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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO LA ESFERA LUNAR (por Hugo Correa)
A Ray Bradbury...

—¿Vladimir? ¿Vladimir?
Transcurrieron cinco eternos segundos.
—Todo en orden, profesor.
La respuesta llegó como un murmullo casi inaudible.
—¡Felicitaciones, Vladimir! ¡Felicitaciones! Todo el mundo lo felicita por mi intermedio. Es usted el héroe máximo de la humanidad.
—Gracias, profesor. Todavía me parece prematuro. Primero tengo que regresar, ¿no?
El hombre, luego de quitarse las correas de seguridad, se aproximó a la ventanilla de observación. El desierto se extendía hasta lontananza, limitado a la derecha por abruptas cordilleras oscuras. La ausencia de atmósfera acentuaba los duros contornos del granito. Las estrellas, desafiando la luz del día, agujereaban la profundidad de un cielo negro, y el Sol, una ardiente bola de fuego, parecía rodar como una corona de llamas.

Un mundo árido, desnudo de toda vida, acechaba al astronauta. Agudos picachos, en medio del polvo meteórico, como puntas de lanzas paleolíticas, proyectaban largas y afiladas sombras. Recién comenzaba el día de dos semanas: pronto el Mar de las Lluvias reflejaría cien grados centígrados de calor, suficientes para hacer hervir el agua.
¿Qué habría ocurrido con las expediciones anteriores, que alunizaron guiadas por control remoto? Todas —cada una a su turno— enmudecieron bruscamente. ¿Fueron destruidas por bólidos? Difícil parecía que una hora después de su arribo hubiesen sido alcanzadas por aerolitos de tamaño suficiente para destrozarlas.

—Diríjase de inmediato a la estación autómata, Vladimir, y vea que ha ocurrido. Está a menos de diez kilómetros de usted. Comuníquenos con la mayor frecuencia posible el resultado de su exploración. Buena suerte. Recuerde que los poseedores de la Luna serán los dueños del mundo.
La voz lejana del profesor añadió con un tono jocoso:

—Si se encuentra con Jack, dele nuestros saludos.

Horas antes, un cohete tripulado por un perro había descendido en la Luna, también en el Mar de las Lluvias. Así lo afirmaron con alborozo los realizadores de la experiencia, destacando que Jack era el primer hijo de la Tierra en efectuar la hazaña. Pero no existían pruebas confirmando que el animalito hubiese llegado con vida.
La gravedad, seis veces inferior a la terrestre, daba una increíble agilidad de movimientos, a pesar del pesado equipo. El hombre partió con veloces trancos rumbo a la estación. El polvo hollado por sus pies y que reverberaba con inusitada cólera, debió llegar al satélite desde diferentes puntos del Cosmos, después de atravesar el vacío durante años y tal vez siglos. Cosas así no ocurren en la Tierra, porque la mayoría de los cuerpos celestes se volatilizan antes de tocar los continentes. Los pocos que por su volumen logran hundirse en la tierra son esterilizados por la capa de aire que, al convertirlos en una masa ardiente, destruye cualquier vestigio de vida que puedan acarrear. Pero no aquí. Seguramente los aerolitos se fragmentaban al estrellarse, pero su naturaleza permanecía inalterable. Bajo sus pies se desplegaba un muestrario de sustancias venidas desde los más ignotos rincones del Universo. Si alguna forma de vida —determinados seres anaerobios que podían existir en otros mundos— hubiese caído en la Tierra, habría perecido calcinada.

El hombre miró los solitarios y quietos contornos. A trescientos ochenta mil kilómetros sus congéneres proseguían su existencia bajo la techumbre del aire. Él era el primer hombre que sentía abatirse sobre sí el inmenso desamparo del vacío interplanetario.

¿Qué habría ocurrido con los cohetes anteriores? La interrogante se abrió paso en su mente.

Se detuvo. El silencio se personificó en los latidos de su corazón, que resonaban en sus sienes. Tuvo la inequívoca sensación de algo que se aproximaba tras él. Se volvió; un bicho que relampagueaba bajo el sol llegó junto al astronauta con saltos monstruosos. Ahogó una exclamación. Petrificado vio como la bestia restregaba el cuerpo metálico contra sus piernas revestidas por el traje protector. Sobre el lomo del animal se distinguían un emblema y un nombre: Jack.
Incrédulo, el hombre observó la aparición. ¡El perro del país rival acudía a darle la bienvenida!

