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CUENTOS CLáSICOS
CUENTO LOS TRES DESCONOCIDOS (por Tomas Hardy)
Entre los pocos rasgos de la Inglaterra agrícola que conservan un aspecto apenas transformado por el transcurso de los siglos pueden contarse las extensas dunas, barrancas o pastizales de ovejas, como son llamadas según su género, que, pobladas de hierba y de retama, ocupan una gran superficie de terreno en ciertos condados del sur y del sudoeste. Si se encuentra en ellas algún signo de ocupación humana, es, por lo general, bajo la forma de la cabaña solitaria de algún pastor.
Hace cincuenta años, una de esas cabañas solitarias estaba en una de esas dunas, y es muy posible que todavía esté allí ahora. A pesar de su aislamiento, el lugar, de hecho, no distaba tres millas de una ciudad rural. Pero de poco le servía. Tres millas de terreno elevado e irregular, durante las largas estaciones hostiles, con sus temporales, nieves, lluvias y nieblas, proporcionan un margen de retirada suficiente para aislar a un Timón o a una Nabucodonosor; mucho menor durante el buen tiempo, para complacer a esa tribu menos repelente, los poetas, filósofos, artistas y demás, que "imaginan y meditan acerca de cosas agradables".
En la construcción de estas viviendas desamparadas se suele aprovechar algún viejo campamento o túmulo de tierra, algún grupo de árboles o, al menos, algún trozo derruido de una antigua valla. Pero en el presente caso, tal clase de cobijo había sido desechado.

"Higher Crowstairs", como se llamaba la casa, estaba totalmente aislada y carecía de defensas. La única razón de su preciso emplazamiento parecía ser el cercano cruce de dos senderos en ángulo recto, que muy bien pueden llevarse cruzando así y allí, sus buenos quinientos años. Por consiguiente, la casa estaba expuesta a los elementos, por sus cuatro costados. Pero aunque aquí arriba el viento soplaba de manera inconfundible cuando soplaba, y la lluvia calaba hondo cuando caía, los diferentes tiempos de la estación invernal no eran tan hostiles en la duna como los habitantes de tierras más bajas suponían. Las crudas escarchas no eran tan perniciosas como en las depresiones, y las heladas probablemente no resultaban tan severas. Cuando se compadecía al pastor que arrendaba la casa, y a su familia, por estar sometidos a las intemperies, decían que, en conjunto, las ronqueras y las flemas les molestaban menos que cuando habían vivido junto al torrente de un abrigado valle cercano.

La noche del 28 de marzo de 1829 era precisamente una de aquellas noches que solían provocar estas expresiones de contemplación. La lluvia de la tormenta, que caía sesgada, batía los muros, las pendientes y los vallados como las flechas de una vara de longitud de Senlac y Crecy. Las ovejas y demás animales, sin refugio, aguantaban fuera con las sacudidas del viento; mientras las colas de los pajarillos que trataban de sostenerse sobre alguna delgada espina se abrían y cerraban como paraguas, azotadas por el vendaval. El hastial de la cabaña estaba manchado de humedad, y el agua que resbalaba desde los aleros golpeaba la pared. Pero nunca fue la conmiseración por el pastor menos adecuada. Porque aquel alegre rústico estaba dando una gran fiesta para celebrar el bautismo de su segunda hija.
Los invitados habían llegado antes de empezar a llover, y ahora estaban todos reunidos en la habitación principal o sala de estar de la morada. Una ojeada al lugar, a las ocho en punto de esta noche llena de acontecimientos, habría dado como resultado la opinión de que aquel era el rincón más cómodo y acogedor que se podría desear en un día de tiempo turbulento. La vocación del inquilino estaba indicada por una serie de cayados de pastor, muy pulidos, colgados encima de la chimenea, a manera de adorno; la curva de cada resplandeciente cayado era distinta: desde el tipo anticuado, del que había grabados en las ilustraciones patriarcales de las viejas Biblias familiares, hasta el estilo más aceptado de la última feria local de ganado. La habitación estaba iluminada por media docena de bujías, cuyas mechas eran sólo un poco más pequeñas que el sebo que las envolvía, puestas en unos candeleros que no se utilizaban más que en días señalados, fiestas de guardar o fiestas familiares. Las luces estaban esparcidas por el cuarto, dos de ellas colocadas sobre la repisa de la chimenea. La colocación de las bujías era en sí significativa: las bujías sobre la repisa de la chimenea siempre indicaban que había fiesta.
En el hogar, delante de un tizón, puesto al fondo para dar sustancia, resplandecía un fuego de espinos, que crepitaba "como la risa de los locos".
Diecinueve personas estaban allí reunidas. De estas, cinco mujeres, que lucían vestidos de variados y vivos colores, se habían sentado en sillas a lo largo de la pared; muchachas tímidas y no tímidas se apiñaban en el banco de la ventana; cuatro hombres, entre ellos Charley Jake, el carpintero; Elijah New, el sacristán de la parroquia, y John Pitcher, un lechero de la vecindad, suegro del pastor, estaban repantigados en un banco largo; un joven y una mocita, que se sonrojaban en sus tentativas de pourparlers acerca de una vida en común, estaban sentados debajo de la rinconera; y un hombre entrado en años (de cincuenta o más), prometido con una joven, iba sin descanso de los lugares en que su novia no estaba, al lugar en que ella se hallaba. La alegría era bastante general, y tanto más prevalecía al no verse estorbada por restricciones convencionales. La total confianza de cada uno en la buena intención del otro engendraba una perfecta naturalidad, mientras que las acabadas maneras, que daban pie a una serenidad verdaderamente principesca, procedían en la mayoría de ellos de la ausencia de toda expresión o rasgo que denotase que deseaban triunfar en la vida, ampliar sus conocimientos o hacer algo deslumbrante, cosas que en la actualidad cortan con tanta frecuencia el brote y la bonhomía de todo el mundo, a excepción de los dos extremos de la escala social.
El pastor Fennel había hecho una buena boda; su mujer, hija de un lechero de un valle no muy cercano, había traído cincuenta guineas en el bolsillo y las había guardado allí hasta que hubieran de ser requeridas para satisfacer las necesidades de una familia venidera. Esta previsora mujer tenía ya alguna experiencia en relación con el carácter que se le debía dar a la fiesta. Una reunión en la que los invitados permanecieran tranquilamente sentados tenía ya sus ventajas; pero una imperturbable quietud en las sillas y en los bancos podía conducir a los hombres a una desmesura tal en la bebida, que a veces se bebían prácticamente la casa entera. Una fiesta con baile era la alternativa, mas... si bien eliminaba el anterior reparo en cuestión de bebida, tenía, en cambio, una desventaja en cuanto a la comida, pues el ejercicio provocaba hambres famélicas que hacían estragos en la despensa. La pastora Fennel recurrió a la solución intermedia de alternar bailes cortos con breves períodos de charla y canciones, para impedir así todo entusiasmo desenfrenado en cualquiera de los dos. Pero esta idea funcionaba exclusivamente en su propia y moderada cabecita: el mismo pastor se sentía inclinado a hacer gala de la más despreocupada hospitalidad.
