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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO SAGRADO (por Orson Scott Card)
— Tienes armas que pueden detenerlos —dijo Crofe, y de pronto la aguja me pesó en el cinturón.
— No puedo usarlas —dije—. Ni siquiera la aguja. Y mucho menos los astilladores.
Crofe no parecía sorprendido, pero los otros sí, y me irritó que Crofe me pusiera en esta situación. Él conocía la ley. Pero ahora Stone me miraba sombríamente, el arco en las rodillas, y Fole gruñó con su voz profunda y estentórea:
— Somos amigos, ¿eh? Amigos, dicen.
— Es la ley. No puedo usar estas armas salvo en defensa propia.
—¡Sus flechas se acercan a ti tanto como a nosotros! —dijo Stone.
— Mientras esté con vosotros, la ley entiende que os atacan a vosotros y no a mí. Si yo usara mis armas, significaría que tomaba partido. Sería como poner a la corporación de vuestra parte, contra ellos. Eso pondría fin a las relaciones de la corporación con vosotros.
—Ningún problema —masculló Fole—. Por lo que nos ha servido.
No mencioné que yo también sería ejecutado. Los ylymyny no tienen muchas contemplaciones con los que temen la muerte.
Alguien gritó a lo lejos. Miré alrededor. Nadie parecía preocupado. Pero poco después Da entró jadeando en el círculo de piedras.
—Han encontrado el camino oblicuo —susurró—. No hemos podido hacer nada. Sólo hemos matado a uno.
Crofe se levantó y soltó un grito agudo, un estallido vibrante que reverberó en los peñascos. Luego movió la cabeza y Fole me cogió el brazo.
—Ven —susurró. Pero yo me resistí, pues no quería salir sin tener una idea de lo que ocurría.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Crofe sonrió, y sus negros dientes se me antojaron sorprendentes (aun al cabo de tantos meses) contra su tez clara y morena.
—Trataremos de sobrevivir. Los llevaremos a una trampa. Al sur hay un paso estrecho donde cien de mis hombres aguardan para que les llevemos a sus presas.
Mientras hablaba, cuatro hombres más entraron en el círculo de rocas, y Crofe se volvió hacia ellos.
—¿Gokoke? —preguntó. Los otros se encogieron de hombros. Crofe echó chispas por los ojos—. No abandonaremos a Gokoke.
Asintieron, y los cuatro que acababan de llegar regresaron en silencio por las sendas de roca. Fole se puso más insistente, y Stone susurró:
—Debemos irnos, Crofe.
—No sin Gokoke.
Se oyó un gemido de lamento que parecía llegar de todas partes. ¿Cuánto había de eco y cuánto de sonido original? Imposible discernirlo. Crofe agachó la cabeza, se agazapó, se cubrió los ojos ritualmente y canturreó. Los demás lo imitaron; Fole me soltó el brazo para taparse la cara. Aunque tanta piedad me impresionaba, pensé que cubrirse los ojos durante una batalla bien podría ser una conducta antievolutiva. En ocasiones aflora en mí el viejo antropólogo y entonces adopto una mirada clínica.
Pero no adopté una mirada clínica cuando un soldado golyny saltó de las rocas al círculo. Estaba armado con dos cuchillos largos y se dirigía hacia Crofe. Vi que ningún ylymyny hacía nada para defenderlo. ¿Qué podía hacer? Me estaba prohibido matar, pero Crofe era el reyezuelo más influyente entre los ylymyny. No podía dejarlo morir. Su amistad era la mejor garantía para comerciar con las gentes de las islas. Además, no me gusta que asesinen a alguien mientras se tapa los ojos en un rito religioso, por insensato que sea ese rito. Digamos que interpreté la ley con cierta flexibilidad: asesté un puntapié en la entrepierna del golyny cuando su cuchillo descendía hacia el cuello de Crofe.
El golyny gruñó; olvidó el cuchillo, se aferró la ingle, se dispuso a atacarme. Para mi sorpresa, los demás continuaban con su canturreo, como si no comprendieran que los protegía exponiéndome a un riesgo considerable.
Pude haber matado al golyny en un santiamén, pero no me atrevía. En cambio, luché con él tres o cuatro minutos interminables, desarmándolo pronto pero sin poder asestarle un golpe que lo dejara inconsciente sin correr el riesgo de matarlo por accidente. Le rompí el brazo; ignoró el dolor y continuó atacando. Más aún, usaba el brazo quebrado. «¿Qué clase de gente es ésta? —me pregunté mientras paraba una patada brutal con un golpe igualmente brutal.— ¿Acaso no siente dolor?»
Al fin el canturreo cesó y en un instante Fole desnucó al golyny de un golpe certero.
—¡Por Jass! —jadeó, frotándose la mano—. ¡Qué cuello!
—¿Por qué diablos nadie me ayudó antes? —pregunté. Me ignoraron. Era evidente que un forastero de otro mundo no lo entendería. Los cuatro que habían ido a buscar a Gokoke regresaron, las manos enrojecidas de sangre seca. Tendieron las manos; Crofe, Fole, Stone y Da lamieron la sangre, tragando con expresión de pena. Crofe emitió un cloqueo gutural, y de nuevo Fole quiso sacarme del círculo de rocas. Pero esta vez venían todos. Crofe encabezaba la marcha, avanzando a grandes trancos por un sendero que una cabra montes habría considerado peligroso. Traté de sugerir a Fole que me resultaría más fácil si me soltaba el brazo; al primer sonido, Stone se volvió en redondo, me abofeteó el rostro con todas sus fuerzas y yo me tragué la sangre en silencio mientras continuábamos la marcha.
La senda se interrumpió repentinamente en la cima de una protuberancia rocosa que parecía estar en el fin del mundo. Muy por debajo del borde de roca lisa, la vasta planicie de la isla de Ylymyn se extendía hasta el horizonte. El azul de los confines sugería el océano, pero yo sabía que el mar estaba demasiado lejos para ser visible. Flotaban nubes entre nosotros y la planicie; retazos de selva de muchos kilómetros de anchura salpicaban como hebras y manchas la pradera, donde se erguían deslumbrantes ciudades blancas. Y todo nos ofrecía una vista que me recordaba demasiado bien lo que yo había buscado desde la nave espacial mientras orbitábamos el planeta unos meses atrás.
Nos detuvimos apenas un instante y luego saltaron por encima del borde, como si se zambulleran en el aire. Yo también salté. No tenía más remedio, pues Fole me aferraba con fuerza. Mientras patinaba por esa empinada ladera de ropa, no veía nada que pudiera frenar mi descenso. Quise gritar pero me contuve, pues si existía alguna posibilidad de que esto no fuera un suicidio colectivo, un grito atraería a los golyny.

De pronto la roca se curvó bajo mis pies y caí al suelo hasta detenerme temblando en un saliente de un metro de anchura. Los demás ya estaban allí. Fole me había llevado más despacio, teniendo en cuenta mi inexperiencia. Obligándome a echar un vistazo por encima del borde, vi que este pico no continuaba como una pared lisa hasta la planicie. Había otros picos que parecían colinas, pero yo sabía que eran montañas. Era un magro consuelo saber que una caída sólo duraría unos cuantos cientos de metros en vez de cinco o seis kilómetros.

Crofe echó a andar a la carrera, y lo seguimos. Pronto el saliente que me había parecido estrecho con su metro de anchura se redujo aún más; sin embargo, no aminoraban la marcha mientras Fole me arrastraba como un cangrejo por el frente de la roca.
Pronto llegamos a una zona vasta y regular que cedía el paso a un angosto puerto entre nuestro pico y otro mucho más bajo que se erguía a cuarenta metros de distancia. La cima era rocosa y abrupta. Tal vez allí pudiéramos ocultarnos de nuestros perseguidores cuando hubiéramos cruzado el puerto.
Esta vez Crofe no encabezó la marcha. Fue Da quien cruzó el puerto a la carrera y pronto llegó al otro lado. Echó una ojeada a las rocas más altas y agitó los brazos. Fole lo siguió, llevándome a rastras. Yo jamás habría cruzado el puerto solo. Mientras Fole me arrastraba, apenas tuve tiempo de pensar en el barranco de ambos lados del estrecho sendero.