Vladimir se inclinó sobre el animalito —un fox-terrier embutido en un primoroso traje del espacio— y le acarició con sus guantes de acero. Le pareció palpar la tibieza de su cuerpo. Lo alzó en sus brazos; tras el visor de la diminuta escafandra unos ojos fieles le miraron. Se comunicó con el cohete, que a su vez lo puso en contacto con la Tierra.
—Profesor Petrov: aquí está Jack, el primer ser viviente que ha llegado a la Luna. Lo tengo en mis brazos. Es un héroe. Se encuentra en perfecto estado de salud, aunque al parecer le está escaseando el oxígeno. ¿Cómo habrá conseguido encontrarme?
—Bueno, comunicaremos la noticia a nuestros amigos. Será una gran satisfacción para ellos. Pero usted no se distraiga demasiado con Jack. El tiempo apremia.

Los ojos de Jack seguían observándole tras los cristales azulados. Obedeciendo un repentino impulso, volvió al cohete. Al llegar a sus inmediaciones sus ojos se fijaron en algo que no descubriera minutos antes. El polvo, describiendo espirales que se estrechaban alrededor de la astronave, se veía una huella acanalada. Parecían las ondas concéntricas generadas por una piedra en una laguna, que luego se hubiese petrificado, quedando troqueladas en su quieta superficie.

Jack se agitó en sus brazos, como si quisiera desprenderse. La vista del animal se clavó en el suelo, sobre la señal. Vladimir experimentó una vaga inquietud. La huella, luego de completar la última vuelta —con un radio de unos cien metros respecto a la cápsula—, seguía en línea recta a través de la planicie, perdiéndose a lo lejos. Hizo otro descubrimiento: el rastro, casi imperceptible al lado del proyectil, se ensanchaba de manera progresiva al alejarse de aquél. A unos cincuenta metros de allí medía por lo menos un decímetro de ancho y medio de profundidad, con los bordes levantados y el fondo redondo, como si lo hubiese producido un objeto esférico o cilíndrico que se hubiese deslizado por la planicie.

Las convulsiones del perro cesaron. Se hallaba próximo a morir. El hombre trepó al vehículo del espacio. La atención de Jack le hizo olvidar el descubrimiento. Le dio agua y vitaminas, y cargó sus depósitos con oxígeno. Luego volvió a adaptarle el traje espacial, y se dispuso a abandonar el cohete. El perro pareció engrifarse. Se asomó a la puerta de la cámara neumática pero se negó a saltar a la llanura. Vladimir se dejó caer, salvando con suavidad los cinco metros que le separaban del suelo. Jack lo miraba desde lo alto sin decidirse a imitarlo.

¿Estaría asustado? De nuevo el hombre reparó en los rastros. Miró el llano: nada interrumpía la quietud. Se puso otra vez en marcha hacia la estación.

Había caminado unos doscientos metros cuando, a sus pies, un destello delató la presencia de Jack. El perro se lanzó a correr por el desierto a gran velocidad. Vladimir lo siguió con la vista: Jack recorrió unos cien metros en dirección perpendicular a la suya, con grandes y veloces saltos. Su tosca figura, con los tubos de oxígeno sobre el lomo, le daba la apariencia de un engendro metálico de rara agilidad. De pronto se detuvo y se volvió. El hombre proseguía su camino. Jack repitió la maniobra. Llegó junto a Vladimir, corrió unos metros delante para que lo viese, y partió veloz hacia la izquierda. A eso de una cuadra se detuvo. Sólo a la tercera vez el hombre reparó en la carrera como en algo distinto de un juego.

«¿Qué le pasa al perro?»

Volvió a detenerse. El silencio y la soledad se abatieron sobre el hombre. Jack llegó junto a él, y, una vez más, se alejó corriendo. Entonces Vladimir notó que siempre el perro tomaba la misma dirección: la de las montañas del fondo. Jack frenó en el polvo, en medio de una nubecilla que se deshizo en el abrasado yermo, la cabeza vuelta hacia el hombre.

