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CUENTOS INFANTILES
CUENTO LA NOCHE Y LA LLUVIA (por Esteban Valentino)
La noche caía sobre los campos como una paliza. En noches como ésa, la tormenta es una especie de castigo para la tierra y entonces los animales buscan esconderse donde se pueda. Las víboras y las vizcachas bajo tierra, los pájaros en los huecos de los árboles y los insectos entre los pastos más anchos. El viento acompaña a la lluvia y todo se hace difícil para el bicherío. Así estaban las cosas cuando los caracoles sintieron que el fin del mundo estaba a un paso de ellos. A la bronca que se había agarrado la naturaleza vaya uno a saber por qué ahora se agregaba ese ruido terrible que se acercaba como una prueba de matemáticas y esas hierbas que se iban abriendo bajo un peso tremendo. Y entonces lo vieron. Delante de ellos. Los bichos colorados se apretujaron contra las caparazones de los caracoles, las lombrices trataron de meterse bajo tierra con la rapidez de… bah, de una lombriz, y las vaquitas de San Antonio se disfrazaron de lunar de las plantas para que nadie las notara.

Un gigante.

Bueno. Un gigante, lo que se dice un gigante… No, no era. Pero ¿ustedes vieron alguna vez un caracol, un bicho colorado, una lombriz o una vaquita de San Antonio? Claro, para ellos cualquier cosa es un gigante. Hasta Renato, que es el que había llegado a la mata que le servia de refugio a tanto bicho. Y Renato tiene siete años. Es decir, está bastante lejos de ser un tipo grandote. Ni siquiera es demasiado alto… Pero algo no debía andar muy bien que digamos porque al agua de la lluvia se le agregaba otra que le caía por la cara y que no tenía ni medio que ver con las nubes. Pero Renato era un pibe valiente. Así que se sentó en el suelo todo mojado y después de mucho mirar para abajo pudo decir.

—Estoy perdido.

Y repitió dándole un golpe a la tierra.

—Pucha, estoy perdido.

Se sabe que los insectos no conocen mucho de humanos. Ya con eso de confundir a Renato con un gigante se pueden dar una idea de lo despistados que andaban en ese tema. Pero de lágrimas y de tristeza si sabían bastante porque parece que la pena de un caracolito no tiene mucha diferencia con la pena de un nene y el miedo a los truenos de una lombriz chiquita se parece bastante a lo que les pasa a las nenas cuando el mundo se viene abajo. Pero no hicieron nada porque los caracoles, los bichos colorados, las lombrices y sobre todo las vaquitas de San Antonio se toman su tiempo antes de mover una pata (salvo las lombrices, que no tienen patas pero que igual se toman su tiempo).

Se ve que Renato estaba perdido desde hacia bastante porque no aguantó mucho más con su rabia y su agua de los ojos. Buscó un árbol con hojas anchas y se acomodó abajo para mojarse lo menos posible. El sueño y esta cosa que tienen los pibes de dormirse en los lugares más increíbles hicieron el resto.

A los cinco minutos Renato roncaba como si estuviera al lado de una chimenea. Las primeras en actuar fueron las lombrices, que empezaron a hacer una zanja alrededor del cuerpo de Renato para que el agua no le llegara. Después los caracoles llenaron la zanja de baba para que al agua resbalara bien y no lo mojara. Los bichos colorados lo picaron por todas las piernas porque habían oído a un cazador que las picaduras activan la circulación y el nene precisaba eso para no tener frío y las vaquitas de San Antonio formaron una gran señal roja para que los papas de Renato se pudieran orientar en la noche.

Cuando a la mañana siguiente un grupo de gente grande lo vio bajo el árbol, Renato estaba empapado hasta la uña del dedo gordo, la zanja y la baba habían ya terminado de rodear su pie derecho y las siete ronchas de las piernas le picaban un montón. Se fue en brazos de los papas que no paraban de acariciarlo y nunca se enteró del enorme trabajo que se tomaron por él una noche unos bichitos perdidos en una mata de pasto.

O sí se enteró y por eso cada vez que miraba las ronchas de las piernas se reía.
Y los animalitos jamás supieron que su terrible esfuerzo de casi la mitad de su vida —porque ellos viven apenas un día— no sirvió de nada.

O sí. Siempre lo supieron. Y pensaron que a veces los bichos como la gente (o como los bichos) tienen que hacer cosas así, que no sirven para nada pero que hacen más linda la vida entre el pasto.




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