueblo pequeño; con el revólver obligaría a cualquier doctor a cuidarla, y escondería el coche en su garaje. Salió de la carretera principal y se introdujo en otra, estrecha y zigzagueante, en la que las ruedas volvieron a morder la nieve.
La sangre seguía goteando de un oído de Laurie.
Caldwell, cuarenta y siete kilómetros...
Caldwell, solamente treinta y cuatro...
Estaban a dieciocho kilómetros de Caldwell, cuando el helicóptero volvió a aparecer sobre las copas de los árboles, que cubrían gran parte de la carretera. Inmediatamente el coche quedó bañado por una luz amarilla. Dobló a la derecha y luego a la izquierda, tratando de desprenderse del foco, pero aumentaron su ángulo y éste abarcaba ahora ambos lados de la carretera; las balas empezaron a marcarse en el asfalto, frente al coche. Una de ellas rebotó en el techo; unos cuantos disparos de vibro-láser hicieron hervir trozos de asfalto alrededor del vehículo fugitivo. Entonces, cesó la luz súbitamente y no se oyó el batir de los rotores del helicóptero.
Quitó el pie del acelerador, bajó el cristal y escuchó. No se volvía a oír el «blap-blap» de las palas del helicóptero batiendo el aire. Se había ido; sí, había desaparecido por completo. Sin embargo, no parecía como si simplemente se hubiese alejado. «Quizá se habrá estrellado», pensó Frank, si bien no había habido explosión ni ningún sonido que indicase un golpe contra el suelo. Subió el cristal y siguió avanzando. La policía ya lo tenía localizado cerca de Caldwell y ahora ya no podría parar en el pueblo. A unos setenta kilómetros más lejos, se encontraba Steepleton.
Miró hacia atrás y su estómago se encogió al ver el estado de Laurie, agonizante, y el rostro de un color amarillo oscuro. Apretó a fondo el acelerador.
Steepleton, cincuenta y siete kilómetros...
Steepleton, ahora solamente cuarenta y tres...
En los arrabales de esa ciudad había un bloqueo de carretera. Siete hombres, siete androides. Y ellos comprendían perfectamente de quién era el coche que se acercaba y tenían las armas dispuestas.

La muerte no es nadie, envuelta en vestiduras negras, baboseante. La muerte no puede verse...
¡No se puede!
Y sin embargo, su mundo era un cementerio. La luna se desliza en lo alto, sobre nubes como mortajas rasgadas que baten fieramente al son de los vientos de los árboles muertos. Llegó a la cumbre de la montaña, donde el aire frío y la nieve lo obligaron a bizquear.
—Buenas noches —le saludó el director de pompas fúnebres.
Dio las buenas noches...
—Polvo al polvo —dijo el embalsamador, sentado en una aguja de iglesia.
—Cenizas sobre cenizas —dijo el sepulturero.
Él pasó sin hacerles caso. Continuó adelante, hacia la cumbre, donde se encontraba el sepulturero mordiendo el cielo como si fuese un diente roto. En algún sitio sonaba un tambor, en otro una campanilla que pasaba...
Empujó la pesada puerta con el hombro; las oxidadas bisagras se estremecieron, las oyó rechinar y las ratas corrieron en el interior.
Pisó la entrada, iluminada por la luna, y avanzó hacia el sarcófago. La habían enterrado en un ataúd de piedra caliza, para facilitar la descomposición del cadáver.
Esto le llenó de rabia. Abrió el inmenso cerrojo y vio su cara pálida. Tiernamente, la sacó y la colocó sobre la tabla de mármol que se encontraba a su lado.
En algún sitio sonaron las campanadas, al revés; en algún sitio se cantaba, al revés.
Y él cantaría un responso que haría de panegírico...

«Porque la luna nunca alumbra
sin traerme ensueños
de la hermosa Annabel Lee.
Y las estrellas nunca aparecen
excepto en los ojos
de la bella Annabel Lee.
Y así por siempre descanso
al lado de mi amada,
de mi amada, mi vida y mi esposa,
en su sepulcro allí junto al mar.
En su tumba allí junto...»

Steepleton había quedado atrás y continuaba sin haber huellas de una persecución de la policía...
Apartó el coche de la carretera. ¿Acaso estaba perdiendo la razón? Había policías en la carretera, ¿no? ¿Dónde se hallaba en realidad, en la policía o en el cementerio? En la policía, sin duda alguna; él no era Edgar Allan Poe, que dormía con su amante muerta. Además, su mujer no estaba muerta. Se volvió a mirarla. Su cara estaba contraída, como si estuviera sufriendo. La llamó. Por unos segundos, le pareció que había contestado, pero ella no había movido los labios. Miró de nuevo hacia adelante. Quedaban dieciocho kilómetros hasta Kingsmir. ¿Qué sucedería allí? ¿Volvería de nuevo la pesadilla del cementerio? ¿Habría más cosas extrañas? De pronto, se acordó de la desaparición del helicóptero y se estremeció. Volvió a entrar en la carretera.