El violinista era un muchacho de la región, de unos doce años, que tenía una maravillosa destreza para las gigas y los reels , a pesar de que sus dedos eran tan cortos que tenía que cambiar de postura constantemente para llegar a las notas altas, de las que regresaba a la primera postura a duras penas y con sonidos que no eran de una absoluta pureza de tono. A las siete había empezado el estridente forcejeo de este jovencito, acompañado por los bajos atronadores de Elijah New, el sacristán de la parroquia, que, previsoramente, se había traído su instrumento musical favorito, el serpentón. El baile comenzó de inmediato, encargando la señora Fennel a los músicos, en privado, que de ninguna manera permitiesen que durara más de un cuarto de hora cada vez.
Pero Elijah y el muchacho, dejándose llevar por el entusiasmo de su quehacer, se olvidaron por completo de la orden. Además, Oliver Giles, joven de diecisiete años y uno de los bailarines, que estaba enamorado de su pareja —una chica rubia de treinta y tres ajetreados años— con gran osadía había entregado a los músicos una moneda de nueva corona, a manera de soborno, para que siguieran tocando mientras tuviesen fuerzas y aliento. La señora Fennel, al ver que el sudor empezaba a asomar a los semblantes de sus invitados, cruzó la habitación y tocó en el codo al violinista, al tiempo que ponía una mano en la boquilla del serpentón. Pero no se dieron por enterados, y ella, temiendo poder perder su imagen de anfitriona complaciente si intervenía de manera demasiado brusca, se retiró y se volvió a sentar, impotente. Y así la danza siguió zumbando con cada vez más furia, los ejecutantes moviéndose como planetas en sus trayectorias, hacia adelante y hacia atrás, de apogeo a perigeo, hasta que la aguja del maltratado y viejo reloj que estaba al fondo de la habitación hubo viajado por espacio de más de una hora.
Mientras estos alegres sucesos tenían lugar dentro de la morada pastoril de Fennel, un incidente que tiene considerable relación con la fiesta había ocurrido fuera, en la lóbrega noche. La inquietud de la señora Fennel por la creciente violencia de la danza coincidía en el tiempo, con la aparición de una figura humana, procedente de la dirección de la lejana ciudad rural, por la solitaria colina que llevaba a Higher Crowstairs. Este personaje andaba a zancadas, sin pausa, a través de la lluvia, siguiendo la poco hollada senda que, en una parte más avanzada de su curso, pasaba junto a la cabaña del pastor.
Era casi la hora de luna llena, y por esta razón, a pesar de que el cielo estaba cubierto por una uniforme sábana de nubes que goteaban, los objetos más conocidos del campo eran fácilmente distinguibles. La triste luz macilenta revelaba que el solitario caminante era un hombre de complexión flexible; su forma de andar indicaba que había dejado algo atrás la edad en que la agilidad es perfecta e instintiva, aunque no tan atrás como para que sus movimientos fuesen otra cosa que rápidos cuando la ocasión lo requería. A primera vista podría tener unos cuarenta años. Parecía alto, pero un sargento de reclutamiento u otra persona acostumbrada a calcular a ojo la altura de la gente habría notado que tal apreciación se debía sobre todo a su delgadez, y que no medía más de cinco pies y entre ocho y nueve pulgadas.
No obstante la regularidad de sus pisadas, había cautela en ellas, como en las de alguien que tantea mentalmente el camino; y a pesar de que no llevaba puesto un abrigo negro ni ningún otro tipo de prenda oscura, había algo en torno a él que sugería que pertenecía, por naturaleza, a la tribu de hombres que llevan abrigo negro. Sus ropas eran de fustán, y sus botas, de tachuelas; y, sin embargo, mientras avanzaba, no parecía tener los pasos acostumbrados al barro, como era habitual en la gente de campo que viste fustán y calza botas con tachuelas.

En el momento de llegar a las posesiones del pastor la lluvia caía, o más bien volaba, con aún más resuelta violencia. Las inmediaciones del pequeño lugar amortiguaban parcialmente la fuerza del viento y de la lluvia, y esto le indujo a detenerse. De las construcciones caseras del pastor, lo que más atraía la atención era una pocilga vacía en la esquina delantera del jardín abierto, pues en estas latitudes, era desconocido el principio de esconder tras una fachada convencional las partes más feas del edificio. La mirada del viajero se fijó en esta construcción, a causa del pálido brillo de las lastras de pizarra mojadas que lo cubrían. Se acercó y, al encontrarlo vacío, se refugió debajo del cobertizo.
Mientras estaba allí, el estruendo del serpentón en el interior de la casa vecina y las más tenues melodías del violinista llegaron hasta el lugar, como un acompañamiento del silbido ondulante de la lluvia voladora cayendo sobre la hierba, batiendo con mayor fuerza sobre las hojas de col del jardín y sobre las cubiertas de paja puestas encima de ocho a diez colmenas de abejas, que apenas se divisaban desde la senda; el agua goteaba desde los aleros sobre una hilera de cubos y cacerolas colocados junto a los muros de la cabaña. Sí, pues en Higher Crowstairs, como en todo hogar de elevado emplazamiento, la gran dificultad para los quehaceres domésticos era la insuficiencia de agua; y se aprovechaba la caída de una lluvia repentina para sacar todos los utensilios que hubiera en la casa y utilizarlos de recipientes. Se podrían contar algunas historias curiosas acerca de los inventos que para economizar agua al lavarse y al fregar los platos se tienen que hacer en las viviendas de las tierras altas durante las sequías del verano. Pero en esta estación no había tales problemas; aceptar simplemente lo que los cielos otorgaban era suficiente para tener una abundante provisión.
Por fin, cesaron las notas del serpentón y el silencio se hizo en la casa. Este cese de actividad despertó al caminante solitario del ensueño en que se había dejado sumir, y saliendo del cobertizo, aparentemente con un nuevo propósito, fue hasta la puerta de la casa. Una vez allí, su primera acción fue arrodillarse sobre una gran piedra que había junto a la fila de recipientes y beber un copioso trago de uno de ellos. Apaciguada su sed, se incorporó y levantó la mano para llamar, pero se detuvo con la mirada en la puerta. Puesto que la oscura superficie de madera no revelaba nada en absoluto, era evidente que tenía que estar mirando con su imaginación a través de la puerta, como si deseara así calcular las posibilidades que una casa de este tipo podría ofrecerle y prever las reacciones que su presencia podría suscitar.