Y luego miré desde las rocas mientras los demás cruzaban. Crofe fue el último, y justo cuando se internaba en el puerto, las rocas de arriba se poblaron de golyny.
Eran silenciosos (yo me había entrenado con armas ruidosas; mi única guerra había estado llena de gritos y explosiones; esta guerra silenciosa resultaba, pues, aún más aterradora) y los hombres que me rodeaban se apresuraron a tensar los arcos; cayeron varios golyny, pero también Crofe, con la cabeza atravesada por una flecha.
¿Estaba muerto? Tenía que estarlo. Pero cayó a horcajadas sobre el angosto risco, de modo que no se precipitó al vacío. Otra flecha le penetró en la espalda junto a la columna. Y luego, antes de que el enemigo pudiera disparar de nuevo, Fole echó a correr, cargó a Crofe y lo trajo. Incluso entonces, los únicos disparos que efectuaba el enemigo parecían dirigidos a Crofe, no a Fole.
Nos replegamos hacia las rocas, excepto los dos arqueros que se quedaron para vigilar el puerto. Estábamos a salvo. Los golyny tardarían horas en encontrar otro modo de subir al pico. Nuestra atención se concentró en Crofe.
Tenía los ojos abiertos y aún respiraba. Pero miraba el vacío sin esforzarse en hablar. Stone le aferraba los hombros mientras Da le hundía la flecha en la cabeza. La punta ensangrentada asomó por la frente de Crofe.
Da se agachó y cogió la punta con los dientes. Tiró para aflojar el pedernal. Lo escupió y empujó el asta de la flecha por la herida. Entretanto, Crofe no emitió ningún sonido. Y cuando la operación hubo terminado, Crofe murió.
Esta vez no hubo ritual de ojos tapados y canturreo. Los hombres lloraron abiertamente, pero en silencio. Los sollozos les sacudían el cuerpo, las lágrimas brotaban de los ojos, el dolor les contraía el rostro. Pero no había el menor sonido, ni siquiera un jadeo.
No pude ignorar esa congoja. Y aunque no los conocía a fondo, Crofe era el que conocía mejor. No íntimamente, ni como amigo, porque las barreras eran muy grandes. Pero le había visto dirigir a su gente, y sea cual fuere la cultura de donde uno procede, un hombre con poder es inconfundible. Crofe tenía ese poder. En las asambleas donde habíamos solicitado el derecho a comerciar, Crofe había obligado (al parecer por su cuenta, aunque luego comprendí que tenía aliados poderosos a quienes prefería representar en silencio) a esos hombres y mujeres a no imponer restricciones ni prohibiciones, para ver en cambio qué podía ofrecer la corporación. Una puerta entreabierta. Pero Crofe me había llevado aparte para informarme que no debíamos llevar nada a los ylymyny sin su conocimiento ni aprobación. Y ahora estaba muerto en una misión exploratoria de rutina, y no dejaba de asombrarme que los ylymyny, en otros sentidos un pueblo increíblemente astuto, desperdiciaran sus líderes más sabios en inútiles incursiones en las fronteras y las montañas.
Por alguna razón también a mí me acongojaba la muerte de Crofe. La corporación, desde luego, continuaría avanzando en sus tratos con los ylymyny, e incluso tendría menos dificultades. Pero Crofe era un negociador digno. A ambos nos complacía el juego del regateo, al margen de las barreras que interpusiera nuestra mutua extrañeza.
Los soldados desnudaron el cadáver. Enterraron la ropa bajo las piedras. Luego lo apuñalaron con sus cuchillos para abrirle las entrañas y cortar los intestinos de punta a punta. El hedor era insoportable, y apenas contuve el vómito. Trabajaban con ahínco, extrayendo cada fragmento de materia que hubiera pasado por las tripas para guardarlo en un pequeño saco de cuero. Cuando el intestino quedó tan limpio como podían dejarlo esos cuchillos de piedra, cerraron el saco, y Da se lo colgó del cuello con una cuerda. Se volvió hacia los demás con lágrimas en los ojos, mirándolos uno por uno.
—Iré a la montaña —susurró.
Los demás asintieron; algunos lloraron aún más.
—Entregaré su alma al cielo —susurró Da, y los demás se adelantaron, tocaron el saco y susurraron: «Yo también, también yo, juro.»
Al oír los cuchicheos, los dos arqueros que vigilaban el puerto vinieron a nuestro refugio dispuestos a sumar sus votos, pero Da alzó la mano y lo prohibió.
—Quedaos a detener la persecución. Ellos sabrán.
Los dos asintieron tristemente y regresaron a sus puestos. Y Fole volvió a aferrarme el brazo mientras nos alejábamos en silencio de la cresta del pico.
—¿Adónde vamos? —susurré.
—A honrar el alma de Crofe —me respondió Stone.
—¿Y la emboscada?
—Ahora hay asuntos más importantes.
Los ylymyny adoraban el cielo, o algo parecido, por lo poco que había podido averiguar sobre sus creencias religiosas en la ciudad de la planicie donde había aterrizado.
—Stone —dije—, ¿el enemigo sabrá lo que hacemos?
—Claro. Serán infieles, pero conocen las obligaciones que el honor impone a los justos. Tratarán de acorralarnos, destruirnos, impedir que honremos a los muertos.
Da nos ordenó callar, y bajamos en silencio por peñascos y cuestas. Desde arriba llegó un grito; lo ignoramos. Pronto me perdí en el esfuerzo mecánico de encontrar lugares donde apoyar manos y pies, y fuerzas para seguir el paso de esos soldados que se hallaban en mucho mejor estado de yo.
Llegamos al final de las sendas y nos detuvimos. Estábamos en un declive suave que terminaba en un peñasco abrupto. Y habíamos doblado suficientes recodos para ver que un numeroso grupo de golyny descendía por el camino que habíamos recorrido.
Al principio no miré por encima del borde, hasta que les vi desenrollar cuerdas y unirlas por los extremos para formar una línea mucho más larga. Entonces caminé hasta el borde y miré hacia abajo. A cientos de metros se abría un valle en la ladera, una extensión de suelo llano frente a un desfiladero de paredes altas que penetraba en el peñasco. Desde allí había un suave descenso hasta la planicie. Estaríamos a salvo.
Pero antes había que bajar. Esta vez, no veía esperanzas de hacerlo a menos que cada cual colgara del extremo de una cuerda, algo en lo cual no tenía experiencia. Y aun así, ¿qué impediría al enemigo descender detrás de nosotros?
Fole resolvió el dilema. Se sentó a varios metros del borde, en un sitio donde sus pies podían hincarse en la piedra, y se puso guantes en las manos. Cogió la cuerda, se la. sujetó a la espalda y aferró la punta con la mano izquierda, tensando el resto de la línea con la derecha.
Sería un soporte firme en el extremo superior dé la línea, y si lo mataban o atacaban, soltaría la cuerda y el enemigo no tendría modo de perseguirnos.
Además, estaba condenado a morir.
Hubiese querido decirle algo, pero no había tiempo. Da me impartía rápidamente mi única lección en descenso con cuerda, y tenía que aprenderla bien o morir al primer error. Y luego Da, con el saco de excrementos de Crofe, pasó sobre el borde, sentándose sobre la cuerda, sosteniendo su propio peso con precariedad pero con firmeza mientras descendía rápidamente al fondo.
Fole aguantó el peso como si no lo sintiera. La cuerda se aflojó, y Stone me obligó a pasarme la cuerda bajo las nalgas, sosteniendo la línea con manos enguantadas. Luego me empujó de espaldas por encima del borde, di un paso en el vacío, y jadeé aterrorizado mientras caía rápidamente, meciéndome como un péndulo. La pared de roca osciló ante mí hasta que la cuerda giró y quedé de cara a la planicie, que aún parecía increíblemente lejana. Y ahora sí vomité, aunque ese día no había comido nada; el ácido me irritó la garganta y la boca; y olvidé el terror de la caída lo suficiente como para asir la cuerda con fuerza y desacelerar el descenso, aunque la cuerda me quemaba los guantes y me laceraba las nalgas.
El suelo se acercó, y vi que Da aguardaba gesticulando con impaciencia. Me obligué a ignorar el dolor de un descenso más rápido, y caí de tal modo que quedé despatarrado en la hierba.
