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CUENTOS INFANTILES
CUENTO KIKIRIKí (por Elsa Bornemann)
Desde las alturas, el piloto, los demás tripulantes y el pasaje del pequeño avión que está por aterrizar en el aeródromo de Villa Surubí, ven —como si fuera una postal— el pueblito entero con el río sobre uno de sus límites.

El avión sobrevuela dos veces la zona, mientras la azafata se apresura a servir sidra para festejar un acontecimiento. Se advierte que todos están contentos.
Atardecer de sábado ése en el que los once o doce pasajeros de la aeronave regresan a sus pagos para votar.
Al día siguiente se van a realizar las elecciones para elegir el nuevo intendente de Villa Surubí.
Entretanto, en una de las casas del pueblo, Don Venancio Gallo está celebrando una animada reunión con parientes, amigos y simpatizantes de su partido político. Él es candidato de una de las tres agrupaciones que se disputan la intendencia.
Don Venancio Gallo se siente muy feliz y no es para menos. Es el favorito de las encuestas. La mayoría de los vecinos ha declarado que le dará su voto.
A pesar de que es la primera vez que él se ofrece para un puesto como funcionario, nadie duda de que es un ejemplo de trabajo y honestidad.
¿Por qué —dicen— si su tambo es uno de los más prósperos de la localidad, si su familia es un modelo, si no se le conocen vicios, no va a ser capaz de cumplir con una intendencia «de lujo»?
Y dicen más, risueñamente: Hasta el apellido lo pinta tal como es. Siempre sospechamos que Don Venancio se levanta a trabajar antes de que se oigan los primeros kikirikís...

El domingo de elecciones se desarrolla normalmente y mucho antes de que se finalice con el recuento de los votos, todo el pueblo sabe que Don Venancio Gallo será el nuevo intendente. A los gritos de «¡Kikirikí!, ¡Kikirikí!, ¡Kikirikí!», tocando bocinas y arrojando papelitos, grupos de jóvenes recorren las calles principales en un alborotado anticipo de su triunfo.

Cerca de esa misma medianoche, Don Venancio Gallo es llevado en andas hasta el edificio de la intendencia.
En la plaza que la enfrenta, casi todo el pueblo lo aclama y le reclama que hable.
Emocionado, se asoma entonces el intendente electo a una de las ventanas principales de la municipalidad.
Suena a vuelo la única campana de la iglesia de la otra cuadra.
Redoblan los bombos y los cantitos de adhesión ponen la nota de humor en la noche:

¡Kikirikí, Kikirikí,
ya es intendente de Surubí!

—¡Que hable! ¡Que hable! —vuelven a pedirle.
Don Gallo solicita entonces que vaya cesando la algarabía, «que ya es demasiado tarde, amigos, para discursos, que por hoy sólo me resta agradecerles, de corazón, su apoyo, que vayan a dormir y que buenas noches».
La gente no se da por vencida e insiste. Después de una jornada como aquélla hay cierta resistencia para dar por terminados los festejos.
Es entonces cuando —mientras repican los doce talanes desde la iglesia— Don Gallo parece acceder y vuelve a hablar.
Pero concluye no bien se apagan en el aire los ecos de la última campanada:

— Les repito que ya es demasiado tarde, queridos amigos. A dormir ya y a madrugar que «al que madruga, Dios lo ayuda». El mundo está organizado, sanamente, de día, en horas diurnas desde la prehistoria. Nada bueno oculta la noche. El próximo domingo a las cinco de la mañana, cuando asuma mi cargo, pronunciaré el discurso correspondiente. Nuevamente gracias y buenas noches.
El público se va desconcentrando pacíficamente pero con un poco de decepción por el apresurado fin de fiesta y otro poco de desconcierto.
—¿A las cinco de la mañana dijo que va a jurar como intendente?
—Sí... ¡Un discurso a las cinco de la mañana del domingo!
—¿Qué es eso de «la prehistoria»?
—Y... será para ahorrar energía eléctrica.
—¡En la prehistoria no existía la luz artificial, por eso aprovechaban las horas diurnas al máximo!
—Bueno, tampoco es para que se ande derrochando...
—¿Quién habló de derroche? «Organizado sa¬namente de día», recalcó.
—Yo me pregunto qué habrá querido decirnos con eso de que nada bueno oculta la noche...
La noche...
Ah... Si los habitantes de Villa Surubí hubieran podido adivinar , momentos antes, de qué modo Don Gallo desprestigia la noche...
Se van enterando paulatinamente, después del primer discurso oficial desde la municipalidad y de todos los que le siguen después, enseguida impresos en carteles que empapelan —como a salones— las paredes del pueblo. También son reproducidos, hasta el cansancio, a través de la única radioemisora de Surubí.
Y en todos los discursos, en todos, Don Gallo hace principal hincapié en el desprestigio de la noche, porque...