En su indecisión, se volvió y examinó el panorama que había a su alrededor. No se veía un alma por ninguna parte. La senda del jardín se extendía desde sus pies hasta abajo, lanzando destellos, como si fuera el rastro dejado por un caracol; el tejado del pequeño pozo (casi seco), la tapa del pozo, la barra superior de la portezuela del jardín, estaban barnizados por la misma capa líquida deslucida; mientras, a lo lejos, en el valle, una débil blancura que ocupaba una extensión más que corriente, mostraba que los ríos corrían caudalosos en las praderas. Más allá, luces turbias parpadeaban a través de las gotas de lluvia; luces que indicaban la situación de la ciudad rural, de donde él parecía haber venido. La ausencia de todo signo de vida en aquella dirección pareció reafirmarle en sus propósitos, y llamó a la puerta.
Dentro, una charla desinteresada había sustituido a la música y al movimiento. El carpintero estaba proponiendo a la compañía cantar una canción, y nadie en aquel instante se había ofrecido para empezar, de modo que la llamada proporcionó un motivo de distracción que no fue mal recibido.
—¡Adelante! —dijo el pastor, cumplidamente.
El picaporte se movió hacia arriba, y nuestro caminante, saliendo de la noche, apareció sobre el felpudo. El pastor se puso en pie, despabiló las dos bujías que tenía más a mano y se volvió para mirarle.
La luz de las bujías dejó ver que el desconocido era moreno y de facciones más bien agraciadas. El sombrero, que mantuvo puesto por un momento, le caía sobre los ojos, pero no ocultaba que estos eran grandes, abiertos y decididos y que se movían más con un relampagueo que con un destello, a lo largo y ancho de la habitación. Pareció complacido con su inspección y, descubriéndose la cabeza peluda, dijo con voz cálida y profunda:
—La lluvia es tan espesa, amigos, que pido permiso para entrar y descansar un rato.
—Cómo no, forastero —dijo el pastor—. Y a fe que ha tenido usted suerte al escoger la ocasión, porque estamos celebrando una pequeña fiesta por un feliz motivo, aunque, desde luego, un hombre difícilmente podría desear que ese feliz motivo tuviera lugar más de una vez al año.
—Ni menos —dijo una mujer—. Porque cuanto antes empieces y acabes con la familia, antes te quitarás un buen peso de encima.
—¿Y cuál es ese feliz motivo? —preguntó el desconocido.
—Un nacimiento y un bautismo —contestó el pastor.
El desconocido dijo que esperaba que su anfitrión no llegara a ser desdichado ni por muchos ni por demasiado pocos acontecimientos de aquella índole y, al ser invitado con un ademán, a tomar un trago del pichel, aceptó de buena gana. Sus maneras, que antes de entrar habían sido tan vacilantes, eran ahora, por el contrario, las de un hombre cándido y despreocupado.
—Tarde para estar rodando por esta barranca ¿eh? —dijo el hombre de cincuenta años que estaba prometido a una joven.
—Tarde es, amigo, como dice usted. Tomaré asiento en el rincón de la chimenea, si no tiene usted inconveniente, señora; estoy un poco mojado por el lado que más cerca estaba de la lluvia.
La señora del pastor Fennel asintió e hizo lugar para el recién llegado, el cual, tras encajonarse de lleno en el rincón de la chimenea, estiró las piernas y los brazos, con la desenvoltura del que se siente como en su propia casa.
—Sí, necesito un buen remiendo —dijo con franqueza al ver que los ojos de la mujer del pastor se habían posado sobre sus botas—, y tampoco voy muy acicalado que digamos. He tenido una mala racha últimamente y me he visto obligado a ponerme lo que he podido encontrar por ahí, pero tengo que conseguir un traje de a diario que me siente mejor cuando llegue a casa.
—¿Su casa es alguna de las de por aquí?
—No exactamente...; está algo más lejos, más hacia el interior.
—Eso me suponía. Pues de por ahí soy yo; y por el acento calculo que debe ser usted de mi vecindad.
—Pero difícilmente habrá oído hablar de mí —dijo él rápidamente—. Ya ve usted que mis tiempos fueron muy anteriores a los suyos, señora.
Este homenaje a la juventud de la anfitriona tuvo el efecto de interrumpir el interrogatorio.
—Sólo me falta una cosa para ser feliz del todo —prosiguió el recién llegado—. Y es un poco de tabaco que, lamento decirlo, se me ha acabado.
—Le llenaré la pipa —dijo el pastor.
—Tengo que pedirle que también me deje una pipa.
—¿Un fumador que no lleva pipa?
—Se me cayó en algún lugar del camino.
El pastor llenó una pipa nueva de arcilla y se la alcanzó, al tiempo que decía:
—Déme su tabaquera. Se la llenaré también, ahora que estoy en ello.
El hombre se puso a buscar en los bolsillos.
—¿También se le ha perdido? —preguntó su anfitrión con cierta sorpresa.
—Eso me temo —dijo el hombre, con alguna confusión—. Póngamelo en un rollo de papel.
Encendió la pipa con una vela y le dio una chupada que aspiró toda la llama en la cazoleta; se volvió a acomodar en el rincón y dirigió su mirada hacia el leve vapor que despedían sus piernas húmedas, como si ya no quisiera decir nada más.
Entretanto, la masa de los invitados, en general, no había prestado mucha atención al visitante, a causa de una absorbente discusión que habían estado sosteniendo con la banda acerca de la canción para el siguiente baile. Resuelto ya el problema, estaban a punto de levantarse para empezar, cuando tuvo lugar una interrupción en la forma de otra llamada a la puerta.
Al oír el ruido de los golpes, el hombre del rincón de la chimenea aferró el atizador del fuego y se puso a remover las brasas como si el hacer tal cosa a conciencia fuera el único fin de su existencia; y por segunda vez el pastor dijo:
¡Adelante!
Otro hombre apareció sobre el felpudo de paja, al cabo de unos segundos. También era un desconocido.
Este individuo era de un tipo radicalmente opuesto al del primero. Había más vulgaridad en su porte, y sus facciones expresaban cierto cosmopolitismo jovial. Era varios años mayor que el primero, tenía el pelo ligeramente cubierto de escarcha, las cejas hirsutas y las patillas recortadas. La cara era más bien blanda y rellena, si bien no era un rostro enteramente carente de fuerza. Las cercanías de su nariz estaban señaladas por unas cuantas manchitas rojas producidas por el grog. Se quitó su largo gabán gris parduzco revelando que debajo llevaba un traje de un tinte gris ceniza, y colgando de su faltriquera, a modo de único adorno personal, grandes y pesados sellos, de alguna clase de metal que de buena gana habría admitido una limpieza. Sacudiendo las gotas de agua de su lustroso sombrero de copa baja, dijo:
—Debo pedir cobijo durante unos minutos, camaradas, si no quiero llegar a Casterbridge calado hasta los huesos.