No podía creer que lo hubiera logrado, y sentía un inmenso alivio por no estar colgado en el aire como una araña. Pero al parecer no podía descansar. Da me cogió el brazo y me alejó de la cuerda, que ahora se mecía con la bajada del siguiente hombre.
Rodé sobre mi espalda y observé fascinado el rápido descenso. Ahora que mi ordalía había terminado, descubrí cierta belleza en ese desafío a la gravedad, una experiencia poética que se ha olvidado en mi delicado mundo natal, Jardín, donde los riscos se han transformado en cuestas ondulantes, donde los mares lamen la arena en vez de martillar roca, y donde los hombres son tan amables como el mundo donde viven. Mi benevolencia me causó gran angustia al comienzo de mi entrenamiento militar, pero también me permitió sobrevivir a una guerra e irme del ejército con pocas cicatrices que no pudieran sanar.
Mientras reflexionaba sobre el contraste entre mi educación y la tosca vida en este mundo, Stone llegó al fondo y otro hombre inició el descenso.
Cuando el soldado estaba a mitad de camino, otro se aferró de la cuerda. Tardé un instante en comprender lo que ocurría: los golyny los habían alcanzado. Da y Stone me empujaron contra la pared del peñasco para que ningún cuerpo me cayera encima.
El primer soldado llegó al fondo; vi que era Pan, un hombre de aspecto brutal que había llorado lastimeramente ante la muerte de Crofe. El otro soldado estaba a diez metros del suelo cuando la cuerda caracoleó y cayó. Chocó contra el suelo manoteando y pataleando; quise correr a ayudarle, pero los demás me retuvieron. Miraban hacia arriba, y pronto entendí por qué. El gigante Fole, empequeñecido por la distancia, saltó del peñasco arrastrando a dos golyny. Un tercer enemigo cayó un momento después. Debía de haber perdido el equilibrio durante la lucha.
Fole chocó contra el suelo y su cuerpo quedó cruelmente desgarrado por el impacto, al igual que los golyny. De nuevo traté de ir a ayudar, y de nuevo me retuvieron, y de nuevo descubrí que conocían su mundo mejor que yo, un simple forastero. Llovieron piedras en derredor. Una de ellas golpeó al soldado que ya agonizaba por su caída relativamente corta; le partió el cráneo.
Aguardamos a la sombra del peñasco hasta el anochecer; entonces Da y Pan salieron a la carrera para recuperar el cuerpo del soldado. Ya llovían piedras cuando regresaron; algunas rebotaron en la zona donde aguardábamos Stone y yo; una me dio en el brazo, dejándome una magulladura que me dolería por un tiempo.
Después del anochecer, Da, Stone, Pan y yo fuimos a buscar el cuerpo de Fole y lo pusimos al abrigo del peñasco.
Encendieron una fogata, cortaron la garganta de los cadáveres y los inclinaron cuesta abajo para que manara la sangre. Se mojaron las palmas en la morosa corriente y se lamieron las palmas como habían hecho con Gokoke. Luego se cubrieron los ojos y repitieron el canturreo.
Mientras realizaban sus ritos funerarios, miré hacia la planicie. Desde arriba me había parecido que este paraje estaba en el mismo nivel que el resto de la llanura, pero era mucho más alto, y distinguí el tenue resplandor de las fogatas de las ciudades encima de la jungla. No había fogatas en las cercanías, y me pregunté a qué distancia estábamos del puesto de avanzada del pie de los peñascos, donde habíamos dejado los caballos; también me pregunté por qué diablos había accedido a participar en esta expedición. «Una visita de rutina», había dicho Crofe, y yo no había caído en la cuenta de que mi comprensión del idioma era limitada. Ni había creído que la guerra entre los golyny y los ylymyny fuera tan cruenta. A fin de cuentas, había durado más de tres siglos. ¿Cómo era posible que los ánimos no se hubieran enfriado en tanto tiempo?
—Miras la planicie —susurró Stone. Hacía horas que estábamos juntos al pie del peñasco, pero estas palabras eran las primeras que se pronunciaban, excepto por el canturreo. En las ciudades los ylymyny eran aficionados a las anécdotas, la conversación y el chismorreo. Aquí apenas rompían el silencio.
—Me pregunto cuántos días tardaremos en llegar a la ciudad.
Stone me miró fijamente.
—¿La ciudad?
Me sorprendió que se sorprendiera.
—¿Adónde vamos, pues?
—Hemos hecho un juramento —dijo Stone, y detecté ese tono despectivo que usaba cada vez que yo incurría en una impertinencia—. Debemos llevar el alma de Crofe al cielo.
No comprendí.
—¿Dónde queda eso? ¿Cómo se llega al cielo?
Stone hinchó el pecho, procurando ser paciente.
—El Cielo —dijo, y entonces advertí que la palabra que yo traducía también era un nombre, el nombre de la montaña más alta de la isla de Ylymyn.
—No hablas en serio. Tendremos que desandar el camino.
—Hay otras sendas, y las tomaremos.
—¡También los golyny!
—¿Crees que no tenemos honor? —exclamó Stone, llamando la atención de Da, quien se acercó.
—¿Qué sucede? —susurró Da, y de nuevo nos rodeó el silencio.
—Esta basura extranjera nos acusa de cobardes —jadeó Stone.
Da se tocó el saco que le colgaba del cuello.
—¿De verdad? —preguntó.
—En absoluto —respondí—. Ni siquiera sé por qué se ofende. Sólo pensaba que no tenía sentido escalar la montaña más alta de vuestra isla. Sólo somos cuatro, y los golyny sin duda nos estarán esperando, ¿o no?
—Claro. Será difícil. Pero somos amigos de Crofe.
—¿No podemos conseguir ayuda? ¿De esos cien hombres, por ejemplo, que aguardaban para la emboscada?
Da se sorprendió y Stone se enfadó.
—Nosotros estábamos allí cuando él murió. Ellos no —respondió Da.
—¿Eres cobarde? —murmuró Stone, y comprendí que para él la cobardía no era sólo algo aborrecible, sino algo que se debía extirpar, exorcizar, exterminar. Empuñaba un cuchillo, y me encontré ante un interrogante. ¿Considerarían cobardía que negara ser cobarde ante una amenaza de muerte? ¿Era un dilema insoluble? Me mantuve en mis trece.
—Si vosotros sois lo único que he de temer, pues no.
Stone me miró sorprendido, sonrió hoscamente y envainó el cuchillo. Pan se nos acercó, y Da aprovechó la oportunidad para celebrar un consejo.
Fue breve; se relacionaba con la elección de rutas, y yo sabía poco de geografía y menos aún acerca del terreno. Hacia el final, sin embargo, tenía más preguntas que nunca.
—¿Por qué hacemos esto por Crofe, cuando no hicimos nada parecido por Fole ni Gokoke?
—Porque Crofe es Hielo —respondió, y decidí reflexionar más tarde sobre esa incongruencia.
—¿Y qué haremos cuando lleguemos al Cielo? Stone despertó de su sueño aparente y jadeó: —¡No hablamos de esas cosas!
—Es posible que nadie salvo él llegue al Cielo —intervino Da—, y en ese caso debe saber qué hacer.
—Si él es quien llega, podemos dar por hecho que hemos fracasado —rezongó Stone.
Da lo ignoró y se volvió hacia mí.
—En este saco tengo su última comida, aquello que se habría transformado en él si hubiera vivido, su yo futuro. Esto se debe vaciar en el gran altar, para que Jass sepa que Hielo le ha sido devuelto donde él puede volverlo íntegro.
—¿Eso es todo? ¿Vaciarlo en el gran altar?
—La dificultad no reside en el rito, sino en llegar allí. Y también debes decir adiós al alma de Crofe, y arrancar un trozo de hielo de la montaña, y sorberlo hasta que se derrita, y debes derramar tu propia sangre en el altar. Pero lo más importante es llegar. A la cima más alta de la montaña más alta del mundo.
No les dije que muy al norte, en la única masa continental, había montañas muchísimo más altas que Cielo; en cambio asentí y me volví para dormir en la hierba, mientras mi analítica mente de antropólogo procuraba clasificar estas conductas mágicas. La homeopatía era evidente, el significado del hielo quedaba más oscuro, y el uso de excrementos sin asimilar como «último pasaje» no tenía parangón, por lo que yo sabía. Pero, como a menudo señalaba un viejo profesor, «ninguna conducta es tan extravagante como para que no haya seres humanos que no la practiquen en alguna parte». El saco que colgaba del cuello de Da apestaba. Me dormí.