«Quiere que le siga. ¿Qué habrá en esas montañas?»

Recordó que el animal no quiso al comienzo abandonar la cápsula, como si le tuviese una secreta adversión a la llanura. Recordó también su inquietud al ver la huella. ¿Conocería su origen?
—¿Qué tal, Vladimir? ¿Le falta mucho para llegar a la estación?
—Voy a mitad de camino más o menos, profesor.
—Apresúrese. En cinco horas más alunizará el cohete de abastecimiento. Trataremos que descienda cerca del suyo, para lo cual requeriremos su colaboración. ¿Qué hay de Jack?
—Todavía anda conmigo, profesor.
—Le levantaremos un monumento, Vladimir. Llámeme en cuanto llegue a la estación.

Entretanto el perro completó otras tres carreras, cada vez con mayor velocidad, como si le desesperase la frialdad del hombre.

«Lo que desea es hacerme salir de aquí. Quizás en el mar hay algún peligro.»

Sí, el perro quería huir de la planicie. ¿Por qué? En el horizonte el desierto parecía introducirse en la negrura del espacio. De súbito el hombre se decidió a seguir al perro.

Reflexionó de paso que desde una altura podría descubrir con mayor facilidad los rastros de las anteriores expediciones. Jack corría veloz hacia las montañas, deteniéndose a veces para mirarlo, y reanudar luego sus rápidos brincos. Poco a poco el cohete quedó atrás, apoyado en sus largas patas metálicas. Bruscamente Jack se detuvo. A pesar de su armadura, no quedaba duda: el perro arqueaba el lomo mientras retrocedía, gacha la cabeza, arrastrando sus patas en el polvo. Llegó junto a él; la enigmática huella cruzaba la pradera en dirección a Timocaris, siguiendo una ruta paralela a la que llevaba él minutos antes. Desaparecía a lo lejos en una curiosa perspectiva: sus bordes, a pesar de la distancia, mantenían una separación constante que, en ese punto, debía ser de medio metro. Y la razón era simple: se ensanchaba al proseguir su derrotero.
El hombre no tuvo tiempo para meditar en el enigma. Las carreras de Jack lo obligaron a reanudar la marcha. Ahora sus pies se movían con mayor rapidez; un secreto terror daba celeridad a sus trancos.

Las primeras estribaciones de los Apeninos. Jack ascendió por sus laderas con largos saltos, resbalando a veces en el granito con sus patas metálicas. Emergía la cordillera directamente del arenal, subiendo luego en empinada pendiente. Pronto las montañas se tornaban inaccesibles, con fieras franjas de sombras que les daban un aspecto tétrico. Se erguían por último a enorme altura, con verticales paredes imposibles de escalar.
Jack se detuvo únicamente cuando se consideró a una altura prudente sobre el nivel del mar. Se veía tranquilo. Vladimir contempló la llanura.
—¿Qué hay, Vladimir? ¿Encontró el campamento?
—Todavía no, profesor...

Se interrumpió. Lejos, cerca del cohete, algo se alargaba en medio del polvo. Como si un invisible lápiz fuese trazando una línea que se dirigía recta hacia la astronave. Se le secó la boca.
—¡Vladimir! ¿Qué pasa?
La voz del profesor resonó como un murmullo de élitros.
—¡Profesor! Algo se dirige hacia el cohete. Un objeto invisible que deja un enorme surco...
—¿Cómo? ¿De cuál cohete me habla? ¿Dónde se encuentra usted? ¡Explíquese!
—¡Dios! ¡El cohete se ha tumbado! ¡Desapareció en el interior de la zanja...!
Pero el profesor no lo podía escuchar. Los auriculares enmudecieron. Vladimir, en medio del pánico, comprendió que el proyectil estaba destruido. Ya no retransmitía sus palabras a la Tierra.