...Despertó y la besó en el cuello.
El negro pelo se deslizaba sobre sus desnudos hombros y senos y se rizaba en sus orejas rosadas...
Ella le devolvió el beso...
Yacía en un ataúd..., a veces templada y viva, otras fría y putrefacta.
...Se volvió a oír el sonido de un helicóptero... De pronto, desapareció en un mundo donde los hombres jamás habían aprendido a volar...
Entonces, volvió persiguiendo una cantera desaparecida cuando el mundo había sido diferente durante unos minutos...
Tumbas...
¡Clic!
Una cama caliente y cuerpos templados...
¡Clic!
¡Clic! ¡Clic!

Frank despertó a la realidad, unos dos kilómetros más cerca de Kingsmir. ¡De pronto, comprendió! Estacionó el coche en la cuneta y pasó por entre los asientos delanteros hasta donde ella estaba tumbada. Le pasó una mano por la cara; y luego la colocó bajo la barbilla y le tomó el pulso. ¡Laurie estaba cambiando la realidad! En el estado de coma en que se encontraba, sus poderes psíquicos se estaban disipando gradualmente, en lugar de estallar con violencia. ¡Estaba bajo control! Y no eran simples poderes de teleportación y lectura del pensamiento; eran poderes que podían variar las más esenciales bases de la vida. Un rato antes había creído que imaginaba escucharla; ahora sabía que le había contestado. ¡No tenía necesidad para ello de usar los labios!
—Laurie, ¿puedes oírme?
Hubo una respuesta lejana y tuvo que concentrarse para comprenderla.
—Laurie, tú escuchaste el helicóptero y sentiste la presencia de los guardias en el bosque y en la carretera, así es que cambiaste la realidad de las cosas durante un rato, hasta que el coche, moviéndose independientemente de ambos mundos, pasó de largo. ¿Es esto lo que hiciste, verdad?
Oyó un «sí» lejano.
—Escucha, Laurie; el cementerio es un sueño disparatado. Muy poético, pero disparatado. El otro. Ese en el que estamos en la cama, Laurie.
Le acarició la barbilla y le rogó que se concentrase. Oyó sirenas en la carretera y empezó a hablar más de prisa...
Le habló de un mundo en el que jamás habían existido mutantes alucinógenos. Sí, de un mundo en el que todos eran normales.

Despertó antes que ella lo hiciese y continuó tumbado, escuchando su áspera respiración; parecía el sonido del mar contra las rocas. Empeoraría antes de despertar.
La vista que se observaba desde la ventana era magnífica. Había estado nevando toda la noche y el campo quedó completamente cubierto; las nubes se entreabrían de vez en cuando permitiendo ver la luna, que iluminaba el blanco manto. Tras la vieja encina, se extendía la carretera que semejaba un tajo negro sobre la blanqueada tierra. Indudablemente los calefactores de la carretera se habían estropeado de nuevo, ya que algunas capas de hielo iban avanzando desde el margen. Anticuadas palas quitanieves, trataban de despejarla.
Por alguna razón, le parecía revivir esta escena. Era como si todo fuese un eco extendido.

Sueños cenicientos esparciéndose en copos
descienden flotando pacíficamente,
mientras monstruos relampagueantes, armados con espadas
golpean cruelmente el cerebro
y extienden sus uñas
sobre el hielo...

No estaba seguro de si el poema tenía sentido o no. Incluso, éste le sonaba vagamente familiar. Lo repitió suavemente.
—¡Frank! —dijo ella.
—Lo sé.
Abandonó la cama y se puso la bata que tanto le gustaba a él.
—Sacaré el coche del garaje —dijo Frank.
—¿Y la nieve?
—Parecen tenerla bajo su control —dijo, y parecía como si esto también se repitiese.
—Te quiero —exclamó Laurie, mientras él desaparecía de la sala.
Su voz y su cara siempre le producían escalofríos, en momentos como éste. Sin embargo, esta vez se prolongó y subiendo por la espina dorsal hasta llegarle a la cabeza, pareció esparcirse por cada uno de sus nervios.
¿De qué estaba asustado? ¿A qué se debía este sentimiento de familiaridad? Temía por Laurie más de lo corriente. Después de todo, estar encinta era una cosa normal. Deseaba con toda su alma que fuese una niña. Entonces, mientras iba en busca del coche, dejó de sentir los escalofríos. Se encontraba bien; el mundo era estupendo y había desaparecido ese sentido de familiaridad. De pronto, todo se había hecho diferente y las cosas parecían como nuevas...




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