Los cuatro (¿éramos diez tan sólo el día anterior por la mañana?) partimos antes del alba, avanzando cautelosamente por la cuesta, rumbo a la boca del desfiladero. Sabíamos que el enemigo estaba encima de nosotros, sabíamos que otros ya habrían trazado un círculo para interceptarnos. Acarreábamos raciones para pocos días, algunas armas y la cuerda. Hubiera querido algo más, pero no lo dije.
Ese día no se produjeron novedades. Permanecimos en el fondo del desfiladero, junto al riachuelo que descendía hacia la planicie. Era evidente que la corriente era más caudalosa en otras épocas: había pedrejones altos como edificios desperdigados en el fondo del desfiladero, y ninguna vegetación salvo la hierba crecía debajo de las marcas del agua en las paredes, aunque aquí y allá un árbol se aferraba a la roca luchando por subsistir.
Así transcurrió el día siguiente, y el otro, hasta que el desfiladero desembocó en un valle poco profundo y llegamos a un paraje donde el riachuelo se despeñaba desde una fisura en la roca, y una colina que escalamos nos mostró que estábamos en la cima de la isla, con otras colinas bajas alrededor, con una apariencia engañosamente suave, considerando que se ocultaban detrás de los picos de una de las cordilleras más agrestes que yo había visto.
Unos cuantos picos estaban a mayor altura que nosotros, y uno de ellos era el Cielo. Su único rasgo notable era su altura. Otras montañas eran más imponentes, y otras más escabrosas o puntiagudas. El Cielo parecía una colina gigantesca —al menos desde esta distancia— y el ascenso no parecía dificultoso.
Se lo dije a Da, quien sonrió agriamente.
—Sin duda será más fácil que llegar allá con vida.
Y recordé a los golyny, quienes aguardarían allá delante. En el desfiladero no habíamos tenido contratiempos. ¿Por qué no nos habían hostigado durante el ascenso?
—Si esta noche llueve, ya verás —respondió Stone.
Y esa noche llovió, y lo vi. O mejor dicho lo oí, pues la noche estaba oscura. Acampamos al amparo de la colina, pero la lluvia nos empapó a pesar de la protuberancia rocosa bajo la cual nos acurrucábamos. Comprendí que la lluvia era tan torrencial que caudalosos arroyos bajaban por la cuesta contra la cual habíamos acampado. No había más de cuarenta metros de la cima a la base. Nunca había visto semejante diluvio, y al oír el rugido distante comprendí por qué los golyny no se habían molestado en causarnos daño. El enorme río avanzaba ahora desfiladero abajo, alimentado por miles de arroyos como los que fluían junto al campamento.
—¿Y si hubiera llovido mientras escalábamos? —pregunté.
—El Cielo no nos entorpecería en nuestra misión —respondió Da, lo cual no me consoló gran cosa. ¿Quién hubiera sospechado que una simple expedición de tres días a las montañas me dejaría a merced de sus supersticiones, mientras mi supervivencia dependía de ellos tal como ellos dependían de un dios ininteligible y desde luego inexistente?
Desperté con las primeras luces y descubrí que los demás ya estaban despiertos y armados hasta los dientes, dispuestos para la batalla. Estiré los doloridos músculos y me preparé para el viaje. Entonces comprendí qué significaban sus armamentos.
—¿Están aquí?
Nadie me respondió, y en cuanto estuve preparado reanudamos la marcha pegados a las colinas, explorando antes de rodear cada curva. No había árboles, sólo hierbas que morían en un día y eran reemplazadas por sus semillas a la mañana siguiente. No había más refugio que la roca, y tampoco había sombra, pero a esta altura no era necesaria. No era fácil respirar con tan poco oxígeno, pero al menos a esta altitud no hacía calor, aunque la isla de Ylymyn era uno de los sitios más tórridos de aquel planeta remoto.
Avanzamos dos días hacia el Cielo, y no parecíamos realizar ningún progreso. Aún estaba lejos, en el horizonte. Peor que la duración del viaje, sin embargo, era estar continuamente alerta, aunque no veíamos indicios de los golyny. Una vez pregunté (en un susurro) si habrían cejado en su persecución. Stone rió burlonamente, Da sacudió la cabeza. Pan me susurró esa noche que los golyny odiaban a muerte la virtud de los ylymyny, sabiendo que los dioses habían hecho de los ylymyny el pueblo más grande del mundo, y los ylymyny los habían conquistado con su piedad.
—Algunos —dijo Pan—, al ser derrotados por la virtud, se acuclillan ante los dioses y ofrendan adecuadamente sus almas, y se unen a nosotros. Pero hay otros que sólo pueden odiar el bien, y atacan obtusamente a los justos. Así son los golyny. Toda la gente decente mataría golyny para preservar la paz de los justos.
Miró significativamente mis astilladores y mi aguja. Miré de igual modo el saco de excrementos que pendía del cuello de Da.
—Los hombres buenos hacen lo que requiere la ley —dije, y la frase me sonó inane, aunque al parecer impresionó a Pan. Dilató los ojos y asintió respetuosamente. Tal vez exageré, pero me gratificó que comprendiera que así como ciertos ritos debían cumplirse en su sociedad, ciertos actos eran tabú en la mía, y entre esos actos se cuenta la participación en las pequeñas guerras de las naciones de los planetas primitivos. No esperaba que él comprendiera que sus compulsiones se basaban en supersticiones infundadas mientras que las mías se basaban en largos años de experiencia en xenocontacto, así que no lo mencioné. El resultado fue que me trató con más respeto, casi con reverencia. Stone lo notó, y al día siguiente, mientras caminábamos, me preguntó en voz baja:
—¿Qué le has hecho al joven soldado? —Le enseñé a temer a Dios.
Me proponía ser gracioso. Es raro, un hombre puede medir todas sus palabras, pero de pronto se le ocurre una broma y la dice sin parar mientes en su imprudencia. Stone se enfureció; se requirió la fuerza de Da y la de Pan para impedir que me atacara, lo cual le hubiera resultado fatal. No sé escalar con cuerdas, pero no desconozco modos de matar, aunque no los practico por placer. Al fin pude explicarle que no había comprendido las implicaciones de mi afirmación en su idioma, que estaba traduciendo literalmente y ciertas palabras tenían distinto significado y todo eso. Aún discutíamos cuando una andanada de flechas puso fin a la conversación y todos buscamos refugio. Todos menos Pan, quien recibió un flechazo y murió a campo abierto ante nuestros ojos.
Costaba evitar la sensación de que su muerte era culpa mía; y mientras Da y Stone deliberaban y confesaban que esta vez no les quedaba más remedio que abandonar el cuerpo, cometiendo un pecado para llevar a cabo el propósito más alto de cumplir el juramento hecho a Crofe, advertí que omitir los ritos funerarios de Pan me apenaba casi tanto como su muerte. No creía en la inmortalidad; la idea de que los muertos se quedan a ver qué pasa con sus restos me resulta tonta. No obstante, creo que hay una diferencia entre saber que alguien ha muerto y desmantelar emocionalmente el sistema de relaciones que había incluido a esa persona. Pan, tosco como era, con su rostro feo y brutal, era el hombre que más me agradaba entre mis compañeros de supervivencia.
Al pensar en ello, caí en la cuenta que, de los diez que habían iniciado la marcha una semana antes, sólo quedábamos tres: yo, que no podía usar un arma en compañía de los demás, y ellos dos, que tenían que viajar más despacio y así arriesgar aún más sus vidas por mi culpa.
—Dejadme atrás —dije—. Cuando esté solo, podré defenderme a voluntad, y vosotros podréis andar más aprisa.
A Stone le brillaron los ojos ante la sugerencia, pero Da se negó con firmeza.
—Ni hablar. Crofe nos encomendó que te mantuviéramos con nosotros.
—No sabía a qué situación nos enfrentaríamos.
—Crofe lo sabía —susurró Da—. Aquí un hombre sin sabiduría muere en dos días. Y tú no tienes sabiduría.