El surco, luego de ocultar al vehículo espacial en medio del polvo, describió una curva y enfiló hacia la montaña. ¡Se dirigía hacia donde él estaba! Su velocidad podía estimarse en unos cien kilómetros por hora. Al llegar a unas cinco cuadras de las primeras rocas dejó de avanzar bruscamente, con sus oscuros bordes separados entre sí por unos cincuenta metros.
Desde el Mar de las Lluvias un gigantesco objeto invisible observaba al hombre.
Sintió la mirada del enemigo. Jack se metió entre sus piernas, aterrorizado. Con seguridad sus sentidos le daban una idea inteligible sobre el que allí acechaba, en medio de la más absoluta inmovilidad. Durante cinco minutos la huella permaneció como una serpiente dormida, que se calentase en la hirviente pradera. De pronto rompió su quietud.
Describiendo una curva que la llevó hasta el borde de la montaña, se alejó al interior del mar.
Pronto se [enangostó] y desapareció a gran distancia, detrás de un macizo rocoso.
El hombre y el perro estaban solos. Cerca del horizonte su lejano planeta, en creciente, brillando con intensidad, flotaba en el vacío como una inmensa esfera, todo su perímetro visible por la difusión de la luz en su atmósfera.

Desterrados. Sombrío el hombre comprendió que no podría salir de allí: carecía de medios para avisar a la Tierra. Cuando el cohete de abastecimiento llegase dentro de cinco horas, ya no dispondría de aire. Y al descender en el mar, cerca de los restos de su cohete, el invisible morador del polvo lo destruiría sin remedio.

Miró la huella. ¿Era posible que un ser dotado de inteligencia habitase aquel desierto?

Vladimir bajó a la llanura, seguido con poco entusiasmo por Jack. Pero iba a su zaga, demostrando que el instinto no le advertía un próximo peligro. Sólo cuando se hubo internado algunos metros en el mar notó que el perro se quedaba sobre una alta roca, con la apariencia de un juguete metálico que otease [lontananza]. ¿Cuál podría ser el origen del poblador de la Luna? Una cosa parecía clara: únicamente habitaba los mares. La zanja medía como mínimo media cuadra de ancho, y era tan profunda que dejaba el granito al desnudo, bajo la capa de polvo. El hombre miró en derredor y a Jack: el animal continuaba sobre la misma roca, sin moverse, como un perfecto centinela. De un salto Vladimir cayó al fondo de la huella. La piedra hendida: de ese detalle podría podía colegirse el peso del objeto. Su cohete debió quedar reducido a una delgada lámina de metal adherida a la roca; de ahí la explicación del repentino silencio de las anteriores expediciones. Sus restos debían yacer en el fondo de aquellas grietas, estampados en el granito. Si no hubiese sido por Jack también él estaría reducido a una fina hoja, mezclado con los despojos de su astronave.

Los contornos de la cuneta, de unos diez metros de alto, bien apisonados, revelando su curvatura la forma del autor. Trató de imaginarlo. Su esfericidad le permitiría desplazarse por algún sistema de polarización magnética, a grandes y variables velocidades. La actual huella debía ser la continuación de la que descubriera junto a su cápsula de viaje. Recordó que, luego de describir innumerables espirales, se internaba en la llanura ensanchándose progresivamente. Recordó también que en todo el territorio abarcado por su vista desde la montaña no existían restos de la marca. ¿Por qué? Si un ser de gran tamaño acostumbraba rodar por los mares, ¿cómo no dejó una profusión de rastros estampados en el polvo? La explicación era simple: la esfera sólo se originaba en determinadas circunstancias. ¿Cuándo?

Cuando un objeto desconocido caía en los mares.
En ese instante una sombra alunizó a sus pies, despidiendo destellos metálicos: Jack.
El animalito saltaba de un lado para otro, trepaba al farallón, volvía a bajar, dando inequívocas señales de invitar al hombre a seguirlo. Vladimir comprendió: el enemigo se aproximaba. Miró el vecino horizonte, en dirección al lugar donde la hendidura desaparecía.

Sombreada por sus propios bordes, la grieta parecía una obra de la industria humana.