—Está usted en su casa, compañero —dijo el pastor, un poco menos cordialmente que en la primera ocasión.
No es que Fennel tuviera el menor ingrediente de egoísmo en la composición de su carácter, pero la habitación distaba de ser grande, las sillas sin ocupar no eran numerosas y para las mujeres y muchachas, con sus vestidos de vivos colores, no era muy apetecible estar en la apretada compañía de unos hombres que llegaban empapados.
Pero el segundo visitante, después de quitarse el gabán y colgar el sombrero de un clavo que asomaba de una de las vigas del techo —como si hubiera sido invitado a dejarlo concretamente allí—, avanzó y se sentó junto a la mesa. La habían corrido hasta muy cerca del rincón de la chimenea para dejar libre a los bailarines todo el espacio del que se pudiera disponer, de manera que el borde más metido de la mesa rozaba el codo del hombre que se había acomodado al lado del fuego; y así los dos desconocidos se encontraron prestándose mutua compañía. Hicieron un gesto con la cabeza el uno al otro, para romper las barreras impuestas por la falta de presentación, y el primer desconocido le pasó a su vecino el pichel de la familia, un enorme recipiente de barro marrón, con el borde superior tan gastado como un umbral, por el uso de generaciones enteras de labios sedientos que ya habían seguido el camino de toda la carne, y con la siguiente inscripción grabada a fuego y con letras amarillas sobre la parte circular: No HAY DIVERSION HASTA QUE LLEGO YO.
El otro hombre, nada remiso, se llevó el pichel a los labios, y bebió, bebió y bebió..., hasta que un azul extraño se extendió por el semblante de la mujer del pastor, que había observado, con no poca sorpresa, el libre ofrecimiento del primer desconocido al segundo, de lo que no le correspondía administrar a él.
—¡Lo sabía! —le dijo el borrachín al pastor, con gran satisfacción—. Al atravesar el jardín, antes de entrar, y ver las colmenas todas en fila, me dije: "Donde hay abejas hay miel, y donde hay miel hay aloja". Pero, con franqueza, no esperaba encontrar ni en mi vejez una aloja tan reconfortante como esta.
Tomó otro trago más de pichel y bebió hasta que este adoptó una peligrosa inclinación.
—¡Me alegro de que le guste! —dijo el pastor, con efusividad.
—Es una aloja bastante buena —asintió la señora Fennel con una falta de entusiasmo que parecía estar diciendo que a veces los elogios de la bodega propia se tenían que comprar a un precio demasiado elevado—. Bastante problema es hacerla..., y, con franqueza, creo que apenas haremos más. Porque la miel se vende bien, y nosotros nos las podemos arreglar con unas gotas de aloja floja y de aguamiel que saquemos de los lavados del panal para el uso diario.
—¡Oh, pero no será capaz! —gritó con reproche el desconocido del traje gris ceniza, después de tomar el pichel por tercera vez y dejarlo, vacío, sobre la mesa—. Me encanta la aloja, cuando es añeja como esta, tanto como me encanta ir a misa los domingos o ayudar al que necesita cualquier día de la semana.
—¡Ja, ja, ja! —rió el hombre del rincón de la chimenea que, a pesar del silencio en el que lo había sumido la pipa llena de tabaco, no pudo o no quiso contenerse y brindó este ligero homenaje al humor de su camarada.
La vieja aloja de aquellos tiempos, elaborada con la más pura miel de un año o miel virgen, a cuatro libras el galón —con su debido complemento de claras de huevo, canela, jengibre, dientes de ajo, macis, romero, levadura, más los procesos de elaboración, embotellamiento y bodega— tenía un sabor extraordinariamente fuerte; pero el sabor no era tan fuerte como de hecho lo era la bebida. De aquí que, al cabo de un rato, el desconocido del traje gris ceniza que estaba sentado junto a la mesa, inducido por la ascendente influencia del brebaje, se desabrochara el chaleco, se repantigara en su silla, estirara las piernas e hiciera notar su presencia de varias formas.
—Bien, bien; como dije —volvió a empezar—, voy a Casterbridge, y a Casterbridge he de ir. Casi debería estar ya allí; pero la lluvia me condujo a su morada, y la verdad es que no lo siento.
—Usted no vive en Casterbridge, ¿verdad? —dijo el pastor.
—Todavía no; aunque pienso trasladarme allí dentro de poco.
—¿A establecerse con algún negocio, tal vez?
—No, no —dijo la mujer del pastor—. Se puede ver con facilidad que el caballero es rico y no necesita trabajar en absoluto.
El desconocido del traje gris ceniza hizo una pausa, como para considerar si debía aceptar aquella definición de él. Al cabo de unos segundos la rechazó, al decir:
—Rico no es la palabra apropiada para mí, señora. Yo trabajo y tengo que trabajar. E incluso aunque llegara a Casterbridge a medianoche, mañana tendría que estar trabajando allí a las ocho de la mañana. Sí, llueva o nieve, haga frío o calor, haya hambre o guerra, mi jornada de trabajo ha de cumplirse mañana.
—¡Pobre hombre! Entonces, a pesar de las apariencias, ¿está usted peor que nosotros? —replicó la mujer del pastor.
—Es la índole de mi oficio, damas y caballeros. Es la índole de mi oficio más que mi pobreza... Pero, franca y verdaderamente, debo levantarme e irme, o no encontraré alojamiento en el pueblo —sin embargo, el hombre no se movió y añadió en el acto—: Hay tiempo para un trago más de amistad antes de que me vaya; y lo tomaría inmediatamente si el pichel no estuviera seco.
—Aquí hay un pichel de aloja floja —dijo la señora Fennel—. Floja la llamamos, aunque, en verdad, es sólo del primer lavado de los panales.
—No —dijo el desconocido, con desdén—. No echaré a perder su primera gentileza al tomar de la segunda.
—Desde luego que no —intervino Fennel—. No crecemos y nos multiplicamos todos los días, y llenaré el pichel de nuevo.
Y fue al oscuro lugar bajo las escaleras, donde estaba el barril. La pastora le siguió.
—¿Por qué has tenido que hacer eso? —le preguntó con reproche, en cuanto estuvieron solos—. Ya lo ha vaciado una vez, y eso que había suficiente para diez personas; y ahora no se contenta con la floja, ¡sino que tiene que pedir más de la fuerte! Es un forastero al que ninguno de nosotros conoce. Por mi parte, no me gusta en absoluto el aspecto de ese hombre.