Si quería decir conocimiento de lo que podía ser comestible en ese ámbito, tenía razón; y al ver que Da no tenía intenciones de abandonarme, decidí continuar con ellos. Mejor continuar que no hacer nada. Pero antes de abandonar nuestro refugio provisional (mientras el cadáver de Pan se desecaba lentamente) enseñé a Stone y Da a usar los astilladores y la aguja, por si me mataban. Entonces no se infringiría ninguna ley, mientras devolvieran las armas a la corporación. Por una vez Stone pareció aprobar una decisión mía.
Ahora andábamos más despacio, con mayor cautela, y sin embargo el Cielo al fin parecía estar más cerca; llegamos a las colinas. Cada colina adónde llegábamos ocultaba más pronto la cresta del Cielo. La sensación de muerte al acecho era agobiante.
De noche hice un turno de guardia, pues Pan ya no estaba. Técnicamente era una violación de la ley, pues los ayudaba en su guerra. Pero también era supervivencia, pues los golyny no tenían mayor interés en los humanos de otros mundos. La corporación SCM ya había realizado cuatro intentos de entablar relaciones con ellos, y no querían saber nada. Era exasperante tener la capacidad para salvar vidas y abstenerse de usar esa capacidad en aras de propósitos más amplios.
Mi guardia terminó, y desperté a Da. Pero en vez de dejarme dormir, Da despertó a Stone, y en la oscuridad nos alejamos en silencio del campamento. No caminamos hacia la montaña, sino que seguimos un trayecto paralelo bajo la tenue luz de las estrellas. Supuse que Da se proponía sortear a nuestros perseguidores y escalar la montaña por otra ruta.
No sé si los sorteamos o no. Pero al romper al alba, cuando hubo luz suficiente para ver el terreno, Da echó a correr, y Stone y yo lo seguimos. La caminata había sido agotadora, pero gradualmente me había acostumbrado; esta carrera arrancó protestas a mis músculos. Para colmo no era un cómodo trote en terreno regular, sino una carrera extenuante por rocas, barrancos, lomas y arroyos. Al mediodía estaba agotado y quise tomar un descanso. Pero no hubo descanso. Da me explicó concisamente:
—Estamos delante de ellos y así debemos seguir. Mientras corríamos, sin embargo, se me ocurrió una idea, la cual parecía patéticamente obvia cuando la hube concebido. No se me permitía pedir ayuda para respaldar un esfuerzo bélico, pero llegar a la cima de la montaña no era un esfuerzo bélico. Nuestra lanzadera nunca descendería bajo el fuego enemigo, pero ahora que estábamos al descampado podía bajar, recogernos y llevarnos a la cima de la montaña antes de que el enemigo sospechara que estábamos allí.
Hice la sugerencia. Stone escupió en el suelo (un acto obsceno en su mundo, donde por alguna razón se adora el agua, aunque abunda por doquier, excepto en el Gran Desierto, muy al norte de Ylymyn) mientras Da sacudía la cabeza.
—Los espíritus vuelan al cielo; los hombres trepan —declaró, y una vez más la religión frustró mis planes. Esas supersticiones terminarían matándonos, con sus reglas insensatas que se negaban a modificarse ante las emergencias.
Pero al anochecer estábamos al pie de un abrupto peñasco. Noté de inmediato que no era el ascenso fácil que había parecido desde lejos. Stone también se sorprendió al examinar el peñasco.
—Un ascenso problemático —murmuró. Da asintió.
—Lo sé. Ésta es la ladera oeste, y nadie la escala.
—¿Es imposible? —pregunté.
—Quién sabe —respondió Da—. Nadie lo ha intentado, pues las demás rutas son mucho más fáciles. Así que subiremos por aquí, donde no nos buscarán, y luego nos desplazaremos al norte o al sur, para coger una ruta más fácil cuando no nos esperen.
Da se dispuso a escalar.
—Ya se ha puesto el sol —protesté.
—Mejor. Así no nos verán trepar.
Así comenzó nuestro ascenso al Cielo. Era difícil, y por una vez no tuvieron que aguardarme cuando me rezagaba. La oscuridad y el terreno desconocido les entorpecían el paso tanto como a mí, y la noche al fin nos transformó en iguales. Era una igualdad vacía, sin embargo. Tres veces esa noche Da susurró que había llegado a un sitio imposible de escalar, y yo hube de retroceder, tratando de hallar los apoyos que había dejado un instante antes. Descender por una montaña es más difícil que escalarla. Al escalar uno tiene ojos, y los dedos van delante. Al descender sólo puede tantear con los pies, y yo usaba gruesas botas. Nos habíamos despertado temprano, mucho antes del alba, y trepamos hasta que el alba tiñó nuevamente el cielo. Yo estaba exhausto, y Stone y Da también parecían agotados. Pero al despuntar la luz, llegamos a una cuesta donde el declive no superaba los quince o veinte grados durante cientos de metros, y nos acostamos en el suelo a dormir.
Desperté porque me ardían las manos. Bajo el sol del mediodía noté que estaban embadurnadas de la sangre que aún manaba de unas cuantas heridas. Da y Stone aún dormían. Sus manos no estaban tan lastimadas, pues estaban acostumbrados a faenas más duras. Aun las pesas que yo levantaba estaban equipadas con mangos acolchados.
Me incorporé y miré alrededor. Aún estábamos solos en esa cuesta, y miré el trecho que habíamos escalado. Habíamos avanzado mucho en la oscuridad, y quedé admirado de nuestro logro; las colinas que habíamos atravesado el día anterior parecían pequeñas y distantes, y supuse que estaríamos a un tercio del camino hasta la cima.
Pensando en eso, miré hacia la montaña, y de inmediato pateé a Da para despertarlo.
Da, con ojos legañosos, miró hacia el mismo lugar y asintió, comprendiendo que nuestros esfuerzos de esa noche eran un fracaso. Aunque los golyny no estaban cerca, era evidente que desde sus riscos y promontorios podían vernos. No nos llevaban la delantera en la cuesta occidental, pero parecían custodiar toda transversal que pudiera conducirnos hacia rutas más fáciles y seguras. Y —¿por qué no?— quizá los golyny hubieran explorado la ladera oeste y supieran que ningún hombre podía escalarla.
Da suspiró; Stone sacudió la cabeza y dividió las últimas raciones, que habíamos hecho durar muchos días más de la cuenta.
—¿Y ahora qué? —susurré (es raro, pero cuesta superar los hábitos una vez que se adquieren).
—Ahora nada —respondió Da—. Seguiremos adelante por la ladera oeste. Mejor un peligro desconocido que uno conocido.
Eché un vistazo a los valles y colinas. Stone escupió de nuevo.
—Forastero —dijo—, aunque pudiéramos renunciar a nuestro juramento, nos aguardan al pie del peñasco para matarnos en cuanto bajemos.
—Entonces dejadme llamar a mi nave. Cuando se estableció la prohibición, nadie sabía que había máquinas voladoras.
Da rió.
—Sabíamos que existían. Simplemente no las teníamos. Pero también sabíamos que esas máquinas no podían llevar al Cielo a quien cumple una penitencia o un juramento.
Aferré unas hierbas.
—¿Y qué ocurrirá cuando lleguemos allá?
—Entonces habremos muerto tras cumplir con el juramento.
—¿Y entonces no podré llamar a la nave, para bajar de la montaña?
Se miraron y Da asintió. Hurgué en mis bolsillos buscando la radio; no podía llegar hasta la ciudad desde allí, pero en menos de una hora la nave estelar en órbita estaría encima de nosotros, y retransmitiría el mensaje. Traté de llamar a la nave estelar en ese momento, por si ya estaba encima del horizonte. No estaba, así que enfilamos hacia los peñascos.
Ahora el ascenso era más agotador, no porque el terreno fuera más escabroso sino por la fatiga de la noche anterior. Me dolían los dedos; las palmas me ardían al menor contacto con la roca. Pero continuamos la marcha, y la ladera oeste no era imposible de escalar; aun con nuestra lentitud, pronto dejamos atrás esa cuesta. En muchos parajes hallábamos escaleras naturales de roca; en otros había salientes que nos permitían descansar; al fin llegamos a un reborde que nos cerró el paso.