Entonces, a través de sus plantas metálicas, captó una ligera vibración, que aumentaba con bastante velocidad. De un saltó salió del canal. En breves segundos estuvo en la ladera de granito. Siguió alejándose; temió que la esfera saliera del mar en su persecución. El aquietamiento del perro demostraba que aquel temor no existía. Pero no obstante que el animal dejó de saltar y correr en cuanto hubo abandonado la planicie, se pegó a las piernas del hombre demostrando a las claras un indecible error. La huella seguía allí sin variaciones aparentes. Los pies de Vladimir aún captaban la vibración, ya un poco apagada. O sea, la esfera disminuía la velocidad. Entonces los ojos del terrestre presenciaron un insólito hecho: lentamente la huella se bifurcó, y una de sus ramas se alargó hacia la cordillera. El pesado e invisible objeto abría el polvo, levantando a ambos lados dos pestañas que temblaban con suavidad.

Por segunda vez Vladimir comprendió que algo dotado de vida —de una vida inconcebible para los humanos— lo observaba desde la pradera. Había vuelto en su búsqueda, utilizando la misma senda que abriera minutos antes, lo que demostró al hombre algo más: el enemigo «supo» que él se hallaba en el mar. Trató de sorprenderlo. Otra vez la intervención de Jack le salvó la vida. Comprendió las causas de sus presentimientos, cuando marchaba por la planicie. En el polvo lunar existía quizá un organismo anaerobio disgregado en células, esparcido a través de todos los mares del satélite, capaz de detectar la presencia de los intrusos. Aún más: aquel organismo no reaccionaba frente a los aerolitos, o sea, distinguía un cohete de un bólido. ¿Quizá por el pausado descenso de aquél? Vladimir imaginó la gestación de la esfera, mientras observaba el final de la gigantesca huella, donde debía hallarse en ese instante el enigmático ser, acechándolo desde la quietud del desierto. Al descubrir la presencia de un cohete, cuyas radiaciones palpaban desde lejos —los mares podían concebirse como verdaderas pieles—, las células originaban un organismo describiendo espirales en el lugar del próximo selenizaje. Al avanzar adquiría volumen, por la adhesión de nuevas partículas, como una bola de nieve que se agranda al rodar por una falda nevada. Sólo cuando su tamaño y peso eran de fenomenales proporciones, volvía al ataque para destruir a los invasores. ¿Qué armas podrían utilizar contra ella? Era otra forma de vida, sin nada en común con la humana, con una inteligencia distinta, estimulada por otras inquietudes; debió comprender que los cohetes fueron construidos por seres racionales. Sin embargo los destruyó.

El cohete de Jack, tumbado junto a un empinado paredón, en plena montaña, al fondo de un ancho desfiladero. Vladimir lo revisó con rapidez, descubriendo a la primera ojeada que los cables que conectaban el generador con el equipo electrónico habían sido cortados por un meteorito. La puerta —que permitió al perro saltar a la Luna— se abría en forma automática una vez que el vehículo aterrizaba, poseyendo para el efecto un pequeño acumulador de energía. Vladimir comenzó la ardua tarea de volver a unir los delgados filamentos. Realizaba la labor guiado por su instinto técnico, en medio del indescriptible hacinamiento del sistema de cables. El oxígeno comenzó a escasearle. Sin perder la calma prosiguió su trabajo, animado por el vital impulso que el buen éxito de aquel daría un sentido práctico a su sacrificio. Trabajó durante una hora. Por último, desesperado —la asfixia se anunciaba por un estado eufórico, prueba evidente de la embriaguez del nitrógeno—, captó con su receptor de radio una débil señal. Frenético, utilizando su propia clave, transmitió su mensaje. Esperó. Desde la Tierra llegó una prolongada nota musical. Sus palabras habían sido escuchadas.

El hombre, ya muy débil, recogió el cuerpo de Jack, que descansaba sin vida entre los guijarros, y con gran ternura lo depositó en el cohete. Luego se alejó a prudente distancia.

Aguardó en posición firme. Desde la Tierra, nerviosos dedos oprimieron un botón. Las toberas expulsaron chorros de fuego, que pusieron incandescente el granito. Con rapidez el pequeño cono se elevó en el vacío. El hombre sonrió apenas. Cayó a tierra. Con un gran esfuerzo se incorporó.

—Adiós, compañero —dijo en voz baja.

Las llamas se achicaban veloces en el espacio. Pronto se confundieron con el fulgor de las estrellas.

F I N




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