—Pero está en casa, cariño, y es una noche de lluvia, y hay un bautismo. Vamos, ¿qué es una copa de aloja más o menos? Tendremos mucha más en la próxima recogida de miel.
—Muy bien... Por esta vez, pues —contestó ella mirando el barril con ansiedad—. Pero ¿cuál es su profesión y de dónde proviene para entrar y unirse así a nosotros?
—No lo sé. Se lo preguntaré otra vez.
Ahora, la señora Fennel se cuidó de evitar eficazmente la catástrofe de encontrarse con el pichel seco después de un solo trago del desconocido del traje gris ceniza. Le echó su ración en una jarra pequeña, manteniendo la grande a una distancia prudente. Cuando el hombre se hubo bebido su parte de un trago, el pastor repitió su pregunta acerca de la ocupación del desconocido.
Este no respondió inmediatamente, y el hombre de la chimenea, con súbita simpatía, dijo:
—El que quiera puede saber mi profesión: soy carretero.
—Una profesión muy buena en estos parajes —dijo el pastor.
—Y el que quiera puede saber la mía..., si tiene la habilidad de averiguarla —dijo el desconocido del traje gris ceniza.
—Por lo general, se puede decir lo que un hombre es, por sus garras —observó el carpintero mirándose sus propias manos—. Mis dedos tienen tantas astillas como alfileres un alfiletero viejo.
Las manos del hombre de la chimenea buscaron la sombra instintivamente, y se puso a mirar el fuego mientras volvía a su pipa. El hombre de la mesa se hizo eco de la observación del carpintero, y agregó pícaramente:
—Cierto; pero lo curioso de mi profesión es que, en vez de dejar una señal en mí, deja una señal en los clientes.
Al no ofrecer nadie solución alguna que aclarara este enigma, la mujer del pastor propuso, una vez más, que alguien cantase una canción. Se presentaron los mismos inconvenientes que la primera vez: uno no tenía voz, otro había olvidado la primera estrofa... El desconocido de la mesa, cuyo grado de animación había alcanzado ahora buena temperatura, superó la dificultad, al exclamar que, con el fin de que la compañía se animara después, él mismo cantaría. Introduciendo el pulgar en la sobaquera del chaleco, agitó la otra mano en el aire y, con una mirada improvisada y rápida a los brillantes cayados de pastor que estaban sobre la repisa de la chimenea, empezó:
Mi profesión es la más sorprendente,
sencillos pastores todos.
Mi profesión es algo que vale la pena ver;
porque a mis clientes ato,
y muy alto los levanto.
Y por el aire los llevo hasta un lejano país.
La habitación permaneció en silencio cuando terminó la estrofa, con una excepción, la del hombre de la chimenea que, a la voz de "¡Coro!”del cantante, se unió a él con una voz grave y profunda, apta para la música:
Y por el aire los llevo hasta un lejano país.
Oliver Giles, John Pitcher el lechero, el sacristán de la parroquia, el hombre de cincuenta años que estaba prometido a una jovencita, las chicas alineadas contra la pared, todos parecían estar perdidos en pensamientos de la índole más ominosa. El pastor miraba meditativamente el suelo, la pastora miraba inquisitivamente al cantante, con algún recelo; dudaba si el desconocido estaba simplemente cantando una canción de memoria o si estaba componiendo una, allí y entonces, para la ocasión. Todos quedaron perplejos ante la oscura revelación, como los invitados de la fiesta de Baltasar, excepto el hombre de la chimenea, que dijo tranquilamente:
—Segunda estrofa, caballero —y siguió fumando.
El cantante se humedeció los labios para adentro, a conciencia, y continuó con la segunda estrofa, tal y como se le había pedido:
Mis herramientas son muy vulgares, sencillos pastores todos. Una pequeña cuerda de cáñamo y un poste en el que colgar son instrumentos suficientes para mí.
El pastor Fennel miró a su alrededor. Ya no cabía duda de que el desconocido estaba respondiendo, con música, a su pregunta. Todos los invitados expresaron disgusto, con exclamaciones sofocadas. La joven prometida al hombre de cincuenta años, medio se desmayó, y lo habría hecho del todo; pero al darse cuenta de que él estaba presto a recogerla, se sentó temblando.
—¡Oh, es él!... —susurró la gente que estaba más al fondo, mencionando el nombre de un siniestro funcionario público—. ¡Ha venido para hacerlo! Tiene que estar en la cárcel de Casterbridge mañana...; el hombre que robó una oveja...; el pobre relojero del que nos contaron que vivía en Shottsford y nunca tenía trabajo... Timothy Summers, su familia se estaba muriendo de hambre, y entonces él salió de Shottsford por la carretera y tomó una oveja en pleno día, desafiando al granjero, y a la mujer del granjero y al chico del granjero, y a todos los mozos que estaban con ellos. Este —y señalaron con la cabeza al hombre de la profesión fatal— ha venido del interior para hacerlo porque en su propio pueblo no hay bastante trabajo, y ahora que el de nuestro condado se ha muerto, este ha conseguido el puesto de aquí; va a vivir en la misma casucha que está junto a los muros de la prisión.
El desconocido del traje ceniza no hizo caso de esta cadena de susurros y comentarios, y de nuevo se volvió a humedecer los labios. Viendo que su amigo del rincón de la chimenea era el único que de alguna manera respondía a su jovialidad, elevó su copa en dirección a aquel grato camarada, que también levantó la suya. Las hicieron chocar; los ojos del resto de la habitación estaban pendientes de los movimientos del cantante. Este abrió la boca para dar comienzo a la tercera estrofa, pero en aquel instante llamaron a la puerta una vez más. Esta vez, la llamada era débil e indecisa.
La compañía pareció asustarse; el pastor miró hacia la entrada con temor, y tuvo que hacer cierto esfuerzo para resistir la mirada suplicante de su amada mujer y pronunciar por tercera vez la expresión de bienvenida.
—¡Adelante!
La puerta se abrió suavemente y otro hombre apareció sobre el felpudo. Era, como los que le habían precedido, un desconocido. Esta vez se trataba de un hombre bajo, menudo, de tez blanca y vestido con un traje de tela oscura, muy decoroso.
—¿Podrían indicarme el camino para...? —empezó, pero se interrumpió cuando, al recorrer con la vista la habitación para observar en qué clase de compañía se encontraba, sus ojos se posaron sobre el desconocido del traje gris ceniza. Fue justo en el instante en que este, entusiasmado con su canción, apenas si había hecho caso de la interrupción y, a su vez, acallaba todos los murmullos y preguntas al prorrumpir en la tercera estrofa:
Mañana es mi día de trabajo, sencillos pastores todos.
Mañana es un día de trabajo para mí: Porque a la oveja del granjero han matado, y al joven que lo hizo, apresado. ¡Y que de su alma tenga Dios piedad!