En este mundo sin metal no había herramientas que nos ayudaran a burlar la gravedad y trepar como arañas hasta la orilla del reborde. No teníamos más remedio que seguir un camino transversal, y comprendí lo astutos que habían sido los enemigos. Tendríamos que desplazarnos hacia la derecha o la izquierda, al norte o al sur, y ellos estarían allí.
Pero ante la falta de alternativa, hicimos lo único que podíamos. Cogimos la ruta que trepaba hacia el sur desde abajo del reborde. Stone encabezó la marcha, explicando fríamente que Da llevaba el alma de Crofe, y que le habían jurado a Crofe que cuidarían mi vida; por ende, él era el más desechable. Da asintió gravemente, y yo no protesté. Me gusta vivir, y una flecha podía estar aguardando a la vuelta de cualquier recodo o detrás de cualquier obstáculo.
Otra sorpresa: al abrigo de las rocas, el aire frío había preservado un poco de nieve en algunos lugares. No había capa de nieve visible desde abajo, pues estábamos en verano, y sólo esta elevación podía preservar la nieve en semejante clima.
Se aproximaba al ocaso y sugerí que durmiéramos. Da aceptó, así que nos acurrucamos contra la pared de la montaña, bajo el reborde, y a dos metros de un precipicio. Me quedé mirando una estrella que titilaba sobre mi cabeza, y fue indicio de mi agotamiento que sólo por la mañana atinara a comprender lo que esto significaba.


Al día siguiente, aseguró Da, llegaríamos al Cielo o moriríamos en el intento. Al hablar con la nave estelar en su tercer paso desde que había pedido la lanzadera esa tarde, expliqué brevemente cuándo llegaríamos allí.
Esta vez, sin embargo, Tack, directivo de nuestras operaciones en este mundo, intervino con su radio desde la ciudad. Comenzó a criticarme por mi estupidez.
—¿Te parece que es modo de cumplir con tus obligaciones empresariales? —graznó—. ¡Acatar una superstición inmunda con una banda de trogloditas y hacerte matar en el intento! —Continuó en ese tono unos cinco minutos, hasta que cancelé su comunicación e informé a la nave estelar que mi contrato estipulaba que la corporación tenía obligación de respaldarme, lo cual incluía mi evacuación desde la cima de una montaña, y que el directivo podía tomar sus objeciones y metérselas...
Oyeron, y acordaron cumplir, y yo traté de calmarme. Tack no entendía, no podía entender. No había llegado tan lejos, no había visto el rostro resuelto de Fole cuando ofreció morir para que el resto pudiera bajar del peñasco, no había presenciado esa angustiosa indecisión cuando Da y Stone decidieron dejar a Pan; no tenía modo de saber por qué yo llegaría a la cima del Cielo por Crofe...
No por Crofe, demonios. Por mí, por nosotros. Crofe estaba muerto, y no podrían ayudarle embadurnando una roca con sus excrementos. De pronto, recordando lo que haríamos al llegar a la cima —si llegábamos— me eché a reír. Todo esto para pintar una piedra con mierda.
Stone me cogió por la garganta como para arrojarme de la montaña. Da y yo forcejeamos, y miré los ojos de Stone y vi mi muerte.
—Tu juramento —jadeó Da, y Stone al fin cedió, se alejó de mí.
—¿Qué dijiste en tu lengua diabólica? —preguntó, y comprendí que había hablado en imperial con la nave, y había reído después de una pausa. Expliqué, con más cortesía que Tack, lo que Tack había dicho.
Da silenció a Stone con la mirada cuando terminé, y luego se quedó sentado largo rato antes de hablar.
—Es verdad, supongo —dijo—, que somos supersticiosos.
No dije nada. Stone tampoco dijo nada, aunque le costó un gran esfuerzo.
—Pero la verdad y la falsedad no tienen nada que ver con el amor y el odio. Amo a Crofe, y haré lo que juré hacer, lo que él hubiera hecho por la madre Hielo; lo que él quizás hubiera hecho por mí aunque yo no sea Hielo.
Y así, tras estas aclaraciones (que no me sirvieron de gran cosa), dormimos, y no di ninguna importancia a la estrella que parpadeaba allá arriba.


El día amaneció lúgubre, con nubes que rodaban debajo de nosotros desde el sur. Se aproximaba una tormenta, y Da me avisó que podría haber niebla cuando las nubes se elevaran agolpándose en torno de la montaña. Teníamos que apresurarnos.
No habíamos llegado lejos, sin embargo, cuando el reborde que estaba encima de nosotros y aquel donde caminábamos se ensancharon, se separaron y desembocaron en el suave declive que por doquier, excepto en la ladera oeste, conducía al pico del Cielo. Y allí, debajo de nosotros, acababan de despertar unos cincuenta golyny. No nos habían visto, pero no había modo de alejarnos diez pasos de nuestro último refugio sin que reparasen en nuestra presencia, y según Da aún faltaban cuatrocientos o quinientos metros para el declive.
—¿Qué podemos hacer? —susurré—. Nos matarán fácilmente.
Da guardó silencio, pero la indecisión se le notaba en el rostro.
Observamos mientras los golyny abrían su comida y comían, mientras algunos luchaban o se ejercitaban con palos. Eran iguales que otros hombres, bullangueros en ausencia de mujeres y cuando no había ninguna tarea que hacer. Sus risas se parecían a otras risas, y sus juegos parecían divertidos. Me olvidé de mí mismo y me sorprendí apostando en silencio a favor de uno u otro luchador, imaginándome en esos juegos, y sabiendo cómo lograría vencer. Y así transcurrió una hora, sin que hubiéramos avanzado un paso.
Stone estaba irritado, Da desesperado, y yo no sabía qué cara tenía, aunque sospecho que mi interés en los juegos golyny me hacía parecer flemático ante mis compañeros. Stone me aferró bruscamente la manga y me hizo girar hacia él.
—Un juego, ¿verdad? Para ti es sólo eso.
Arrancado de mi contemplación, no comprendí qué sucedía.
—¡Crofe fue el hombre más grande en cien generaciones! —jadeó Stone—. ¡Y a ti no te importa llevarlo al Cielo!
—Stone —susurró Da.
—Esta basura actúa como si Crofe no fuera su amigo.
—Apenas lo conocía —dije, con franqueza pero con imprudencia.
—¿Qué tiene que ver eso con la amistad? —rezongó Stone—. ¡Él salvó tu vida varias veces, nos obligó a acogerte y aceptarte como ser humano, aunque no seguías ninguna ley!
Sigo una ley, habría dicho, pero en nuestro agotamiento y ante la contrariedad de Stone por el fracaso de la misión, habíamos elevado la voz, y los golyny ya se armaban, ya corrían hacia nosotros, ya calzaban flechas en sus arcos y se disponían a cazarnos.
Parecía imposible que nuestras vidas terminaran por mera estupidez, cuando habíamos burlado las tretas más sagaces de nuestros enemigos; pero en ese instante, la parte de mi mente que en ocasiones se hace útil aportando pensamientos inteligentes me recordó la estrella que había visto desde el reborde la noche anterior. Una estrella... y la había visto encima de mí, donde tenía que estar el reborde. Lo cual significaba que había un agujero en el reborde, tal vez una chimenea por donde se pudiera trepar.
Lo expliqué deprisa a Da y Stone, y Stone, olvidando nuestras diferencias en esa situación desesperada, cogió en silencio su arco y todas las flechas de que disponían y se sentó a esperar al enemigo.
—Id y tratad de subir al pico.
Me dolió que el hombre que me odiaba aceptara morir para salvarme la vida. No caí en el engaño de creer que él valoraba mi vida, pero aun así yo viviría unos instantes más gracias a su muerte. Por un instante sentí una inexplicable emoción que sólo puede describirse como amor. Y ese amor abarcaba también a Da y Pan, y comprendí que aunque Crofe era sólo una especie de directivo con quien me había complacido negociar, estos otros eran amigos a pesar de todo. Comprender que sentía emociones por esos bárbaros (sí, es una actitud paternalista, pero nunca he conocido a ningún antropólogo cuyas palabras o actos no delataran desdén por aquellos con quienes trataban), que los amaba, era perturbador pero gratificante; no era sorprendente que defendiera mi vida sólo por respeto hacia un muerto y una superstición, pero por alguna razón me angustiaba saber que era así.
