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CUENTOS PARA MAYORES
CUENTO EL PEQUEñO TOBRAH (por Joseph Rudyard Kipling )
La cabeza del prisionero no alcanzaba a verse en el banquillo de los acusados, como suelen decir los diarios ingleses. Sin embargo, este caso no lo recogieron los periódicos, porque a nadie le importaba lo más mínimo la vida o la muerte del Pequeño Tobrah.
Los asesores lo estuvieron examinando, durante toda la larga y cálida tarde, en el juzgado rojo, y cada vez que le preguntaban algo él lloriqueaba y hacía zalemas. La sentencia dictaminó que no había pruebas concluyentes, y el juez no puso objeciones. Bien es verdad que el cuerpo sin vida de la hermana del Pequeño Tobrah había sido encontrado en el fondo del pozo, y que el Pequeño Tobrah era el único ser humano que se encontraba entonces en los alrededores, en media milla a la redonda, pero la niña podía haber caído por accidente. Por consiguiente, el Pequeño Tobrah fue absuelto y le dijeron que se podía ir libremente. Este permiso no era tan generoso como parece, porque no tenía adonde ir, ni tampoco nada que comer, y nada en absoluto con lo que vestirse.
Entró corriendo en el patio y se sentó en el brocal del pozo, preguntándose si una zambullida desgraciada en las negras aguas del fondo terminaría en un viaje forzado a través de la otra Agua Negra. Un mozo de mulas dejó un morral vacío encima del brocal, y el Pequeño Tobrah, hambriento, se dispuso a escarbar los pocos granos húmedos que el caballo había despreciado.

–– ¡Ladrón! ¡Y ahora mismo te has librado del peso de la Ley! ¡Ven conmigo! ––dijo el mozo, y agarrándole de la oreja llevó al Pequeño Tobrah hasta un inglés enorme y gordo, que escuchó la historia del robo.
–– ¡Ajá! ––dijo el inglés por tres veces (la verdad es que dijo otra palabra bastante más altisonante) Ponedlo en la red y llevadlo a casa.
Y arrojaron al Pequeño Tobrah a la red del carro, y, sin que dudara ni por un momento de que le iban a matar como si fuera un cerdo, fue conducido a la casa del inglés.
–– ¡Ajá! ––repitió el inglés––. Grano mojado, ¡por Júpiter! ¡Que alguien se ocupe de alimentar al pordiosero y haremos de él un jinete! ¿Lo veis? ¡Grano mojado, Dios santo!
–– Cuéntanos tu historia ––dijo el jefe de los establos cuando hubo acabado la comida y los criados descansaban en sus alojamientos, detrás de la casa––. Tú no eres de la casta de los palafreneros, excepto por lo que respecta a tu estómago. ¿Cómo llegaste a los juzgados, y porqué? ¡Contesta, hijo del diablo!
–– No tenía qué comer ––dijo el Pequeño Tobrah con calma––. Éste es un buen lugar.
–– Habla claro ––dijo el jefe o haré que limpies el establo de aquel semental alazán que muerde como un camello.
-- Somos telis, fabricantes de aceite –dijo el Pequeño Tobrah, rascando el polvo con los dedos de los pies–. Éramos telis..., mi padre, mi madre, mi hermano, que me llevaba cuatro años, yo y mi hermana.
–– ¿La que encontraron muerta en el pozo? –– dijo alguien que había oído hablar del juicio.
–– Eso mismo –dijo el Pequeño Tobrah muy serio–. La que encontraron muerta en el pozo. Hace mucho tiempo, tanto que no me acuerdo, una enfermedad devastó el pueblo donde estaba nuestro molino, y primero fue mi hermana la que se vio atacada en los ojos y se quedó ciega, porque era la mata, la viruela. A continuación, mi padre y mi madre murieron de la misma enfermedad, así que nos quedamos solos..., mi hermano, que tenía doce años, yo, que tenía ocho y la hermana que no veía. Con todo, nos quedaban el molino y el buey, y empezamos a trabajar como antes. Pero Surjun Dass, el vendedor de granos, nos estafó en sus tratos, y además, el buey era muy obstinado y muy difícil de arrear. Pusimos sobre el cuello del buey flores de caléndula como ofrenda a los dioses, y también sobre la gran viga de moler que atraviesa el techo, pero no ganamos nada con eso, y Surjun Dass era un hombre muy duro.
–– Babripap –murmuraron las mujeres de los mozos–, ¡engañar así a unos chiquillos! Pero ya sabemos nosotras lo que son los mercaderes, hermanas.
–– El molino era viejo y no éramos hombres fuer¬tes..., mi hermano y yo, tampoco podíamos fijar bien la viga en sus grilletes.
–– Claro que no –dijo la mujer del jefe de las caballerizas, ataviada magníficamente, uniéndose al grupo–. Eso es trabajo para hombres fuertes. Cuando yo era soltera, en casa de mi padre...
–– Calla, mujer dijo el jefe de las caballerizas–. Sigue hablando, chico.
–– No es nada –dijo el Pequeño Tobrah–. La gran viga se desprendió del techo un día del que ya no me acuerdo, y con el techo se cayó gran parte de la pared de atrás y ambos cayeron a su vez sobre el buey, rompiéndole el espinazo. Así que nos quedamos sin casa, sin molino y sin buey..., mi hermano, yo y mi hermana la que estaba ciega. Nos marchamos llorando de aquel lugar, de la mano, a través de los campos, y sólo teníamos siete annas y seis pais. Había hambre en el país. No me acuerdo del nombre de aquel país. Y una noche, mientras dormíamos, mi hermano cogió las cinco annas que nos quedaban y se largó. No sé adónde fue. Que la maldición de mi padre caiga sobre él. Pero yo y mi hermana fuimos mendigando comida por los pueblos, y no tenían nada para darnos. Todos los hombres nos decían lo mismo:
--Id con los ingleses y ellos os darán. Yo no sabía quiénes eran los ingleses, pero ellos nos dijeron que eran blancos y que vivían en tiendas. Yo seguí caminando, pero no puedo decir adónde fui, y no había comida para mí ni para mi hermana. Y una noche de mucho calor, ella lloraba y pedía comida, llegamos a un pozo, y yo le pedí que se sentara en el brocal, y la empujé, porque, en verdad, no veía, y es mejor morir de una vez que morirse de hambre.
--¡Ay! ¡Ay! –se lamentaban a coro las esposas de los mozos de cuadra–, la empujó, ¡porque es mejor morir de una vez que morirse de hambre!
–– Yo me hubiera arrojado también al pozo, pero ella no murió y me llamaba desde el fondo, y yo tuve miedo y eché a correr. Y vino un hombre desde los sembrados y me dijo que yo la había matado y que había envenenado el pozo, y me llevaron ante el inglés, blanco y terrible, que vivía en una tienda, y él me envió aquí. Pero no había testigos, y es mejor morir de una vez que morir de hambre. Además, ella no veía con sus ojos, y no era más que una niña muy pequeña.

–- No era más que una niña muy pequeña– repetía como un eco la esposa del jefe de cuadras–. ¿Pero quién eres tú, débil como un pájaro y pequeño como un potro de un día, quién eres tú?
–– Yo estaba vacío y ahora estoy lleno dijo el Pequeño Tobrah, estirándose sobre el polvo–. Y voy a dormir.
La esposa del mozo extendió un lienzo sobre él, mientras el Pequeño Tobrah dormía el sueño de los justos.




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