El desconocido del rincón de la chimenea, brindando con el cantante con tanta energía que la aloja se desparramó, salpicando el fuego del hogar, repitió con su voz grave, como antes:
¡Y que de su alma tenga Dios piedad!
Durante todo este rato, el tercer desconocido había permanecido de pie en la entrada. Al ver ahora que ni pasaba ni continuaba hablando, los invitados se volvieron para mirarlo. Vieron con sorpresa que frente a ellos estaba el vivo retrato del terror más abyecto —las rodillas le temblaban, su mano se agitaba con tanta violencia que el picaporte de la puerta, sobre el cual se apoyaba para no caer, sonaba como una matraca; tenía los labios blancos separados, y los ojos fijos en el alegre encargado de la justicia, que estaba en el centro de la habitación—. Un segundo más tarde, el tercer desconocido había dado media vuelta, cerrado la puerta y huido.
—¿Quién sería? —dijo el pastor.
Los demás, ante el temor de la reciente sorpresa y la extraña conducta del tercer visitante, parecían no saber qué pensar y no dijeron nada. Instintivamente se fueron apartando más y más del cruel caballero del centro, a quien algunos parecían tomar por el mismísimo príncipe de las tinieblas, hasta que se retiraron del todo, formando un círculo, y quedó un espacio de suelo vacío entre ellos y él:
...circulus, cujus centrum diabolus.
La habitación quedó tan en silencio —a pesar de que había más de veinte personas en ella— que no se podía oír más que el repiqueteo de la lluvia en los postigos, acompañado por el ocasional chisporroteo de alguna gota solitaria que caía por la chimenea al fuego y por las acompasadas bocanadas del hombre del rincón, que ahora, de nuevo, estaba fumando su larga pipa de arcilla.
El silencio se vio roto inesperadamente. El ruido lejano de un arma de fuego repercutió a través del aire; procedía, aparentemente, de la dirección del pueblo.
—¡Maldición! —gritó el desconocido que había cantado la canción, dando un salto.
—¿Qué sucede? —preguntaron varios.
—Un preso se ha escapado de la cárcel; eso es lo que sucede.
Todos prestaron atención. El ruido se repitió, y nadie habló, salvo el hombre del rincón de la chimenea, que dijo pausadamente:
—Me habían contado a menudo que en este condado disparan un tiro en ocasiones como esta, pero hasta ahora nunca lo había oído.
—Me pregunto si no habrá sido mi hombre —murmuró el personaje del traje gris ceniza.
—¡Seguro que sí! —dijo involuntariamente el pastor—. ¡Y además lo hemos visto! ¡El hombre pequeño que miró desde la puerta hace un momento y se echó a temblar como una hoja al verle a usted y escuchar la canción!
—Los dientes le castañeteaban y se quedó sin habla —dijo el lechero.
—Y pareció que dentro el corazón se le hundía como una piedra —añadió Oliver Giles.
—Y salió corriendo como si le hubieran disparado un tiro —dijo el carpintero.
—Es verdad. Los dientes le castañeteaban y pareció que se le hundía el corazón; y salió corriendo como si le hubieran disparado un tiro —repasó lentamente el hombre del rincón de la chimenea.
—No me di cuenta —respondió el verdugo.
—Todos nos estábamos preguntando qué le habría hecho salir corriendo tan espantado —balbuceó una de las mujeres que estaban junto a la pared—. ¡Y ahora resulta bien claro!
Las descargas de la pistola de alarma, hondas y sombrías, siguieron sucediéndose a intervalos, y las sospechas se hicieron ciertas. El siniestro caballero del traje gris se despabiló.
—¿Hay aquí algún guardia? —preguntó con voz gruesa—. Si así es, déjenlo avanzar.
El hombre de cincuenta años que estaba prometido avanzó, trémulo, desde la pared, en tanto que su novia empezaba a sollozar sobre el respaldo de la silla.
—¿Es usted un guardia oficial?
—Lo soy, señor.
—Entonces consiga ayuda, persiga al criminal inmediatamente y tráigalo aquí. No puede haber ido muy lejos.
—Lo haré, señor; lo haré...; en cuanto me arme con mi cachiporra. Iré a casa por ella y vendré aquí volando, y nos pondremos en marcha juntos.
—¡La cachiporra!... ¡La cachiporra! ¡El hombre se habrá largado!
—Pero no puedo hacer nada sin tenerla, ¿verdad, William, y John, y Charles Jake? No; porque lleva pintada en amarillo y oro la corona real del rey, y el león y el unicornio, de modo que cuando la levanto para pegar al prisionero, el golpe que le doy es un golpe legal. Nunca trataría de apresar a un hombre sin mi cachiporra..., no, yo no. Si no tuviera a la ley para darme coraje ¡toma!, en vez de apresarle yo a él, él me podría apresar a mí.
—Está bien, yo mismo soy un hombre del rey y estoy al servicio de la corona, y puedo darle la autoridad necesaria para esto —dijo el tremendo funcionario del traje gris—. Así, pues, prepárense todos ustedes. ¿Tienen linternas?
—Sí, ¿tienen linternas? ¡Les pregunto yo! —dijo el guardia.
—Y el resto de ustedes, que son hombres forni...
—¡Hombres fornidos! ¡Sí! ¡El resto de ustedes! —dijo el guardia.
—¿Tienen algunas varas recias y algunas horcas?
—¡Varas y horcas... en nombre de la ley! ¡Tómenlas y vayan en su búsqueda, y hagan lo que les decimos nosotros, la autoridad!
Los hombres, así organizados, se dispusieron a dar caza al fugitivo. Las pruebas, aunque circunstanciales, eran, en efecto, tan convincentes que apenas si hicieron falta argumentos para hacer ver a los invitados del pastor que, después de lo que habían contemplado, aquello tendría aspecto de confabulación si no se lanzaban inmediatamente a perseguir al tercer y desdichado forastero que todavía no podía haberse alejado más que unos cientos de yardas por un terreno tan desparejo.
Un pastor está siempre bien provisto de linternas, y así los hombres, tras encenderlas apresuradamente, y con varas de zarzo en las manos, se precipitaron al exterior y tomaron la dirección de la cima de la colina, opuesta a la del pueblo. La lluvia, por fortuna, había cesado un poco.
Despertada por el ruido, o posiblemente por desagradables sueños relacionados con el bautismo, la niña que había sido bautizada empezó a llorar angustiosamente en la habitación del piso de arriba. Estas notas de dolor llegaron, a través de las rendijas del suelo, a los oídos de las mujeres que estaban abajo, que subieron corriendo una tras otra y parecieron alegrarse de tener aquel pretexto para ir arriba a consolar a la criatura, pues los incidentes de la última media hora las habían hecho sentirse enormemente desasosegadas. Así, en cuestión de dos o tres minutos, la habitación del piso inferior quedó totalmente desierta.