Todo esto duró menos de un instante, sin embargo, allí en el reborde, y luego eché a andar con Da hacia el lugar donde habíamos pernoctado. Parecía un corto trecho, y yo andaba despacio temiendo pasarlo por alto. Pero cuando llegamos lo reconocí fácilmente, y sí, había una chimenea en la roca, un orificio estrecho y casi vertical, pero que podría conducirnos cerca de la cima del Cielo, un atajo que el enemigo desconocía.
Nos despojamos del equipo sobrante: la cuerda, que no habíamos usado desde que Fole murió para dejarnos bajar por ella, las mantas, las armas, la lona. Sólo conservé mis astilladores y mi aguja. Debían estar en mi cuerpo cuando yo muriese (aunque por el momento sospechaba que podía terminar la misión con Da y sobrevivir a todo esto; la lanzadera ya debía de estar revoloteando sobre el pico) para demostrar que yo no había infringido la ley; de lo contrario mi nombre sería borrado deshonrosamente de las crónicas y mis camaradas y colegas sabrían que yo había faltado a un compromiso fundamental.
Oímos un rugido de triunfo, y supimos que Stone había muerto y su posición estaba tomada, que nos quedaban a lo sumo diez minutos antes de que nos alcanzaran. Da se puso a patear nuestro equipo para arrojarlo al precipicio, y yo le ayudé. Un ojo avizor aún podía distinguir las huellas de nuestra actividad, pero esperábamos que esto bastara para confundirlos un rato más.
Iniciamos el ascenso por la chimenea. Da insistió en que yo subiese primero; me alzó hacia la fisura, y yo trepé apretando la espalda contra una pared y las manos y pies contra la otra. Luego me detuve y Da, aferrándose de mi pierna, también se encaramó a la grieta.
Empezamos a subir, y la chimenea era más grande de lo que pensábamos, y el cielo más distante. Nuestro avance era lento, y cada movimiento aflojaba rocas que caían en el reborde. No habíamos pensado en ello: los golyny verían caer las piedras, verían dónde estábamos, y a esa altura aún podían alcanzarnos con sus flechas.
Pronto se confirmaron mis temores. Vimos movimiento bajo la chimenea; no logré distinguir detalles, pero incluso en el silencio supe que nos habían descubierto. Seguimos nuestro penoso ascenso. ¿Qué más podíamos hacer?
La primera flecha subió por el conducto. Disparar verticalmente no es fácil, pues hay que olvidar muchos hábitos. Pero el arquero era hábil. Y la tercera flecha hirió a Da, atravesándole la pantorrilla.
—¿Puedes continuar? —pregunté.
—Sí —respondió, y yo seguí trepando, seguido por él. La herida no parecía detenerlo.
Pero el arquero no había terminado, y el séptimo silbido no terminó en un repiqueteo, sino en el ruido pulposo de la piedra mordiendo la carne. Da lanzó un grito involuntario. Desde donde yo estaba no podía ver la herida.
—¿Te han dado?
—Sí. En la entrepierna. Una arteria, creo. Pierdo sangre rápidamente.
—¿Puedes continuar?
—No.
Y usando sus últimas fuerzas se sostuvo con las piernas (lo cual debía de ser desgarrador para sus heridas), cogió el saco con los excrementos de Crofe y lo colgó cuidadosamente de mi pie. En ese lugar estrecho, no era posible hacer otra cosa.
—Te encomiendo —gimió— que lo lleves al altar.
—Podría caerse.
—No se caerá si juras llevarlo al altar.
Y por Da, quien agonizaba herido por una flecha que podía haberme dado a mí, y también por la muerte de Stone, Pan, Fole y, sí, por Crofe, juré que lo haría. Y en cuanto juré, Da se soltó y cayó por el conducto.
Trepé tan deprisa como pude, sabiendo que pronto dispararían de nuevo, y en efecto así fue. Pero yo estaba cada vez más alto, y ni siquiera el mejor arquero podía alcanzarme.
Estaba a sólo doce metros de la cima, sosteniendo cuidadosamente el saco de excrementos, mientras trepaba con movimientos cada vez más dolorosos, cuando caí en la cuenta de que Da y los demás estaban muertos. ¿Qué me impedía soltar el saco, trepar hasta arriba, llamar la lanzadera y abordarla? Era absurdo preservar el contenido de las tripas de un hombre y arriesgar el pellejo para realizar un rito insensato. Mi fracaso no perjudicaría a nadie. Nadie sabría que yo había jurado hacerlo. Más aún, el cumplimiento del juramento podía interpretarse como una interferencia ilícita en asuntos planetarios.
¿Por qué no solté el saco? Algunos afirman que yo estaba loco y creía en esa religión (son quienes afirman que aún creo en ella); pero eso no es cierto. Sabía racionalmente que los muertos no vigilan los actos de los vivos, que los juramentos hechos a los muertos no implican obligaciones, que mi primer deber era hacia mí mismo y la corporación, y no hacia Da o Crofe.
Pero al margen de todo proceso racional, supe que soltar el saco era un acto inicuo. No podía hacerlo sin perder la integridad. Tal vez sea una actitud mística, pero no podía permitirme faltar a mi juramento y seguir viviendo. Con frecuencia he faltado a mi palabra por conveniencia. A fin de cuentas, soy un hombre moderno. Pero en este caso, en ese momento, a pesar de mi afán de supervivencia, no podía mover el pie para soltar el saco.
Después de ese instante de indecisión, no hubo más titubeos.
Llegué arriba exhausto, pero me senté en el borde de la chimenea y cogí el saco que me colgaba del pie. Arquear el cuerpo después de tantos esfuerzos en posición vertical me causó mareo; el saco casi se me deslizó, y estuve a punto de caerme; lo tomé con cuidado y me lo apoyé en las piernas, temblando. Era liviano, asombrosamente liviano. Lo deposité en el suelo y me alejé de la chimenea, me arrastré un par de metros alejándome del borde y miré hacia adelante. El pico estaba a menos de cien metros, y distinguí un altar labrado en piedra. El diseño no me era desconocido, pero serviría para mi propósito, y era el único artefacto visible.
Pero entre el pico y yo había una suave cuesta antes del comienzo del declive que conducía al altar. Todos los declives eran suaves aquí, pero noté que una delgada capa de hielo cubría las rocas. En el momento no comprendí por qué; después los hombres de la lanzadera me explicaron que durante media hora, mientras yo estaba en la chimenea de la ladera oeste, una niebla había rodado sobre la cima del pico, dejando una pátina de hielo antes de que yo saliera a la superficie.
Pero el hielo formaba parte de mi juramento, parte del ritual, y cogí un fragmento, lo partí con el mango de mi aguja y me lo puse en la boca.
Estaba sucio de polvo, pero estaba frío y era agua, y me sentí mejor tras saborearlo. Y sentí un inmenso alivio al haber cumplido parte del juramento. En ese momento no me parecía incongruente la práctica de la magia.
Me incorporé penosamente y eché a andar torpemente por el espacio que me separaba del pico, sosteniendo el saco en las manos y resbalando a menudo sobre el hielo de las rocas.
Oí gritos abajo. Miré hacia allá y vi a los golyny en la ladera sur, a cientos de metros. No podrían llegar al pico antes que yo. Eso me consoló aun cuando lanzaron las primeras flechas para calcular mi posición.
Pronto dieron con ella, y cuando traté de desplazarme al norte para eludir los disparos, descubrí que los golyny de ese lado, alertados por el ruido, también me atacaban.
Había creído que iba tan deprisa como podía, pero eché a correr hacia el pico. Pero al correr resbalaba más, y no avanzaba con más rapidez que antes. Ahora pienso que mi trayectoria irregular, mientras corría y caía sin cesar, quizá me salvó la vida, pues sin duda confundió ajos arqueros.
Una sombra me cubrió dos veces mientras yo iniciaba el último tramo. Tal vez comprendí que era la lanzadera, tal vez no. Aun entonces pude haber optado por el rescate. En cambio, caí de nuevo y solté el saco, que se deslizó varios metros cuesta abajo por el declive sur, donde los golyny estaban a poca distancia y se aproximaban cada vez más (aunque el hielo también les entorpecía el ascenso).