—«¡Al que madruga Dios lo ayuda!»
(—«¡No por mucho madrugar amanece más temprano!» —comienza a refunfuñar la población.)
—¡La mañana me rinde, yo le saco provecho!
(—Nosotros estamos rendidos a la mañana, agotados... —piensan los empleados que cumplen largos horarios nocturnos.)

Las cosas no pasarían a mayores si el Intendente, en uno de sus habituales discursos, no asegurara, como lo hace, que:
¡El sol alumbra a Los justos y a los verdaderos trabajadores! ¡Refugio de perezosos, de holgazanes, de ociosos, son las inquietantes sombras de la noche! ¡El mundo le pertenece a los gallos!
Ah... eso sí que ya es demasiado para soportar sin quejarse algunos, ni rebelarse otros...
Y algunos y otros, la gran legión de trabajado¬res nocturnos, hace entonces escuchar su voz.
Es así como el Intendente tiene que escuchar las protestas de
— los serenos de la villa...
— los médicos, enfermeros y todo el personal de guardia del hospital...
— la policía...
— los locutores...
— los operadores de la cooperativa telefónica y de la radio...
— los artistas que necesitan la serenidad, la soledad y el silencio de la noche para poder crear lo que tal vez no les permiten o no pueden de día...
— los pilotos...
— los periodistas que preparan las ediciones matutinas de los diarios...
— los pescadores...
— los maquinistas del ferrocarril...
—... y hasta las del Padre Severino, del Servicio Sacerdotal de Urgencia de la Parroquia, que atiende las veinticuatro ho¬ras de cada jornada...
—... y de toda la gente sensata, noctámbula y/o madrugadora o no, de Villa Surubí.
Ofendidos están. Irritados, muy. Y con razón.
La luna, ofendidísima.
¿Qué pensamiento tan pavo es aquel en el que se empecina Don Gallo?
¿Acaso alguien le falta el respeto a él, porque, desde jovencito, dedica todas sus energías para el trabajo a partir de las primeras luces de la mañana?
¿Acaso lo obligan a desempeñarse durante horas que no son adecuadas para sus labores pero sí para las de otros seres? ¿Acaso no ocurren, lamentablemente, asuntos desdichados en cualquier instante de las dos docenas de horas diarias?
Y para terminar con esta serie de acasos, ¿acaso no puede llegar la noche entrada en que a él mismo le toque recurrir a algún servicio nocturno de su comunidad?
Sí. La hora menos pensada por el Intendente se le presenta exactamente un domingo a las tres de la madrugada.
A través de una humareda en su casa se le presenta.
Por descuido de uno de sus hijos, que se queda dormido mientras estudia en su cuarto y el cigarrillo encendido cae sobre un almohadón. En pocos minutos, el fuego se propaga por una parte de la casona y amenaza con extenderse más aún. Inútiles los esfuerzos que hacen Don Gallo, su mujer, sus cinco hijos y todos los peones del tambo, en su intento por sofocarlo a baldazos.
Vale aclarar que el Intendente ha telefoneado al cuartel de bomberos, a la comisaría, al hospital y hasta al padre Severino, no bien olió el peligro. Sin embargo, tiene poquísimas esperanzas de que lo asistan, tan indiferentes parecieron escuchar sus gritos de socorro.
Además, todos le recordaron aquellas palabras suyas, al preguntarle:

— ¿Cómo podemos ayudarlo si somos perezosos, holgazanes, ociosos? El mundo está organizado, saludablemente, en horas diurnas... Nada bueno oculta la noche...

No obstante, apenas cesan los desesperados pedidos de auxilio de Don Gallo, autobombas, coches policiales, ambulancias y bicicleta del Padre Severino salen de urgencia rumbo al tambo del Intendente.
Por fortuna llegan bien a tiempo y todo no pasa de un gran susto.

Ah, pero está en un error quien supone que Don Gallo modifica sus raros pensamientos acerca de la noche, que se arrepiente de tantas pavadas como dijo, después de sufrir el incendio. Nada que ver.
Lo único que hace es renunciar, de inmediato, al cargo de Intendente, más convencido que nunca de que nada bueno oculta la noche. La ultima oración de su carta de renuncia dice:
“¿Acaso este desgraciado incendio no se produjo en horas nocturnas?”




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