Pero no por mucho tiempo. Apenas se había apagado el ruido de las pisadas, cuando un hombre, que venía de la dirección que habían tomado los perseguidores, dobló la esquina de la casa. Atisbó desde la puerta y, al ver que no había nadie dentro, entró cautelosamente. Era el desconocido del rincón de la chimenea, que había salido con los demás. El motivo de su regreso se pudo ver cuando se sirvió un pedazo, ya cortado, del pastel de nata que había encima de un anaquel, al lado de donde él había estado sentado y que parecía haber olvidado llevarse. También se echó media copa más de la aloja que quedaba, y comió y bebió con voracidad y sed, mientras permanecía allí. No había terminado cuando, de manera igualmente silenciosa, entró otra figura: era su amigo del traje gris ceniza.
—Oh, ¿está usted aquí? Creí que se había ido para ayudar en la captura —a su vez, reveló el objeto de su regreso, al buscar ansiosamente con la mirada el fascinante pichel de aloja añeja.
—Pues yo creí que se había marchado usted —respondió el primero, que seguía devorando con algún esfuerzo su pastel de nata.
—Bueno, me lo pensé dos veces y decidí que ya eran bastantes sin mí —contestó de manera confidencial—; y, además, en una noche como esta. Por otra parte, ocuparse de los criminales es asunto del gobierno, no mío.
—Cierto; así es. Pues yo decidí lo mismo que usted, que eran bastantes ya sin mí. No quiero romperme las piernas corriendo por los montículos y los hoyos de esta región salvaje.
—Ni yo tampoco, entre nosotros. Esta gente pastora está acostumbrada (ya sabe, almas sencillas que enseguida se excitan por cualquier cosa). Me lo tendrán listo antes de que llegue el alba, y sin que yo me haya tomado ninguna molestia en absoluto.
—Lo atraparán, y nosotros nos habremos ahorrado todo el trabajo de este asunto.
—Cierto, cierto. Bueno, yo voy a Casterbridge; y ya harán mucho mis piernas si me llevan hasta allí. ¿Lleva usted el mismo rumbo?
—No, lamento decirlo. Tengo que irme a casa, por ahí —hizo con la cabeza un gesto indefinido hacia la derecha—, y pienso lo que usted, que ya es bastante distancia para que la recorran mis piernas antes de la hora de acostarse.
El otro ya había acabado con la aloja que había en el pichel, de modo que los dos se estrecharon la mano efusivamente, en el umbral, y deseándose mutuamente que les fuera bien, cada cual se fue por su camino.
Mientras tanto, el grupo de perseguidores había llegado al final del escarpado cerro que dominaba esta parte de la duna. No tenían decidido ningún plan de ataque en particular; y al darse cuenta de que el hombre de la funesta profesión no se encontraba ya en su compañía, parecían totalmente incapaces de organizar ahora plan alguno de ofensiva. Descendieron por la colina en todas las direcciones, y unos segundos después, varios miembros de la partida cayeron en la trampa puesta por la naturaleza a todo aquel que se extravía a medianoche por esta zona de la formación cretácea. Los lanchets o desniveles de pedernal, que rodeaban la escarpadura con espacios de unas doce yardas entre sí, tomaron por sorpresa a los menos cautos que, al perder pie en el despeñadero, infestado de cascotes, se deslizaron violentamente hacia abajo; las linternas rodaron —desde sus manos hasta el fondo— y se quedaron allí, tumbadas.
Cuando se agruparon de nuevo, el pastor, que era el hombre que mejor conocía la región, se puso a la cabeza y guió a los demás por aquellos traicioneros declives. Las linternas, que más que ayudarles en la exploración parecían deslumbrarles y advertir de su presencia al fugitivo, fueron apagadas. Se observó el debido silencio. Y con este orden más racional se adentraron por la cañada. Era un desfiladero poblado de hierba, zarzas y humedad, que podría proporcionar refugio a cualquier persona que lo buscara; pero la partida lo recorrió en vano y ascendió por el otro lado. De aquí prosiguieron la búsqueda por separado hasta volver a reunirse después de un rato y dar parte de sus resultados. La segunda vez que se juntaron, lo hicieron cerca de un fresno solitario, el único árbol de aquella parte de la barranca, plantado probablemente por la semilla que algún ave de paso dejó caer unos cincuenta años antes. Y allí, de pie, junto a uno de los lados del tronco, tan inmóvil como el mismo tronco, apareció el hombre que andaban buscando, su silueta bien dibujada contra el cielo. El grupo se acercó sin hacer ruido y se puso frente a él.
—¡La bolsa o la vida! —dijo con aspereza el guardia, a la inmóvil y silenciosa figura.
—No, no —le susurró John Pitcher—. Nosotros no somos los que tenemos que decir eso. Esa es la fórmula de los maleantes como él, y nosotros estamos del lado de la ley.
—Bueno, bueno —respondió el guardia con impaciencia—; tengo que decir algo, ¿no?, y si tuvieras sobre ti la responsabilidad y todo el peso de la acción, también a lo mejor te equivocarías de frase... ¡Prisionero del tribunal, entrégate, en nombre del Padre..., de la Corona, quiero decir!
Aquel que estaba bajo el árbol pareció ahora advertir la presencia de aquellos hombres por primera vez y, sin darles otra oportunidad para que demostraran su arrojo, echó a andar lentamente hacia ellos. Era, en efecto, el hombre pequeño, el tercer desconocido; pero su terror había desaparecido en gran medida.
—Bueno, viajeros —dijo—, ¿se han dirigido ustedes a mí?
—Sí, ¡tiene usted que venir aquí a hacerse nuestro prisionero, inmediatamente! —dijo el guardia—. Queda detenido, bajo la acusación de no aguardar de manera adecuada y decente en la cárcel de Casterbridge para ser colgado mañana por la mañana. ¡Vecinos, cumplan con su deber y detengan al reo!
Al oír la acusación, el hombre pareció caer en la cuenta de lo que se trataba y, sin decir ni una palabra más, se sometió con extraordinaria docilidad al pelotón de búsqueda, cuyos componentes, con sus varas en la mano, le rodearon por los cuatro costados y le hicieron ponerse en marcha, de regreso a la cabaña del pastor.
Cuando llegaron eran las once en punto. La luz que se veía brillar a través de la puerta abierta y el sonido de voces masculinas en el interior les avisaron, mientras se aproximaban a la casa, que algunos nuevos acontecimientos habían tenido lugar durante su ausencia. Al entrar, descubrieron que la sala de estar del pastor había sido invadida por dos oficiales de la cárcel de Casterbridge y por un conocido magistrado que vivía en la sede más vecina. La noticia de la fuga era ya de dominio público.