Bajé afrontando las flechas y recobré el saco. Me dieron en el muslo y en el flanco; ese dolor ardiente casi me hizo desmayar de pura sorpresa, como si esas armas primitivas no pudieran dañar a un hombre moderno. El impacto del dolor era pues aún más grande. Pero no me desmayé. Me levanté y reanudé el ascenso; estaba a poca distancia del altar, a pocos pasos, y al fin caí sobre él, manando sangre por las heridas, manchando el suelo y también el altar. Comprendí que así había concluido otra parte del ritual, y cuando la lanzadera se posó a mis espaldas, cogí el saco, lo abrí, extraje el contenido todavía húmedo y embadurné el altar.
Tres hombres de la corporación se me acercaron y, obedeciendo la ley, me inspeccionaron el cinturón para comprobar si la aguja y los astilladores estaban allí. Sólo tras cerciorarse de que no había usado mis armas se volvieron hacia los golyny y arrojaron sus propios astilladores cuesta abajo. Estallaron frente a los enemigos, quienes gritaron aterrados y retrocedieron, rodando y corriendo. No hubo muertos, y hoy lamento que ninguno resbalara y se rompiera la crisma. Pero bastó con esa demostración de poder, pues hasta entonces la corporación no había dado a los golyny una lección de guerra moderna.
Si yo hubiera disparado mi aguja, o si hubiera faltado un astillador, los hombres de la corporación me habrían ejecutado sumariamente. La ley es la ley. Pero, dada la situación, sólo pudieron alzarme y llevarme desde el altar hasta la lanzadera. Pero no me olvidé.
—Adiós, Crofe —dije, y luego, mientras me embargaba el delirio, según me cuentan, también dije adiós a los demás, a cada uno de ellos, cien veces, mientras la lanzadera me llevaba de regreso a la ciudad, de regreso a la seguridad.


A las dos semanas me había recobrado lo suficiente como para recibir visitas, y mi primer visitante fue Pru, jefe titular de la asamblea de Ylymyn. Se mostró muy amable. Me contó en voz baja que, a los tres días de mi retorno, la corporación al fin reveló lo que yo había dicho al solicitar el rescate; los ylymyny habían despachado una partida muy numerosa (y por tanto más segura) para averiguar más. Hallaron los cuerpos mutilados de Fole y el soldado que había caído antes que él; descubrieron el cadáver seco y congelado de Pan; no hallaron rastros de Da ni de Stone, pero llegaron al altar y vieron las manchas de sangre y las manchas de excrementos, y por eso Pru había venido a acuclillarse ante mí para hacerme una pregunta.
—Pregunta —dije.
—¿Dijiste adiós a Crofe?
No me llamó la atención que supiera que habíamos ascendido al pico para honrar a Crofe; sólo él era «Hielo», y por ende digno de ese rito.
—En efecto.
El viejo lloriqueó, hizo una mueca y me cogió la mano, mojándola con sus lágrimas.
Quiso hablar, pero se le quebró la voz y tuvo que comenzar de nuevo:
—¿Le diste compañeros?
No tuve que preguntarle qué quería decir, pues para entonces les comprendía muy bien.
—También dije adiós a los demás.
Los nombré, y él sollozó con más fuerza, me besó la mano y canturreó con los ojos tapados. Cuando hubo terminado, me tocó los ojos.
—Que tus ojos siempre vean detrás del bosque y la montaña —dijo, y me tocó los labios, las orejas, el ombligo y la ingle, y dijo otras palabras. Se marchó, y yo me volví a dormir.


A las tres semanas Tack vino a visitarme y me encontró despierto y desprovisto de excusas para no verle. Esperaba cierta severidad, pero en cambio me sonrió y me tendió la mano. La estreché con gratitud. A fin de cuentas, no iban a juzgarme.
—Mi hombre —dijo—, mi buen hombre. No podía esperar más. Cada vez que intentaba verte, me decían que estabas dormido u ocupado o cualquier otra cosa, pero demonios, la paciencia tiene un límite cuando un hombre revienta de orgullo.
Exageraba como de costumbre, pero el mensaje era claro y halagüeño. Me rendirían pleitesía en vez de deshonrarme; me darían una condecoración y un buen aumento; me nombrarían jefe de enlace de todo el planeta; si de él dependiera, me nombrarían dios.
De hecho, los nativos ya lo habían hecho.
—¿Me han nombrado dios?
—Han realizado festivales y plegarías y celebraciones durante una semana. No sé qué le has dicho a Pru, pero para ellos vales tu peso en oro. Si les dijeras que se lanzaran al mar, te juro que lo harían. ¿No comprendes qué gran oportunidad es ésta? Pudiste haberla pifiado en la montaña, ¿sabes? Un paso en falso y sería el fin. Pero transformaste un desastre potencial, del cual reconozco que no tenías la culpa, en un óptimo punto de contacto con una xenosociedad. ¿Comprendes qué significa? Has de poner manos a la obra en cuanto puedas, hacer firmar los contratos e iniciar la tarea mientras todavía existe este arrebato de afecto por ti. Recuerda al Mesías Blanco que los indios vieron en Cortés... eso es historia, y esta vez has hecho historia, te lo aseguro.
Y continuó hasta que al fin, incapaz de soportarlo más, intenté (en realidad, aún lo estoy intentando) explicarle que lo que había ocurrido en la montaña no era por la corporación.
—Pamplinas. No podrías haber hecho nada mejor por la corporación aunque te hubieras pasado una semana en vela para pensarlo.
Lo intenté de nuevo. Le hablé de los hombres que habían muerto, de mi deuda con ellos.
—Sentimientos. Es bueno que un hombre tenga sentimientos. Arriesgar la vida por ellos no vale la pena, pero estabas cansado.
E intenté de nuevo, tonto de mí, y le expliqué lo del juramento, y de lo que había sentido cuando decidí llevar a cabo mi misión hasta el final. Tack calló, sopesó mis palabras y se marchó.
Entonces comenzaron las visitas de los psicólogos, y aunque me encontraron mentalmente competente (sabían que Tack era propenso a exagerar), cuando solicité que me transfiriesen del planeta hallaron un tecnicismo que me permitía irme sin atentar contra los términos contractuales ni perder salario.
Pero en la corporación se propagaba el rumor de que yo había actuado como un nativo en Worthing, que había practicado un rito arcano que implicaba sangre, hielo, un pico montañoso y la cena a medio digerir de un muerto. Los rumores sobre mi locura no me molestaban. Me molestaban las risas. ¿Cómo pueden contener la risa quienes son incapaces de soñar con el ascenso a la montaña, quienes no conocieron a los hombres que murieron por Crofe y por mí...?
¿Y cómo puedo evitar odiarlos?
Por eso solicito nuevamente mi retiro. Aceptaré media pensión, si es necesario. Aceptaré que no me paguen jubilación, si mis antecedentes quedan limpios. No aceptaré un retiro que me califique como incompetente mental. No aceptaré un retiro que me obligue a vivir en ninguna parte excepto la isla de Ylymyn.
Sé que está prohibido, pero son circunstancias insólitas. Desde luego, allí me aceptarán; me despediré con dignidad; sólo deseo vivir mi vida con gentes que comprenden el honor mejor que nadie que haya conocido.
Sé que es absurdo. Rechazarán ustedes mi solicitud, como han hecho cien veces. Pero pensé que si conocían mi historia, si yo lograba explicar por qué deseo abandonar la corporación, tal vez ustedes comprendieran por qué no he podido olvidar lo que me dijo Pru: «Ahora también eres hielo, y ahora tu alma será libre en el Cielo.» No es la esperanza de una vida después de la muerte, pues no poseo tal esperanza. Es la esperanza de que, cuando muera, hombres honorables se tomen las mismas molestias para decirme adiós.
En rigor, no es esperanza sino certidumbre. Yo, como todo hombre moderno, me he aferrado desde la niñez a un código, a una ley que procuraba infundir un propósito a la vida. Todas las leyes son racionales; todas cumplen un propósito.
Pero en Ylymyn, donde las leyes son irracionales y los propósitos nada significan, encontré otra cosa, lo que está detrás de la ley, aquello que vale la pena aferrar sin que importe la ley, aquello que vuelve sagradas incluso las leyes insensatas. Y en nombre de todo lo sagrado, solicito regresar para aferrarlo de nuevo.

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