—Caballeros —dijo el guardia—, les he traído a su hombre, no sin riesgo ni peligro; ¡pero cada cual debe cumplir con su deber! Está en medio de ese círculo de gente fornida, que me han prestado una ayuda muy valiosa, teniendo en cuenta su desconocimiento de los métodos de la Corona. ¡Hombres, hagan que se adelante el prisionero!
Y el tercer desconocido fue llevado hasta un lugar en el que le diera la luz.
—¿Quién es este? —preguntó uno de los oficiales.
—El hombre —dijo el guardia.
—Desde luego que no —dijo el carcelero; y el primero confirmó su declaración.
—¿Pero cómo puede no ser así? —preguntó el guardia—. ¿Y por qué, si no, se quedó tan aterrado al ver, cantando, al instrumento de la ley que estaba ahí sentado? —y entonces relató el extraño comportamiento del tercer desconocido, cuando había entrado en la casa mientras el verdugo estaba cantando su canción.
—No lo puedo entender —dijo el oficial, con frialdad—. Lo único que sé es que este no es el condenado. Es un sujeto completamente distinto de este otro; un tipo delgado, con ojos y pelo negro, bastante bien parecido y con una voz musical grave, que si la oyeran una sola vez no la confundirían en toda su vida.
—¡Pues, almas del..., era el hombre del rincón de la chimenea!
—¿Eh? ... ¿Qué? —exclamó el magistrado adelantándose después de haberle preguntado los pormenores al pastor, que estaba en el fondo—. ¿No han apresado a ese hombre, después de todo?
—Verá, señor —manifestó el guardia— es el hombre que estábamos buscando, eso es verdad; y, sin embargo, no es el hombre que estábamos buscando. Porque el hombre que estábamos buscando no era el hombre que había que buscar, señor, si entiende usted mi explicación vulgar; ¡porque el hombre que había que buscar era el hombre del rincón de la chimenea!
—¡Un buen lío en cualquier caso! —dijo el magistrado—. ¡Mejor será que vayan a buscar al otro hombre, inmediatamente!
El prisionero habló entonces por primera vez. La mención del hombre de la chimenea pareció haberle conmovido mucho.
—Señor —dijo avanzando hacia el magistrado—, no se tomen más molestias por mi causa. Ha llegado el momento de que yo también pueda hablar. Yo no he hecho nada; mi delito es el de ser hermano del condenado. Esta tarde, a primera hora, salí de mi casa de Strattsford para dar una caminata hasta la cárcel de Casterbridge y decirle adiós. La noche me sorprendió, y llamé aquí para descansar un rato y que me indicaran el camino. Al abrir la puerta, vi ante mis ojos al mismísimo hombre (mi hermano) al que pensaba encontrar en la celda de los condenados de Casterbridge. Estaba en este rincón; y pegado a él, de tal manera que no podría haber salido, de haberlo intentado, estaba el verdugo que había venido para quitarle la vida, cantando una canción sobre ello y sin saber que el que se hallaba a su lado era su víctima, que le acompañaba para guardar las apariencias. Mi hermano me lanzó una mirada angustiosa, y comprendí lo que quería decir: "No reveles lo que estás viendo; mi vida depende de ello". Quedé yo tan aterrado que apenas si podía mantenerme en pie y, sin saber lo que hacía, di media vuelta y salí corriendo.
Las maneras y el tono del narrador tenían el sello de la verdad, y su relato causó profunda impresión en todos los que estaban a su alrededor.
—¿Y sabe usted dónde está su hermano en estos momentos? —preguntó el magistrado.
—No lo sé. No lo he vuelto a ver desde que cerré esta puerta.
—Yo puedo atestiguar eso —dijo el guardia.
—¿A dónde piensa huir? ¿Cuál es su profesión?
—Es relojero, señor.
—Dijo que era carretero..., el muy pícaro —dijo el guardia.
—Sin duda se refería a las ruedas de los relojes —dijo el pastor Fennel—. Pensé que sus manos estaban pálidas por su profesión.
—Bueno, me parece que no se puede ganar nada con retener a este pobre hombre bajo custodia —dijo el magistrado—; indudablemente, su asunto va con el otro.

Y así, sin más, el hombre menudo quedó en libertad; pero no pareció, en absoluto, menos triste por ello; deducir las preocupaciones que rondaban su cerebro era algo que estaba más allá del poder del magistrado o del guardia, porque tenían relación con otra persona, alguien en quien pensaba con más inquietud que en sí mismo. Una vez hecho esto, y cuando el hombre se hubo ido por su camino, se encontraron con que la noche había avanzado tanto, que consideraron inútil reanudar la búsqueda antes del amanecer.
Al día siguiente, en consecuencia, la búsqueda del ladrón de ovejas se hizo general y tenaz, al menos según todas las apariencias. Pero el castigo pretendido era brutalmente desproporcionado en comparación con la transgresión, y las simpatías de una gran cantidad de campesinos de aquel distrito se volcaron firmemente del lado del fugitivo. Además, su maravillosa frialdad y su osadía al codearse con el verdugo, bajo las inauditas circunstancias de la fiesta del pastor, se ganaron su admiración. De tal modo, puede ponerse en duda que todos aquellos que de manera ostensible estuvieron tan ocupados en recorrer los bosques, los campos y los caminos se mostraran tan concienzudos a la hora de registrar en privado sus propias dependencias y pajares. Circularon historias acerca de una figura misteriosa que se veía en ocasiones en algún viejo sendero abandonado, apartado de las carreteras de peaje; pero cuando se llevaba una búsqueda por cualquiera de estas comarcas sospechosas, nunca se encontraba a nadie. Y así pasaron sin noticias, los días y las semanas.

En resumen, el hombre de voz grave, del rincón de la chimenea, nunca fue capturado de nuevo. Algunos decían que había cruzado el océano; otros, que no, que se había sumergido en las profundidades de alguna ciudad populosa. De cualquier forma, el caballero del traje gris ceniza jamás realizó su trabajo de aquella mañana en Casterbridge, y tampoco se encontró, en ninguna parte, para asuntos de negocios, con el afable compañero que había pasado con él una hora de tranquilidad en la solitaria casa de la cuesta de la barranca.
Hace ya tiempo que la hierba crece verde sobre las tumbas del pastor Fennel y su previsora mujer; los invitados a la fiesta del bautismo, en su mayoría, han seguido a sus anfitriones a la tumba; la niña en cuyo honor se habían reunido todos es ahora una matrona otoñal. Pero la llegada de los tres desconocidos a la casa del pastor aquella noche —así como los detalles relacionados con ello— es una historia que se conoce en la zona rural cercana a Higher Crowstairs, tan bien o mejor que entonces.

(perteneciente a Wessex Tales (1888) )




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